martes, 1 de marzo de 2016

REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL INFIERNO


REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL INFIERNO

Diego Santos Lostado y Calderón

TERCERA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL INFIERNO

Ugolino-dante
Hic ure, hic seca, hic non parcas, ut in æternum parcas.
Quema Señor, corta y no tengas piedad de mí en esta vida, con tal que te apiades de mí en la otra (San Agustín).

Tiempo es ya de poner los ojos en el espantoso abismo que un Dios irritado abrió para eterno sepulcro del hombre que muere impenitente. Tiempo es ya de dar una ojeada, alma mía, por este piélago insondable, hacia donde corren siempre los furiosos torrentes de la divina justicia y jamás llegarán los mansos arroyos de la misericordia; en donde se niega el paso a la esperanza, y la desesperación ocupa su propio lugar.
 
Pero antes de llevar nuestra reflexión a las negras orillas de este precipicio; antes que oigamos los bramidos de los culpados que viven muriendo en aquellas tenebrosas regiones, suspendamos el paso para observar otros objetos que a la imaginación ofrece esta triste jornada.
¡Oh qué espaciosos son estos caminos y cuántos millones de mortales encuentro al paso! ¡Qué confusión de naciones! ¡Qué rumor de gentes! ¡Qué desorden! ¡Qué multitud de ídolos! ¡Qué crecido número de sacrificadores! ¡Qué infinidad de víctimas! ¡Qué antigüedades!…
Parece que me hallo en los primeros días de los siglos y estoy viendo el sitio donde el hombre cometió el primer pecado. Aquí fue donde se derramó la semilla de la concupiscencia que vició la tierra; donde nacieron todos los males; y donde tuvo su cuna la muerte.
Desde este mismo lugar siguen ya las huellas que aquel antiquísimo transgresor estampó en el camino de la maldad. ¡Oh cuántos vestigios del pecado! Aquí veo teñidas todavía las arenas con la inocente sangre de Abel. Más allá descubro algunos restos y huesos petrificados de los que fueron sumergidos en la universal inundación. Por aquí se ven aun algunas piedras abrasadas de Sodoma entre las cenizas de sus habitantes ¡Oh antiguos y míseros despojos, mi sangre se hiela al observaros, y mi alma se pasma al ver que todavía dura encendida la ira que os redujo a pavesas!
No bien huyen mis ojos de tan melancólicos objetos, cuando otros muchos aparecen delante de mí amontonados. Por aquí están los caminos que llevaron las soberbias tropas de Faraón, cuando persiguieron al pueblo de Dios… sigamos las pisadas que dio aquel atrevido y desventurado ejército; la maldad las va marcando hasta las orillas del mar; busquemos los rastros que dejó de allí adelante; no aparecen, las aguas fueron su sepulcro.
Dejemos sepultado en ellas el temerario arrojo de los egipcios, y vamos en pos de Israel hasta la falda del monte Sinaí. ¡Oh sacra montaña! En tu cumbre fue donde dio el Cielo a la tierra el testimonio de su alianza. Por esas tus laderas me parece que veo bajar aquel santo Caudillo cargado con las tablas de piedra, donde la mano del más sabio Legislador grabó las mejores leyes; y que al llegar al campo de la prevaricación, llevado de celo, las hace pedazos; deshace el ídolo infame que adora la multitud de su pueblo y ordena que los levitas derramen la sangre de cuantos prevaricadores se les pongan delante. ¡Oh qué mortandad! ¡Qué campo de horror!
Mi triste imaginación asombrada huye de estos lugares; mas sin saber por dónde, se halla en las márgenes de aquella insondable sima que se abrió de repente y tragó a Coré, Darhán y Abirón. Extendamos nuestra vista por ella. ¡Qué profundidad! Por estos cortados declivios rodaron los infelices sin encontrar otro fondo que un lago de fuego inextinguible; ni otra salida que una puerta que verán cerrada eternamente; ni otra esperanza que la de bogar sin interrupción sobre aquellas espantosas olas.
Oh alma mía, párate un poco en la suerte de estos desgraciados, y en ella verás el presagio de la que nos amenaza, si desechamos la tabla que nos presenta este mismo escollo para escapar del naufragio. Temamos, pues, temamos, y llevemos tan justo temor más allá de nuestra jornada. Este nos avisará incesantemente el funesto fin de nuestras maldades, y será como un dique que detenga los impetuosos torrentes de nuestras pasiones.
Mas, para que podamos aumentar con más razón este temor, sigamos adelante, y dejando a un lado aquellos antiguos caminos por donde transitaron al abismo tantos hijos del pecado; pasemos a otros no menos manchados por inmundas plantas de nuevos sucesores del vicio.
¡Oh cuántos mortales pisan estas tortuosas veredas sin conocer que van errados! ¡Y cuántos, sabiéndolo, andamos por ellas como si lo ignorásemos!
Por estas va una multitud de avaros cargados del oro que amontonaron con el sudor de los pobres.
Por ellas camina una caterva de jóvenes disolutos y relajados haciendo alarde de sus liviandades.
Aquí se ven millares de hipócritas, que para encubrir más bien sus engaños, van disfrazados con los adornos de la virtud.
Allí aparece una numerosa turba de soberbios levantando torres de Babel sin recelar su eterna confusión.
Aquí se descubre una ostentosa comitiva de poderosos siguiendo las mismas huellas de aquel indolente que miró con desprecio los andrajos del pobrecito Lázaro.
Allí se siente un tropel de hombres iracundos que, continuamente, están reñidos con la paz, la razón, la caridad y la gracia.
Acá se ven injustos litigantes que con el oro y el favor se introducen en los tribunales por si pueden comprar la justicia que les falta.
Allá se ve un adúltero que lleva sobre sí el tálamo manchado con su delito.
A este le sigue una madre prostituta alimentando a su hija del mismo veneno que la mata, y un deshonesto anciano vomitando obscenidades al lado de una joven.
Por aquí… Por aquí he caminado yo también con estos compañeros de mis vicios.
¡Oh infelices carnales! ¡Oh envejecidos viciosos! pecadores todos, y yo más que todos vosotros, apaguemos las llamas de nuestros torpes sacrificios, si no queremos que ellas mismas nos hagan pavesa del infierno.
Oigamos desde este momento la voz de aquel santo Profeta que a todos nos pregunta: ¿Quién de vosotros podrá habitar con el fuego devorante? ¿Quién de vosotros podrá sufrir los ardores sempiternos?
Escuchemos estas voces del Cielo; que nos aterre este trueno espantoso, temamos nuestra ruina y mudemos de tal suerte que, disipado el embeleso de las pasiones que antes nos esclavizaban, seamos ahora dueños de ellas.
¿Dueño de ellas? Oh razón mía, ¿cómo pues podrás domar la inquieta rebeldía de mi carne, de este enemigo doméstico que declarada nos tiene interminable guerra? Difícil es la empresa; pero no imposible librarte, alma mía, de todos sus golpes puesto que quien ha querido lograr este triunfo ha salido victorioso.
El albedrío del hombre es tan libre para eludir el mal, como para abrazar el bien; de modo, que si se precipita en la maldad es porque quiere, y no porque no puede huir del precipicio. Es verdad que soy hombre frágil; y mientras viva en el mundo, tan peligroso, que a cada paso dan con un escollo, no estoy exento de caer, estoy seguro; pero también lo es que si me arrojo en los brazos de mi Dios, no se apartará para dejarme caer.
¡Oh santa confianza, tú eres mi aliada; tú vienes a mi defensa, tú me aseguras la victoria!
Así, pues, busquemos a Dios, y siempre le hallaremos pronto a nuestro socorro; unámonos a este Señor, y estaremos seguros.
¡Oh santo pensamiento! ¡Oh inspiración divina, ya siento tu grandioso poderío! tú me haces detestar, para siempre, la indecorosa servidumbre en que tanto tiempo me tuvieron mis locas pasiones; tú me apartas de los peligrosos caminos del vicio; y me muestras la escondida senda por donde transitaron los pocos sabios que han sido. No la perdamos de vista, alma desengañada, y ella nos llevará a nuestra patria.
Mas para que mejor podamos huir del peligro, llenémonos de terror al considerar aquel profundo abismo que estremece al más justo penitente; abismo que por más que le hayan ponderado las plumas más elocuentes, jamás han llegado a darnos de él otra idea que la de un imperfecto bosquejo; abismo de imponderables tormentos que se acabarán cuando tenga fin la eternidad.
¡Oh eternas simas de horror! Paréceme que os tengo bajo de mis pies, y que siento ya los feroces bramidos de los insolentes enemigos de Dios, y de los perseguidores del hombre miserable.
¡Ay! Jesús mío, ¡qué lugar tan espantoso se presenta a mi triste imaginación en estos momentos! ¡Qué vasto piélago de sulfúreas olas de fuego, en donde innumerables almas abrasadas penan, rabian, gritan, lloran, maldicen el día en que nacieron, y blasfeman al Dios que les dio el ser!
¡Oh desventurados moradores! ¿En dónde está ya aquel sosiego con que mirabais ese lugar de miserias; ese abismo, donde un Dios agraviado fijó para siempre todo el furor de su indignación?
Tranquilos escuchabais las terribles amenazas del Cielo; tranquilos mirabais derramar su cólera sobre otros culpados; vivíais tranquilos como si fuerais inmortales. ¿Y qué os sucedió, infelices? Que anduvisteis extraviados del camino de la verdad; os perdisteis en la última jornada; y os tragó el infierno.
¿Y no hay esperanza ya de salir de este horroroso seno o de aliviar nuestras penas? No; no hay remedio; padecer es vuestra suerte. El pecho más tierno que ahora mismo está admitiendo en él a innumerables pecadores contritos, es para vosotros más duro, sin comparación, que lo fue el vuestro para resistir las santas inspiraciones que os envió repetidísimas veces.
Ni un solo ápice de compasión hallaréis para vuestro alivio; ya no la hay para vosotros, ni en la tierra, ni en los Cielos, ni en toda la inmensa extensión de la divina misericordia. ¡Pena de daño!… ¡Pena de sentido!…. ¡Eternidad de penas!
He aquí, alma mía, el estado a que se hallan reducidos estos infelices.
¡Infelices! ¿Cuánto daríais en este instante por volver a este mundo, y repasar conmigo en la memoria los pasos que os llevaron a ese sepulcro eterno, y tener la esperanza que tengo yo todavía de impedir que caiga sobre mí suerte tan desgraciada?
Si os fuera posible volver, con gusto llevaríais los rigorosos ayunos de los extenuados anacoretas; con gusto sufriríais el azote y cilicio; con gusto recibiríais los más crueles tormentos que inventó la tiranía; y con gusto arrostraríais por todos los males y miserias que afligen al hambre, con el fin de evitar la suerte que os ha cabido; porque diríais con razón: ¡peor es el infierno!
¡Oh Dios lleno de misericordia, cuánto me habéis sufrido! ¡Cuántas gracias habéis derramado sobre mí! ¡Y cuán dichoso puedo llamarme, al ver que me hallo aun en estado de aprovechar estas reflexiones y abrir los ojos a la luz de la verdad, antes que la muerte venga a cerrarlos!
Abrámoslos alma mía; resolvamos vivir bien desde este momento; y mirémosle como que puede ser el último que nos conceda el Cielo para nuestro arrepentimiento.
No dilatemos este gran negocio; ni miremos jamás el término que nos está señalado, a la distancia falaz que lo ven aquellos fatuos que se prometen vivir un siglo entero; pensemos sí, en emplear los días que nos quedan para terminar nuestra jornada como quisieran emplearlos aquellos desventurados, si les fuese posible dejar el imperio de los muertos, y pasar otra vez a la tierra de los vivos.
¡Oh cuán justo es, Dios de bondad, que lo hagamos así! Y cuán justo es, Conservador de mi vida, que yo os agradezca la que me concedéis, para que mi alma vuelva en sí; tome aquel imperio que debe tener sobre mis sentidos; y auxiliada de vuestra gracia camine rápidamente por la senda de la virtud.
¡Dichoso yo si llegase a conseguir este don del Cielo! ¡Dichoso yo si viviese siempre, como anhelo vivir en este instante! Y dichoso yo si, cuando la muerte rompa los lazos que con el cuerpo te unen, alma mía, vas a saciar tu deseo en el torrente de las delicias que jamás se agotan, cerradas eternamente para ti las puertas del infierno.