Por José Javier Esparza
¿Estamos en manos de unos pocos individuos dotados de un
extraordinario poder gracias a la propiedad de los medios de comunicación? Sí y
no. El lector extraería una conclusión apresurada si creyera que aquí estamos
defendiendo la tesis de que los aparatos políticos - los partidos por ejemplo –
son meros peleles en manos de los grandes trusts
mediáticos. Hay, ciertamente, casos concretos en que esto ha sido así, pero
no es lo común. Aquí hay que insistir en la figura de la “constelación de
intereses”, que es la fórmula con la que Max Weber definía el poder en las
sociedades industriales avanzadas: la
relación entre los poderes mediático, político y financiero no es vertical, de
obediencia, sino horizontal, de comunidad de intereses. Por ejemplo, un
poderoso empresario de televisión se vería en graves aprietos si no mantuviera
relaciones estrechas con los aparatos políticos que deciden la regulación legal
del espacio radioeléctrico y con los grupos financiero que conceden gigantescos
créditos a las operaciones empresariales. Un líder político vería gravemente
mermado su poder si no tuviera vínculos con grupos de comunicación que pueden
servir de portavoces para su imagen ni con grupos financieros que prestan
dinero para las campañas electorales. Y del mismo modo, un opulento banquero
quedaría en situación poco airosa si careciera de influencia en los medios de
comunicación o en los poderes políticos y administrativos del Estado. La nueva
configuración del poder es interdependiente. Y tampoco se trata de una sola
estructura: hay varios poderes políticos vinculados con una variedad paralela
de poderes mediáticos, financieros o industriales. El nuevo feudalismo del
poder en las sociedades posmodernas es un feudalismo sin rey: no hay nadie que
gobierne la Corte. Excepto el dinero.
JOSÉ JAVIER ESPARZA “Informe sobre la televisión” (El
invento del Maligno) – Criterio Libros – Madrid 2001 - Pags. 167-168
Nacionalismo
Católico San Juan Bautista
