– Por Flavio Infante
Está visto que esto de la apostasía ya parece
un safari descomedido, en el que la rapacidad de los demonios no se sacia de
sumar piezas de caza. «Caerán mil a tu izquierda; a tu diestra,
otros diez mil». Como en el cuento en el que, junto a ciervos y rinocerontes,
yacía vasta cantidad de aminobuanas (negritos que clamaban
ante el arcabuz: "¡a mí no, bwana!"), así ahora se ensaya un sondeo
de opinión previo al anunciado sínodo sobre la familia, en el que se invita
hasta a los feligreses de la última parroquia rural a expedirse, verbigracia,
sobre «cómo habría que comportarse pastoralmente, en el caso de uniones de
personas del mismo sexo que hayan adoptado niños, en vista de la transmisión de
la fe», entre otras sinuosas o insinuantes preguntas, que recuerdan a aquella
con que la serpiente inició el diálogo con nuestros primeros padres. Que aunque
no fueran tan maliciosas, fueran ociosas: ¿habrá que pedirles a los gobernandos
cómo gobernarlos? Al paisano ocupado en tusar al zaino, maniáu bien cortito en el palenque,
le sonsacarían -si mucho- respuestas del tenor de "a mí no, a mí no me me
vengan con esas cuistiones". Que cuando las cuestiones son de tal bulto...
vae
homini illi, per quem scandalum venit!
Pero esto ya no es un alarde de destreza y
buena puntería en el cazar: es un puro bombardeo, una carga micidial. Vienen al
caso las palabras del hondureño cardenal Maradiaga, del grupo de ocho
consejeros que el Papa nombró para la reforma de la Curia, que afirmó que
«Jesús era laico», que el Concilio Vaticano II significó «el fin de las
hostilidades entre la Iglesia y el modernismo» y que «ni el mundo es el reino
del mal y el pecado, ni la Iglesia es el único refugio del bien y la virtud». Y
las del australiano cardenal Pell, otro brazo del fatídico octopus, al catequizar
que los primeros capítulos del Génesis son pura mitología. Y para que la cosa
no se reduzca sólo a febriles enunciados verbales, ahí está la nueva y
espantosa férula de Francisco, presentada por su propio artífice declarando que
«la imagen de Cristo -que desde la cruz seca y torcida, finalmente vaciada de
sentido (!!!), se desvincula, se suelta lentamente- es tensión hacia la luz,
liberación de una energía comprimida, intento de volar». Fraseología
horripilante en la que ya no se reconoce la menor inspiración católica y sí las
naderías de rigor en el gremio de los "artistas", invitados en tropel
a profanar a gusto inter vestibulum et altare.
Ante una andanada tan sin respiro se alcanza
un punto de saturación tal que las facultades mentales, espoleadas por el
detalle y la anécdota escabrosos, por las imaginarias hipótesis de cómo se pudo
llegar a esto, hurgando en la bruma de los despachos y las intrigas, del
tráfico de influencias y de los pactos más ominosos, en la esfera -al fin- de
la oscura política eclesial ("la mística devenida política" o el
abuso de la religión, que diría Castellani), la mente, decimos, busca anhelosa
una explicación ya no material sino formal del mirífico desmadre. Y la
encuentra en una constatación que, como todas las más atinadas, supone algo de
obvio, pero digno de recordarse.
La Iglesia ha sido gangrenada en todo su
cuerpo por el mismo enemigo que viene acechando su calcañar desde antiguo, y
que -bajo las más diversas denominaciones y con los más varios matices- constituye
su antagonista en las sombras, clandestino por definición: el gnosticismo.
Ambas, la gnóstica-cabalista y la cristiana, corresponden a dos opuestas
actitudes ante la existencia y sus cuestiones fundamentales (a las que hacen
corresponder opuestas afirmaciones), tanto que podemos reconocerlas quizás
arquetípicamente en Caín y Abel, y luego en Israel y sus pueblos colindantes.
Son las dos ciudades de que habla Agustín, dramáticamente irreductibles aunque
vecinas en el escenario de este mundo.
Unos reconocen a la realidad como sacramento,
esto es, como vestigio de la libre, omnipotente y amorosa actividad creadora de
Dios, y se aprestan a rendir un asentimiento obsequioso a los datos exteriores
a su conciencia. La fe comporta una actitud realista en lo fundamental, toda
vez que el objeto al que se orienta es «Aquel que Es», y no el propio universo
mental del sujeto. La adaecuatio, como disposición del
cognoscente, constituye algo así como una premisa o pródromo de la fe, que no
puede desdeñar su respectivo depositum sino a condición de morir.
La otra actitud, tan contrapuesta a ésta como a menudo obstinada en mimetizarse
con ella y en apoderarse de sus símbolos con el fin de aniquilarla, es la que
origina la perversión gnóstica, de la que el modernismo -ese conjunto
asistemático de tesis exaltatorias de la religión como "experiencia"
y de la fe no como asentimiento, sino como sentimiento- es una de las
manifestaciones más tardías. La gnosis, que en tanto «conocimiento» se propone
como una «ciencia experimental del bien y del mal» (conforme a la oferta de
Satanás en el Edén), no puede sino proponer una metafísica falaz.
La oposición que el gnosticismo y sus
variantes le mueven a la doctrina católica se da, así, en el más primario de
los niveles, el de la aprehensión misma de la realidad, pero de una aprehensión
instada por una voluntad contraria al orden y al logos. Los politeísmos
antiguos, los animismos, el culto de los astros y de las piedras (aun cuando la
responsabilidad de sus iniciados pueda atenuarse por ignorancia invencible) son
todas formas de esta corrupción inicial, que consiste -ante la aporía del mal
que aflige a la Creación- en negar la unicidad del principio de todos los
seres. Y la multiplicidad de principios se resuelve de modo irresistible en el
dualismo, como éste acaba en consecuencia en el culto unívoco de uno de los dos
principios reconocidos tácita o explícitamente como tales: el demonio. No por
nada desde el siglo XIII comenzó a leerse el prólogo del Cuarto Evangelio al
final de la Misa: la afirmación solemne y repetida cada vez de que uno es el
principio, el Logos, «que estaba con Dios y era Dios desde el principio», debió
ser el más eficaz antídoto contra la perenne tentación maniquea, poderosamente
activa en aquellos años.
En sus Instituciones litúrgicas, Dom
Guéranger señala acabadamente ciertas constantes heréticas que atraviesan casi
toda la historia de la Iglesia hasta culminar en la ruptura protestante,
adscritas todas a una común inspiración gnóstica. Así Vigilancio, en el siglo
IV y pretextando una reconversión a los orígenes, se manifestaba contrario a la
solemnidad del culto y al celibato de los sacerdotes. Los paulicianos de
Armenia (s. IX), origen remoto de lo que luego serían las pestes cátara y
albigense, manifestaban aversión a la representación iconográfica de la Cruz y
negaban -como antes lo habían hecho los monofisitas- la humanidad de
Jesucristo, lo que conllevaba entre otras cosas al rechazo del sacrificio
redentor, de la Santa Eucaristía y del culto de María. Finalmente Lutero supo
atacar la Tradición por la remisión a la sola Scriptura, por la supresión de
los elementos del misterio en la liturgia, expurgada de todas las fórmulas que
la Iglesia había elaborado a lo largo de los siglos, por el rechazo de las
mediaciones entre Dios y el sujeto fiel, y por la abolición de la lengua latina
y la reducción del ministerio sagrado a mero accidente, hasta confundir laicado
y sacerdocio en una misma entidad indiferenciada.
Es notable cómo todos estos tics heréticos
reaparecen, ante ojos ya incapaces de reconocerlos como tales, en todo el orbe
católico. Al punto de que -a falta del
siempre arduo examen de las doctrinas bogantes, que pocos pueden tomar a
su cargo- ni siquiera la manifiesta fealdad y anomalía del mensaje visual, Biblia
pauperorum, alcanza para alertar a clérigos y fieles de lo dramático
del giro operado. Adaptados mansamente a la deconstrucción iconográfica, con
crucifijos a los que se hace expresar otra cosa que la que siempre manifestó la
Cruz, con altares reducidos a simples mesas, la Iglesia, por una deliberada
sustitución de sus símbolos, termina por sufrir una "mutación
genética" irreversible. Y conste que no nos extendemos a la doctrina, en
lo que habría tantísima ruina que revistar. De nada vale aducir que la Iglesia,
en tanto artículo de fe, no se circunscribe por completo a las manifestaciones
que señalan su devenir histórico, orientada como lo está a la gloria
ultraterrena y habiendo conocido, de hecho, no una fijeza marmórea sino un
desarrollo orgánico, al modo del grano de mostaza. Esto es incuestionable, pero
ampararse en esta evidencia para acabar subordinando la fidelidad -la fe- a un
titánico afán creativo, eso es francamente perverso. E indisimulable muestra de
una desolada voluntad de poder. La acuciosa reforma de la Iglesia
supone, como la palabra misma lo indica, un «devolverle a Ésta la forma», no
anulársela.
«Algunos obispos y prelados junto con sus
asistentes se han elevado a sí mismos a anti-Iglesia en el interior mismo de la
Iglesia. Ellos no desean abandonar la Iglesia, no quieren separarse. No admiten
estar quebrantando la unidad de la Iglesia. No entienden obliterar a la
Iglesia, sino cambiarla en base a sus planes, y para sus cabezas resulta al día
de hoy banal que sus planes sean inconciliables con el plan de Dios revelado
(...) Ellos están convencidos de poder reconciliar a la Iglesia y a sus
enemigos a través de un "compromiso decente", de ser los únicos que
comprenden qué es lo que está ocurriendo, y de ser los únicos que pueden asegurar
el éxito de la Iglesia de Cristo configurándola con aquella de los líderes del
mundo» (Malachi Martin, The Keys of this Blood, 1990). La
pesadilla gnóstica triunfante ha trocado el cristocentrismo en auto-idolatría,
en culto angurriento del poder, tomando con descaro el nombre de Jesús como
rehén y excusa para ejecutar los planes más protervos. En el día del Juicio no
quisiéramos estar en el cuero de estos malditos.
Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
