CARTA
ABIERTA AL CANCILLER DE LA REPÚBLICA ARGENTINA HÉCTOR
TIMERMAN
Me he tomado un tiempo
más que suficiente antes de escribir esta carta pues tenía la esperanza que Ud.
sería consciente de la enormidad cometida y que en un arranque de coraje
negaría este vuelco “diplomático” que, quiero creer, le han ordenado que ejecutara.
Algo anda muy mal en la
República cuando, en mitad del río, se cambia de caballo y luego de dieciocho
años de idas y vueltas, como niños detrás de un juguete, el gobierno, ese mismo
al que Ud. pertenece nos quiere hacer creer que ahora hay otra pista “más
fiable” de quienes organizaron la masacre que contra la República Argentina se
perpetro el 18 de julio de 1994.
Que Ud. haya aceptado
bajo espurias órdenes reunirse con el canciller iraní es una doble burla que
como argentino y judío comete contra su país de origen y contra sus ancestros,
pero nada de esto sería más que algo retórico de no ser que de esa masacre hay
aún ochenta y cinco argentinos sin paz ni justicia.
Alguna
vez dijo Ud. que
esos ochenta y cinco muertos eran sus hermanos. ¿Y que cree que eran
para
nosotros? esos ochenta y cinco muertos eran, en su fe y en su
ascendencia, tan
argentinos como cualquiera de nosotros, porque sus padres o sus abuelos
eligieron esta tierra para afincarse y educar a sus hijos como
cualquiera de nuestros abuelos lo hizo. No nos engañen más, canciller,
este fue un atentado contra
la República Argentina llevado a cabo por seres signados por un odio
racial infame
y anacrónico. ¿Entiende canciller porque le digo que Ud. se ha burlado
de su
patria y de sus ancestros?
Que los considere hermanos suyos o no los
muertos de la AMIA hoy han sido abandonados por Ud. Mejor dicho, nos ha
abandonado a todos los argentinos que creímos que dieciocho años de impunidad
eran demasiados pero que aun conservábamos la esperanza de un día sabríamos
fehacientemente quien lo había cometido y que al menos nos quedaría la
seguridad que esos ochenta y cinco muertos tendrían la paz que da la justicia.
Ni siquiera tengo ganas de indignarme. No me
importa su pasado ni, como muchos hoy sacan a luz, lo que hizo en los primeros
días del otoño de 1976. Quizás porque ya me aproximo a los setenta años la
traición solo me provoca una profunda tristeza porque pienso que el alma del
hombre que la comete se pierde para siempre y, canciller esa reunión y esa mano que seguramente Ud.
estrechó, fue una traición.
Le recomiendo, canciller, que relea el libro de
Josué en especial el versículo 22 párrafo 16.
JOSE LUIS MILIA
josemilia_686@hotmail.com