sábado, 12 de septiembre de 2020

ESFUERZO CRISTIANO CONTRA LA PRESIÓN DEL ISLAM

LA GRAN Y PERSISTENTE HEREJÍA DE MAHOMA (Hilaire Belloc) - Parte 7

ESFUERZO CRISTIANO CONTRA LA PRESIÓN DEL ISLAM



El Islam se ha diferenciado de todas las demás herejías en dos cuestiones principales que deben ser cuidadosamente tenidas en cuenta: 

1)- No surgió dentro de la Iglesia, esto es, dentro de las fronteras de nuestra civilización. Su heresiarca no fue un hombre originalmente católico que condujo hacia otro lado a sus seguidores católicos mediante su novedosa doctrina como lo hicieron Arrio y Calvino. Fue un marginal nacido pagano, que vivió entre paganos y nunca se bautizó. Adoptó doctrinas cristianas y las seleccionó de un modo auténticamente herético. Dejó caer aquellas que no le convenían e insistió en las otras que sí le interesaban – lo que constituye la característica del heresiarca – pero no lo hizo desde adentro; su acción fue externa. 

Aquellos primeros feroces ejércitos de nómadas árabes que obtuvieron asombrosas victorias en Siria y Egipto sobre el mundo católico de principios del Siglo VII estaban constituidos por hombres que habían sido paganos en su totalidad antes de volverse mahometanos. No hubo entre ellos ningún catolicismo previo al cual pudiesen retornar. 

2)- Este cuerpo islámico, que atacó a la Cristiandad desde más allá de sus fronteras y no desde adentro de ellas, continuó engrosándose constantemente con elementos combativos del tipo más fuerte, reclutados de la oscuridad exterior pagana. Este reclutamiento se produjo por oleadas, incesantemente, a través de siglos y hasta el fin de la Edad Media. Fue principalmente un reclutamiento de mongoles del Asia (aunque una parte del mismo fue de bereberes del Norte de África) y constituyó un incesante, recurrente, impacto de nuevos adherentes – conquistadores y guerreros al igual que lo habían sido los árabes originales – que le dieron al Islam su formidable resistencia y continuidad en el poder. No mucho tiempo después de la primera conquista de Siria y Egipto pareció que la entusiasta nueva herejía fallaría a pesar de su deslumbrante y súbito triunfo. La continuidad de su dirigencia se interrumpió. Lo mismo le sucedió a la unidad política de todo el esquema. La capital original del movimiento era Damasco y al principio el mahometanismo era un fenómeno sirio (y, por extensión, egipcio); pero después de un corto tiempo el quiebre se hizo evidente. Comenzó a gobernar una nueva dinastía desde la Mesopotamia y ya no más de Siria. Los distritos occidentales, esto es: el Norte de África y España (después de la conquista de España) formaron un gobierno político aparte bajo una soberanía diferente. Pero los califas de Bagdad comenzaron a apoyarse en una guardia personal de guerreros mercenarios mongoles provenientes de las estepas del Asia. Los mongoles nómades (quienes, después del Siglo V vinieron en reiteradas oleadas al asalto de nuestra civilización) tuvieron como característica la de ser guerreros indomables y, al mismo tiempo, casi puramente destructivos. Masacraron a millones; quemaron y destruyeron; convirtieron distritos fértiles en desiertos. Parecían incapaces de un esfuerzo creativo. En el Occidente Cristiano, hubo dos ocasiones en las que apenas si escapamos de una destrucción final a manos de ellos. La primera vez fue cuando derrotamos al gran ejército asiático de Atila cerca de Chalons en Francia, a mediados del Siglo V (y no antes de que cometiera enormes devastaciones y dejara ruinas detrás suyo por todas partes). La segunda vez fue en el Siglo XIII, 800 años más tarde, cuando el avance del poder mongol asiático fue detenido, no por nuestros ejércitos sino por la muerte del hombre que lo había concentrado en su mano. Pero el avance no se detuvo antes de haber alcanzado el Norte de Italia y en vías de aproximarse a Venecia. {[9]} Fue el reclutamiento de guardias de corps mongoles de esta clase en sucesivos contingentes lo que mantuvo al Islam en marcha y evitó que sufriera el destino que todas las otras herejías habían sufrido. Mantuvo al Islam golpeando como un ariete desde fuera de las fronteras de Europa, produciendo brechas en nuestras defensas y penetrando más y más en lo que habían sido territorios cristianos. Los invasores mongoles aceptaron el Islam de buena gana; los hombres que sirvieron como soldados mercenarios y constituyeron el poder real de los Califas estaban bastante dispuestos a adecuarse a los simples requerimientos del mahometanismo. No poseían una religión propia lo suficientemente fuerte como para contrarrestar los efectos de aquellas doctrinas del Islam las cuales, aún mutiladas como lo estaban, eran doctrinas cristianas en lo esencial que afirmaban la unidad y la majestad de Dios, la inmortalidad del alma y todo lo demás. Los mercenarios mongoles se sintieron atraídos por estas doctrinas principales y las adoptaron con facilidad. Se volvieron buenos musulmanes y, como soldados que sostenían a los Califas, se hicieron así propagadores y sustentadores del Islam. Cuando en el corazón de la Edad Media pareció otra vez que el Islam había fracasado, entró en escena un nuevo contingente de soldados mongoles, “turcos” de nombre, y salvó nuevamente el destino del mahometanismo, aún cuando el proceso comenzó con la más abominable destrucción de esa civilización que el mahometanismo había preservado hasta entonces. Por eso es que, a lo largo del conflicto de las Cruzadas, los cristianos consideraron al enemigo como “el turco” – un nombre genérico aplicado a muchas de estas tribus nómades.


 Los predicadores cristianos de las Cruzadas, al igual que los jefes militares de los soldados y los cruzados en sus canciones, mencionan “al turco” como el enemigo con mucha mayor frecuencia que al mahometanismo en general. A pesar de la ventaja de estar alimentada por un reclutamiento constante, la presión del mahometanismo sobre la Cristiandad podría haber fallado después de todo si hubiera tenido éxito un esfuerzo supremo realizado para aliviar esa presión sobre el Occidente Cristiano. Ese esfuerzo supremo fue hecho en medio de todo el proceso (entre el 1095 y el 1200) y la Historia lo conoce como “Las Cruzadas”. La Cristiandad católica consiguió reconquistar España; casi consigue empujar al mahometanismo fuera de Siria y salvar a la civilización cristiana del Asia aislando al mahometano asiático del africano. Si lo hubiera conseguido del todo, quizás el mahometanismo hubiese muerto. Pero las Cruzadas fracasaron. Su fracaso es la mayor tragedia en la Historia de nuestra lucha contra el Islam, esto es: en la lucha contra el Asia y el Este. Por lo que, en lo que sigue, describiré qué fueron las Cruzadas y por qué y cómo fracasaron.