LA BLASFEMA BULA DE CONVOCACION AL JUBILEO
Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).
Así
comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del
Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por
supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se
dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.
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Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).
El
Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es
la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.
Y
Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de
misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús
se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego,
Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.
Bergoglio
anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la
relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos
contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).
Un
solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico,
pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para
manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No
distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la
perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.
¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:
«…en
la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un
abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).
¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!
¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.
Este
significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es
abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de
Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es
conformarse con la santidad de Dios.
Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.
Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial:
como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la
salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si
confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios
le muestra su ternura…
Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática,
es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las
verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la
justicia de Dios.
El mismo Bergoglio lo explica:
«Con
la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le
es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia
divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación
integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita
conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).
¡Qué astuto es este hombre!
Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.
La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).
Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina
es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores:
Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no
perdona ni la culpa ni el pecado.
La vindicativa
es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la
imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a
la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa»
(S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).
Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.
Esta
es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para
la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden
jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no
cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se
reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes
civiles, legales, etc…
Por
eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista,
sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es
concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de
Dios».
Anula
la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la
justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios,
entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.
Él mismo cae en su propia trampa:
«Ante
la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga,
dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a
mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para
ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).
Como
la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo,
conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no
implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en
pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.
¡Esto es lo que dice este hombre!
¡Es su fe fiducial!
Ya
no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una
división entre los hombres, en las sociedades, en las familias,
etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están
los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven
en gracia y los que viven en sus pecados….
Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.
¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!
Bergoglio
no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo, y los
mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él
está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino
sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo
tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el
Redentor, sino que es la figura del Anticristo.
Bergoglio
es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede
obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de
las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que
estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo
primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no
estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un
corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu
prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues
su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores.
Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.
Por
eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante
la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la
misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los
pecadores» (Ib, n.20).
¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia?
En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de
Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga,
como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso
profeta.
«La
misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la
misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la
misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de
Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de
Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.
La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.
Y
todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El
hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y
glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de
su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia
Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente
dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las
primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando
por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).
Bergoglio,
al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la
redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso
en la tierra.
«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona
con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más
calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos
son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber
despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los
musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.
¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?
¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?
¿Todavía están ciegos?
Sólo
hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán
cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos
de sangre y carne.
«La
conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto
que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para
ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley”
(2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora
radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo,
que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la
misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en
liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y
sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).
¿Captan la herejía?
El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe,
de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere
para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».
¿Qué dice Bergoglio?
«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo».
Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos
de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia
de Dios.
Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».
Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.
Los
musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia.
Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.
La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.
Jesús,
con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa
salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la
salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y
una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como
hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la
misericordia, no es lo que justifica al hombre.
¿Qué es esa misericordia que justifica?
Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».
Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.
¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.
¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?
Así
habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para
terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de
blasfemias.
Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto
con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el
perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No
hay justicia vindicativa.
Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.
Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:
«Si
Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos
los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no
basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el
riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la
misericordia y el perdón» (Ib, n.21).
«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.
Dios,
cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni
como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a
cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y
cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es
para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí
estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.
¿Ven la blasfemia?
Bergoglio,
en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios
se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces
sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero
Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia
que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!
En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!
En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».
Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!
En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.
Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.
Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:
«Esto
no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al
contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es
el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la
ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la
supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la
base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).
El
que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena
habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por
supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas,
conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para
reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.
Él
niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la
conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa
es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con
una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar
a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento
positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne.
Son tus hermanos naturales.
¡Esto es Bergoglio!
«”Desconociendo
la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se
sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo,
para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en
razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo,
entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo,
porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).
¡Gran error en el que cae este hombre!
«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.
Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.
Jesús,
en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para
todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por
Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.
Por
eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la
justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que
aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los
mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede
ser estricta o vindicativa.
Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.
Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!
¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!
Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.
Bergoglio
es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.
Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está
levantando su nueva iglesia.
Y
aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de
protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio
hasta el fin.
Esta
bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es
un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de
aquel que obedezca a este hombre!
No
se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía
permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a
ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.
Para
quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a
Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la
verdad os hará libres».


