lunes, 17 de noviembre de 2014

"EL ORDEN NATURAL" Carlos Alberto Sacheri "MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA" PARTE 5

"EL ORDEN NATURAL"
Carlos Alberto Sacheri
"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"
PARTE 5
 
La moral y el derecho
Dado que el individuo es autónomo, no reconoce otras normas que las que él mismo se dicte. Todos los valores morales se reducen a lo subjetivo, razón por la cual, lo que uno concibe como recto o justo no tiene por qué ser admitido por los demás.
Así como la moral se separa totalmente de la religión, el derecho se independiza de la moral (positivismo jurídico). Todo derecho es subjetivo y no reconoce otra regla que la voluntad de los sujetos que libremente acuerdan convenios, contratos, sociedades, etc.
En nombre del sufragio universal y de la soberanía popular, la democracia liberal expresa en forma de ley lo que los individuos han decidido. El derecho positivo no reconoce ninguna dependencia con relación al derecho natural y se exige en principio la separación total entre Iglesia y Estado.
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Cultura y religión
Esta exaltación de los valores individuales también afecta el plano de la cultura, que es concebida como una actividad autónoma, desvinculada de los valores éticos. El culto del “arte por el arte” es una expresión concreta de tal actitud.
En el plano religioso, el liberalismo conduce primeramente a un indiferentismo y, luego, al ateísmo. Su naturalismo integral lo seculariza todo. La religión se reduce a sentimientos subjetivos, separados de las actividades diarias.
Ese ateísmo práctico se traduce en el laicismo educativo y social, que elimina toda referencia a lo trascendente y exalta la libertad de conciencia y de cultos. El reciente Concilio ha definido claramente esta concepción: “Los: que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo,
el único artífice y creador de su propia historia” (Gaudium et Spes, nº 20).
Lo expuesto muestra claramente que la doctrina liberal elabora una concepción de la persona y de las relaciones sociales en abierta oposición al sentido cristiano de la vida.
13. LA IGLESIA FRENTE AL CAPITALISMO
Uno de los grandes temas que preocupan actualmente al hombre es el sistema llamado “capitalismo” o economía capitalista. Al enjuiciar tantas injusticias, sobre todo en el plano económico, surge la cuestión relativa a la legitimidad del capitalismo y, en consecuencia, se plantea el problema de si la solución a tales desórdenes reside o no en la modificación o aún en la destrucción del actual sistema socio-económico capitalista. La gravedad de tales planteos requiere un examen atento del problema a la luz de los principales documentos del Magisterio de la Iglesia.
Distinciones previas
En materia tan controvertida suelen deslizarse con frecuencia confusiones y equívocos respecto de los conceptos básicos. Esto ocurre constantemente en referencia al capitalismo.
En primer lugar, conviene recordar que en su significado estricto, “capital” no es mero sinónimo de “dinero” . La ciencia económica define el capital como “un bien destinado a la producción de otros bienes económicos”. Así por ejemplo, es “capital” toda la maquinaria utilizada en la industria para la producción de diversos artículos (tejidos, automóviles, muebles, etc.). El “bien de capital” se contrapone al “bien de consumo”, esto es, a los bienes destinados directamente a satisfacer las necesidades primarias del hombre. El dinero, en este contexto, sólo es “capital” en tanto que implica la posibilidad de adquirir bienes de capital.
Pero el mayor de los equívocos reside en el concepto mismo de capitalismo. En su sentido corriente, el capitalismo designa la actual economía; al constatar muchos abusos que se dan en la vida diaria, se achacan al capitalismo esas injusticias y, en consecuencia, algunos concluyen que el capitalismo es de suyo un sistema injusto, opresor, inhumano. En esto hay una parte de verdad, pero también una confusión profunda, pues se ignora que por capitalismo pueden enten­derse dos cosas muy diferentes.
Dos significados de capitalismo
En sentido estricto, se denomina economía capitalista a “aquella economía en la cual los que aportan los medios de producción y los que aportan su trabajo para la realización común de la actividad económica, son generalmente personas distintas” (Pío XI, Quadragesimo Anno, nº. 100). Esto implica asimilar la economía capitalista al régimen del asalariado. En términos generales, puede decirse que la economía anterior al siglo XVII no era “capitalista” , en cuanto que los medios de producción o capital estaban en las mismas ma­nos que ejecutaban los trabajos. Los talleres o empresas familiares, los artesanos, los pequeños comerciantes, son ejemplos de eco­nomía no-capitalista. En la actualidad, lo que predomina es la distinción del sector capital y del sector trabajo, lo que configura una economía capitalista, según se ha dicho.
Pero existe otro sentido, muy difundido, de capitalismo. Por él se designa un proceso histórico determinado, el cual debería llamar­se capitalismo liberal. Podemos caracterizarlo con palabras de Pablo VI: “Pero, por desgracia, sobre estas nuevas condiciones de la socie­dad [la revolución industrial], ha sido construido un sistema que considera el provecho como motor esencial del progreso económico, la concurrencia como ley suprema de la economía, la propie­dad privada de los medios de producción como un derecho absolu­ to, sin límites ni obligaciones sociales correspondientes. Este libera­ lismo sin freno, que conduce a la dictadura, justamente fue denunciado por Pío XI como generador de “el imperialismo internacional del dinero” . No hay mejor manera de reprobar tal abuso que recordando solemnemente una vez más que la economía está al servicio del hombre” (Populorum Progressio, nº 26).
El texto citado sintetiza claramente la realidad de los dos últimos siglos: al sistema capitalista se agregó la ideología del liberalismo económico (ver cap. 12). Como surge claramente de su lectura, Pablo VI se refiere al liberalismo a secas, sin emplear el término capitalismo salvo para hacer la distinción siguiente: “Pero si es verdad que un cierto capitalismo ha sido la causa de muchos sufrimientos, de injusticias y luchas fraticidas, cuyos efectos duran todavía, sería injusto que se atribuyera a la industrialización misma los males que son debidos al nefasto sistema que la acompaña. Por el contrario, es justo reconocer la aportación irremplazable de la organización del trabajo y del progreso industrial a la obra del desarrollo” (id., n. 261).
Del texto resulta manifiesta la distinción arriba realizada entre el sistema capitalista (división capital-trabajo) y el liberalismo económi­co que, de hecho pero no de derecho, lo acompañó históricamente. Esto explica por qué la Iglesia ha condenado siempre con tanto énfasis al liberalismo mientras que no ha condenado nunca al capi­talismo. Mientras el liberalismo ha sido el responsable del caos socio­ económico que dio lugar a la “cuestión social” , el sistema capitalista es un tipo de economía que ha aumentado en forma extraordinaria la producción de bienes y servicios.
Gravedad del capitalismo liberal
Por su énfasis en el interés individual, su exaltación de la iniciativa y de la libertad, su falta de regulación moral de las relaciones económicas y sociales, la doctrina liberal, difundida sobre todo a partir de la Revolución Francesa, dio lugar a toda clase de abusos. Mientras favoreció la “acumulación excesiva de bienes privados” , “el abuso de las grandes riquezas, y del derecho de propiedad” (Pío XII, Menti Nostrae, 23-9-50), el capitalismo liberal destruyó el orden social y la pequeña propiedad, sumiendo a la mayor parte del cuerpo social en la miseria más espantosa (ver Pío XII, Alocución del 1-1-44).
En 1931, Pío XI denunció con excepcional vehemencia las injus­ ticias del capitalismo liberal en su admirable encíclica Quadragesimo Anno: “Salta a la vistá que en nuestros tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes y una prepotencia económica despótica en manos de muy pocos. Muchas veces no son éstos ni dueños siquiera, sino sólo depositarios y ad­ ministradores que rigen el capital a su voluntad y arbitrio. Estos po­ tentados son extraordinariamente poderosos; como dueños absolutos del dinero gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto. Di­ríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por así decirlo, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi originarla de economía modernísima, es el fruto que naturalmente produjo la libertad infinita de los competidores, que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, que.es a menudo lo mismo que decir los que luchan más violentamente, los que menos cuidan su conciencia” (nº 105-107).
El espíritu de lucro, verdadero motor del capitalismo liberal, puso el acento en la acumulación de la riqueza por la riqueza misma, sin respeto alguno por la moral y los derechos fundamentales del hombre. Al reducir al Estado a mero espectador pasivo del proceso, impidió que éste ejerciera su función de árbitro supremo entre los distintos sectores sociales. Sólo ante la evidencia del drama por él provocado, el liberalismo fue cediendo paso a una concepción más justa del orden económico. Como lo sintetizó irónicamente Chesterton: “el mal del capitalismo liberal no fue el haber creado capitalistas, sino el haber creado demasiado pocos capitalistas. El remedio al abuso del capital consiste, precisamente, en facilitar el acceso de todos los grupos sociales a las diferentes formas de la propiedad (ver Ene. Mater et Magistra de Juan XXIII).
El juicio de la Iglesia siempre fue muy severo contra la usura y el liberalismo económico, por someter al hombre a la economía en vez de colocar el dinamismo productivo al servicio de la persona. La solución cristiana estriba en la difusión de la propiedad, la humanización del trabajo y la instauración de una auténtica organización profesional de la economía nacional con la participación de todos los sectores, bajo el ordenamiento jurídico del Estado.
14. LA IGLESIA FRENTE AL COMUNISMO
La posición de la Iglesia frente al comunismo es de todos cono­ cida: hay una total oposición entre la doctrina y la praxis del comu­nismo internacional y el sentido cristiano de la vida. Pero con frecuencia se constata una gran ignorancia respecto de las razones concretas que fundamentan dicha oposición. Esta ignorancia sue­le ser doble, tanto en relación a las principales tesis del marxismo y del comunismo, como en relación a los principios esenciales de la doctrina cristiana en materia social. Resulta por lo tanto muy necesario considerar en forma de sinopsis los aspectos esenciales del comunismo teórico y práctico.
Puede definirse al comunismo o marxismo-leninismo como una doctrina práctica de la acción revolucionaria.
La doctrina comunista
La doctrina comunista no es otra que el materialismo dialéctico e histórico formulado en el siglo XIX por Carlos Marx y F. Engels. Dicha doctrina se resume en tres ideas esenciales: dialéctica, aliena­ ción y trabajo. El elemento dialéctico es la clave de todo lo demás.
Dialéctica: el materialismo dialéctico constituye la cosmovisión marxista. Afirma que toda la realidad no es sino materia; esta ma­ teria es eterna, infinita, automotriz, esto es, se mueve a sí misma en forma dialéctica, es decir, pasando de un extremo a otro de la afirmación a la negación, del ser al no ser, de lo inanimado a lo viviente, de lo irracional o lo racional. Mediante este postulado -que es to­ talmente incoherente, aun a los ojos de comunistas militantes como Henri Lefévre-, Marx pretendió justificar el escollo clásico de todo materialismo: ¿cómo de la materia surge la vida y de la vida sensible el ser humano racional?
Por el mismo mecanismo evolutivo dialéctico, la sociedad humana estaría llamada, a través de un permanente conflicto de fuerzas (clases sociales) hacia un estadio final (sociedad sin clases), verdadero paraíso terrestre.
Alienación: por alienación entiende Marx toda relación de depen­ dencia entre los hombres. Nunca distingue entre dependencia jus­ ta e injusta. Se dan 5 tipos: 1) económica, centrada en la propiedad; 2) social expresada por la idea de clase; 3) política, manifestada por el Estado; 4) ideológica, dada por la filosofía; y 5) religiosa, centrada en el concepto de Dios.
Trabajo: en virtud de la dialéctica, el hombre no tiene una esencia o naturaleza estable, sino que se transforma constantemente, se crea a sí mismo (Manuscritos de 1844). El instrumento de tal transformación es el trabajo. El hombre alienado, dependiente, se ve despojado sistemáticamente de su producción y ésta pasa a manos del empresario o capitalista, bajo el nombre de plusvalía. El único trabajo para Marx es el del obrero industrial; ninguna otra tarea merece el nombre de “trabajo” , ni el empresario, ni el intelectual, ni los servicios.
Esta doctrina es radicalmente atea. No hay diferencia entre materia y espíritu, ni entre cuerpo y alma; tampoco existe un más allá para el alma después de la muerte. El comunismo destruye el concepto de persona, su libertad y su dignidad, al eliminar el principio espiritual de la conducta moral y todo lo que se oponga al instinto ciego. El individuo desaparece frente a la colectividad, no es sino un engranaje del sistema, sin que pueda invocar derecho natural alguno. La familia y los grupos intermedios son desconocidos en sus derechos; toda forma de autoridad no tiene otra fuente que la sociedad. Se niega todo derecho de propiedad privada, so pretexto de provocar la esclavitud económica.
La persona humana pierde todo carácter espiritual y sagrado. En consecuencia, el matrimonio y la familia pasan a ser instituciones puramente convencionales. Se desconoce la dignidad del amor hu­mano; se niega la estabilidad e indisolubilidad del matrimonio y el derecho de los padres a la educación de sus hijos (ejemplo de las “comunas infantiles” de Mao, en China). So pretexto de emancipar a la mujer, se la sustrae al hogar y se la lanza a la producción colectiva, ignorando su dignidad y vocación propias. Dentro de semejante perspectiva, la sociedad humana no presenta otra jerarquía que la derivada del sistema económico. Su única misión es asegurar la producción de bienes mediante el trabajo colectivo; su única finalidad, el goce de los bienes materiales. Para ello el comunismo asigna a la sociedad un poder total para someter a los individuos, mediante imposiciones coactivas y la violencia. La moral comunista fue sintetizada por Lenin cuando dijo: “Es moral todo lo que contribuye a la destrucción del capitalismo.” En otras palabras, se trata de un maquiavelismo absoluto, sin normas éticas objetivas, en el cual todo medio es lícito. Es “una humanidad sin Dios y sin ley” (Pío XI, Ene. Diuini Redemptoris).
La praxis revolucionaria
Cuando el ideal colectivista sea una realidad, desaparecerán las clases sociales y el estado definido como mero instrumento de opresión en manos de los “capitalistas”, dando lugar a una libertad sin límites (curiosa reminiscencia de Rousseau). Esa será la etapa propiamente comunista. .
Pero a la espera de la edad de oro, el comunismo en la etapa intermedia o socialista, considera al poder político como el medio más eficaz para alcanzar sus fines: es la dictadura del proletariado (ver Lenin, El estado y la Revolución, cap. 5). Primera consecuencia práctica: el comunismo consistirá ante todo en una acción revolucionaria para la toma del poder político. Una vez en el poder, desde él se realiza la “transformación liberadora” de las conciencias.
Si bien el proceso histórico obedece según Marx a un determinismo riguroso, los hombres pueden acelerar el proceso mediante la lucha de clases. Si el conflicto de clases existe en la realidad, el Partido lo agudiza y extiende. Si no se da el conflicto, la estrategia y la propaganda partidaria lo crea, para luego desarrollarlo. Segunda consecuencia práctica: el comunismo se nutre de injusticias y produce necesariamente injusticias.
La razón es simple: toda medida justa, toda mejora de la situación, tiende a disminuir la intensidad del conflicto social. Al disminuir la tensión social, hay menos “lucha” y el proceso revolucionario se vuelve más lento. Si la justicia se instaurara en casi todos los planos, la praxis comunista carecería del “alimento” indispensable para promover el cambio revolucionario. En consecuencia, si el comunismo buscara realmente la paz y prosperidad sociales, se aniquilaría a sí mismo.
Por esta causa, Pío XI declaró que el comunismo es “intrínsecamente perverso” (Divini Redempioñs, nº 68), ya que es incapaz de promover el bien. Al llevar el maquiavelismo a sus últimas conse­ cuencias, no hace sino diluidir, lo divide todo. Este proceso de divi­sión destruye al cuerpo social, favoreciendo toda clase de antagonismos y fricciones, desplazando a los grupos dirigentes sanos y anestesiando al cuerpo social, en una dialéctica que lo desmoraliza y fragmenta. Esta es la esencia de la praxis comunista.
La doctrina católica es todo lo opuesto del “odio social” . Supone una actitud integradora, armonizadora de todos los sectores en sus legítimos intereses. Parte del respeto de la persona y sus derechos esenciales, de la vitalidad de las familias, de la coordinación de los grupos intermedios y las asociaciones profesionales. Y todo ello bajo la supervisión del Estado como procurador del bien común y de la Iglesia siempre atenta al bien de las almas. La Iglesia no condena sólo al comunismo porque es ateo. Lo condena además por ser una teoría y una praxis destructora de todo orden social y econó mico de convivencia (Pío XII, Alocución del 13-5-50).
15. LA IGLESIA FRENTE AL NAZISMO Y AL FASCISMO
Dentro de las reacciones provocadas por la crisis de la ideología liberal y sus lamentables repercusiones en el orden socio-económi­co, surgen dos corrientes ideológicas en la primera mitad del siglo XX: el nazismo o nacionalsocialismo y el fascismo. Ambas proceden de una circunstancia histórica común: la crisis europea que siguió a la guerra de 1914-18 y la crisis financiera internacional de 1929. En Italia surge Benito Mussolini, adalid del fascismo; en Alemania, Adolfo Hitler es el líder del nazismo.
Ante el carácter que cada uno de estos movimientos políticos fue adquiriendo, la Iglesia Católica condenó en dos encíclicas del Papa Pío XI: Non abbiamo bisogno (1921) contra el fascismo, y Mit brennender Sorge (1937) contra el nacional-socialismo.
Caracteres comunes
Antes de pasar a considerar los matices distintivos de ambas corrientes, conviene señalar sus características comunes.
En primer lugar, las dos ideologías son expresión del pensamiento socialista. Tanto Hitler como Mussolini militaron en el socialismo antes de formar sus respectivos partidos. Sus tesis principales reflejan claramente la inspiración socialista. De ahí que resulte un gran con­ trasentido el oponer -como se hace con frecuencia- el comunismo al nazismo y al fascismo, como ideologías contrarias, puesto que la raíz filosófica es común a todas ellas: una concepción naturalista y materialista del hombre y de la sociedad, una hostilidad abierta con­ tra la religión y la Iglesia, una exaltación del Estado y una limitación drástica de las libertades esenciales del hombre.
El nazismo y el fascismo fueron dos movimientos de reacción surgidos de la clase media, víctima principal de la crisis mencionada.
Esta reacción antiliberal reclutó a la pequeña burguesía, una par­ te del campesinado, los artesanos y un amplio sector de profesionales. Frente a la pasividad del Estado liberal, que prohijaba la anarquía, las dos corrientes pusieron énfasis en “gobiernos de orden” , autoritarios, verticales, fuertemente estatizantes. Inspirados por el tem or al caos y a la pobreza, respondían al siguiente lema: “odiar al rico con la mitad de su corazón y al hombre de abajo con todo su corazón” .
La esencia del nazismo
Las tesis principales del nazismo están contenidas en el libro Mein Kampf, de Adolfo Hitler, breviario del maquiavelismo político. Exalta la grandeza de la nación alemana, llamada a presidir los destinos del mundo. Cultiva el mito de la “raza superior” o raza aria, cuya pureza ha de preservarse y aumentarse, mediante métodos eugenésicos. Esto dio pie al antisemitismo, a la esterilización de mujeres judías, a la eliminación de los deficientes, etc., mediante sucesivas leyes del III Reich.
El nacional-socialismo exaltó al máximo el poder estatal asignán­ dole poderes omnímodos en lo económico, lo político y lo cultural. La organización de los sindicatos se convirtió en engranaje del Par­tido Nazi. Mediante proscripciones y persecuciones se llegó al régi­ men de “partido único” . La educación de la juventud fue regimen­ tada a través de múltiples organizaciones como la Hitlerjugend, mecanismo de reclutamiento y adoctrinamiento de los futuros líderes del Partido, desconociendo los derechos de las familias, los grupos intermedios y la Iglesia, en materia educativa.
Mediante el empleo constante de una propaganda hábil, se completó el proceso de masificación del pueblo, creando una mentalidad mecanizada al servicio de una concepción neopagana de la uida.
En el plano internacional, el nazismo propició una política agresiva, belicista y de dominación mundial, so pretexto de asegurar a la nación alemana el “espacio vital” indispensable.
Resulta importante señalar que Hitler se consideraba a sí mismo como “el auténtico realizador del marxismo” (H. Rauschning, Hitler m ’a dit, ed. Cooperation,) París, 1939, p. 112-13), adjudicándose el mismo espíritu subversivo y el mismo desprecio por la verdad objetiva.
La esencia del fascismo
El fascismo italiano constituyó una posición más moderada que el nazismo y presenta con respecto a éste diferencias importantes. En primer lugar, Mussolini combatió seriamente al comunismo y su estrategia internacional,. En segundo lugar, el fascismo no incurrió en racismo ni en actitudes de dominación mundial. Su nacionalismo se limitó a una reivindicación de los intereses de Italia y a la recuperación de los territorios que le fueran quitados como consecuencia de la primera guerra. Ideológicamente, su régimen se asentó “sobre la base de un ideario que explícitamente se resuelve en una verdadera estatolatría pagana, en abierta contradicción tanto con los derechos naturales de la familia, como con los derechos sobrenaturales de la Iglesia” (Pío XI).
Ese naturalismo de inspiración socialista llevó a la exaltación del Estado: “Para el fascismo todo está dentro del Estado y nada de humano o espiritual se halla fuera del Estado y mucho menos tiene valor. En tal sentido el fascismo es totalitario y el Estado fascista, síntesis y unidad de todos los valores, interpreta, desarrolla y encierra en potencia toda la vida del pueblo” (Diario La Nación del 30-6- 32). ,
En tal perspectiva, el gobierno se adueñó de toda la educación, eliminando toda organización de inspiración religiosa. Organizó “verticalmente” a los sindicatos en entes corporativos, en contradicción abierta a la organización profesional corporativa auspiciada por la doctrina social de la Iglesia, que se basa en el principio de subsidiaridad y defiende la libre agremiación y la independencia de las organizaciones profesionales del poder político (ver Pío XI, Quadragesimo Anno).
La incompatibilidad de las doctrinas expuestas con los principios básicos del Cristianismo resulta manifiesta. En primer lugar, se con­ tradice el concepto cristiano del hombre como realidad espiritual, llamado a un fin trascendente y reconocido en su dignidad de agente libre y responsable, sujeto de derechos naturales inalienables. El totalitarismo fascista y nazi convierten al hombre en engranaje del Estado omnipotente, única fuente de derechos.
La exaltación totalitaria del Estado ha llevado a ambos sistemas a desconocer el principio de subsidiaridad y los derechos y autonomías legítimas de los grupos intermedios de la sociedad. Este desconocimiento se da en el plano económico, con el intervencionismo del gobierno y la sujeción a él de los organismos sindicales y empresarios. También se da en lo social, al desconocer los derechos propios de las familias y de las diversas formas de asociación. Se verifi­ca, asimismo, en el plano político, al conducir a un régimen de partido único, distorsionando toda auténtica participación política de los grupos responsables. Por último, se comprueba en el plano de la cultura, mediante el monopolio escolar y la negación de los legíti­mos derechos de la Iglesia, en una concepción laicista y neopagana de la vida.