INFAME EL FALSO JUBILEO DE LA FALSA MISERICORDIA
«Recibid
el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán
perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20,
22b-23).
Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.
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Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.
Bergoglio
no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo
extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es
decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que
deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo
tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo
una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la
verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el
Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una
desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son
todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa
Benedicto XVI.
El
gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la
Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras
para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.
Sólo
los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen
el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y
poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso,
todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no
son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico
e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen
viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la
justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:
«Porque
aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio
distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el
favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres?
Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1,
9-10).
Bergoglio
anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es
anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de
papa. Punto y final.
Pero,
muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y
obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un
hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a
Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de
vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de
ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis
agallas porque ya no sois de Cristo!
«Si
aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos
ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a
las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.
¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia.
Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea
qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en
sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir
los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!
«Es
el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el
Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la
misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).
¿Qué
cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo
Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados;
a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar.
Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.
Se
recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia.
Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira:
«ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la
Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!
El
Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo
el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);
«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);
«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).
Las
relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta
Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de
aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo
por el pecado de Adán.
Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.
Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.
En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.
El
pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve
un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al
infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es
la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente
de la espada de la Justicia de Dios.
«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).
Si
el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en
Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos
condenados.
Pero
el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la
enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que
pone a todo hombre en la Justicia Divina.
Pero
esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que
merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así
quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.
Vivir
en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque
lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego
del infierno.
Vivir
en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre
merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a
combatirlo para no pecar más.
Por
lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera
seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan
retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada
de justicia penda sobe su cabeza.
Pero
aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay
perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.
Esto
es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio
auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.
Bergoglio
anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay
moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una
auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.
«Una
pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo
de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de
grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad
los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».
Una
pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar
Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que
es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia.
Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas
las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan
que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.
«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.
Hay
que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que
ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino
una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que
la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar
al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global,
común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha
salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales,
fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas
personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe
en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es
llamada santa precisamente porque peca constantemente.
Los
hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será.
Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue
viviendo en tus magníficos pecados.
En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.
En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.
Justamente,
ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo
de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la
Iglesia.
No
es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un
hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el
Vaticano.
Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.
Es
el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha
proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos
sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a
Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y
sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de
Bergoglio.
¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.
No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».
No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos
una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una
iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje
hace cada día en Ella.
Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.
¿Quieren
estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el
magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a
Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la
Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.
¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa.
Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a
Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el
Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.
Estamos
en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con
el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan
contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias
para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio
renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son
más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.
No
sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa,
porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en
este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más
fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un
tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus
obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por
impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la
masonería. Los puestos claves de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo
queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos
acepten ese cisma.
Es
el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es
un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este
cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos
pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se
está levantando en todas partes.
La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.
La
falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no
representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla
como tal. Tienen que llamarla por su nombre.
Déjense
de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de
Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.
Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.
Infame
es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos
que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para
abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al
cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se
merece.
Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.
«El
perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede
otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a
quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si
Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo
el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su
concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y
ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por
tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?
¡Qué
pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está
toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo
el mundo.


