sábado, 17 de noviembre de 2018

“EL APOKALIPSIS DE SAN JUAN” Leonardo Castellani 1-PROLOGO Y PREFACIO-PARTE 1º




“EL APOKALIPSIS DE SAN JUAN”

Leonardo Castellani

1-PROLOGO Y PREFACIO

A la pía y santa memoria de Ángel José Roncalli, Juan XXIII, Papa, “que me devolvió la Misa”, si ésa es la expresión exacta, o como fuere, se acordó bien de Leonardo Castellani. Devovet dicat dat.

El Autor Buenos Aires, 4 de junio de 1963



Prólogo

Para muchos el Apocalipsis es un libro absolutamente enigmático y, por tanto, resulta inútil leerlo. Pero cuesta pensar que Dios haya legado a su Iglesia una revelación tan impresionante —Apocalipsis significa descubrimiento, develación- sabiendo que resultaría inaccesible al entendimiento de todos. Un enigma insoluble es lo contrario de una revelación. Castellani se aboca a la interpretación de este libro, sin duda nada fácil, con la ayuda de la gran tradición patrística de la Iglesia, y de autores más recientes como Newman, Billot y Pieper. Los Padres vieron mucho, sin duda, pero en cierto modo nosotros podemos ver más, encaramados sobre sus hombros y con la experiencia de los hechos que ya han sucedido o que se pueden prever.



Cuando leí este libro por vez primera debo confesar que al principio se me hizo un tanto complicado. Leílo de nuevo y me pareció mucho más comprensible. Lo leí por tercera vez y lo gocé sin límites. Castellani ha entendido bien que el Apocalipsis no debe ser interpretado como una historia lineal, sino de acuerdo a las leyes de otro género literario, la profecía. Los diversos septenarios -el de las Tubas recorre las sucesivas herejías que se fueron manifestando a lo largo de los siglos hasta la última; el de los Sellos describe la curva del progreso y la decadencia del cristianismo en el mundo; el de las Redomas preanuncia las calamidades de los tiempos postreros, los castigos de Dios a la Gran Apostasía- siguen un método recapitulatorio, es decir, en algún momento el hagió- grafo detiene su relato y vuelve atrás a una nueva visión; cuando se acerca a la Parusía recomienza desde una nueva perspectiva. La marcha no es recta sino en espiral. La interpretación del autor no pretende encontrar un significado alegórico en cada uno de los pormenores que matizan las diversas visiones, sino que apunta siempre al sentido de la imagen total. Es la interpretación tipológica, la misma que empleó el Vidente al describir la Ultima Persecución a la luz de la Primera, descubriendo en ésta un tipo de aquélla, su antitipo.

Lo importante es destacar que el Apocalipsis es un libro profètico, como lo afirma San Juan no sólo en el título sino también en el curso del libro y hacia el final: una gran profecía que, al decir de San Agustín, abarca todo “el tiempo de la Iglesia”, desde la Ascensión de Cristo -en que un ángel anunció a los discípulos el Retorno futuro del Señor— hasta su Segunda Venida, con el acento puesto en el término. El mensaje de las Siete Iglesias se dirige, más allá de las Iglesias nombradas, a la Iglesia que se despliega en las siete épocas de la historia del cristianismo. Nosotros afirmamos que el Mesías ya ha venido -contra lo que afirman los judíos- y que las profecías mesiánicas ya se han cumplido en su primera parte, pero también afirmamos que han de realizarse de nuevo más espléndidamente en su segunda parte. El que vino es el que vendrá, el erjómenos.

Este libro formidable que es el Apocalipsis describe como en una polifonía lo que sucede en la tierra y lo que acaece en el cielo. Las visiones del Águila de Patmos se desarrollan alternativamente en la tierra y en el cielo; los espectáculos celestes revelan la intervención de lo divino en las vicisitudes religiosas de la historia humana. La visión del Trono de Dios abre el texto del Apocalipsis, le confiere un marco litúrgico en toda su extensión, y lo clausura, en la última visión de la Jerusalén Celestial. En el entretanto los hombres nos debatimos en el drama de la historia.

Libro de difícil inteligencia, por cierto. Sin embargo, según observa Castellani, cosas que para los antiguos resultaban inimaginables hoy se han vuelto posibles, como “hacer llover fuego del cielo sobre los enemigos”, realizable mediante los bombardeos; “el ver y oír hablar a la imagen de la Fiera en todo el mundo”, factible por la televisión satelizada; un ejército “de 200 millones de hombres” y la destrucción de una gran urbe por el fuego “en una hora”, cumplible con la ayuda de las bombas nucleares.

1. El Apocalipsis como drama

El Apocalipsis es un drama impresionante, el de la secular lucha entre el bien y el mal. El P. Castellani lo presenta con toda la inteligencia y la inspiración del teólogo y del poeta que es a la vez. Para una mejor comprensión de su comentario he aquí los dramatis personae.

Ante todo Cristo, el Señor de la Historia. Porque no es otro que el Señor, el Kyrios, el Cordero, quien abre el libro sellado, manifestando así su dominio plenario sobre los acontecimientos históricos. Es el Liturgo que preside en el cielo el majestuoso culto de los ancianos, los ángeles y los vivientes. Y es también el Guerrero, montado sobre el caballo blanco, que galopa con su túnica salpicada en la sangre de su martirio victorioso, seguido por los ejércitos de los cielos también en caballos blancos, y en cuyo muslo está grabado su nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores. Frente a El, el Dragón, el demonio, el abanderado de las fuerzas del mal. Aquel que al comienzo no trepidó en gritar Non serviam, encabeza ahora la rebelión frontal y terminal, suscitando en la demanda a dos auxiliares: la Fiera del Mar, que será el dominador en el plano político (en la Escritura el mar es símbolo del orden temporal) y la Fiera de la Tierra, que llevará a cabo la falsificación del cristianismo (la tierra es el símbolo de la religión); ambas Fieras en estrecha conexión.

La primera Fiera es el Anticristo. “Y vi una Fiera surgiendo del mar [...] Y le dio el Dragón su propia fuerza, su propio trono y un gran poder”. Los Padres vieron en el Anticristo una persona concreta e individual. A partir del Renacimiento surgió la idea de un Anticristo colectivo e impersonal. Ambas cosas son admisibles y conciliables: un cuerpo moral o espiritual encarnado en una persona y encabezado por ella. El nombre de “Anticristo” lo inventó San Juan. San Pablo lo denominó Anomos, el sin ley. Cristo lo llamó “el Otro”: “He venido en nombre de mi Padre y no me habéis recibido; Otro vendrá en su propio nombre y lo recibiréis”. Al parecer emergerá históricamente como el superviviente de una lucha entre reyes procedentes del tronco romano, que destruirán los vestigios del viejo Imperio; en medio de ellos - “los Diez Cuernos”- crecerá un cuerno undécimo (Cuerno significa Poder). Tal será el Anticristo, según se vislumbra en el Apocalipsis y en la profecía de Daniel (cap. VII). Empezará como “un reino pequeño”, dice Daniel, y después logrará el dominio sobre los restantes, convirtiéndose en “otro Reino”, descomunal y diferente de los demás, una suerte de federación de todas las naciones. Se constituirá así en cabeza del mundo. Para algún exégeta, “el cuerno pequeño que crece casi de golpe” podría ser el reino de Israel, comenzando el Anticristo por ser Rey de los Judíos, quienes se le someterán creyéndolo el esperado Mesías, hasta que los desengañe cruelmente

pues, llegado a la cúspide, perseguirá a todas las religiones, “incluida la de sus padres”.

Pero hay algo que demorará la entronización total del Anticristo. Es lo que en su segunda epístola a los Tesalonicenses San Pablo llama el Katejon, es decir el Obstáculo, encamado en el Katejos, es decir un obstaculizante. Hasta que dicho Katejon no sea “quitado de en medio”, no se manifestará el Hombre sin Ley. ¿Cuál es este misterioso Obstáculo? Los Padres antiguos pensaron que el Katejon (en neutro, lo obstaculizante) era el Imperio Romano, que con su organización política, su genio jurídico, su disciplinado ejército, impedía el estallido de la Iniquidad siempre al acecho; y el Katejos (en masculino, el obstaculizante), el Emperador. Es cierto que, por otra parte, consideraban el Imperio Romano como el hábitat de la Fiera, en cuanto que diez Emperadores consecutivos habían perseguido mortalmente a los cristianos, pero ello no evacuaba su confianza en las reservas civilizadoras de la sociedad. Su opinión sobre el Imperio era, pues, ambivalente: por un lado creían que el futuro Anticristo restauraría el Imperio de Augusto, en cuanto perverso; y por otro veían en el Imperio, o de lo que de él restaba, la garantía del orden cristiano. San León Magno, por ejemplo, no dudó en afirmar que el Imperio subsistía en la Cristiandad, mejorado incluso. Algo semejante opinaría Santo Tomás. De alguna manera ese Imperio -o sus migajas- permanecen hasta ahora. De ahí que el Anticristo aún no haya hecho su aparición formal en la historia. Desaparecido el Katejon, el Anticristo restaurará a su modo el Imperio Romano. Su Realeza universal y su confederación de pueblos estará calcada sobre la Realeza y la universalidad del Imperio Romano. Es la Ciudad del Hombre de San Agustín, opuesta a la Ciudad de Dios, que halla finalmente su cabeza visible en la historia.

Bien señala Castellani el error de aquellos que han querido hacer del Anticristo un personaje siniestro, la perversidad encamada. Será por cierto demoníaco, pero no aparecerá tal, sino que hará gala de humanidad y de humanismo; se fingirá virtuoso, aunque de hecho sea cruel, soberbio y mentiroso; anunciará quizás la restauración del Templo de Jerusalén, pero no será en beneficio de los judíos sino para entronizarse él y recibir allí honores divinos, quizás como Hijo del Hombre, como auténtico Mesías, como el fruto más perfecto de lo humano, soberbiamente divinizado. Porque el Anticristo no se contentará con negar que Cristo es Dios y Redentor, sino que se erigirá en su lugar cual verdadero Salvador

de la humanidad. Tratará incluso de parecerse a Cristo lo más posible. Será, como dice Soloviev, “el simio de Dios”, el mono de Cristo. Encarnará la hipocresía sustancial de los fariseos del siglo I, que no sólo eran tenidos por santos, sino que ellos mismos se creían tales. Juntará “virtudes” apabullantes y un inmenso orgullo. .

El Anticristo, que es el Cuarto Caballo del Apocalipsis, suprimirá a los tres primeros que lo antecedieron: al Caballo Blanco, desde luego, que representa el Orden Romano, el Katejon, y luego al Rojo y al Negro, que simbolizan respectivamente la Guerra y la Carestía. Habrá una alegría estrepitosa -pan y circo-, pero será falsa y exterior, ya que cubrirá la más negra desesperación. Instaurará en su Imperio una falsa paz, la que “el mundo” es capaz de dar. E imperará el “orden”, un orden inicuo, la tranquilidad en el desorden. Perseguirá duramente a la Iglesia y matará a los profetas porque verá en ellos a quienes denuncian su superchería, los aguafiestas de la sociedad feliz, los profetas de desgracias. Pero los sustituirá enseguida por profetas mercenarios, dispuestos a cantar los encantos del viento de la historia, los mañanas venturosos, la madurez de los tiempos. Fomentará el espíritu de inmanencia, por lo que odiará especialmente a quienes den a conocer el Apocalipsis, y no querrá ni oír hablar de la Parusía.

El E Castellani piensa que el Anticristo logrará realizar una especie de síntesis entre el capitalismo y el comunismo. Ambos buscan lo mismo, el mismo Paraíso Terrenal por medio de la “ciencia”, en orden a la deificación del hombre. El Anticristo solucionará los problemas económicos y “la cuestión social”; habrá abundancia e igualdad, la del hormiguero. Acá no podemos menos que recordar el notable Relato de Soloviev sobre el Anticristo y, más aún, la Leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. El Anticristo consentirá a las tres tentaciones que el demonio propuso a Cristo en el desierto: “di que estas piedras se conviertan en pan”, y dará de comer al mundo entero; “tírate del Templo abajo, para que todos te aplaudan”, y adquirirá renombre universal por los medios de comunicación; “todos los reinos de la tierra son míos y te los daré si me adorares”, y los recibirá. Las Tentaciones rechazadas por Cristo han quedado suspendidas en el aire hasta que, desaparecido el Katejon, sean solemnemente aceptadas por el Vicario del Dragón. Me lo decía el filósofo Del Noce en una conversación que con él mantuve en Roma: vamos hacia una superación de la ideología comunista y capitalista, hacia

una ideología común, la de la inmanencia, el paraíso en la tierra, el hedonismo universal. Castellani lo afirma con claridad: “La sombría doctrina del «bolchevismo» no será la última herejía, sino su etapa preparatoria y destructiva. La última herejía será optimista y eufórica, «mesiánica». El bolchevismo se incorporará, será integrado en ella”. Con la Perestroika de Gorbachov, ¿no nos habremos acercado a ese momento? La amalgama del Capitalismo y el Comunismo, afirma Castellani, será justamente la hazaña del Anticristo. “Se arrodillarán ante él todos los habitantes de la tierra”. Porque paradojalmente aquel que “perseguirá todo la que sea Dios o culto”, por otro lado pretenderá “hacerse adorar como Dios”. Esto será lo más grave. Castellani advierte cómo los tiempos modernos le están haciendo la cama al Anticristo, propagando sin descanso la Idolatría del Hombre y de las obras de sus manos. Recordemos las terribles palabras de Donoso Cortés sobre el gran imperio anticristiano que veía en lontananza, “regido por un Plebeyo de satánica grandeza, que será el Hombre de Pecado”. Tal la figura del Anticristo, el Emperador Plebeyo, el Felsenburg de Benson, la pieza decisiva en el desarrollo de las ultimidades, “la clave metafísica de la historia humana”, como escribe Castellani.

Junto al Anticristo, el Apocalipsis nos presenta a otro personaje fundamental, el Pseudoprofeta. Es la Segunda Fiera, la Fiera de la Tierra, el brazo derecho del Anticristo en su fáustico intento. También él se parecerá a Cristo: “Hablaba como el Dragón, pero tenía dos cuernos semejantes al Cordero”. Surgirá de la tierra firme, es decir, del ámbito religioso, y su propósito será que todo el mundo adore a la otra Fiera, la que procede del mar. “Hizo que toda la tierra y los habitantes de ella adoraran a la primera fiera.”

El Apocalipsis lo presenta dotado de poderes taumatúrgicos, haciendo “portentos mendaces”. No serán, pues, verdaderos milagros, pero tampoco juegos de prestidigitador. Delante de todos hará bajar fuego del cielo, seduciendo con sus prodigios a todos los hombres. Pregúntase Castellani si la Segunda Fiera no será la Técnica actual, como aventura Claudel. Pieper piensa que encarna la propaganda sacerdotal del Anticristo, algo así como el Primer Ministro del Emperador, a cargo del Ministerio de Propaganda. Sabemos el poder que hoy tiene la propaganda para cretinizar a las masas. Será un hombre religioso y a la vez un experto en electrónica. En su admirable Relato sobre el Anticristo, Soloviev lo figuró como un obispo de origen asiático, por nombre Apolonio, una especie de genio religioso, perito en las ciencias modernas a la vez

que en magia oriental, un Gran Gurú al servicio del Emperador Plebe* yo... Nombrado cardenal por presión del Emperador, luego será Papa - o Antipapa-, el penúltimo de la historia. La Fiera promete la felicidad, el Reino de este mundo, a fuerza de músculos, como el Dragón se lo prometió a Cristo en el desierto, y como lo aceptó la Fiera Superior. Será el gran propulsor de la Última Herejía, la adoración idolátrica del Hombre.

La adulteración de la religión: he aquí la tarea encargada al Pseudoprofeta. El Apocalipsis nos muestra el Templo profanado, no destruido. La religión se mantendrá pero adulterada; sus dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica. También el Templo perdurará, porque no hay que destruir los templos sino la fe. El Templo servirá para que allí se siente el Anticristo “haciéndose adorar como Dios”. Escribe Castellani que lo que podrá corromper a la Iglesia será lo mismo que corrompió a la Sinagoga: el Fariseísmo. Sólo el Tabernáculo o Sancta Sanctorum restará preservado: un grupo pequeño de cristianos fieles y perseguidos; el Atrio y las Naves se verán pisoteados. Es “la abominación de la desolación”, como dijo Daniel y repitió Cristo. Esta tarea estará especialmente confiada al Pseudoprofeta.

El Dragón, el Anticristo, el Pseudoprofeta. ¿No será, nos preguntamos, la nueva trinidad, el simiesco y satánico remedo de la Trinidad divina: el Dragón encarnando al Padre, el Anticristo al Verbo, y al Pseudoprofeta al Espíritu Santo? En fin, es conjetura nuestra, y no de Castellani..., que no tiene la culpa.

Hacia el fin del Apocalipsis aparecen dos Mujeres misteriosas, una Madre y una Mala Hembra. Hablemos primero de la segunda, Ja Gran Ramera, nombre con que el Libro designa a Babilonia, la Meretriz Magna, la Puttana Perduta del gringo (o, como decía el turco, la Gran Bota!). “La Mujer que viste es la ciudad grande reinante sobre los Reyes de la tierra5’. San Juan dice que vio escrito en la frente de la Ramera la palabra “misterio”, lo cual le asombró en gran forma. Es que ella corporiza el Misterio de Iniquidad, el marco ciudadano de la religión falsificada. Es la Ciudad del Mundo, que el Apocalipsis muestra como dividida en tres partes (Castellani aventura que podrían ser Europa, Norteamérica y Rusia), una Urbe concreta o un conjunto de urbes. Es la ciudad moderna, desacralizada, laica y social-demócrata, que comenzando en el Renacímiento desembocó en el Protestantismo y el enciclopedismo de los llamados “filósofos” del siglo XVIII, o sea, el naturalismo religioso que se inauguró con el deísmo y se continúa en el actual modernismo y progresismo, la herejía de la adoración del hombre en lugar de Dios, la religión del Anticristo, del hombre llegado a su madurez, al decir de Kant. El Apocalipsis nos habla de Tres Ranas, eructadas una por el Dragón, otra por el Anticristo y la tercera por el Pseudoprofeta. Castellani ve en ellas el liberalismo, el comunismo y el modernismo (que Belloc llamó “aloguísmo”), alcanzando así su culminación el viejo naturalismo que, como vimos, era en el fondo el sueño del Anticristo.

Babilonia se manifiesta en el Apocalipsis como una ciudad capitalista. “Los comerciantes de toda la tierra con el poder de su lujo se enriquecieron”. San Juan nos la describe como una urbe tecnocrática, encandilante con el resplandor de sus luces, poblada de mercaderes. Al decir capitalista no se excluye a la Rusia soviética, ya que el comunismo es un capitalismo de Estado, hijo directo del Capitalismo Tecnócrata Liberal; hijo putativo si se quiere, ya que estamos entre rameras, pero hijo al cabo.

Mas lo principal de Babilonia, y lo que la hace especialmente ramera -y madre de rameras-, es su proyecto de carnalizar la religión, de legalizar las enseñanzas del Pseudoprofeta y los Planes del Anticristo. Ciudad adúltera, la llama el Apocalipsis, expresión a la que recurre la Escritura para designar el abandono del Esposo divino en favor de los amantes terrenos. Babilonia es la amazona desprejuiciada —“vi una mujer cabalgando la Fiera escarlata [...] se llama Babilonia la grande, madre de las prostituciones y asquerosidades de la tierra”-, con la que “fornicaron los Reyes de la tierra y se embriagaron con el vino de su fornicación”. Es la sede de la religión adulterada. “Fornicar con los Reyes de la tierra” es poner la religión al servicio de la política, en este caso de la política del Anticristo; amalgamar el Reino y el Mundo, inmanentizar la fe y la doctrina.

Ciudad capitalista, marítima y corrompida, centro de la idolatría (“fornicación”) y emporio de los mercaderes. “Nuestra civilización cristiana recuerda a Babilonia la Prostituta más que ninguna civilización pagana”, dijo Baudelaire. Una civilización putrefacta en sus entrañas. Pero el Apocalipsis nos asegura que esta gran Babilonia caerá un día y, de golpe, se desplomará estrepitosamente.

La otra mujer de que habla el Apocalipsis es la Mujer Coronada. “Un signo magno apareció en el cielo. Una mujer vestida de sol y la luna debajo de sus pies. Y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y gestaba en su vientre y clamaba los dolores y era atormentada de parto”. Los exégetas han aplicado este texto a la Santísima Virgen, a la Iglesia o a Israel. A la Virgen no le cuadra del todo por los “dolores de parto”, si bien no deja de ser legítimo aplicárselo figurativamente como lo hace la liturgia y el arte cristiano; tampoco parece convenirle plenamente a la Iglesia, aunque sí por extensión. Al parecer, se trata del Israel de Dios “que da a luz un hijo varón”. Castellani lo interpreta de la conversión de los judíos, predicha por San Pablo y los profetas. Cuando lleguen los tiempos postreros, los judíos, cuya sangre corre por las venas de María, y de cuya estirpe surgió la Iglesia, van a concebir a Cristo por la fe —expresión usual en las Escrituras- y lo van a dar a luz con grandes dolores. Dice Castellani que si en el Calvario le gritaron: “Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en Ti”, allí El les dirá: “Creed en mí y bajaré de la Cruz”. Posiblemente sólo una parte del pueblo judío se convertirá en las ultimidades.

El Dragón, sigue diciendo el Apocalipsis, “persiguió a la mujer que había parido al varón”, quien huyó al desierto. La soledad parece significar el abandono y desprecio de los neófitos por parte de los judíos no convertidos y del ingente mundo apóstata que los rodea. Al fracasar en su intento, el Dragón “se fue a hacer guerra a los otros de su semilla”. Pareciera indicarse que hay dos grupos de “hijos de la Mujer” separados: los judíos convertidos y nosotros, los cristianos de la gentilidad, los judíos neófitos y los cristianos viejos.

Las dos mujeres del Apocalipsis representan, pues, la religión en sus dos polos extremos, la religión corrompida (la Ramera montada en la Fiera roja) y la mujer gloriosa que da a luz en el dolor. "El significado concreto ya esjatológico de las Dos Mujeres es éste, según parece: la Mujer celestial y afligida es el Israel de Dios, Israel hecho Iglesia; y concretamente Israel convertido en los últimos tiempos; la Mujer ramera y blasfema es la religión adulterada, ya formulada en Pseudoiglesia en el fin del siglo, prostituida a los poderes de este mundo, y asentada sobre la formidable potencia política y tiránico imperio del Anticristo”,

Comparecen en esta dramaturgia dos personajes misteriosos, los llamados Dos Testigos. Para algunos son Enoc y Elias. Soloviev los personifica en su Relato en los jefes de la Iglesia Luterana y la Iglesia Ortodoxa, Pablo y Juan, que finalmente se reconcilian con Pedro II, el último Papa; el Anticristo los manda asesinar y Cristo los resucita luego de tres días y medio; todo ello acaece en la ciudad de Jerusalén, la capital del Anticristo, cuando su Reino era todavía un reino pequeño.

En medio de la tragedia se destacan los Fieles Perseguidos, que se van convirtiendo en una pequeña minoría perdida en el océano de las multitudes apóstatas. El totalitarismo del Anticristo y la ecumenicidad de su imperio les imposibilitará todo intento de emigración, ya que el mundo entero es una inmensa cárcel sin escape posible. La lucha secular entre el bien y el mal llega ahora a su momento culminante. La opción por Cristo o por el Anticristo se hace universal e inedudible. La Iglesia desaparecerá de la superficie y se verá obligada a recluirse en las catacumbas. La sola profesión de la fe en Cristo pondrá a los fieles en situación de martirio. Los primeros mártires debieron luchar contra los emperadores; los últimos contra el mismo Satán. Por eso serán mártires mayores. Ni siquiera serán reconocidos como mártires, agrega San Agustín, ya que se los condenará como delincuentes ante las masas víctimas de la propaganda. La llamada “opinión pública” estará en favor de esa persecución. Son los que “no se ensuciaron con mujeres”, es decir, con la Mujer, la ramera; hombres limpios, en cuya boca no hay mentira; islotes de la fe, acosados por la traición y el espionaje. Verán el Templo hollado por los paganos, verán mercenarios en vez de pastores, verán cómo la jerarquía del Pseudoprofeta enseña una religión nueva. Su noche oscura se irá espesando, ya que Dios guardará silencio y parecerá cerrar sus oídos a las oraciones de los héroes. “Los Santos serán vencidos”. Satanás y sus ministros les dirán con soma: "¿Dónde está vuestro Dios?”, y ellos callarán. Nadie podría aguantar si Cristo no volviese pronto. “Su único apoyo serán las profecías -escribe Castellani-. El Evangelio Eterno (es decir el Apocalipsis) habrá reemplazado a los Evangelios de la Espera y el Noviazgo; y todos los preceptos de la Ley de Dios se cifrarán en uno solo: mantener la fe ultrapaciente y esperanzada”.

No podemos obviar una figura que si bien aparece poco, no por ello su acción es menos contundente: la de Mikael, empeñado en lucha grandiosa con el Dragón y sus adláteres de la tierra. “Y prodújose una guerra en el cielo. Mikael y los ángeles suyos salieron a guerrear contra los del Dragón”. Mikael quiere decir “¿Quién como Dios?”. Es un nombre y un clamor. Los que se arrodillan ante la Fiera exclaman: “¿Quién igualará a la Fiera y quién podrá luchar con ella?”. Son dos gritos que se confrontan: “¿Quién como Dios?” y “¿Quién como la Fiera?”. En la primera batalla, la que se desarrolla en las alturas, el Angel arroja al Dragón del cielo a la tierra. Allí el demonio recobra aliento e instaura su reino por medio del Anticristo. Pero cuando la victoria de éste y de su Pseudoprofeta parezca ineluctable, “en aquel tiempo se levantará Mikael, Príncipe de nuestro pueblo”, como profetizó Daniel.

El drama va llegando a su conclusión. En el clímax de la persecución, en el ápice mismo de la Gran Apostasía y la tribulación más espantosa de la historia, cuando los fieles estén casi por desfallecer (impresiona aquello de Cristo: “¿Cuando venga el Hijo del hombre, ¿acaso hallará fe sobre la tierra?”), llegará inesperadamente el momento de la victoria, de la victoria no última sino penúltima. “Y vi a la Fiera y los Reyes de la tierra y sus ejércitos congregados a guerrear contra el sentado en el corcel y los ejércitos de El, y apresada fue la Fiera y con ella el Pseudoprofeta [...] fueron lanzados éstos dos al lago ardiente de fuego-azufre”. Acá retorna el Ángel -quizás Mikael- con una “gran cadena en la mano, y aprehendió al Dragón, la antigua Serpiente, que es el diablo y Satanás y lo ató mil años”. Castellani interpreta el cap. XX del Apocalipsis en sentido literal. Habrá una nueva Cristiandad que durará largo tiempo, la paz de Cristo en el reino de Cristo. Luego, “consumados los Mil Años, se soltará Satanás de su cárcel, y saldrá a seducir a las Gentes, el Gog y Magog, y los congregará a la guerra”. Pero será vencido, esta vez de manera definitiva. “Y el diablo fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde la Fiera y el Pseudoprofeta”.

San Juan describe el fin metahistórico. Tras el juicio final, “vi nuevo cielo y nueva tierra [...] Y la ciudad santa, Jerusalén Nueva, bajando del cielo desde Dios preparada como una novia engalanada para su hombre”. Bien observa Castellani que la historia de la humanidad se mueve entre la confusión de Babel -la ciudad que los hombres prometeicos quisieron edificar pelagianamente con sus propios músculos— y la armonía perfecta de la Nueva Jerusalén -la ciudad de la gracia, que desciende de arriba-, descriptas en el primero y último libro de las Escrituras. El Anticristo pretendió usurpar este ideal de unidad del género humano en la institución perversa de su Imperio Universal. Sólo Cristo es el Señor de la Historia, y el verdadero principio de cohesión del Universo. San Juan representa a la Nueva Jerusalén como una Ciudad, símbolo de la unidad social del hombre restaurado. En el capítulo final el Cielo Eterno, o sea, el Mundo de la Visión Beatífica.

Y así se baja el telón. Cualquier parecido de lo relatado con lo que sucede en la realidad es pura coincidencia...

2. Esjatología y esperanza

La gloria del cielo, la Nueva Jerusalén, la visión beatífica., abren y cierran las visiones del Apocalipsis. No es, pues, como se atrevió a decir Borges, un libro “de amenazas atroces y de júbilos feroces”. Señala Castellani que la esjatología cristiana se compone de dos elementos diversos: el fin catastrófico intrahistórico de la humanidad junto con el fin triunfal extrahistórico. Lo intrahistórico depende de la voluntad del hombre y las intervenciones metahistóricas provienen de Dios.

Frente al tema de las ultimidades caben posiciones erróneas y contradictorias entre sí. El iluminismo de los siglos XVHI y XIX despreció la esjatología cristiana junto con toda la religión revelada, burlándose del Anticristo y del Dragón como de cuentos medievales. El resultado fue que cayó en una esjatología espuria, o mejor, desembocó en dos esjato- logias opuestas, fragmentos de la síntesis cristiana: la optimista, del Progreso Indefinido, y la pesimista, del Nihilismo sin sentido. La visión optimista encuentra un alto exponente en Kant, quien creyó en el Reino instaurado por la sola fuerza de la Razón Pura, profetizando la paz perpetua sobre el fundamento del ideario de la Revolución Francesa; también el progresismo católico moderno lee la historia a partir del Renacimiento como un progreso creciente hacia el Punto Omega; trátase siempre de una esjatología inmanente, cismundana, a la que de algún modo es reductible la teoría del “eterno retomo” de los hindúes, propugnada en Occidente por René Guenon. La visión pesimista se encuentra expuesta principalmente por nihilistas como Schopenhauer y Nietzsche, que heredaron el otro fragmento de la concepción cristiana. “Nietzsche vio la catástrofe impendente en el nihilismo europeo; y su refugio desesperado en la esperanza del Superhombre, la cual no es más que la programación del Anticristo”, escribe Castellani. No deja de ser aleccionador observar cómo las viejas utopías fueron todas de un optimismo delirante, en cambio los últimos ensayos sobre el futuro son realmente espeluznantes.

Así las dos partes inseparables de la Teología fermentaron y se pudrieron en las manos de estos antiteólogos, “y esas dos corrupciones ideológicas perduran en el ateísmo contemporáneo, esperando la hora que el Anticristo las reúna en amalgama perversa [...] Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programa! de su religión autoídolátrica”.

Por eso, ni optimismo ni pesimismo, posiciones ambas sustentadas por todos “los que no tienen el sello de Dios en sus frentes”. El mundo va a una catástrofe intrahistórica, que quizás asuma la forma de un suicidio colectivo, pero esa catástrofe condiciona un mundo extrahistórico, una transfiguración de la vida del hombre y del mundo. Por sobre el pesimismo y el optimismo -categorías psicológicas-, el Apocalipsis levanta la bandera de la esperanza, que es una virtud teologal. Como dice Castellani, el Apocalipsis está por sobre el optimismo y el pesimismo; “es juntamente pesimista al máximo y optimista al máximo, y por ende supera por síntesis estas dos posiciones sentimentales”. El proceso de la Kali-Yuga o Edad Sombría está, relatado en él con los términos más crudos, pero también y paralelamente el proceso de la final Restauración en Cristo, “dependiente no de las fuerzas humanas sino de la potencia superhistórica que gobierna la Historia”, del Cordero que tiene en sus manos los hilos de la Historia. El Apocalipsis es, pues, un libro de esperanza, no un libro hecho para meter miedo, sino para consolar y fortificar a aquellos acosados por el temor de un futuro pavoroso.

Un auténtico católico no puede sino desear la Segunda Venida, como la han anhelado los fieles de estos veinte siglos. No hay que olvidar que el que una vez vino es también el que vendrá, el erjómenos. Pero hoy más que nunca este anhelo se hace apremiante. Siempre que ha habido una crisis histórica grave, la atención de los cristianos se dirigió casi como por instinto a las profecías. La crisis actual, con el peligro atómico que pende como la espada de Damocles, es mayor que todas las precedentes, engendrando angustia generalizada. En el campo espiritual, la inmanentización de las virtudes teologales, la crisis de la Iglesia, la organización de la gran Apostasía religiosa, agravan infinitamente la situación.

El querido e inolvidable E Castellani ha hecho con este libro -publicado por vez primera hace más de 40 años- un servicio relevante a la cultura religiosa. Como él mismo dice, la función del “Profeta”, que especula sobre el futuro, es necesaria a una nación tanto o más que la función del “Sacerdote” y la función del “Monarca”. Si se arroja por la borda la profecía, se cae necesariamente en la pseudoprofecía (fantaciencia, literatura de pesadilla o ensayos de utopía).

La conclusión de esta gran Profecía del Apocalipsis no es permanecer con los brazos cruzados. Esta es la actitud falsa de los optimistas y de los desesperados. Es preciso luchar contra la apostasía y trabajar en favor de la verdad conculcada. Aun dentro de la Kali-Yuga puede producirse un reflorecimiento temporal de una o dos generaciones, como de hecho ha ocurrido en la historia y quizás se ve en el mismo libro del Apocalipsis. Pero, en caso contrario, sabemos que dicho trabajo no será estéril, ni quedará sin recompensa.

P Alfredo Sáenz





Venid, juntaos aquí, que os anunciaré lo que va a pasar cuando se acaben los días.

Génesis, 49, 1

Ven y te mostraré lo que debe suceder pronto.

Apokalypsis, 4, 1

Cuando quiero saber las últimas noticias leo el Apokalypsis.

León Bloy



Prefacio

Hemos traducido el libro de la Revelación de San Juan directamente del texto griego y le hemos añadido una interpretación literal.

Cuanto más tradicional sea una exégesis de la Sagrada Escritura, mejor es. La presente interpretación no podría exactamente llamarse mía, por lo cual es llamada nuestra. Proviene del trabajo de innumerables intérpretes, comenzando por los Santos Padres antiguos. Es fruto de innumerables lecturas y muchas meditaciones. La idea fundamental que nos ha guiado proviene del eximio teólogo cardenal Luis Billot, nuestro maestro de teología, en sus libros De Ecclesia, I y II, y La Parousie.

Después de él, hemos seguido los trabajos de Silvio Rosadíni, S. J., Joseph Pieper, Henry Cardenal Newman y Bartolomé Holzhauser. Para la erudición necesaria -que aquí debió permanecer oculta- hemos utilizado a Cornelio Alápide y Alió, O. P., autor este último que reclama las más severas reservas en cuanto a la interpretación, como veremos. Lo mismo Cornelio, aunque no tanto.

Interpretar el Apokalypsis -¡y en la República Argentina!- parecerá a algunos empresa temeraria. Muchos sablazos -incluso autores de “introducciones”, como Wikenhauser, por ejemplo- parecen tener que el Apokalypsis es un libro dado por Jesucristo a su Iglesia para que no sea entendido nunca y produzca confusión y demencia. Eso es imposible. Algunos han producido libros demenciales acerca de este “Enigma Sacro33 —como lo llamaba San Jerónimo-, tal es el gran físico Isaac Newton, el obispo católico Charles Walmesley (pseudónimo Pastorini), el pastor bautista Charles L. Neal y el crítico Ernesto Renán, en su Antichrist y ÜAbesse de Jouarre, para citar los más conocidos. Eso no significa nada. Conocemos las diversas escuelas de interpretación: la Esjatológica, que se remonta a la edad apostólica; la Histórica, inaugurada por el Abad

Joaquín de Floris sobre la autoridad de un texto de San Agustín; la Histórica-Restringida, popularizada por Bossuet, aunque hija de tres teólogos españoles del Renacimiento (Ribera, Luis de Alcázar y Mariana) y profanada por Renán; la Alegórica -llamada por Wikenhauser ineptamente tradi- tiongeschichliche-, nacida del racionalismo contemporáneo, y en la cual se enreda Alió y el poeta Paul Claudel, a su zaga.

Todas cuatro escuelas contienen un principio verdadero, pero no exclusivo; el cual exagerado conduce al error y a veces a grandes enredos y manifiestos disparates; siendo la escuela Esjatológica la fundamental y realmente tradicional; pero que debe combinarse discretamente con las otras dos.

Cuando una interpretación ha sido manifiestamente contradicha por los sucesos, es más que evidente que hay que abandonarla; así como cuando es imposible o absurda. Estos son los límites de la interpretación literal; fuera de ese caso hemos interpretado literalmente, de acuerdo a la exhortación pontificia contenida en la encíclica Divino Afflante Spiritu. El sentido alegórico es segundo y debe basarse sobre el sentido literal, que es primario, dice Santo Tomás; y lo confirma el sentido común. Levantarse de inmediato a la alegoría pura, como hacen tantos modernos (Luis Féret) y algunos antiguos (Luis de Alcázar) es quitar al libro su carácter propio de profecía y toda importancia y seriedad, convirtiéndolo en un libro de “poesía”; bastante dudosa y aun extravagante por cierto. Así Luis de Alcázar tuvo que llegar a la confesión despampanante de que el Apokalypsis sería un libro de ¡“adivinanzas sacras”!, combinado por Dios mismo con el fin de enseñar... ¡la Dogmática!

El desorden de interpretar el Apokalypsis de acuerdo a uno solo de los cuatro principios (o escuelas), del que no escapó Bossuet, es patente en el venerable intérprete Bartholomeus Holzhauser. Este piadoso sacerdote del siglo XVII, restaurador de la disciplina eclesiástica en Alemania, muerto en olor de santidad y reputado en su tiempo como munido del don de profecía, escribió un Commentarium Apokalypseos muy afamado y también demasiado atrevido, hasta los primeros cuatro versillos del Capítulo XV, donde lo abandonó. Preguntado por sus discípulos por qué no lo terminaba, respondió que no sentía más la inspiración del Espíritu de Dios. En realidad había llegado a un punto muerto, a un enredo donde proseguir era imposible, por haber ingresado en una vía falsa a partir del Capítulo VI. Esta falsa vía consistió en tomar la historia de la Iglesia y aplicarla todo seguido al texto sacro, tratando de hacer concordar ambos a veces con el proverbial coup-de-pouce, olvidado del principio de la recapitulado, tan recalcado por los Santos Padres. El Apokalypsis es una profecía, y una profecía no es una historia, a modo de una especie de crónica adelantada, sino otro género diverso, con leyes muy diversas. Las varias Visiones del Apokalypsis vuelven atrás continuamente: todas ellas terminan en la Parusía, pero empiezan de nuevo cada vez, tomando toda la materia o parte de ella desde otro ángulo: a veces en la eternidad, a veces en el tiempo, a veces en un espacio intermedio, que podríamos llamar Evo. Holzhauser fue llevado por su erróneo método a identificar el Reino del Anticristo con el Imperio Turco, a hacer del Anticristo un emperador de Turquía, a fijar su futuro nacimiento en 1855 y ¡su muerte en 1911! con manifiesta temeridad...

Sin embargo, en esta asimilación de la última herejía (que será la religión del Anticristo) con la religión de Mahoma hay una indicación preciosa, que se halla repetida en los grandes teólogos y santos de los siglos medios, y que debe ser certera: el mahometanismo es una especie de simplificación brutal y falsificación sutil del cristianismo; y si hay hoy día una especie de religión común en los habitantes de Norteamérica, una especie de nivelación básica del Protestantismo que informa la mentalidad y el patriotismo de aquella inmensa nación, ella es una especie de neoislamismo o mahometanismo modernizado, como hemos explicado en otros escritos nuestros. Ya a fines del siglo XVIII, el conde De Maistre notó que “el protestantismo, vuelto sociniano -es decir negada la divinidad de Cristo- se vuelve ante nuestros ojos una especie de mahometismo”.

Excusamos nuestra aparente temeridad en corregir o rechazar a algunos intérpretes -muy grandes a veces— con la observación del gran Bossuet: “Es natural que los intérpretes posteriores vean o sepan más que los antiguos, en cuyos hombros se apoyan; porque una profecía se va haciendo más y más clara a medida que se cumple o se aproxima a su cumplimiento.”

-¿Sabes tú más que San Jerónimo?

-Puedo saber todo lo de San Jerónimo y un poquito más, gracias a San Jerónimo y sin ser más grande que San Jerónimo: así un enano parado sobre los hombros de un gigante puede ver más lejos que el gigante.

La justificación de todas nuestras interpretaciones pediría una serie de disertaciones y excursus que daría un libro como la Enciclopedia Espasa; el cual no sería para la Argentina. Una breve justificación de los puntos más dificultosos o litigiosos hemos dado en nuestro libro Los Papeles de Benjamín Benavides.

El texto del Apokalypsis fue escrito todo seguido, sin divisiones: la división en veintidós capítulos de nuestras Biblias proviene del inglés Esteban Langton y es por tanto del siglo XIII. Hay una división más natural en siete partes de San Beda el Venerable. Mas para el intérprete, la división más cómoda es la de las diversas Visiones, que resultan unas veinte; ésta es la división más natural de todas y la más antigua, pues fue usada en el siglo VI por Primasius.