La familia, solución para la crisis contemporánea
Vemos con preocupación desmantelarse las instituciones a nuestro alrededor y nos preguntamos si existe una solución para esta crisis. Ese remedio es tan antiguo como el mismo hombre: es la familia.
La familia es el lugar de la fundación permanente del relacionamiento humano
Se puede pues decir con Francis Godard, autor de La Famille, affaire de générations, que la familia, en su concepción tradicional, es “el lugar de la fundación permanente del relacionamiento humano
fundamental en aquello que él deriva directamente del orden divino.
Ella es el lugar del misterio en el que los orígenes persisten en su
eterna contemporaneidad”.
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La Iglesia no abandonó la institución familiar de los tiempos paganos
a pesar de que contenía un error religioso, que conducía a atribuir al
padre poderes exorbitantes, como el derecho a la vida o la muerte sobre
todos los suyos. Al contrario, despojándola de sus abusos y de sus
fundamentos religiosos erróneos, y fortificando su vínculo por el
sacramento del matrimonio, la Iglesia no ha hecho sino reforzar aún más
esta institución y conducirla hacia una realización más alta, tanto
desde el punto de vista de la institución familiar en sí cuanto de su
rol político y social.
En efecto, en el caos producido por la caída del Imperio y por la
sucesión de las invasiones bárbaras, el comienzo de organización social
que constituía el Imperio Carolingio se hundió en la anarquía. La reconstrucción social se hizo, una vez más, hacia fines del siglo X, gracias a la única fuerza organizada que había permanecido intacta: la familia.
En el célebre libro L’Ancien Régime, Frantz Funck–Brentano sintetiza esa resurrección:
“La familia resiste en la tormenta, y se fortifica; ella toma más cohesión. Obligada a satisfacer sus propias necesidades, creó los órganos que le son necesarios para el trabajo agrícola y mecánico, para la defensa a mano armada. El Estado no existe más, la familia toma celular. La vida social se concentra junto al hogar; la vida común se detiene en los límites de la casa y de la propiedad. [...]
“Pequeña sociedad, vecina pero aislada de las pequeñas sociedades parecidas que se constituyeron bajo el mismo modelo.
“En los comienzos de nuestra historia, el jefe de familia recuerda al paterfamilias antiguo. El comanda al grupo que se reúne en torno suyo y lleva su nombre, él organiza la defensa común, reparte el trabajo según la capacidad y las necesidades de cada uno. El “reina”, la palabra está en los textos, como señor absoluto. Es llamado “sire“. Su mujer, la madre de familia, es llamada “dame“, “domina“. [...]
“Las crónicas y canciones de Gesta del Edad Media nos muestran, en efecto, la mesnie, extendida por el patronato y por la clientela, correspondiendo exactamente a la gens de los romanos. La mesnie al desarrollarse produjo el feudo, cuyo soberano es el barón, jefe feudal, pero antes de todo padre de sus vasallos, al punto que el conjunto de las personas reunidas en torno al barón es llamada: familia; y el territorio sobre el cual se ejercen sus diversas autoridades (jefe de familia, jefe de mesnie, barón feudal o rey) es llamado siempre patria, el dominio del padre. Una patria armada con una ternura tanto más fuerte que ella está ahí, viva y concreta, bajo los ojos de todos”.
Éramos ordinariamente 22 personas a la mesa…
Francia, así como la ciudad antigua, no creció como un círculo que se amplía poco a poco por la acción de una fuerza central; sino, al contrario, por
el lento agregarse de pequeños grupos, constituidos mucho antes y que,
asociándose entre ellos, no perdían nada de su individualidad ni de su
autonomía. Cada familia, cada feudo, cada región se mantenía como en
la época de su aislamiento y conservaba su autoridad propia, sus usos y
costumbres, su justicia. Existen todavía algunos vestigios de esta
organización social y cultural en los clanes escoceses e irlandeses que
tienen cada uno su nombre, sus símbolos, sus colores, sus platos
típicos, etc., o en la Confederación Helvética basada enteramente en la
autonomía de los cantones.
La nación no era pues un conjunto de individuos aislados: ella era una confederación de muchos grupos que, a su vez, no eran sino la federación de muchas familias bajo la autoridad del jefe feudal.
En ese contexto, se podía decir verdaderamente que la familia era la
célula básica de la sociedad. Expresión que, en nuestras sociedades de
masa donde los individuos aislados se han transformado en números de la
Seguridad Social, no es más que una nostalgia o un deseo, pero que no
tiene, a decir verdad, ninguna realidad tangible.
En el plano estrictamente individual, uno se puede formar una idea de lo que era la vida de familia de nuestros antepasados, leyendo las memorias que nos han dejado. Ustedes piensan quizá en las Memorias de Ultratumba,
donde Chateaubriand nos cuenta las veladas de familia junto a la
chimenea en el salón grande y frío del viejo Castillo de Combourg.
Prefiero sin embargo darles un pequeño trecho extraído de La vie de mon père, escrito poco después de la Revolución francesa por un campesino de Borgoña, llamado Rétif de la Bretonne:
“Éramos ordinariamente 22 personas a la mesa, comprendidos los viñateros y los peones, el carnicero, el encargado de la hortaliza y las dos sirvientas, de las cuales una ayudaba a los viñateros y la otra cuidaba las vacas y la lechería. Todos estaban sentados a la misma mesa: el padre de familia en la cabecera al lado del fuego; su mujer a su lado, cerca de los platos para servir (ya que era ella solamente que trataba de la cocina, la sirvientas que habían trabajado todo el día estaban sentadas y comían tranquilamente); luego los hijos de la casa, de acuerdo a su edad, que marcaba su rango; después el más antiguo de los peones y sus compañeros; después los viñateros, en seguida venían el carnicero y el encargado la huerta; finalmente las dos sirvientas en el extremo la mesa”.
Un bello bosquejo de lo que era la vida de una familia patriarcal antes de la Revolución francesa
Este es un bello bosquejo de lo que era la vida de una familia patriarcal
antes de la Revolución francesa. De este trecho y lo que hemos descrito
antes sobre la formación de Francia se puede deducir cuáles eran los
elementos distintivos de esta familia patriarcal:
• una fuerte afirmación de la autoridad del padre y del papel moderador de la madre;
• una progenie numerosa que asegura la duración del linaje ancestral;
• la jerarquía entre los hijos y especialmente el respeto del derecho del primogénito;
• la indivisibilidad del patrimonio, o un sistema de herencia se
reservaba en todos los casos la base del patrimonio familiar al mayor
(que formaba el tronco de la familia), con la responsabilidad que éste
tenía de instalar a los más jóvenes y a sus familias (que eran las
ramas);
• una especie de especialización de las funciones sociales, es
decir, el vínculo de la familia ahora misma profesión tradicional que
variaba evidentemente en función de la clase social, formando así
verdaderas dinastías de soldados, de parlamentarios, de comerciantes, de
artesanos o de simples campesinos. El prestigio ligado a la antigüedad
de esta tradición profesional familiar era tal que, cuando Luis XIV
quiso ennoblecer a un guardia forestal de un dominio real, del cual su
familia estaba encargada desde el tiempo de Carlomagno, éste le
respondió, lleno de dignidad: “Señor, prefiero continuar siendo el primer guardia forestal del reino a transformarme en el último de sus varones“. La tradición y no la fortuna eran entonces el primero de los patrimonios.
• Finalmente, la costumbre tan denigrada en nuestros días, pero muy
incomprensible en tal contexto, del arreglo de los matrimonios hecho por
los padres de los futuros esposos. No siendo el matrimonio la aventura
individual de un ser emancipado, sino la introducción de un nuevo
elemento en la familia, a la cual el nuevo matrimonio y sus hijos
permanecían vinculados o por lo menos muy cercanos. Era por lo tanto
juzgado prudente dejar la elección del cónyuge a la sabiduría de jefe de
familia, al cual se le suponía un discernimiento más fino y más vasto
de lo que era el bien común familiar.
José Antonio Ureta
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