Envío: A la reina Máxima
PEDOFILIA NARANJA
Disimulada entre la música y los bailes, escondida en medio
de lo que aparentaba ser la dulce fiesta naranja, subyacía otra Holanda. ¿Otra?
Y sí, otra, y bien distinta de esas imágenes cordiales que mostraban las pantallas.
El asunto no es nuevo, hace tiempo que los holandeses se presentan como una sociedad
“progresista”. Y ya sabemos, que al amparo de esa palabrita mágica, se puede
aceptar cualquier cosa. Pero en este caso, diseñaron una curiosa versión, ensamblando
al progreso, con la aprobación legislativa y social de conductas que degradan a
la condición humana.
A tal extremo llega el extravío de una sociedad en la que
cada cual reclama “derechos”, aún los
más absurdos y aberrantes, una suerte de igualitarismo absoluto, sin deberes, y
donde parece que todos tienen derecho a todo, por el simple hecho de desearlo.
Muy pocos escritores como Dostoievski, pensaron la cuestión
del hombre en el mundo moderno, penetrando en el problema del mal, del crimen y
de la conciencia. Él sostiene que toda persona humana, tiene un valor absoluto,
aún la más ínfima y hasta la más despreciable, posee un valor incondicional,
que está dado por la inmortalidad del alma. Para el ruso la negación de ese valor
absoluto, es lo mismo que negar al hombre mismo y como resultado de esa negación,
el hombre se transformaría apenas en medio, o instrumento apto para cualquier
deseo, o cualquier provecho.
Y no erraba Dostoievski si miramos lo que sucede hoy en
el mundo y en esta Holanda naranja enemiga de Dios, donde de tumbo en tumbo moral,
ahora llegaron hasta admitir legalmente la pedofilia. Legislar no sólo para despenalizar,
sino para promover conductas capaces de lastimar grave y definitivamente a los
niños, habla del clima asfixiante, humanamente hablando, que se vive en ese
país.
Entendemos que la cosa sería más o menos así, los chicos
holandeses, (los que no hayan sido abortados) podrán ser ultrajados y mancillados
a gusto por los pedófilos que, protegidos por la ley, podrán agruparse, publicitar
sus actividades, en suma aunar esfuerzos para difundir y consumar sus propósitos.
No será que a fuerza de ir admitiendo como “naturales” los hechos menos dignos
y para que ninguno se sienta discriminado u ofendido, llegamos hasta sacrificar
a los niños y a reconocer como “natural” ese sacrificio pavoroso.
En contraste, debemos valorar la decisión de la Tate Gallery de Londres, que suspendió
la exhibición de las obras de Graham Ovenden, un celebrado artista inglés de
setenta años, al que un tribunal francés, encontró culpable de cuatro cargos de
conducta indecente contra menores.
De acuerdo a la popular leyenda, el capitán de un barco
holandés, en medio de la tempestad, pacta con el diablo y por eso es condenado
a navegar sin descanso, sin rumbo y sin jamás tocar tierra. Es cierto que las
leyendas son leyendas, pero que algo debe andar muy mal, en un país que no
acierta a distinguir el bien del mal, llegando al extremo de establecer normas
no solo para proteger, sino para auspiciar, a quienes van a degradar a sus niños,
no parece cuento, ni leyenda, sino atroz triunfo del mismísimo demonio.
Miguel
De Lorenzo
