
Aprendiendo a pensar: lógica de los sofismas (16-21)
c) Sofisma de falsa causa:
Este paralogismo se produce cuando de la
anterioridad de un suceso con respecto a otro, se concluye que el que
sucede primero es la causa del otro, o cuando de la mera coincidencia
temporal de dos hechos, se concluye que uno de ellos es la causa del
otro.Ejemplos:
[73] Dado que coincidieron en Francia una época
de continuo aumento de la criminalidad juvenil con la época en que la
educación primaria se extendió a todo el pueblo, se concluyó que la
educación primaria había sido causa del aumento de la delincuencia juvenil en Francia[1].
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[74] Un profesor tiene 120 alumnos, tres de los
cuales son miembros de la secta religiosa “Z”, y ocurre que todos
aprueban su examen, menos tres alumnos, que resultan ser, precisamente,
los miembros de la secta “Z”. A partir de solamente estos datos,
alguien saca como conclusión: El profesor ha aplazado a C.R., a M.D. y a
C.P. porque pertenecen a la secta “Z”.
[75] Un niño pequeño, a quien daban leche de una vaca blanca, afirmó: «La leche es blanca, porque la vaca es blanca».
[76] Hace unos años los deportistas de la
U.R.S.S. obtuvieron la mayor cantidad de medallas en los juegos
olímpicos de entonces; el 3er lugar en cantidad de premios lo
obtuvieron los deportistas de Alemania Oriental (socialista), país con
apenas 20.000.000 de habitantes. Dado que la U.R.S.S. y Alemania
Oriental eran países regidos por la tiranía del comunismo algunos
sacaron como conclusión, y con fines de propaganda de esos regímenes la
siguiente aseveración: «El régimen político comunista es la causa del triunfo de estos deportistas en las Olimpíadas; ergo es un buen régimen político».
Muchas veces se comete este tipo de falacia
cuando se habla de la influencia de los astros en la vida de los
hombres, así por ej.:
[77] En tal año tal planeta se ubica en tal
lugar, y ese mismo año gana las elecciones NN; se concluye que la
posición de los astros ha sido la causa del triunfo.
Esta clase de sofisma está en el origen de muchas
supersticiones; así por ej. la que aconseja no pasar debajo de una
escalera: probablemente esta superstición proviene de una vinculación
fortuita entre una desgracia que le ocurrió una vez a alguien y la
circunstancia de que ese día había pasado bajo una escalera, y se
atribuyó a este hecho la calidad de causa de aquella desgracia.
En la interpretación de los datos estadísticos,
suele incurrirse con mucha frecuencia en esta clase de sofisma, cuando
se establecen falsas correlaciones entre dos fenómenos. Imaginemos un
ejemplo:
[78] A partir de los siguientes datos:
Santa Fe Santa fe
Difusión de la meningitis Consumo de chocolate
(c/10.000 habitantes) (toneladas/año)
1960 ………………….. 2,7…………………………….. 25
1965 ………………….. 3,1 ……………………………. 30
1970 ………………….. 6,5 ……………………………. 38
1975 ………………….. 5,0 ……………………………. 35
1980 ………………….. 8,2 ……………………………. 52
1985 ………………….. 12,3 ………………………….. 60
Se concluye que la ingestión de chocolate es causa de la meningitis.
En este ejemplo, la falta de relación real entre los
dos fenómenos es manifiesta, y por ello nadie va a engañarse pensando
que tal relación existe; pero en otros casos, en que la relación entre
dos fenómenos no parece absurda, una correlación meramente casual puede
llevar a errar al investigador.
En los sofismas de falsa causa siempre aparece en
la conclusión la afirmación de una relación de causalidad, la cual no
ha podido obtenerse legítimamente a partir de las premisas dadas.
Aun en el caso de que un fenómeno b siga siempre y necesariamente a un fenómeno a, tampoco es seguro que a sea la causa de b. Una sucesión, aun cuando sea necesaria, puede que no sea una relación de causalidad.
Las conclusiones obtenidas mediante sofismas de
inducción con frecuencia suelen usarse luego como premisas. Dado que
estas premisas no han sido válidamente obtenidas, y por lo tanto, son
falsas o, por lo menos su veracidad no consta, los razonamientos que se
constituyen a partir de allí son sofismas de prejuicio, que hemos estudiado antes[2].
III. LOS SOFISMAS “RETÓRICOS”
Noción
El Diccionario de la lengua de la Real Academia Española define Retórica como sigue: «arte de bien decir, de embellecer la expresión con conceptos, de dar al lenguaje escrito
o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover»[3].
o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover»[3].
Dos conocidos estudiosos de la retórica la
definen como el «estudio de técnicas discursivas que tratan de provocar y
de acrecentar la adhesión de los espíritus a tesis que se presentan
para su asentimiento»[4].
Para el éxito del arte retórico importa mucho cómo es y cómo impresiona la persona que habla
(por ej. puede ser o aparecer agresiva o amable, con prestancia o con
mala presencia, puede dar impresión de seguridad o, por el contrario, de
debilidad en el conocimiento o en la propia convicción, etc.). También
debe tenerse en cuenta la oportunidad de los argumentos que se
esgrimen (pues existen ciertos argumentos oportunos y otros
inoportunos para cada ocasión), y en cuanto a la expresión del
argumento, importa la fuerza que tenga para conmover los sentimientos
del oyente o del lector. Para esto, es necesario conocer el carácter, tendencias, gustos, simpatías y antipatías del oyente, o del conjunto de oyentes, denominado “audiencia”. El diagnóstico de la audiencia constituye una de las partes más decisivas del arte retórico[5].
Muchas veces los argumentos ni siquiera tienen la
apariencia de un razonamiento (como sí la tienen en general todas las
especies de sofismas que expusimos antes), y sin embargo suelen
persuadir, precisamente porque no se dirigen directamente al
intelecto, sino a algún sentimiento o pasión del oyente, del lector o,
también en nuestros días, del televidente (argumentos acompañados o
reforzados con imágenes, o argumentos implícitos en las imágenes)[6].
No solamente la ambigüedad de las palabras y los
artilugios del discurso pueden conducir al error; también la naturaleza
afectiva del hombre es causa muy frecuente de lo ilógico, por el notable
influjo de la sensibilidad sobre la inteligencia. De manera que un
argumento puede persuadir:
– porque es lógicamente concluyente (a), o
– porque tiene apariencia de ser lógicamente concluyente (b), o
– por el efecto psicológico que produce en la afectividad; estos últimos son los “sofismas retóricos”.
En el caso de (a) se trata de razonamientos
genuinos; y en los casos de (b) y (c) se trata de sofismas. Aquí podemos
notar la diferencia entre el convencer, que ocurre en los casos (a) y (b), y el mero persuadir, que sucede en el caso (c). La acción de convencer se dirige principalmente a la inteligencia, así como la acción del persuasor se dirige a los sentimientos, aun cuando su objetivo final suele ser provocar una modificación en el intelecto[7].
En este último caso tenemos los “argumentos retóricos”, que tiene
notable influjo sobre los pensamientos y conductas de los hombres,
porque las personas muchas veces obran creyendo que siguen a su
inteligencia, cuando en realidad siguen a sus afectos movidos por el
discurso persuasivo. Al respecto señalaba Bacon que «el entendimiento
humano no es de luz seca, sino que recibe la infusión de su voluntad y
de sus afectos, lo cual engendra creencias caprichosas y arbitrarias»[8].
El orador debe no tan sólo convencer, sino
también persuadir, o sea conmover y ganar el corazón. Pero ocurre
muchas veces que el orador o escritor mueve y conmueve los afectos del
público para persuadirlos de cosas falsas.
El discurso persuasivo puede ser un medio legítimo cuando se busca reforzar la adhesión a conclusiones que se han fundamentado correctamente[9]. Pero es un medio ilegítimo cuando los recursos persuasivos se utilizan en el lugar de
razones que no existen. El hombre honesto debe rechazar el consejo de
William Hamilton: «Adheríos a las pasiones del auditorio, a su
orgullo, a su compasión, a su ambición, a sus pasiones predominantes,
sean cuales fueren; estén de vuestra parte esas pasiones, y no tendréis
ya que temer a la razón de la asamblea»[10].
Si el lector u oyente advierte la solapada
apelación a los afectos, puede sustraerse al engaño, pero con respecto a
muchas personas estos «sofismas retóricos» tienen notable éxito, y
muchas de ellas llegan a ser arrastradas por las emociones
oportunamente estimuladas. No es necesario poseer talento para llevar a
los hombres en el sentido de sus prejuicios, de sus intereses o de sus
pasiones.
Éste es el peligro del sistema del juicio
de “jurados” que existe en algunos países, según el cual personas
comunes del pueblo desempeñan ocasionalmente el papel de jueces de la
inocencia o culpabilidad de los acusados. Así, personas sin suficiente
experiencia en las cuestiones delictivas y sin experiencia en el arte
retórico, pueden ser fácilmente persuadidos por los recursos oratorios
que despliega el abogado, ya sea el fiscal del Estado, ya sea el
defensor del reo, y creyendo estar convencidos de la inocencia o
culpabilidad del acusado, en realidad están solamente persuadidos por
la oratoria forense.
Por lo dicho, los “sofismas retóricos” no son,
estrictamente, un asunto de la lógica. No consisten en una infracción
de las leyes del pensamiento. Suelen darse juntamente con alguna falacia
lógica, como es el sofisma de atinencia, pero lo característico de
ellos es la confusión que se da entre lo sentimental y lo lógico, y por
ende su estudio es jurisdicción de la psicología. Sin embargo, dado que
atentan indirectamente contra la corrección del razonamiento, es útil conocerlos para detectarlos y refutarlos[11].
[2] En la sección II, A) de este opúsculo.
[3] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española. Madrid, 1984.
[4] Chaim Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, Traité de l’argumentation, Univ. de Bruxelles, Bruselas, 1976, p. 5.
[5]
«Es de gran importancia para la persuasión (…) que el que habla se
muestre con cierta predisposición de ánimo y que los oyentes crean que
se halla de algún modo dispuesto con respecto a ellos, y además, que
éstos se encuentran con cierta disposición de ánimo (…) Porque las
cosas no son vistas de igual manera por los que aman y por los que
odian, ni por los que están airados y los que se hallan serenos, sino
que, o las ven enteramente distintas, o de diversa magnitud»
(Aristóteles, Retórica, l. II, n. 1377b, in fine).
[6]
«(…) Creen que las cosas son como dice el orador, aunque no sea así, y
el oyente experimenta siempre las mismas pasiones que el que habla
patéticamente, aunque éste nada diga de valor. Por eso muchos conmueven a
los oyentes haciendo ruido» (Aristóteles, Retórica, l. III, n. 1408a).
[7] Véase Novísimo Diccionario de la lengua castellana. Garnier, París. Diccionario de sinónimos, p. 61.
[8] Francis Bacon, Nuevo Organon, I, XLIX.
[9] Factores de persuasión colaterales a la argumentación.
«A veces, el espíritu humano comienza, con toda
naturalidad, a percibir la veracidad de una tesis encontrándola amable o
bella. Como entre la bondad, la belleza y la verdad hay una
reversibilidad profunda, el amor muchas veces facilita la percepción de
la verdad. Y la fuerza de persuasión de la persona que discute no está
solamente en el raciocinio, sino también en todo su modo de ser y de
hablar, que frecuentemente permite apreciar la belleza o la bondad de la
causa que sustenta». (Plinio Corrêa de Oliveira, El diálogo – Trasbordo ideológico. Syllabus, s/f, p. 57).
[10] William Hamilton, op. cit., párr. XDV.
[11]
«La labor del lógico es corregir los errores, no es mostrar cómo nacen
éstos de las imperfecciones de la naturaleza humana. Es un punto
discutible si el lógico tiene autoridad o no para tratar acerca de esto
(las causas sentimentales del error); pero si lo hace, debe consagrarle
un capítulo aparte, porque este estudio es extra-lógico» (Alexander
Bain, Logic, deductive and inductive, Inducción VI, cap. III).
«El estudio de los sofismas retóricos estuvo en boga
durante la Edad Media e incluso en los primeros tiempos de la Edad
Moderna; cayó en desuso con la “nueva lógica”. Empero hoy en día los
lógicos están tomando nuevamente interés en ellos» (Francisco Miro
Quesada, Lógica, ed. del autor, Lima, 1964, p. 237 s.).

