Asombrosa ingenuidad.
Asombrosa
ingenuidad.
Es increíble como
alguna gente que parece inteligente y que ha tenido acceso
a una educación de cierta calidad, puede caer en tan
elemental trampa, esa que muestra una candidez serial solo
admisible en la niñez.
El éxito, en
los negocios, en la vida personal, en la actividad política
o inclusive en las relaciones interpersonales, nunca es
el producto de meros golpes de suerte, sucesos impensados
u ocasionales actos espasmódicos.
Ese camino
jamás es lineal. Está repleto de obstáculos,
de infinitos desvíos y momentos especiales en los que
se requiere detenerse y a veces hasta retroceder para luego
recién desde allí seguir avanzando.
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Cuando se observa un efectivo cambio en el rumbo de las
decisiones políticas de un territorio que se encamina
con mayor determinación hacia un futuro mejor, eso
no ha ocurrido por obra de la casualidad, de un habilidoso
truco de magia o de un guiño del destino.
La inmensa mayoría de las veces, esas transformaciones
que tanto se anhelan, son la consecuencia inevitable de
una combinación de situaciones particulares, de acciones
prácticas y detonantes generados por la coyuntura.
Nada ocurre porque sí, por un simple accidente o por
azar.
Es difícil comprender la conducta
de algunos individuos que siendo astutos, capaces y hasta
exitosos en sus círculos profesionales, suponen que
en el campo de la política y de los espacios sociales,
el progreso puede alcanzarse de la mano del eterno voluntarismo.
Es incomprensible esa actitud de quienes tienen
plena conciencia de lo mucho que les ha costado estar allí
donde están y llegar hasta ese meritorio lugar que
ocupan. Muchos de ellos le han dedicado miles de horas a
estudiar para conseguir cierto status académico. Otros
han trabajado en diferentes lugares, a veces en condiciones
casi indignas, con un ahínco desproporcionado y haciendo
un enorme sacrificio para desarrollarse.
Algunos
llegaron aunque no todos. Sin embargo, todos aprendieron
la lección. Ahora saben que el recorrido es muy complejo
y que la perseverancia es vital para conseguir cualquier
meta propuesta.
Bajo estas reglas y en ese contexto,
es inadmisible que un ser humano que sabe del valor del
esmero y que conoce por experiencia propia, que la constancia
es un atributo esencial, pueda creer tan inocentemente que
en la vida ciudadana se pueden obtener evoluciones importantes
solo con ganas.
Si en lo personal, si en la
existencia propia, eso se torna muy difícil, a veces
casi imposible, mucho más aun es lograr esas mejoras
en una sociedad. Es importante comprender la naturaleza
del problema. Cuando eso no se logra, sucede lo ya conocido,
con individuos haciendo demasiado sin conquistar los resultados
esperados, dedicando energías a lo inconducente.
Existe un agravante que preocupa también.
Cada batalla perdida, cada maniobra fallida, solo consigue
instalar en el ambiente una gran desazón, una frustración
que carcome las fuerzas de cara al próximo intento.
Cuando triunfa la resignación sobreviene lo peor, el
acostumbramiento a la situación actual, el conformismo
interminable y con él, la más absoluta decadencia.
Cambiar la realidad no es un objetivo imposible,
pero se requiere tomar la iniciativa e imprimirle una impronta
diferente. Para ganarle a la mediocridad, resulta fundamental
entender lo más básico de la partitura.
Es allí donde aparecen los mayores problemas.
En la comprensión de este fenómeno social. No
se puede pretender caminar en el aire creyendo que la ley
de gravedad no hará su parte. Ningún esfuerzo
puesto al servicio de hacer lo inadecuado generará
algún resultado favorable.
Comprender esta
dinámica es solo una parte del asunto. La otra es entender
que para avanzar en positivo se precisan consensuar una
nómina de mínimos acuerdos con los otros, con
los que piensan diferente.
La tarea es construir
sobre aspectos comunes, encontrar esa masa crítica
para conseguir desde allí una fortaleza estructural
que logre que esas voces tengan trascendencia y se puedan
multiplicar, aunque no necesariamente sean la mayoría
numérica, pero sí que tengan una significación
relevante.
Si realmente se quiere protagonizar
el cambio, si se pretende lograr transformaciones en el
rumbo de los acontecimientos, primero habrá que entender
los mecanismos bajo los cuales funciona la sociedad. Desde
esa acabada comprensión de la dinámica, se puede
iniciar una labor ininterrumpida que tendrá un norte
definido, pero no un plazo predecible.
En materia
de comportamientos sociales no existen demasiadas certezas.
No se trata de una ciencia exacta. Pero no menos cierto
es que haciendo lo correcto, eligiendo las estrategias convenientes
y utilizando las tácticas oportunas con el debido criterio,
se puede avanzar en el sentido apropiado.
Si
se quiere realmente cambiar el estado de situación
habrá que hacer mucho más que unos pocos esfuerzos
aislados. Suponer que una movilización ciudadana, una
denuncia judicial o un ciclo televisivo de carácter
crítico, es suficiente para lograr un objetivo de real
transformación es no entender absolutamente nada y
denota una asombrosa ingenuidad.
Alberto
Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com