LEY, GRACIA Y ESPIRITU
«personas
que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el
Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo
comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).
El
Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que
ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas
Obras Divinas.
No
se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano,
haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del
tiempo, la evolución del pensamiento humano.
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El
Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los
hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad
de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo
hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos»
(Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo,
que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus
Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide
interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la
teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis
humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano:
no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios.
Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.
Cuando
Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para
poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando
habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que
tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un
instrumento para la obra de Dios.
Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.
Quien
ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su
Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede
predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.
Hoy,
gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica
fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).
La
gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio
porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No
quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y
útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la
justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en
toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).
Toda
esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo
divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo,
buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una
Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella»
(2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que
guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la
autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de
demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).
El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:
- Su Eucaristía;
- Su Madre;
- Su Cruz.
«¿Quién
podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su
infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más
preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su
Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).
Son
tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no
hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.
Es
imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra
Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es
el rey.
Jesús
viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la
ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley
divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.
Es
un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al
pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su
naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el
mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese
conocimiento divino.
Si
el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que
nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y
sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia
humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de
ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se
crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí
mismo.
El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.
No
quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar
a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a
Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores
místicos.
Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.
Amarse
a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más
grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida
es para Cristo, no para uno mismo.
Si
el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no
merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su
pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene
ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.
Es
necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana
a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.
Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos»
(Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un
mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la
propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que
Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.
Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).
Cumplir
la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al
alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el
hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede
llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la
Verdad.
Si
no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y
si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su
existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la
mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.
Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.
La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida»
(Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es
un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.
En
la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en
Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es
rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en
pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo
más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio
pecado.
Sin
la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un
amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia
voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En
verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del
Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).
La
Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para
eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn
1, 14). Habita por la Gracia.
La
Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para
poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y
se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre
que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo
Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma
sacerdotal.
El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).
Cumplir
la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra
el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar
debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la
vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.
Ella
es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los
hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias
divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo
todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva
al alma al culmen de la Vida Divina.
«Dios
la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus
gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres,
con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).
Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.
Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.
Para
caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien
imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y
deseos humanos.
«Que
una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin
la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo,
lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por
la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).
Amar
a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se
puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento
humano.
La
Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la
gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia,
no en lo humano. Buscarla en la Gracia.
La
Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos,
no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y
de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes
sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su
permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre,
que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la
negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se
autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.
Una
Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a
vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas
almas caminen hacia el fuego del infierno.
El
Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede
alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira
del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas
viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del
hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se
despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es
entonces cuando caminan hacia el Paraíso.
Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino:
éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su
camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un
camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.
Por
eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en
su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe»
(2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para
poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y
malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.
En
el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado
permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en
su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama
permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca,
cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida,
que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.
Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no
os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea
fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos,
ni comer» (1 Cor 5, 11).
Con
esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer.
Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos»
(1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que
hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven,
acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.
El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.
El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.
Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).
Permanecer
en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa
Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.
Pedro
no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad.
Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio
no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de
Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de
una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.
La
Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La
Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la
Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al
conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida
de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.
Quien
permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del
Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras
divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.
Pero
quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos,
es esclavo -no sólo de los hombres- sino de sí mismo, de su propia
inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una
ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del
cielo que su alma constantemente tiene.
El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.
Cuando
los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando,
según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su
progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia,
ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son
tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja
el amor.
«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).
El
hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que
busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno.
Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones
pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres
producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una
maldición en todos sus hijos.
«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).
¿Te
parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu
mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?
El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
El
hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no
ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la
Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres
falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio
hombre.
La
Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte
de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida
por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él
Mismo.
No
se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede
obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un
hombre que sólo habla su vanidad.
«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14): no sigas a Bergoglio y su doctrina.
Es
el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra
barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y
reniega así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que
va en busca de los cambios en la Iglesia.
¿Qué
amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la
doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su
Palabra.
¿Qué
Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya
propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de
orgullo y de soberbias declaradas.
¿Qué
obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son
obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención.
Son obras de condenación.
¿Y
por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra
razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo
aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la
Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.
«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).
Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.
La
Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a
cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra
de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.
Todo
aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no
comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.
En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.
Y,
por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si
predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la
Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.
La
Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el
alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus
placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en
donde la verdad brilla por su ausencia.
Si
el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a
Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el
hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.
Hay
que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a
Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia,
de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.
¡Cuántos
comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas
disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en
la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha
en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la
lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es
el fin de su vida?
«La
Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección;
pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del
corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).
El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:
- La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
- La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
- La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.
La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.
«en
esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo
el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más
facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia
impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).
Son
muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige
la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele
vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.
«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.
«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto
XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús):
esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona
Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda,
que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere
siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para
poner al hombre el camino del Cielo.


