No odio a nadie, sólo pretendo
dar mi opinión.
En la creencia de que mi capacidad de asombro estaba
definitivamente agotada a causa de la magnitud de las
estupideces propaladas a diario por la gran cadena nacional,
compruebo que he sido nuevamente sorprendido, esta vez por los
dichos del Sr. José Pablo Feinmann a quien escuché en un programa
radial dar los fundamentos del porqué tanta gente “odia a Cristina
Fernández”.
Este pintoresco personaje se permitió, en una suerte de método científico, dividir las aguas y fundamentar las causas de los “odios” de las mujeres y de los hombres en forma independiente, suponiendo que cada individuo piensa con los ovarios o los testículos según de quien se trate.
Este pintoresco personaje se permitió, en una suerte de método científico, dividir las aguas y fundamentar las causas de los “odios” de las mujeres y de los hombres en forma independiente, suponiendo que cada individuo piensa con los ovarios o los testículos según de quien se trate.
Así se despachó sin desparpajo alguno asegurando, entre un cúmulo de sandeces, que
las mujeres que odiaban a Cristina lo hacían porque la veían como
una especie de Súper Mujer, moderna heroína a la cual jamás en sus
miserables vidas podrían siquiera llegarle a la uña del meñique de
su pié izquierdo. Y justificaba esta novedosa teoría en el
hecho de que quienes así sentían eran movidas por sus
frustraciones las cuales se hacían más dolorosas al comprobar el
éxito alcanzado en vida por esta reencarnación de las
sacerdotisas egipcias y el extremo contraste que constituían sus
propias vidas, llevando sobre sus hombros fracaso tras fracaso.
Por supuesto que en tono con esta línea vomitó una cantidad
increíble de comentarios absurdos sobre la magnitud celestial de
nuestra Presidente y las penosas vidas que, arrastradas por el
lodo, llevan aquellas mujeres argentinas que se atreven a odiarla.
Pero repetir cada estupidez elaborada como si fuera una teoría de
incalculable valor científico sería darle a este señor más
importancia de la que tiene. Basta con mencionar su dictámen sobre
que, en realidad, estas mujeres se odiaban a sí mismas…
He aquí la tan mentada como infundada descalificación kirchnerista.
El capítulo referido al sexo masculino no es menos llamativo. Resulta ser que este engendro supone que aquellos hombres que odian a Cristina lo hacen por la simple razón de que no pueden hacerla suya!!! Se trata, para él, de una “mina” exitosa, rica, joven, inteligente, que “habla sin leer”, una “morocha argentina”, en fin que
todos los argentinos quisieran llevarla a la catrera y terminan
odiándola ante la comprobación de la imposibilidad de
concretar sus deseos.
Estos simples postulados supongo que los dijo para aquellos
fieles oyentes de la gran cadena nacional, dado que apenas con un
poco de análisis lógico llegamos a la conclusión de que si fuera
cierta esta falacia, quienes “no la odian” tampoco la desearían,
tema que daría pie a debates interesantes y sobre los cuales supongo
que el Sr. Feinmann se ha doctorado con honores.
Supongo también que llegar a tales conclusiones habrá llevado
su tiempo a este científico del pensamiento y la duda filosofal.
Porque si se centra en las mujeres y hombres que “odian a Cristina”
será seguramente porque comprobó interrogando personalmente a
cientos o miles de casos individuales y separó a los que hubieran
asegurado tal sentimiento de los que no lo sentían. Y luego de
registrar las respuestas positivas habrá comenzado una minuciosa
investigación, separando por sexo, analizando la vida personal
de cada uno de ellos tanto en el nivel laboral, sexual, familiar y de
relación, lo cual le habrá llevado, promedios mediante, a
dictaminar al respecto. Eso sería un trabajo serio y profesional.
¿Lo habrá realizado realmente el Sr. Feinmann? ¿Será su teoría
fruto de semejante e indispensable trabajo científico? ¿O
simplemente habrá cumplido instrucciones?
Y con la humildad que corresponde dada mi total carencia de
lauros académicos, a diferencia de este notable filósofo, me
permito hacer unas simples observaciones.
En principio dejo sentado que disiento en absoluto con sus opiniones. Este señor habla sin fundamento alguno, dando por sentado los “odios a Cristina” y omite, deliberadamente supongo, mencionar que los odios más acérrimos e irracionales fueron volcados desde hace casi una década justamente por las huestes Kirchneristas, llegando al punto de catalogar de enemigo, desestabilizador, represor, monopólico, oligarca y cuanto adjetivo despectivo se pueda ocurrir, a quien simplemente expresara una opinión diferente o contraria al relato oficial. Ese mismo relato que los alcahuetes del gobierno (¿Ud. los conoce Sr. Feinmann?) se encargan de machacar hasta el hartazgo.
En principio dejo sentado que disiento en absoluto con sus opiniones. Este señor habla sin fundamento alguno, dando por sentado los “odios a Cristina” y omite, deliberadamente supongo, mencionar que los odios más acérrimos e irracionales fueron volcados desde hace casi una década justamente por las huestes Kirchneristas, llegando al punto de catalogar de enemigo, desestabilizador, represor, monopólico, oligarca y cuanto adjetivo despectivo se pueda ocurrir, a quien simplemente expresara una opinión diferente o contraria al relato oficial. Ese mismo relato que los alcahuetes del gobierno (¿Ud. los conoce Sr. Feinmann?) se encargan de machacar hasta el hartazgo.
Y no se trata de odios Sr. Feinmann, se trata de puntos de vista
diferentes, se trata también de terror y espanto a las violaciones
de la Constitución Nacional, la desobediencia a los fallos de la
Suprema Corte, el aislamiento internacional, la inseguridad que
llega a niveles récord en el mundo, la inflación negada pero que los
ciudadanos sufrimos día a día, la corrupción generalizada que
lleva a mantener como Vicepresidente a un corrupto blindado por
secretos que guarda bajo llave y cuya divulgación sería nefasta,
tenemos terror y espanto de los Jueces venales que calientan
sillones esperando mendrugos para fallar contrario a derecho
protegiendo ladrones y condenando inocentes, terror y espanto que
asesinos y criminales detenidos salgan de la cárcel para
propalar la voz del gobierno, terror y espanto al comprobar cómo se
lava el cerebro de criaturas de Jardín de Infantes
adoctrinándolos en violación a elementales derechos de la
niñez, terror y espanto de las sumas súper millonarias que se gastan
en publicidad oficial con el único objeto de promover una remake
del “Diario de Yrigoyen” mientras niños argentinos mueren de
hambre en provincias afines gobernadas por payasos eternos y
multimillonarios, tenemos terror y espanto al comprobar cómo la
Sra. Cristina se opuso a la licuación del Consejo de la
Magistratura, a los Superpoderes, a la Ley de emergencia
económica con un fervor digno de mejores causas… claro que eso era
en los ’90 y cómo al minuto de ser ungida primera dama cambió su rumbo
180 grados sin necesidad de dar razón alguna (razones que no nos
hace falta conocer, ya las conocemos), terror y espanto de
comprobar que en el país que se ufana de ser defensor de los
derechos humanos se aplica una política de terror y privilegios
según fuere el pensamiento de cada uno…
Señor Feinmann, finalmente debería Ud. ser sincero aunque sea en su fuero interno y reconocer que el odio fue generado y enarbolado por ustedes mismos,
porque usted y sus patrones no pueden soportar que alguien tenga
independencia de pensamiento, libertad de opinión, coraje de
decirles que algo anda mal en su supuesta marcha triunfal. Eso les ha
provocado odio y no hace falta enumerar las veces que han
publicitado ese sentimiento, desde el más alto nivel
gubernamental hasta un simple puntero barrial, desde un actor o
locutor mercenario hasta un cantante de baladas beneficiado por
su cercanía al poder.
Si la divergencia lo lleva a elaborar semejante mamarracho,
está Ud. alejado de la realidad. Desconoce Ud. que el hecho de
opinar distinto no quiere decir que se odie o se quiera voltear un
gobierno, significa simplemente que se cree en la democracia, en
el diálogo, en las Instituciones, en tantas cosas que ud,
evidentemente desconoce.
Señor Feinmann, usted dice ser filósofo, piense entonces antes de hablar…
Autor: Juan Manuel Otero