Capitanich, un tigre de papel
La institución del Jefe de Gabinete de Ministros es otro de los
fracasos de la reforma constitucional del ‘94. Fue creado como la
conducción de la administración pública, con fuertes poderes sobre los
ministerios y rara vez funcionó de ese modo. Las contadas excepciones
fueron Eduardo Bauzá con Carlos Menem, Jorge Capitanich con Eduardo
Duhalde y Alberto Fernández con Néstor Kirchner. Otros jefes de gabinete
fueron meramente testimoniales, por ejemplo Alberto Atanasoff, Sergio
Massa y tal vez el más evidente, Juan Manuel Abal Medina, cuyo rol
estelar fue operar como censor en el multimedios oficial. Acosado por la
pérdida de votos y de credibilidad y con el riesgo de que Massa
fracture las filas del PJ en todo el país, el cristinismo acaba de
delegar el gobierno en un superjefe de gabinete y un poderoso ministro
de economía. En este último caso, el oficialismo demostró que la
necesidad tiene cara de hereje. Desde que Kirchner despidió a Roberto
Lavagna en el 2006, el dogma oficial fue que los ministros de economía
no deciden ni están en las reuniones de primer nivel y que simplemente
acatan las decisiones políticas. De esa escasa valía fueron Felisa
Miceli, Miguel Peyrano y Hernán Lorenzino, totalmente sobrepasado por
Guillermo Moreno. Axel Kicillof, en cambio, pertenece a la estirpe de
los ministros de economía de alto vuelo y con opinión propia, más cerca
de Domingo Cavallo y Lavagna.
Esta mutación en la composición del poder también alcanza al rol de
Jorge Capitanich. Sin embargo, la aparente inmensidad de su poder en la
práctica no es tal. El chaqueño parece tener vía libre para rearmar una
liga de intendentes y otra de gobernadores, también está habilitado para
efectuar retoques de sintonía fina en el presupuesto y las tarifas de
servicios públicos. También tiene instrucciones de articular la
coordinación del Ejecutivo con las presidencias de las dos cámaras y de
las bancadas oficialistas del Congreso. Un paquete de competencias
importantes pero que lo dejan muy lejos del primer ministro que aparenta
ser. Sin inmutarse, el ultracristinismo, del cual Capitanich no es
parte, conserva los resortes fundamentales del poder institucional,
aparte del poder económico a través de Kicillof. Por ejemplo la AFSCA,
que preside Hernán Sabbatella y que libra la batalla fundamental con el
grupo Clarín para su adecuación a la ley de medios audiovisuales, se
reporta directamente a Carlos Zannini, al igual que los ministros de
Defensa y Seguridad, Jorge Rossi y Arturo Puricelli. La estratégica
distribución de la pauta de la publicidad oficial depende de la lapicera
del Secretario de Comunicación Pública, Alfredo Scoccimarro, que sólo
firma lo que le dicen CFK y Zannini. No hace falta decirlo, pero la
Secretaría de Inteligencia (Ex SIDE), cuyo titular es Héctor Icazuriaga,
sólo informa a Zannini y Carlos Parrilli. De más está decir que el
nuevo presidente en comisión del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, se
reporta a Olivos y no a Capitanich. Esta lista incluye al disminuido
Julio de Vido, que nunca tuvo ninguna predilección por el chaqueño. Y de
más esta decir que la máquina más importante del gobierno, después de
la impresora de billetes, la máquina de hacer decretos, la maneja
Zannini a su gusto. Y ni que hablar del enorme presupuesto del
Ministerio de Desarrollo social, la gran caja de la política, que Alicia
Kirchner seguirá administrando según le indique su cuñada.
Este panorama indica que Capitanich acaba de recibir toda la
responsabilidad política y algunos instrumentos institucionales
formales. Pero los resortes fundamentales del poder del Estado siguen en
manos del cristinismo duro y condicionan casi totalmente la gestión del
nuevo jefe de gabinete. En síntesis, la delegación que acaba de hacer
CFK es más de problemas que de poder. Capitanich tiene las manos atadas y
lo más probable es que, si no hace pie en las próximas semanas, corra
el riesgo de convertirse en otro Juan Manuel Abal Medina. Su estatura
política es por cierto superior, pero la cuota de poder que le dieron es
tan mezquina como lo son los Kirchner.
