EL CRISTO CRUCIFICADO EL SIGNO DE LA MISERICORDIA
Todos
van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión
natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la
conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana. Es
el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre
los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación
del mismo hombre. Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.
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Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.
Para
esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con
la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la
falsa iglesia en Roma.
Y
la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos
pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de
Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero,
¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la
dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede
excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir
así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que
siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un
pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la
Iglesia y de las almas.
Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.
La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.
Pero,
se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento
brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar
un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un
cristo que no es el del Evangelio.
El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas»
(Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida
humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo
humano.
Es
la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el
cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el
Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz,
en el Hijo que muere clavado en la Cruz.
Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.
Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).
Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.
El
amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje,
consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir
injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del
otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un
signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole
material, no espiritual.
Dios
se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por
vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está
escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si
tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber;
que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).
En
la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no
juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar
sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir
al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a
hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona,
que sólo está reservado a Él.
Pero,
esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no
existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural.
Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.
Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide
que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando
enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo
es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que
defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que
atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al
pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se
aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.
Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.
Para
ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura
no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo
que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.
Esto
es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden
que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que
es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.
Y
oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por
tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que
salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia
Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en
donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la
Voluntad de Dios.
Dios
no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de
pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas
vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no
de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.
Dios
pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace,
para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia.
Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la
obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que
peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al
otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus
males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo
conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay
que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es
nuestro amigo.
Pero,
a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger
frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran
oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la
verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios
encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen
la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente
de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser
del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos
días.
«…el
Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en
profundidad los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los
corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres»,
no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío,
inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del
hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y,
por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la
salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu
voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!
Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.
Ellos
muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida
social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias
sociales y a predicar los derechos humanos.
Y
enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga
sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre.
Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así,
cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo
espera…».
Palabas propias de un demente.
¡Gran locura es lo que se dice aquí!
Se
niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un
dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para
mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos.
Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por
eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a
la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al
Anticristo, pero predican su doctrina.
Es
lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno,
idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con
ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que
muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del
hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que
es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha,
con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos
estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les
corrige sus maldades.
Por
eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que
viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la
humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado
para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre
Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda
su descendencia.
Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.
¡Qué gran blasfemia!
Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.
Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.
Los
ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la
vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios
quería para el hombre.
Los
ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar
el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo
tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han
comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les
da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que
lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en
Roma.
Todo
hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el
camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no
es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.
Hay
que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con
los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya
conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve:
en Su Padre.
Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple,
que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente
del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que
unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión
que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos
morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin
relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del
pensamiento humano.
Sé
libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu
pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de
la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como
ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos
presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no
está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo
muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos
son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea
hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su
negocio en la Iglesia.
Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.
¿No
ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó
eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala,
reconociendo en ella una figura de fe?
«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).
¿Cómo
una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en
la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el
poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el
gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.
Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe,
no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de
mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta,
cosa que nunca va a hacer Bergoglio.
La
religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana.
Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma
naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia
para con Dios.
Toda
religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural.
Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no
funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en
la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza
humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada.
No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.
Los
luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No
se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si
se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los
hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la
Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.
La
división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno
de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para
conseguir su gran negocio.
La
religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones
con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la
creación.
Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.
Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.
El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.
Por eso, Dios crea a la mujer.
Y
la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para
dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la
creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.
Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne.
Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir
bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una
aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre
hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza
humana.
Una
mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no
es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo
el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que
tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia
funciona cuando gobierna el varón.
Pero,
hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y,
entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el
papel que Dios quiere en toda mujer.
Dios
crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para
adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un
vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no
existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que
Dios ha querido al crear al varón.
Dios
crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a
todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres
vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa
mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie
distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza
humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle
un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.
Dios
crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios
crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre,
para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.
Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.
El
hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden
divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es
una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es
la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener
hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural
de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido
natural.
Después,
está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no
es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se
ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un
ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un
ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a
la natural, a la carnal.
Adán,
con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio
entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés
tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era
imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas
cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo
natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es
imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.
El
pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible
vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un
camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la
generación, sino sólo por la gracia.
En
aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos
anticonceptivos, se va en contra de la misma religión natural. Dios
castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.
Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.
La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.
En
aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el
culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la
mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los
homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la
mujer.
¿Qué
relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de
homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida?
Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se
adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su
mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de
vivir naturalmente en relación con Dios.
En
aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el
culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene
el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene
el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el
sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la
virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir
la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.
Se
busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que
una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento
humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación.
Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre.
Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la
nueva religión y tener un medio para vivir la vida.
Aquellos
que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un
trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del
Anticristo.
No
tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a
toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los
sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás,
se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.


