Por Nicolás Márquez (*)
Tras la implosión del socialismo soviético y tras la apertura al
libre mercado del comunismo chino, la izquierda trasnacional parecía no
tener herederos, hasta que irrumpió en escena el coronel golpista Hugo
Chávez Frías en los años 90`.
Desde entonces, y gracias al boom de los commodities y al dinero del
narcotráfico (del que el socialismo regional se vale para financiar
tanto sus quimeras ideológicas como su aparato represivo), Chávez se
consagró en una suerte de líder mundial heredando la antorcha del
totalitarismo comunista clásico pero aggiornada y reconvertida en este actual despotismo populista, que fuera bautizado pomposamente como Socialismo del Siglo XXI.
Lo cierto es que esta nueva versión del colectivismo autoritario con
sede en Caracas, además le permitió a la tiranía vitalicia de los
ancianos Castro en Cuba valerse de los abundantes petrodólares
venezolanos y de esta manera, poder oxigenar y prolongar un poco más la
petrificada y descascarada revolución de 1959, brindándole como
contraprestación a la nueva izquierda su propaganda legendaria y
justiciera.
Sin embargo, tanto sea por causas políticas, biológicas o clínicas de
público conocimiento, ni los represores Castro ni tampoco el dictador
Hugo Chávez pueden seguir aspirando a liderar este proyecto
imperial/regional en las Américas. Pero los liderazgos nunca quedan
vacantes mucho tiempo y alguien tenía que ocupar ese lugar.
De los cuatro caciques restantes y supérstites de la cofradía
izquierdista iberoamericana tenemos al mestizo Evo Morales, al ex
guerrillero Daniel Ortega, a la abogada exitosa Cristina Kirchner y al
histriónico economista Rafael Correa. Es más que evidente que los tres
primeros no tienen cualidades intelectuales, ni académicas, ni
discursivas suficientes como para pretender detentar o heredar un
liderazgo continental de este tenor. Más aún, en el caso de Cristina
Kirchner, la susodicha ni siquiera ha demostrando destreza suficiente
como para comandar eficazmente su propio país ni tampoco para poder
estirar su autocracia mas allá de lo que ordena la Constitución Nacional
(que la viuda pretende reformar pero que las encuestas de opinión
vienen confirmando la ausencia de consenso para consumar esta sórdida
maniobra).
Rafael Correa, dictador del Ecuador y beneficiario del boom petrolero
del que goza su país, acaba de ser reelecto una vez más con el 56% de
los votos según resultados parciales de suyo irreversibles.
Portador de gran carisma, poder de convicción, recursos como
polemista y sobre todo, detentador de cuantiosos dólares petroleros,
Correa desde el año 2007 se dedicó a perseguir periodistas, empresarios,
medios informativos, políticos opositores y a toda forma de
manifestación disidente. Incluso, supo convertir traumas personales en
políticas de Estado, tal el caso del episodio que padeció su padre
(Rafael Correa Icaza) quien estuviera varios años preso en los Estados
Unidos por narcotraficante, lo cual forjó en el vástago Rafael un
especial encono para con el país del norte y una particular
condescendencia para con el narcotráfico internacional: el masivo
indulto a las “mulas”, el refugio que el Ecuador brinda a las FARC y la
financiación que Correa ha recibido de esta última organización homicida
confirman el idilio.
El Ecuador, a diferencias de Venezuela o Argentina, tiene una
economía mucho más ordenada y márgenes de inflación muy modestos: ¿por
qué razón?. Ecuador tiene la economía dolarizada y no hay margen para
emitir papel moneda alegremente. Correa es socialista pero no come
vidrio. Además es economista educado en los Estados Unidos y sabe mejor
de números que el barrabrava Guillermo Moreno.
Decía Víctor Hugo (nos referimos al autor de la novela “Los
Miserables” y no al relator miserable) que “entre un gobernante que hace
el mal y un pueblo que lo consiente existe cierta solidaridad
vergonzosa”, y gran parte del Ecuador ha demostrado ser solidaria con la
dictadura, pero la solidaridad no es tan gratuita ni espontánea. El 25%
del padrón electoral de ese país depende del Estado y por ende Rafael
Correa cuenta con una enorme muchedumbre mendicante cuyo voto está
condicionado o maniatado por la prebenda gubernamental.
Pero como quiera que sea, una vez más, la historia ha demostrado que
las masas conducidas y subsidiadas suelen elegir por el transitorio
disfrute de corto plazo.
En países con cultura cívica precaria, las dictaduras populistas se financian con plata y mientras haya plata habrá dictadura.
Por ahora y mientras el petróleo siga en alza, Correa detentará el
Palacio de Carondelet y en adelante, los latinoamericanos empezaremos a
escuchar y a leer mucho más sobre este personaje, que está dejando de
liderar solamente su país para ocuparse de reemplazar definitivamente a
sus agonizantes colegas de Cuba y Venezuela, para erigirse de a poco en
el heredero continental de la reacomodada y barnizada estampa de la hoz y
el martillo.
(*) Ultimo libro del autor: “El Cuentero de Carondelet, Rafael
Correa” (Prólogo de Ricardo López Murphy). ¿Dónde conseguir los libros
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