AMIA-NISMAN: El desmoronamiento de un artificio
La que sigue es una nota periodística extraordinaria, merecedora de
los mayores elogios y premios (sus autores (que figuran al final, son
Sonia Budassi y Andrés Fidanza, y yo hasta llegar allí -es una nota
larga pero sin desperdicios- estaba convencido de que la había escrito
directamente Cristian Alarcón que igual, se me hace, metió pluma ¿Me
equivoco?
Ante todo, presentamos a la revista Anfibia. Mejor aún, que se autopresente:
“Anfibia es una revista digital de crónicas, ensayos y relatos de no
ficción que trabaja con el rigor de la investigación periodística y las
herramientas de la literatura. Fue creada en 2012 por la Universidad
Nacional de San Martín, dentro de su programa Lectura Mundi y ropone una
alianza entre la academia y el periodismo con la intención de generar
pensamiento y nuevas lecturas de lo contemporáneo”.
Dejamos a los lectores con esta excelente crónica y aguardamos sus comentarios
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El rompecabezas Nisman
Cuando lo policial y lo político se mezclan, en la batalla mediática por el verosímil, quizás triunfe la operación mejor orquestada. El caso Nisman genera enormes consecuencias sobre la política y la campaña electoral. La muerte del fiscal saca del clóset a un actor cada vez más influyente desde la vuelta de la democracia: los servicios de inteligencia. Su estrecha relación con sectores de la justicia federal queda al desnudo. De esa trama oscura y de un hombre solo habla esta investigación de Revista Anfibia.
A la sala más moderna y amplia de Comodoro Py le dicen sala AMIA. Se esperaba que el juicio por el atentado que dejó 85 muertos durara como mucho 6 meses. Terminó a los 3 años, en 2004. Ubicada en el subsuelo, sin señal de celulares, con aire acondicionado, micrófonos, vidrio que separa a los asistentes de los jueces, es la que mayor cantidad de gente puede albergar.
En cada audiencia, frente a los testigos y al lado de los imputados,
uno de los querellantes se sentaba junto al fiscal Alberto Nisman. Todas
las mañanas, antes de empezar, el fiscal le mostraba orgulloso una
carpeta llena de recortes periodísticos con todo lo publicado sobre el
juicio: un clipping. Al abogado le impresionaba lo pendiente que estaba ese hombre de la repercusión del proceso.
Cuando le tocaba hablar ante los jueces, Nisman era verborrágico y apresurado.
—Hablá más despacio, Alberto, ni yo que me conozco la causa completa te entiendo —le decía el abogado.
En las primeras audiencias, Nisman se ubicaba junto a los otros
fiscales: Eamon Mullen y José Barbaccia. Los tres habían firmado, en la
primera instancia, el requerimiento de elevación a juicio en el que se
aseguraba que la Bonaerense extorsionó a Carlos Telleldín para que
vendiera la camioneta Traffic a los autores del atentado. Se movían en
bloque. Cuando se empezaron a hacer evidentes los testimonios falsos,
las imputaciones arbitrarias y las pruebas plantadas, Nisman se fue
alejando de sus colegas. Lo único visible de la alianza de aquel equipo
eran los escritos firmados en conjunto.
El 13 de abril de 2003, los jueces Gerardo Larrambebere, Miguel Pons y
Guillermo Gordo ordenaron que Barbaccia y Mullen fueran apartados de la
causa. Dijeron que sabían y ocultaron que Telleldín, acusado como
“partícipe necesario”, recibió 400 mil dólares en 1996 para declarar
contra policías bonaerenses. Barbaccia no estaba presente. Mullen se
levantó en silencio. Nisman permaneció sentado.
Quienes defienden la figura de Nisman, recuerdan que el día que
Telleldín firmó la declaración falsa, el fiscal aún no se había sumado
al equipo que investigaba el atentado a la AMIA. Quienes lo cuestionan,
aceptan que eso es real pero recuerdan que el fiscal comenzó a trabajar
junto a Mullen y Barbaccia en junio de 1997: o sea, que acompañó sus
presentaciones y actuaciones hasta que se precipitó el final.
Nisman ingresó a Comodoro Py signado por esa escena histórica en la
que sus pares pasaron al cadalso jurídico. Unos y otros se preguntan por
qué Nisman no quedó marcado por el encubrimiento, por qué no apeló la
acusación a Mullen y Barbaccia si sostuvo la misma acusación hasta lo
último.
En el ámbito judicial, por ese hecho y por su estrecha relación con
los servicios de inteligencia, a pesar de su dedicación permanente a la
causa AMIA, Nisman era visto con reservas por la mayoría de sus colegas.
Tras la muerte del fiscal, Mullen publicó un texto en la sección fúnebres del diario La Nación.
* NISMAN, Alberto, Z.L. – Nich, rezo por vos. Mis sinceras condolencias para Sandra, Iara, Kala, Sara y Mario. Eamon Mullen.
Algunos allegados a Nisman interpretan el aviso como un último mensaje de reconciliación.
***
La mayoría de las 24 fuentes judiciales consultadas por el equipo de
Anfibia dan por real y por conocida la relación estrecha entre el fiscal
y la Secretaría de Inteligencia. Ese fue el pacto desde el inicio,
cuando en 2004 el entonces presidente Néstor Kirchner impulsó la
investigación poniendo a la Secretaría de Inteligencia al servicio de la
flamante UFI AMIA, a través del espía que luego se convertiría en
enemigo del kirchnerismo, Antonio “Jaime” Stiuso. Siempre en estricto off the record,
las fuentes admiten que el caso Nisman deja al descubierto una zona de
convivencia admitida, normalizada e histórica: la de los servicios de
inteligencia con la justicia federal. Once personas que trabajan en
altos puestos de la justicia federal, cuatro que trabajaron en la
fiscalía con Nisman, tres querellantes, seis ex funcionarios importantes
de Justicia o Seguridad lo admiten y describen. En este punto crucial,
veinte de ellos –casi todos—están de acuerdo: esa relación es carnal.
Los únicos que no lo confirman, tampoco lo niegan: prefieren –aclaran
ante las preguntas– no hablar del tema.
Un ex compañero de Nisman y dos jueces federales se animan a decir (protegiéndose siempre en el off the record)
que Nisman era “un agente” de inteligencia. Cuando se los interroga
para que definan con precisión a qué supuesto servicio reportaba, dos de
ellos aseguran que a la central norteamericana, la CIA. Mientras que la
tercera fuente lo considera un agente del Mossad, el servicio secreto
israelí.
Es difícil evaluar las afirmaciones de estas fuentes calificadas. En
las entrevistas sobre servicios de inteligencia, cuando se intenta
profundizar este tipo de hipótesis el límite es la palabra clave:
secreto.
—Si te sale bien, sos procurador o presidente del Congreso Judío
Mundial. Si te sale mal, te mandan un arma. Alberto no era solamente un
fiscal —dice un ex funcionario de Seguridad vinculado a Nisman por el
caso AMIA.
Es fácil de comprobar que, varias veces, el nombre de Nisman sonó como candidato para la Procuración General.
Un fiscal federal y un juez federal escucharon a Nisman hablar sobre
las lujosas camionetas negras que lo esperaban cada vez que pisaba
Estados Unidos. Consultado al respecto, el fiscal dice:
—Siempre me lo hice de la CIA: alguna vez compartimos un curso
patrocinado por ese servicio secreto. Estaban Nisman y (María Romilda)
Servini de Cubría.
Y luego reflexiona sobre el lugar donde fue enterrado Nisman, en el cementerio judío de La Tablada.
—Lo pusieron frente al monumento a los muertos al servicio de Israel. Y él no era un religioso convencido y practicante.
Fuentes ligadas al cementerio confirmaron este dato: la tumba de
Nisman está muy próxima al “Monumento de recordación a los caídos por la
defensa del Estado de Israel”: mucho más cerca que la manzana donde
están enterradas algunas de las víctimas de la AMIA.
—Si dividís al mundo entre la gente de reflexión y la gente de
acción, Nisman era de los segundos. Le gustaba más la actividad secreta
que ser fiscal.
El ex Director Ejecutivo de la DAIA, Jorge Elbaum, afirma que Nisman se suicidó y, sin el pudor de otros, acusa al fiscal muerto de haber armado la investigación según las necesidades de la CIA y el Mossad.
—A su camioneta se la alquilaba una empresa manejada por la CIA.
En este dato coinciden en “off” también un fiscal federal y un juez.
Elbaum dice que a partir de 2009, Nisman quiso“operarlo”a él y a Sergio
Burstein: Irán tenía que ser culpable.
—Lo usaron hasta el último minuto, le prometieron una gran recompensa, y de pronto Nisman se encontró sin nada.
***
Cuando lo policial y lo político se mezclan, los casos se convierten
en una cuestión de fe: la realidad llega al extremo de lo subjetivo; en
el barro mediático, quizá triunfe la operación mejor orquestada. Es la
batalla por el verosímil. En el caso Nisman, la trama jurídica se enreda
con traiciones íntimas y lealtades corporativas. El rompecabezas de la
muerte del fiscal reúne al terrorismo internacional y a la omnipresencia
de la CIA, al gobierno, a la oposición culpando del crimen a la
presidenta Cristina Fernández de Kirchner; a las lecturas sobre el
trabajo de Nisman, su obsesión y su vanidad personal. Los conflictos
históricos se vuelven estridentes: la autonomía de algunos sectores de
la Secretaría de Inteligencia (SI); las relaciones entre la justicia y
los servicios. Mientras la evidencia lo permita, se exaltará o
disimulará la importancia de cada pieza. Más allá de que la fiscal
Viviana Fein descubra qué pasó el domingo 18 de enero dentro del baño
del departamento de Le Parc, la “zona opaca”transitada por juristas e
Inteligencia está quedando expuesta.
Los vínculos entre un funcionario judicial y los servicios secretos
no se generan de un día para otro. Se basan en la construcción de una
relación personal que incluye sociales amenas y hasta escenas de tiempo
libre. La amistad suele teñir la relación profesional.
Un fiscal federal dice que un ofrecimiento para formar parte de una
operación surge de una conversación cualquiera, quizá tomando un trago
con el amigo espía. El otro deja caer la propuesta.
— Si no lo frenás en el acto, les estás mandando un mensaje ambiguo y
las propuestas van a seguir llegando. A mí me dijeron: “Si nosotros te
hiciéramos saber una información que te llevaría a investigar a la
presidenta, ¿vos qué harías?”. Yo respondí que no me interesaba. “No me
voy a hacer socio tuyo para desequilibrar a un Gobierno democrático”.
***
A los 24 años, Nisman se peinaba con raya al costado y tenía un
bigotito a lo Clark Gable, que le daba un aire policial. Hijo de Sara
Garfunkel, propietaria de una farmacia, y del empresario textil Isaac
Nisman, su situación económica lo ubicaba uno o dos escalones por encima
del resto de los abogados de su edad que trabajaban en el juzgado
provincial Nº 7 de Morón, a cargo del juez Alfredo Ruiz Paz. El
secretario era Santiago Bianco Bermúdez, el mismo que ahora es el
abogado de Antonio Stiuso.
Entre el calor asfixiante de esa construcción con algunos techos de
chapa y su rol subalterno en el escalafón judicial, Nisman estaba
eximido de la formalidad de usar traje. A pesar de que viajaba
apretujado en el tren que iba de Once hasta Morón calzaba saco y corbata
casi todos los días. Era flaco y le gustaba jugar al tenis. No era un
judío religioso practicante, pero su apellido lo volvía una notoria
excepción en un mundo católico.
Un ex compañero que compartía los viajes en tren desde Morón lo describe impiadoso.
—Siempre, desde el comienzo, fue competitivo.
Pronto, de ese juzgado provincial Nisman saltó al juzgado federal de Morón.
—Ahí, dejó de saludarnos.
***
En el Itamae de Puerto Madero, Nisman siempre pedía lo mismo: sashimi
de salmón, sashimi de atún rojo, un roll New York de salmón y palta, y
un niguiri de langostinos sin cola. Eso, más una botella de agua de
medio litro y un juego de palitos de madera con elástico. Se sentaba
solo en alguno de los box más apartados. Prefería los que dan al río.
Cada domingo al mediodía mantenía ese ritual junto a sus dos hijas,
Iara, de 15 años, y Kala, de 7. Las chicas guardan las selfies que allí
se sacaban los tres.
Desde hacía diez años, a diferencia de los demás fiscales federales,
que manejan cientos de causas, el único trabajo de Nisman era investigar
el atentado contra la AMIA, ocurrido en 1994.
El viernes 16 de enero al mediodía, menos de 48 horas antes de su
muerte, llegó al local ubicado a cuatro cuadras de su departamento, en
las Torres Le Parc, y pidió su menú habitual. Si bien solía pasar
desapercibido dentro del restaurante, ese viernes ya se había convertido
en una especie de celebridad de la política, luego de su denuncia por
encubrimiento del atentado contra la presidenta Cristina Fernández de
Kirchner. A dos metros de su box, un hombre le comentó con cierto
orgullo a la camarera: “Ese es el fiscal Nisman, el que denunció a
Cristina”.
Al día siguiente, a las dos de la tarde, 20 horas antes morir, mandó
al policía federal Rubén Benítez, de particular bigote ancho, a Itamae,
con su pedido de sushi detallado en un papel. De los diez agentes que se
turnaban en parejas para cuidarlo, él era el que tenía más antigüedad
y, sobre todo, mayor confianza con el fiscal.
—Picante no le pongas, que no le gusta.
A los 10 minutos el suboficial Benítez estaba de vuelta en el restaurante.
—Agregame el wasabi, por favor —le pidió a la camarera.
El domingo de su muerte, los responsables de custodiarlo eran los
suboficiales Armando Niz y Luis Miño. El día anterior, Niz le había
pedido franco porque tenía pautada una operación de riñón para el martes
siguiente, pero Nisman, quizá por miedo, se lo negó.
Niz y Miño llegaron a Le Parc a las 11 de la mañana, tal como habían
acordado con el fiscal. Desde entonces según el relato que hicieron ante
la fiscal Viviana Fein los policías esperaron, tocaron el timbre,
llamaron a la secretaria de Nisman y finalmente a la madre, Sara
Garfunkel. Entraron al departamento pasadas las 22.30, con la ayuda de
un cerrajero. Niz fue el primero en encontrar su cuerpo: Nisman todavía
tenía el arma de Lagomarsino en la mano derecha. Una semana después su
muerte, el jefe de la Federal, Román Di Santo, pasó a disponibilidad a
Miño y Niz: resulta inexplicable que tardaran casi doce horas en
ocuparse de verificar si el hombre al que custodiaban diez policías
estaba en peligro. Y mucho más, que nunca avisaran a ningún superior de
lo que estaba pasando.
En el expediente hay un lapso de media hora que se mantiene como un agujero negro dentro de la causa, infomó la agencia Infojus Noticias.
El misterio es qué pasó durante dos momentos clave: desde que la madre y
Niz encontraron el cuerpo y se constató la muerte, y desde el llamado
al 911 –hecho por Swiss Medical– y la llegada del primer policía. En
ningún momento los custodios comunicaron a sus jefes que el fiscal yacía
sobre un charco de sangre y con una pistola en la mano dentro del baño
de su departamento.
***
El 23 de enero de 1989, el Movimiento Todos por la Patria (MTP)
asaltó el Regimiento de Infantería Mecanizada 3, de La Tablada. La
operación liderada por Enrique Gorriarán Merlo terminó con 39 muertos
(entre civiles, policías y militares) y cuatro militantes desaparecidos.
El juez Larrambebere llegó al Regimiento poco después que el
presidente Raúl Alfonsín, cerca de las 10 del martes 24 de enero. En la
Oficina de Logística, sobre los fondos del cuartel de la Tablada, hizo
un reconocimiento rápido de los detenidos. Estaban semidesnudos, atados y
boca abajo. Al día siguiente constituyó el juzgado en el cuartel y
comenzó a tomar declaración a todos los militares.
Nisman, que en esa época tenía 26 años, veraneaba en Florianópolis.
Había viajado con un amigo de la adolescencia a quien, años más tarde,
le dio un contrato generoso en la UFI-AMIA. Cuando se enteró del
copamiento de La Tablada por televisión adelantó la vuelta de sus
vacaciones. Larrambebere necesitaba un secretario más que lo ayudara en
la instrucción del copamiento: el puesto sería de Nisman.
Larrambebere, jefe de Nisman, investigó el copamiento y la denuncia
por apremios ilegales presentada por los militantes del MTP detenidos
fuera del cuartel; y la supuesta desaparición de Iván Ruiz y José Díaz.
Sobre las torturas y maltratos, el juez dijo no haber encontrado
elementos para imputar a nadie. En el caso de la desaparición de Ruiz y
Díaz, le encargó a Nisman seguir su pista junto a los hombres del
Ejército que los habían tenido bajo custodia. Según ellos, Ruiz y Díaz
lograron salir de la Guardia de Prevención, saltando por una ventana
cuando el techo se desplomaba por el fuego que consumía la estructura.
Nisman convalidó el increíble relato oficial: que los dos
guerrilleros lograron escapar desarmados y heridos, después de combatir
durante ocho horas, en un cuartel rodeado de policías y militares.
Hace tres años, como parte de su investigación para el libro La Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina, Pablo Waisberg y Felipe Celesia pidieron una entrevista con Nisman, que ya encabezaba la UFI-AMIA.
Después de anunciarse ante los dos prefectos de la recepción, y ante
otros tres a la salida del ascensor, se encontraron con Nisman.
Elocuente y amable, parecía más interesado en escucharlos que en dar su
versión de Tablada. Estaba acostumbrado a tratar con periodistas. Los
recibió en el salón de reuniones de la fiscalía —una mesa larga, sillas
de madera y una bandera argentina clavada en un rincón—, en el séptimo
piso de Hipólito Yrigoyen 460, justo en diagonal a la Casa Rosada.
Le preguntaron por la causa judicial de La Tablada, donde operaron
desde el minuto uno los servicios de Inteligencia del Ejército y hasta
de la SIDE, y en especial preguntaron por los guerrilleros Ruiz y Díaz.
Nisman dio una respuesta sugestiva y que hasta hoy se ignoraba:
—¿Entendieron o sintieron que los militares les habían mentido?
—En ese momento, no tanto; bastante después, sí, como que en
definitiva a esos tipos los habían sacado del cuartel con vida. Estaban
los que opinaban que evidentemente los sacaron y los mataron, y los que
no creían para nada en eso. Algunos decían que en el fragor del combate,
cotejando con otras declaraciones que los militares habían hecho con
anterioridad, más o menos cerraba que hubieran muerto en combate. No te
digo cincuenta y cincuenta, pero legalmente se llegaba a ese punto. La
duda pasaba por un tema de convicción, pero no basado en prueba del
expediente.
El caso Tablada marcó un punto de inflexión en su carrera. Nisman
consolidó su perfil judicial: pasó a ser secretario y después Fiscal
General ante los Tribunales Orales en lo Criminal Federal de San Martín.
Ahí estuvo casi tres años, antes de ser convocado como ayudante de
Mullen y Barbaccia, el siguiente gran trampolín de su trayectoria. En
San Martín, una vez que ascendió a fiscal, le tocó lidiar con una jueza
de orgulloso linaje progresista: Lucila Larrandart. Trabajó la paciencia
y no tuvieron peleas que desbordaran el trato ameno y profesional. Pero
la decoración de la oficina de Nisman hablaba por sí misma: un mapa de
Malvinas debajo del vidrio de la mesa ratona; plaquetas de la Policía
Federal, un plato de la gendarmería y una gorra de la DEA colgada en un
rincón.
***
Desde el quiebre con Mullen y Barbaccia se convirtió en un paria ante
los ojos corporativos de la familia judicial y cuando en 2004, por
iniciativa de Kirchner quedó al frente de una fiscalía dedicada
exclusivamente al caso AMIA —junto a Marcelo Martínez Burgos—, su
condición de “extranjero” se potenció. Se mudó desde el noveno piso de
Comodoro Py a un piso frente a Plaza de Mayo, y así redujo al mínimo su
roce con los otros fiscales y jueces federales.
Uno de los pocos fiscales que estimaba a Nisman, y que además destaca
su “valiente denuncia” contra el poder político, opina que “a lo largo
de diez años, uno se infecta con una investigación. No haber trabajado
con alguien que le diera perspectiva o una segunda mirada fue un error
de él”.
Nisman intentó sumar esa suerte de mano derecha que le faltaba. En
2005, llamó al actual fiscal general de la Cámara Federal de Casación,
Javier De Luca, y le ofreció trabajar con él en la fiscalía del caso
AMIA.
—Disculpame, Ruso, pero no me quiero encerrar en una sola causa— le respondió.
Si bien sus colegas envidiaban el presupuesto, estructura y la enorme
autonomía de que gozaba Nisman, no había muchos dispuestos a
incorporarse a una investigación tan compleja, atravesada por
operaciones y la presión de los familiares de las víctimas que,
desesperados, cansados, buscan justicia y aún no perdonan los manejos
del juicio anterior. A más de diez años del atentado, era imposible dar
con pistas nuevas, y casi ningún fiscal de prestigio estaba dispuesto a
hacer una apuesta tan riesgosa. En 2007 su compañero en la unidad,
Martínez Burgos, envuelto en un escándalo por supuesto tráfico de
influencias con un abogado de iraníes, renunció. Así fue que Nisman
concentró todo el poder y la información de la UFI-AMIA. Así fue que
empezó, en términos de un amigo suyo, más que a trabajar, “a vivir” esa
causa. Sergio Burstein, quien siempre fue crítico con Nisman, cuenta
que, como él, se levantaba a las 6 y media de la mañana. “Tenía carácter
fuerte. Te quería convencer a toda costa, era una catarata de palabras.
En eso, éramos parecidos”. Su amigo, el fiscal Raúl Plee, organizador
de la marcha del silencio del 18 de febrero, dice: “si tenía que
trabajar 10 horas, lo hacía. Era como un caballo de calesita”.
***
Cada jueves a la tarde, en el gimnasio de planta baja, Nisman
empieza a calentar en la cinta. Su entrenador le recomendó aprovechar el
tiempo.
—¿De qué le iba a servir que yo lo vea caminar?
Meticuloso, sólo una vez llega tres minutos tarde; se disculpa varias
veces. Daniel Tangona le sugirió dejar de correr, y no usar carga en
las sentadillas. Para aliviar los dolores lumbares, le cambió aquella
rutina por gimnasia funcional. A las dos semanas, el fiscal le escribe
un mail agradeciendo: las molestias desaparecieron.
Si hace calor, Nisman va a una de las tres piletas de Le Parc. En
cueros, traje de baño azul y con los lentes de contacto que resaltan sus
ojos celestes, se recuesta a leer en una reposera; siempre con su
Nextel y los dos celulares al lado. Solo.
***
La UFI-AMIA es una especie de fiscalía VIP: para 2015 el presupuesto
era superior a 31 millones de pesos. Empleaba a 45 personas, de las
cuales diez eran contratadas y no pertenecían a la planta permanente.
Monotributistas con sueldos más altos que la media de la Procuración
General, manejaban su día a día con total flexibilidad. El propio Nisman
cobraba 100 mil pesos en mano, casi 40 mil más que el promedio de sus
pares.
Sin la obligación de presentarse en la fiscalía, los contratados le
reportaban directamente a Nisman. De ese grupo de diez, el más célebre a
la fecha se llama Diego Lagomarsino, tiene 35 años, es técnico
informático y trabaja desde 2007 para Nisman.
Lagomarsino facturaba 41.280 pesos por mes y fue quien, el sábado 17 a
las 20.30 le prestó a Nisman la pistola Bersa .22. En el ranking de
ingresos le sigue Claudio Rabinovitch, con 32.400 pesos. Abogado y
periodista, su tarea era armar resúmenes de prensa y asesorar en
comunicación. A Nisman no le alcanzaba con el trato personal que él
mismo lograba tener con un grupo de periodistas especializados en el
tema AMIA, ni tampoco con una consultora externa. Porque para mejorar el
perfil mediático que siempre quiso darle a su trabajo, en 2009 también
había contratado los servicios de una agencia de prensa y comunicación
rutilante en el mercado. Su propietaria es una relacionista pública
eficiente y célebre por organizar cocktails en los que se mezclan el
mundo del arte y la cultura con el de la política y la economía. Entre
sus cuentas además de la de Unidad Especial AMIA se destacan Papel
Prensa, Grupo Clarín, diario La Nación, Revista 23 y marcas como Cartier, Baume Mercier y Estée Lauder Companies.
Tanto a Lagomarsino como a Rabinovitch la Procuración de Gils Carbó les rescindió los contratos el lunes 9 de febrero.
Las otras personas son ocho
mujeres. Todavía no está claro qué rol cumplían para la UFI-AMIA.
Ninguna de ellas supera los 35 años: Marina Pettis
(licenciada en nutrición, cobra 28.780 pesos), Felicitas Mas Feijoo
(20.525 pesos), María Victoria Buigo (17.700 pesos), Magalí Dietrich
(16.225 pesos). La fiscalía gastaba en este tipo de sueldos 2.541.660
pesos al año.
***
En 2013, en la enorme sala de sesiones de las Naciones Unidas, Sergio
Burstein, ex esposo de una víctima, se acomodaba junto a su hija Rita
sobre un palco. Esperaba el discurso de Cristina Kirchner sobre el
memorandum con Irán. Su nextel sonaba cada 15 minutos. Siempre era
Alberto Nisman.
—Contame qué va a decir.
Lo mismo había hecho en 2012 y 2011.
—Alberto, no me rompás las pelotas, te dije que no tengo idea. ¿Te pensás que me adelantan los discursos a mí?
—Basta papá, por favor, estamos acá, dejá de discutir—le pedía su hija, sentada al lado.
***
Las políticas de seducción de la SI sobre las que hablan con los
personajes del poder judicial son varias y dependen del fiscal, del
magistrado o de la necesidad de los servicios.
Las técnicas más intensas pueden consistir en una invitación a un
bar, a una fiesta privada. Y, en un determinado momento, un ofrecimiento
de drogas. Al otro día, al invitado le llegan las fotos
comprometedoras, y quizás una amenaza o un pedido. Y esa persona, “ya no
tiene paz”. El juez Norberto Oyarbide acusó extorsiones de agentes de
la Side en el affaire que protagonizó en 1998.
Varios fiscales federales aseguran que todo depende de la ambición
del influenciado: algunos se contentan con viajes a congresos, otros con
dinero en efectivo. También, claro, hay quienes están por fuera de los
arreglos y viven con su sueldo y su auto oficial con chofer. No se
involucran. Tres fuentes dicen que “hay muchos ‘servicios’ que no
trabajan de servicios’. Trabajan como legisladores, fiscales,
funcionarios o periodistas”. La estrategia de la red incluye actores
que “son parte de los servicios sin saberlo”. Operan en un eslabón
específico de un plan general. Llevan sobres, hablan con gente para
influenciarlos pero ignoran el objetivo último. “Prestan armas con
inocencia”, dice un funcionario judicial que conoció a Nisman. Es
probable que a un juez federal, que lleva muchas causas, sólo se le pida
que influya en un par, asume. Con el resto, tendrá libertad absoluta.
Nisman estaba solo y dependía de las investigaciones de Antonio Stiuso. A
eso se limitaba su libertad, concluye.
***
Hasta hace pocos días Stiuso era un agente
secreto: aún el director de Operaciones de la SI. A Stiuso le dicen
Jaime o Ingeniero e investiga el caso AMIA desde 1994, aunque su
intervención fue variando con el tiempo. Su nombre ahora se repite casi
tanto como el de Nisman. Hasta 2004, antes de que Gustavo Beliz mostrara
su rostro en televisión —aún no se cerró esa causa por violar un
secreto de Estado—, unos pocos periodistas judiciales conocían sus
rasgos. Que tuviera una relación con Nisman era lógico: en causas de
terrorismo internacional, el servicio de inteligencia es el encargado de
investigar. A Stiuso lo echaron de la Secretaría de Inteligencia el 18 de diciembre de 2014. Nisman lo llamó varias veces el 17 de enero, antes de morir.
Al especialista en Inteligencia en América Latina y profesor de la
UBA, José María Ugarte, no le sorprende demasiado el caso Nisman, que
reflota internas entre sectores de la SI. La conducción política de la
Secretaría no es real, dice. Quien conduce se limita a transmitir las
necesidades del poder político del momento. “Hacia abajo, Stiuso sí
representaba una conducción más efectiva, aunque hacia adentro siempre
hay margen para hacer operetas políticas menores”. Ugarte fue miembro
del grupo redactor de la Ley de Inteligencia, sancionada 18 días antes
del estallido social del 20 y 21 de diciembre de 2001, cuando la SIDE
pasó a ser la SI.
Un legislador experto en el tema dice que durante el menemismo la
SIDE era corrupta pero la conducción política era clara con Carlos
Vladimiro Corach y Hugo Anzorreguy. El kirchnerismo no intervino
políticamente en su dirigencia; dejó a la gente de la gestión anterior,
sin un líder claro. La relación entre servicios y poder judicial se
había vuelto intensa en los años 90 y creó una serie de hábitos. Se
aumentaron los fondos reservados: se desviaban para pagar sobresueldos a
jueces y funcionarios.
A la estrategia se le suma una motivación más pedestre, casi
sindical. Durante la democracia, los agentes aprendieron sobre los
vaivenes del gasto público dedicado a su área. ¿Cómo hace un jefe si de
pronto un gobierno decide recortarle el presupuesto? ¿Qué pasa con los
infiltrados en la Triple Frontera que investigan contrabando cuando se
les paga por mes y no por trabajo? El reclutamiento para tareas
específicas se realiza en diversos grupos sociales. Muchas veces,
personal de limpieza recibe un plus por mirar mientras barre, cuenta un
ex funcionario que intervino ayudando a desmantelar grupos inorgánicos.
La solución está en usar fondos para otros emprendimientos económicos:
ilegales, como los denunciados por Lorena Martins,
pero también legítimos para, en caso de crisis, mantener la estructura
de recursos humanos. En este mundo de opacidades, nadie duda de que
Stiuso o los jefes desplazados de la SI no tengan problemas económicos.
***
—Nisman también era un tipo nervioso.
El abogado de ojos y barba negrísimos dice tener manchas en la
pierna, de psoriasis, parecidas a las que tenía Nisman en la cabeza y
por las que debía aplicarse cremas. Cuando empezó a trabajar con el caso
AMIA, el abogado andaba afeitado y de traje y estaba al tanto de cada
detalle de la causa. Hoy, más relajado, de chomba y zapatillas de cuero
repite lo que se escucha en Comodoro Py: “Yo lo veía todo el tiempo con
Stiuso”, quien había convencido a todos de que “iba a investigar de
verdad”. Y este hombre, ahora lejos de Comodoro Py y de la unidad AMIA,
no acordaba con el fiscal Nisman: estaba –y continúa estando—convencido
de que los pasos que la SI lo hacía dar en su investigación eran un “escenario armado por la SIDE, dirigido por la CIA y el Mossad. Nisman era su ejecutor”.
El abogado solía decirle a Nisman, después de reuniones fuera de la oficina:
—Stiuso te va a mandar a tocar timbre donde él quiera.
El testimonio del ex funcionario judicial resulta creíble no por su
convicción sobre las relaciones entre el fiscal y el espía, sino porque
al tiempo que critica a Stiuso por su coerción a la justicia, lo
describe con elogios masculinos: un tipo “genial”, “muy inteligente y
sencillo”; “súper carismático”. “Jamás se pone corbata, anda en
zapatillas y con toda la plata que maneja, vive como un tipo humilde. Y
realmente piensa ocho pasos más adelante”, lo piropea.
—¿Qué vas a esperar? ¿Que un tipo de inteligencia sea buena persona?
Eso no. Pero es realmente brillante. Lograba que le tengas respeto.
El vínculo local con el Mossad y la CIA en el caso AMIA es, desde
luego, previo al trabajo de Nisman en la fiscalía y a veces excede las
reglas permitidas de la cooperación. El abogado y los querellantes
recuerdan que se dio autorización al secretario de una fiscalía israelí
para viajar a entrevistar a Telledín en la cárcel. Todo se hizo sin
dejar registro de las conversaciones como indica la ley, sin presencia
de un fiscal o un juez, como consta en el fallo del Tribunal.
Aparentemente, el hombre no trabajaba para ninguna fiscalía israelí.
—Era del Mossad.
***
Nisman vivía paranoico. Denunciaba cada amenaza que recibía, por
inverosímil que sonara. A raíz de ese estrés, había cambiado las
sesiones de psicoanálisis por una terapia más pragmática: El Arte de
Vivir. Su maestra de respiración era la coordinadora en Latinoamérica,
Beatriz Goyoaga. Por recomendación de un juez federal, también visitaba a
un acupunturista en la calle Santa Fe. La primera vez, le vio cara
conocida: el hombre de ambo tendría su edad. Era un excombatiente de La
Tablada. No le guardaba rencor.
La primera denuncia de Nisman por supuestas amenazas fue a mediados
de 2010 contra el juez federal Claudio Bonadío, el ex ministro del
Interior, Carlos Corach, su hijo Maximiliano y el ex comisario Alberto
“Fino” Palacios. Por mail, recibió un documento que enumeraba supuestas
reuniones de los Corach, Palacios y Bonadío para apartarlo de la causa
AMIA. El 12 de julio de 2010 se presentó ante una fiscalía y los señaló a
los cuatro.
“Nunca me citaron, no escuché ni sabía nada”, asegura sorprendido
Corach junior, hoy presidente de la junta comunal de Palermo por el
macrismo. Activo tuitero y dirigente del staff de Horacio Rodríguez
Larreta, jura que desconoce la trama que lo vincula con las amenazas.
Luego, Nisman explicó en la fiscalía 10, de Diego Iglesias, que
“integrantes de la agrupación Quebracho verían con agrado llevar a cabo
dichas intimidaciones”. Por su historial violento y su simpatía con
Irán, para Nisman el grupo era la representación del miedo.
El sábado 17 de enero de 2015, mientras repasaba carpetas y resaltaba
papeles con marcador flúo, refiriéndose a su exposición de la denuncia
en el Congreso le dijo por chat a un periodista: “Espero que el gobierno
no deje entrar a Quebracho”.
La causa de 2010 quedó en la nada. “Se intervinieron los teléfonos de
un dirigente de Quebracho y de su familia, pero no surgió absolutamente
nada”, dicen en la fiscalía. Hasta el momento de su muerte, Nisman
estuvo pendiente de esa investigación, convencido de que pretendían
atacarlo.
Meses después, Nisman denunció a Agustín Zbar, un dirigente de la
comunidad judía. Candidato a presidente en las elecciones de la DAIA. En
agosto de 2010, aseguró ante el juez federal Ariel Lijo que Zbar, ex
funcionario porteño de Jorge Telerman, lo había llamado para amenazarlo.
La presentación ante Lijo se coló en las elecciones de la DAIA, al
punto de que Zbar tuvo que declinar su candidatura. “A fin de evitar un
papelón que su ego no podría soportar, Zbar decidió bajarse y encontró
la excusa justa”,le dijo entonces Nisman a la Agencia Judía de Noticias.
El juez Lijo, quien a su vez maneja la causa por el encubrimiento al
atentado a la AMIA, sobreseyó a Zbar el año pasado: las supuestas
amenazas eran “inextricables”.
“Rusito dejá de joder con el Mossad”, “Rusito estás marcado”,
amenazaban los mails que Nisman dijo recibir en agosto de 2012, en
noviembre y en marzo de 2013. Otra vez, Nisman denunció. Y su denuncia
se incluyó como parte de una del Ministerio de Seguridad, a raíz de una
sucesión de hackeos a ministros y diputados que se conoció como Leakymails, una especie de wikileaks nacional y con tono a acciones de algún sector de los servicios de Inteligencia.
En medio del divorcio entre Nisman y la jueza Arroyo Salgado, su ex
mujer investigó una importante red de espionaje, con varios puntos en
común con las denuncias de su ex. En 2012, procesó al ex jefe de la SIDE
menemista, Juan Bautista “Tata” Yofre, al general retirado Daniel
Reimundes y al titular de Seprin por pinchar e-mails de funcionarios. A
los periodistas Carlos Pagni y Roberto García los acusó de
“encubridores”. Un combo entre representantes de la SIDE, el ejército y
los medios. La jueza está ahora a punto de tener que evaluar la
elevación a juicio oral presentada por el fiscal de esa causa.
Salvo en la cruzada contra Zbar, ante cada denuncia de Nisman,
“Jaime”Stiuso aparecía de inmediato para revelar amenazas casi idénticas
en su contra. Los jueces, a pesar de los pedidos del agente, intentaban
ponerlas en una causa aparte.
La última que recibió Stiuso incluía foto del domicilio de su hija
mayor y de la obra de sicarios mexicanos, “como una forma de demostrarle
lo que podían hacer”, explicó en el cuarto piso de Comodoro Py un
secretario que vio el expediente de la investigación macro de hackeos y
pinchaduras. Por la presentación de Stiuso sus hijas tienen custodia,
incluida la que trabaja en uno de los juzgados federales de Comodoro Py.
En febrero de 2013 Nisman presentó un nuevo escrito en el juzgado 9. A
las pocas semanas también apareció Stiuso como denunciante, junto a
otros agentes de la Secretaría de Inteligencia. Los mails recibidos por
el fiscal y por el ex SIDE eran casi un calco, y solo variaban en el
nombre del amenazado: Nisman o Stiuso.
“Respira,
inspira, ignora y vive”, recomienda un mantra de El Arte de Vivir. Y
esa fue la frase que Nisman puso como estado de whatsapp, el viernes
previo a su muerte. Según uno de los instructores de esta exitosa
organización, el consejo de ignorar refiere a “las actitudes dañinas de
las demás personas”.***
Después de almorzar en La Recova, el bar del patio del Cabildo, donde
solía juntarse con un abogado querellante de la causa, Nisman caminó
media cuadra y volvió a su despacho. En esas comidas jamás tomaba vino:
siempre Coca ligth.
Detrás de sus secretarios, la puerta de vidrio y madera blanca del
despacho de Nisman casi siempre estaba cerrada. Antes de las reuniones,
solía hablar sobre su hija Iara, con quien viajó a Ámsterdam, París y
Madrid en enero, regalo por sus 15 años. En general, excepto cuando
trabajaba junto al fiscal Martínez Burgos, recibía a los familiares de
las víctimas del atentado a la AMIA solo; el escritorio impecable, sin
un papel, los biblioratos en fila.
—¡Decime dónde están los avances! ¿Te das cuenta de que no estás
haciendo nada?—le dice una mujer de pelo ya blanco. A su lado el abogado
querellante, Sergio Burstein y dos familiares más asienten en silencio.
Nisman se levanta de su sillón con seguridad. Los gritos y los modales de la mujer no lo alteran.
—Claro que hay avances—responde y abre la puerta para gritar—. ¡Martín, traé la carpeta que te di ayer por favor!
Cada vez que sucede algo así, Nisman no se pone nervioso ni se
achica. Llama a sus colaboradores para que muestren información extra,
argumenta una y otra vez y les da a los familiares esperanzas de nuevas
pistas. Quienes participaban de aquellas reuniones coinciden: “No lo
hacía de mala fe”.
***
“¿Cómo, no lo conocés a Jaime?”, se sorprendió Nisman ante el periodista Santiago O’Donnell en 2011. Quería charlar sobre los cables de la embajada estadounidense que el periodista había publicado en el libro Argenleaks. A diferencia de la reunión con Waisberg y Celesia, a O’Donnell lo invitó a su oficina con vista a la Plaza de Mayo.
Los WikiLeaks publicados por O’Donnell prueban que la línea de
investigación promovida por Washington, a través de su embajada en
Buenos Aires, empalmaba con la de Nisman: culpar a Irán. Algunos cables
lo muestran en una actitud de acatamiento pleno a la voluntad
estadounidense.
“Los oficiales de nuestra Oficina Legal le han recomendado al fiscal
Alberto Nisman que se concentre en los que perpetraron el atentado y no
en quienes desviaron la investigación”, informa un cable del 22 de mayo
de 2008. Y otro agrega: “Nisman nuevamente se disculpó y se ofreció a
sentarse con el Embajador para discutir los próximos pasos”. En la
charla con O’Donnell, Nisman no negó esa información: se mostró amable y
prometió adelantarle una exclusiva sobre los próximos pasos de la
causa. Se sorprendió, eso sí, cuando el periodista confesó que no
conocía a Stiuso.
Nisman afirmaba que “Jaime” Stiuso era el que más sabía sobre la causa AMIA. En una entrevista con la revista Noticias,
durante ese frenético tour meditático desde su vuelta de Europa, que
incluyó notas con Lanata, Jorge Rial, Ari Paluch y dos veces con TN, el
fiscal confesó:
— Con Stiuso discrepábamos en muchos aspectos. Él venía con informes
que a veces parecían muy verosímiles y yo le decía: “Perfecto, ¿y las
pruebas?”. Y Stiuso me respondía: “Es de un informante que tengo
infiltrado en tal lugar”. Esas personas no podían declarar y por eso
muchas pruebas no se judicializaron. Pero acá no hay ninguna operación.
***
La maquilladora de TN lo sacó de su limbo mental de fojas, escuchas,
fechas y detalles sobre la denuncia contra el gobierno. Con Nisman ya
sentado en el estudio, tuvo que apurarse: “Como no tuve la intimidad de
la sala, sólo le puse un poco de polvo porque tenía la cara demasiado
brillante”. Eso recuerda de su última entrevista televisada. “Me
agradeció y me fui, nada raro. Sólo lo vi un poco ansioso cuando la
cámara lo enfocaba mientras entrevistaban a los demás invitados”, relata
la maquilladora, que hasta esa noche no lo conocía.
Fuera de cámara, lo esperaba el enfant terrible de la
escuela periodística de Jorge Lanata: Nicolás Wiñazki. “Venite al
programa a las 23, si podés”, le había dicho por wathsapp esa tarde. Por
esa vía solía comunicarse de forma muy fluida con los periodistas de su
confianza: uno de Infobae, uno de La Nación, uno Clarín y uno de Página/12.
“Estaba re seguro de su denuncia. Me dijo que Luis D’Elía estaba
hasta las manos, pero fue muy cuidadoso en no identificar a los agentes
de inteligencia que figuraban en la presentación”, dice Wiñazki. El
periodista de Clarín opina que Nisman sospechaba que el gobierno —a través de la Procuradora Alejandra Gils Carbó— lo iba a correr de la fiscalía.
Esa versión pretende explicar el apuro del fiscal por adelantar su
vuelta de las vacaciones europeas y presentar la carpeta de casi 300
páginas durante la feria judicial. Sin embargo, la Procuración negó esa
hipótesis, y Nisman podría haber hecho la acusación desde afuera de la
UFI-AMIA. Incluso, su denuncia y hasta él mismo se hubieran cotizado
mucho más desde el rol victimizante del fiscal expulsado.
Después del largo reportaje de Edgardo Alfano en TN, Nisman caminó
hacia el panel de control para chequear en los monitores cómo había
salido. No le importaba lo que había dicho, porque de eso estaba
absolutamente convencido: el fiscal fue a controlar cómo salía su imagen
en HD.
Esa tarde, en una sesión de fotos para La Nación había
mostrado la misma inquietud. Primero en el lobby y después en el jardín
interno del complejo de tres torres, le pidió al fotógrafo: “A ver,
¿salgo con ojeras o con cara de cansado? Estoy enloquecido de trabajo y
encima esta noche salgo en TN. Te pido por favor: cuidame”.
***
Nisman había sudado, pero su remera dry fit blanca lo disimulaba. Le pidió a su personal trainer
sacarse una foto. A pesar del calor de aquel día de diciembre de 2014,
Nisman se sentía contento y vital. Para terminar la clase, Daniel
Tangona le tiró una propuesta nueva: hacer box para liberar tensiones. A
Alberto Nisman le fascinó mucho más que el arduo momento del balance
sobre el bozu, esa suerte de tortuga de goma sobre el que hay que
pararse durante unos segundos con un pie y mantener el equilibrio;
típico ejercicio de gimnasia funcional. Antes de despedirse, exhausto y
eufórico, Nisman buscó su celular— que lo tuviera apagado era una
condición impuesta por el profesor—. Lo encendió, se enfrentó al espejo y
abrazó a Tangona. En la foto sonríe. No se mira al espejo como sí hace
su entrenador; se ve a través de la cámara.
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Sonia Budassi
CRONISTASonia Budassi lee, por día, entre 10 y 12 horas. En papel o pantalla, pasa la mitad del día leyendo cuentos, novelas, notas periodísticas, reseñas, mails, post en redes sociales. Leer, además de trabajo, es su pasatiempo preferido. Después se queja: me gustaría andar más en bicicleta, pasear, ir de compras, dice. Ver más -
Andrés Fidanza
CRONISTAUna de las primeras notas que hizo Andrés Fidanza, mientras cursaba la carrera de Sociología y periodismo en TEA, fue una entrevista a Daniel Hadad. Andrés fue a la puerta de Canal 9 con un compañero que era, en aquella época, tan lumpen como él. Ver más Guillermo Lizarzuay
ILUSTRADORDurante años Guillermo Lizarzuay ha experimentado en distintos medios y lenguajes artísticos. Su actual obra es el fruto de la conjunción de aprendizajes que cada campo le ha brindado. Ver más

