lunes, 13 de abril de 2015

INFAME EL FALSO JUBILEO DE LA FALSA MISERICORDIA

 INFAME EL FALSO JUBILEO DE LA FALSA MISERICORDIA
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«Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22b-23).
Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.
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Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.
Bergoglio no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa Benedicto XVI.
El gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.
Sólo los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso, todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:
«Porque aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1, 9-10).
Bergoglio anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de papa. Punto y final.
Pero, muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis agallas porque ya no sois de Cristo!
«Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.
¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia. Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!
«Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).
¿Qué cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar. Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.
Se recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia. Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira: «ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!
El Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);
«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);
«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).
Las relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo por el pecado de Adán.
Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.
Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.
En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.
El pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente de la espada de la Justicia de Dios.
«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).
Si el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos condenados.
Pero el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que pone a todo hombre en la Justicia Divina.
Pero esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.
Vivir en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego del infierno.
Vivir en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a combatirlo para no pecar más.
Por lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada de justicia penda sobe su cabeza.
Pero aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.
Esto es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.
Bergoglio anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.
«Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».
Una pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia. Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.
«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.
Hay que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global, común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales, fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es llamada santa precisamente porque peca constantemente.
Los hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será. Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue viviendo en tus magníficos pecados.
En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.
En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.
Justamente, ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la Iglesia.
No es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el Vaticano.
Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.
Es el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de Bergoglio.
¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.
No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios». No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje hace cada día en Ella.
Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.
¿Quieren estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.
¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa. Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.
Estamos en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.
No sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa, porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la masonería. Los puestos claves  de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos acepten ese cisma.
Es el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se está levantando en todas partes.
La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.
La falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla como tal. Tienen que llamarla por su nombre.
Déjense de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.
Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.
Infame es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se merece.
Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.
«El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?
¡Qué pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo el mundo.