LA ORACIÓN DE FRANCISCO
A nosotros no nos incumbe meternos en la intimidad de nadies, y menos
que menos en su intimidad más íntima: la de la oración, la del trato
silente y recogido del alma con Dios. Los dardos los aprontamos, en todo
caso, para la actuación pública y manifiesta de aquellos sujetos cuya
relevancia personal y cuyos yerros, por la amplitud de sus
consecuencias, piden probar la puntería. Y esto sin que la conciencia
nos lo demande -es más: espoleándonos a ello.
Pero a veces se presenta
la ocasión de hacer una excepción inevitable y de tratar un aspecto
siempre delicado de abordar, como lo es la oración de un tercero, y nada
menos que del pontífice reinante.
¿Y por qué hacer tal excepción? Porque -sin poder precisar ahora la
fuente- hemos leído varias veces de boca de quienes tienen algún acceso a
sus recámaras, que el papa Francisco dedica un tiempo prolongado
-prolongado en virtud de su actividad- a la oración meditativa, todas
las mañanas por espacio de un buen par de horas, o quizás más.
Últimamente lo ha sugerido monseñor Gänswein, en un reportaje del que nos hemos servido para abordar otros asuntos (el reportaje original al prelado alemán, aquí). Junto con la capacidad de trabajo de Francisco, a Gänswein lo sorprende «su
vida espiritual de oración. Como es sabido, se levanta muy temprano
para meditar y prepararse para la santa misa. Impacta la coherencia
entre una vida muy activa y el tiempo que le dedica a la oración, es
decir, a la vida contemplativa».
A nosotros lo que nos sorprende, en cambio, es esta confidencia porque, a
decir verdad, Francisco luce en sus hechos y en sus palabras como un
hombre espiritualmente insípido -sino insipiente a secas. Ciñéndonos
sólo a sus palabras, que suelen entrañar alguna invariable omisión o
injuria de las verdades siempre predicadas por la Iglesia, Francisco
aparenta -como mínimo- lo que a todas luces revela ser, según lo han
retratado otros que lo conocieron de cerca: un hombre de maquinaciones,
de intrigas, de astucia y cálculo para granjearse siempre mayores cuotas
de poder, poco preocupado en profundizar en la inteligencia de la fe,
en dejarse deslumbrar por la serena luz de la verdad que es testimonio
del supremo bien. En fin: uno que encarna distinguidamente aquello que
Santo Tomás refiere como «necedad espiritual» (S. Th. II-II q.46 a.2),
es decir, un cierto «embotamiento espiritual» causado «por la absorción
del hombre en las cosas terrenas, por lo que su sentido queda
incapacitado para captar lo divino». Acá se aplican también las palabras
del Señor que suelen citarse en el principio de la Cuaresma: aquellos
que persiguen incansablemente el reconocimiento y la preeminencia entre
los hombres, aquellos que viven engolfados en las cosas terrenas «ya han recibido aquí su recompensa», por lo que quedan desposeídos de ese gusto sapiencial de los bienes últimos que Dios concede a los que buscan el Unum Necessarium.
Cosa que resulta patente en el fraseo de estos tales, que no revela la
menor baquía celeste, y más cuando de ellos se espera la suprema
docencia. Esto consta, para traer un ejemplo de estos últimos días, en
el tratamiento que le dio Francisco al caso de los 148 mártires de
Kenia, víctimas -según el telegrama enviado desde la Santa Sede al arzobispo de Nairobi- de un «acto de brutalidad sin sentido». No hace falta acumular otras muchísimas citas, a cual más desgraciada.
E insistimos sobre este punto antes de llegar a donde queremos llegar:
el contraste violento e insoluble entre la sequedad personal para con el
misterio y la eminentísima dignidad espiritual que se le confiere puede
bien concitar en el sujeto el fenómeno erupcional de lo demoníaco, la
aversión sorda y angustiante a Dios, notoria en el uso mismo de la
lengua. Porque detrás del culto idolátrico del hombre (de su arbitrio,
de sus gustos, de sus vicios, polo al que invariablemente tienden
quienes niegan a Dios el culto a Él solo debido) quedan los intereses
por pagarle a Satanás, que es cobrador sañudo e insalvable y a quien
acaba por entregársele el rosquete, según sentencia el vulgo, siempre malhablado. De aquí lo terrible del carrerismo con proa enderezada a Roma.
Por eso andábamos preguntándonos, perplejos ante el testimonio Gänswein,
a quién le rezará Francisco y qué le pedirá. Y la respuesta la
obtuvimos del recordado Blog di Baronio,
que debió contar con algún espía avezado en esto de meterse donde
tantos aduladores no logran llegar pese a sus desvelos. Y ¡oh, Papa de
las sorpresas!, resulta que Bergoglio nos deparaba la mayor de las
tales. Con todo lo que parece impulsar las veleidades progresistas en la
Iglesia, pese a sus guiños incesantes para con los enemigos de la Cruz,
resulta que Francisco ¡reza en latín!, y que lo hace valiéndose
de una jaculatoria atribuida a un santo del largo invierno pre-conciliar
y constantiniano (aunque, urge decirlo, la fórmula está ligeramente
retocada en sus términos).
En adelante, fundados en esta sorprendente novedad, nuestra percepción
de este pontificado -y la de muchos, a no dudarlo- exigirá una necesaria
revisión.

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