Hay que reconocer que estos tiempos son más divertidos de lo que
suponíamos que serían a principios de año. Desde el oficialismo tuvieron
que aceptar que Chávez ya no podrá ayudarnos, al menos no hasta que
resuelva un contratiempo que mantiene con la naturaleza. Y como si con
eso no alcanzara, ahora tienen que soportar la insoportable realidad de
contar con un Papa argentino y fumarse una nueva primavera católica en
el país.
Algunos, como Luis D´Elía, abrieron el paragüas y afirmaron que
Francisco podría serruchar el poder de los presidentes pretendidamente
de izquierda de Latinoamérica. El temor tiene una razón lógica: si Juan
Pablo II hizo lo que tuvo a su alcance para borrar del mapa a la Unión
Soviética, a estos cuatro de copas sin otro poder que el de la oratoria,
los limpian con una visita del Papa. Obviamente, este temor es
impulsado por el mismo sector santoprogresista, que cree que a alguien
le puede interesar ensayos antropológicos sociales sobre la necesidad de
prohibir el vocablo "pobre" para favorecer la integración social, sobre
qué quiere decir el rostro del juez norteamericano Griesa, o sobre las
ganas de empomarse a la Presi que tienen los que la odian.
Que cualquiera pueda opinar sobre cualquier cosa es un derecho
consagrado y no hay necesidad de ponerlo en duda. Precisamente por esto
es que hay que aguantarse que Alex Freyre -el tipo que forma parte del
primer matrimonio homosexual de la Argentina- opine sobre derecho
canónico, que Lubertino exija un Concilio Vaticano III, y que la hermana
rubia de Pappo, María Rachid, califique a Bergoglio de homófobo y
genocida, convirtiéndolo en el primer genocida que no mató a nadie y que
da misa con sus víctimas.
La bajada de línea no tardó en llegar ante la reacción del kirchnerismo
peronista, quienes se encolumnaron tras Bergoglio de un modo sutil:
empapelaron la ciudad de Buenos Aires y hasta Mariotto cruzó a la
impresentable de Cynthia García en 678, recordándole que la base del
peronismo está más cercana de la Doctrina Social de la Iglesia, que del
último libro de José Pablo Feinmann. El arribo de una encuesta y la
consulta a un par de funcionarios hizo el resto: Cristina se dio cuenta
que no queda bien darle consejos al Papa, y le pidió a Timerman que
consiguiera cuanto antes una audiencia con Francisco. El Canciller quedó
exhausto: aún no terminaba de leer el Corán, que ya le enchufaron una
Biblia. Así y todo, Timerman llamó al embajador ante el Vaticano para
concertar una cita. Fue fácil encontrarlo, dado que estaba haciendo
avioncitos con los panfletos anti Bergoglio que había repartido un par
de días antes.
La situación descolocó al ala santoprogresista del kirchnerismo, esos
que aún no lograron dimensionar que, si hoy tienen micrófono y cámara,
no se debe a que los voten, sino a que les hicieron un lugar en el
gobierno o en alguna lista sábana. Verbitsky quedó hablando solito, y en
la tapa de Página/12 pusieron que a Bergoglio lo festejaron los
genocidas, mientras Cristina ya estaba preparando la valija para ir a
reunirse con el Papa y Floppy Randazzo preguntaba dónde quedaba el
bunker electoral de Bergoglio, que tenía que ir a sacarse una foto. Y
así, mientras Abal Medina, entre informes de inteligencia, festejaba que
Bergoglio reconociera que "lo importante son los servicios", la
muchachada progre, la del eterno 1,2% del padrón electoral, la de la
lucha constante contra todo lo que sea costumbre en una sociedad, se
quedaba atónita, preguntando si en el Vaticano hay una sede del Inadi.
Caso aparte merece Horacio González, que el sábado, en la reunión de
Carta Abierta, se puso nervioso, afirmó que Bergoglio tiene una actitud
demagoga, que no se lo imagina tomando el subte en Roma -como si lo
necesitara para cruzar la Plaza- que la actitud de Mariotto emparenta al
vicegobernador bonaerense con Mauricio Macri, y que el flamante Papa
representa a la derecha peronista de los setenta, como si eso fuera un
insulto. Así y todo, afirmó que habría que debatir el rol del Vaticano y
la Iglesia Católica en la realidad social contemporánea. Desde este
humilde lugar, considero que hay cosas que no se discuten. No, al menos,
desde las condiciones en las que quieren discutirlas. Podemos debatir
la higiene capilar de Horacio González, o si José Pablo Feinmann
necesita una mastectomía o un corpiño, pero no todo hay que debatirlo.
Puedo entender que la vida ya les resulta bastante chota, si lo más
entretenido que tienen para hacer un sábado es juntarse a analizar
porqué la gente no los entiende, pero no todo se debate. Menos cuando la
conclusión está resuleta de antemano y el debate consiste en una ronda
masturbatoria oral. La tolerancia por lo que piensa el otro, no es
necesaria analizarla, ni debatirla: se acepta.
Quizás haya que aclarar algo: el hecho de tener un Papa argentino no
obliga -repito, no obliga- a convertirse al catolicismo. Algo tan
sencillo que debería relajarlos -a nadie se le ocurre en pleno siglo XXI
discutir sobre la enseñanza religiosa en la educación pública- los saca
de quicio. Realmente se han creído el delirio progre y pensaron que un
país en el que la gente vive pendiente de cómo progresar económicamente a
pesar del Estado, el orden de prioridades pasa por cuestiones
igualitaristas que llevan al exterminio del individuo pensante en pos de
un pensamiento único. Por eso colapsan y terminan corriendo en
círculos, golpeándose la cabeza, exigiendo cambios en una institución
religiosa que debería tenerlos sin cuidado ¿O acaso no se definen como
transgresores, anticlericales, ateos y modernos?
Sin embargo, debo reconocer que la reacción del kirchnerismo me ha hecho
respetar más al santoprogresista. Siempre sospeché que el militante
promedio era bastante manejable, pero vi que dejaron de putear al Papa
para pasar a convertirse en la legión de monaguillos en tan sólo un
puñado de horas, noté que había subestimado el poder de adaptación al
entorno que detentan. Ya los vimos pasar de la exigencia a Herrera de
Noble para que devuelva los nietos, a no pedir nada; de armar un #7D, a
quedarse en el molde; de no chistar con las cenas de Magnetto en Olivos,
a afirmar que Clarín miente. Vimos a Víctor Hugo Morales enojado con el
manejo de la prensa del Gobierno, y también lo vimos ofuscado con los
que critican el manejo de la prensa del Gobierno. Vimos a Tognetti
cuando trabajaba en Canal 13 y también lo vimos cuando acusaba a la
corpo en Canal 9. Vimos los programas opositores de Gvirtz en América y
el canal del solcito, y también los vimos siendo recalcitrantemente
oficialistas en los medios afines. Vimos que los pibes aplaudían las
clases de peronismo de un vicepresidente liberal, exmilitante de la
UPAU, egresado del CEMA y más gorila que el Almirante Rojas. Vimos a
Néstor abrazado a Menem, Cavallo y Manzano. Vimos cuando Abal Medina
acusaba a la Alianza de ser el caos, a Lubertino cuando se reía del
radicalismo, y a Aníbal Fernández en el momento en que defenestraba a
Duhalde. Vimos a la muchachada cuando cantaba contra la burocracia
sindical y colaboracionista de Moyano y Venegas, mientras atrás tenían a
Gerardo Martínez y Viviani arreglando con Cristina.
Vimos demasiadas cosas que, cada vez que fueron señaladas, han sido
justificadas, explicadas y, cuando no, desmentidas. Lo que nunca
habíamos visto es que pasaran de definir el peronismo del gobierno en
base a tener a la Iglesia como uno de sus enemigos, a que consideraran a
Bergoglio como lo mejor que nos pudo haber pasado, y todo en unas
horas. Rompe cualquier análisis posible. Poco importa recordarles que en
tiempos del primer peronismo, la Iglesia argentina estaba encabezada
por el Cardenal Copello, quien era más peronista que la motoneta del
General, que el enfrentamiento con el resto del clero llegaba a extremos
tales como que se alentara a la población a votar por una fuerza
política opositora y que, en los tiempos que corren, el enfrentamiento
con Bergoglio se debió a que el actual Papa cometió el tremendo abuso de
señalar que sí, que hay pobreza.
Ahora la historia es otra. Bergoglio dejó de ser un facho de Guardia de
Hierro con fotos truchadas con Videla y, probablemente, le encuentren
alguna imagen portando un fusil en Sierra Maestra. Tanto han torcido la
historia que, de pronto, recordar que el peronismo ha sido siempre
profundamente católico, se estrola de frente con el delirio de
considerar que una fuerza política creada por un militar nacionalista,
es progresista, presuntamente de izquierda, y el único camino posible
hacia una socialdemocracia moderna. No había necesidad de tanta
conversión. Puedo entender la alegría en ateos hinchas de San Lorenzo,
que ante la realidad de tener más Papas que copas intercontinentales,
han visto esta situación como la única chance de aparecer en la prensa
internacional, pero desde el punto de vista kirchnerista, no hay
justificativo que pueda explicar tamaña vuelta carnero en el aire.
En este preciso instante, aparecen numerosos análisis sobre cuál sería
la injerencia política de Bergoglio en la realidad cotidiana argentina.
Incluso, algunos han llegado a afirmar que el flamante Papa no se meterá
en la política, dado que se limitará a hablar de pobreza, trata de
personas, drogas y otras cosas de las que, la política, renunció a
hacerse cargo hace décadas.
Muchos dicen que el hecho de ver a Cristina corriendo para pedir
disculpas es una muestra de conciliación, y otros arriesgan que si
Kirchner viviera, haría lo mismo. Nadie sabe qué habría hecho Néstor si
no hubiera tenido el percance de morir, pero algo me dice que, en vez de
ceder en su capricho, hoy estaríamos reformando la Biblia, deportando
curas y convirtiendo las iglesias en cooperativas.


