Un misterio con nombre y apellido Daniel Scioli
por Gabriela Pousa

No hay registro en la historia argentina de un personaje de la política
que haya permanecido prácticamente inmune a los acontecimientos que se
sucedían en torno a sí mismo. El milagro, por llamarlo de alguna manera,
está ocurriendo aquí y ahora, frente a la mirada atónita de algunos y a
la peligrosa indiferencia de otros.
El enigma tiene nombre y apellido: Daniel Scioli.
En los ambientes donde la política aún interesa, nadie se atreve a
descartar que el ex corredor de lancha, iniciado en política por
sagacidad de Carlos Menem, y figura clave de la llamada "maldita década
del 90" pueda ser el próximo presidente de la Argentina. De allí a que
esa posibilidad guste o cree malestar es otro tema.
Pero hay un dato todavía más significativo y entreverado: y es que puede
llegar al sillón de Rivadavia como oposición al gobierno actual.
Es sabido que la lógica de la política nacional es sustancialmente
diferente a la kantiana, a la estructural, a la moderna y a la clásica.
Pretender racionalizar el tema es tarea ciclópea. De todos modos, vamos a
intentarlo. De un tiempo a esta parte, los analistas políticos para eso
estamos: explicar lo inexplicable.
Las Paradojas
Según un estudio de Isonomía sobre los principales temas que preocupan a
los habitantes del conurbano, la inseguridad es protagonista. Las
peculiaridades: para el 35% de los encuestados la violencia y el crimen
en el Gran Buenos Aires es responsabilidad del gobierno nacional. Para
un 15% la culpa es “de todos”, para el 7% es la droga la causante. Un 6%
acusa a la Justicia y un 3% a la policía. Apenas un 2% involucró o
responsabilizó al gobernador.
Cabe preguntarse, aunque más no sea por curiosidad, qué sucedería si
idéntica encuesta se realiza en Capital. ¿En qué lugar se situaría a
Mauricio Macri? Si nos atenemos al grado de responsabilidad atribuido
cuando los subtes pararon durante casi 10 días, tampoco sería el primer y
único responsable, pero tampoco quedaría tan desvinculado del tema como
sucede con el ex motonauta.
Lo cierto es que Daniel Scioli parece haber logrado el don de hombre
invisible que pasa desapercibido cuando las papas queman, y se hace
presente en el momento indicado. La gente cree que de haber sido él
quien ocupara la presidencia cuando sucedió la tragedia de Cromagnon o
los 52 muertos de Once, habría acudido al lugar de los hechos. La
historia contra-fáctica es imposible de probar.
A juzgar por cierta jurisprudencia en la materia, Scioli supo estar en
situaciones extremas diferenciándose de Cristina Fernández. Si bien para
muchos, su concurrencia a la escena del delito es tildada como
oportunismo político, para otros es vista como genuino interés, y en el
mejor de los casos como compromiso.
Recuérdese de que modo fue “aplaudida” Dilma Rousseff recientemente, al
estar presente consolando a los deudos de las víctimas del incendio de
la disco.
Hay una verdad inexpugnable: la sociedad requiere que sus dirigentes
estén. Scioli parece haber entendido eso, y lo ha hecho en un marco
donde el desdén y el desprecio por la gente es moneda corriente.
Así y todo, esa conducta del gobernador no parece ser suficiente para
erigirse entre los políticos con mejor imagen del presente (según la
mencionada consultora, cuenta con la aprobación del 73% y con el rechazo
del 24%)
La pregunta del millón apunta a desentrañar de qué manera puede
separarse a Scioli del kirchnerismo cuando ha venido acompañando a este
desde el primer día, ocupando espacios trascendentes y defendiendo sus
politicas.
No fue un concejal que pasa desapercibido. Ha sido el vicepresidente de
Néstor Kirchner, y luego erigido al frente del territorio más complejo y
decisivo en todo proceso electivo. Los intentos del Ejecutivo por
destronarlo no surtieron efecto. Y a esta altura de las circunstancias,
puede avizorarse un fracaso en los intentos que vendrán con igual
finalidad.
En la provincia de Buenos Aires, el 10% de los consultados colocó al
gobernador en lugar del candidato opositor por encima de De Narváez
(8%), Macri (7%), Massa (5%) y Hugo Moyano (3%).
Más allá de la crisis de representación, ¿es acaso Daniel Scioli el
líder carismático que puede contra toda adversidad? No nos apresuremos a
contestar. Tanto Sigmund Freud como Max Weber se han preguntado, cómo
puede alguien, merced a la fuerza de la personalidad más que a un
derecho heredado o a la promoción dentro de un régimen burocrático,
obtener poder y parecer un legítimo gobernante.
Ambos creyeron necesario un escenario de perturbación para que pueda
emerger ese tipo de dirigente. Claro que entendían la perturbación de
manera singularmente diferente. En la concepción weberiana, ésta
significaba un estado de conflictos no resueltos. Cuando eso sucede,
pensaba Weber, la gente es propensa a investir a alguien de los
atributos que otros no poseen para resolver el caos. No importa
demasiado el quién sino el por qué. Así pone el énfasis en una
determinada realidad social más que en la personalidad.
Freud, por su parte, consideraba que las masas carecen de inteligencia, y
no pueden ser convencidas por medio de argumentaciones racionales. Por
lo tanto, necesitan ser dirigidas por un líder. “Únicamente a través de
la influencia de individuos que pueden establecer un ejemplo, las masas
se someten al orden” (*)
Hay una concordancia interesante: los dos creen que la figura de un
gobernante legítimo debe renunciar a sus pasiones y sentimientos más
íntimos. La grieta está en que uno cree en la fuerza de la personalidad,
mientras el otro prioriza el contexto donde el dirigente actuará.
Las preguntas que surgen entonces, son también dos: ¿Es Scioli quién
puede poner fin al estado de caos actual? O ¿es el individuo que influye
con su ejemplo?
De lo que si puede darse fe es de la perseverancia del gobernador en sus
fines. Ha soportado todo tipo de agresiones, chicanas y vejámenes por
parte de los Kirchner y ahí sigue. ¿Es esto considerado debilidad o es
un rasgo de fortaleza para ir más allá? Como sea, puede decirse que es
un hombre que ha renunciado a sus pasiones, es decir: no ha respondido
nunca en forma virulenta.
Para un sector de la comunidad que así suceda es visto como debilidad
extrema, síndrome de la ameba, pero si nos atenemos a los sondeos de
opinión, esta claro que hay una preeminencia de quienes ven en su
moderación, un ejemplo o una virtud que hoy no existe en el país.
En el régimen de la desmesura, Daniel Scioli asoma como el pacificador.
Hoy no es al estadista a quien se busca. Urge alguien capaz de atenuar
el nivel de agresión. En ese contexto, el gobernador bonaerense parece
ser quien puede continuar con un gobierno sin grandes logros ni
victorias que mostrar, pero evitarnos la perversión a la que estamos
siendo sometidos desde hace una década ya.
No es poco en el seno de una sociedad cansada pero conformista, y no
dispuesta aún a cumplir el rol soberano con las responsabilidades que
implica llegado el caso.
Daniel Scioli parece ser una mezcla del gobernante descripto por Freud
en las circunstancias mencionadas por Weber a principios del siglo
pasado. Quizás eso explique lo inexplicable de un candidato “opositor”
que, sin embargo, adhiere y no se opone. (Consideremos además el
escenario donde esto acontece: aquí lo imposible es precisamente la
realidad…)
El grado de desmesura y de violencia fáctica y verbal de la actual
mandataria ha propiciado que se valore más la moderación que cualquier
otra característica o capacidad. Eso explica en gran medida el aval
brindado a un extraño y peculiar candidato.
Sin eufemismos, Cristina Kirchner ha construido y dado vida al
“sciolismo”. Cabe dilucidar si lo ha hecho a conciencia para
garantizarse impunidad, o ha sido una suerte de Frankenstein que la
superó muy a su pesar.
De todos modos, la suerte del gobernador, posiblemente, dependerá más
que de sus competidores, del humor social como depende todo en esta
Argentina tan paradójica como singular.
(*) "El Porvenir de una Ilusión", Sigmund Freud