‘Liberalismo, catolicismo y ley natural’: el manual para la resistencia al progresismo
Anoche acabé de leer el mejor de los libros que han llegado a mis manos este año: “Liberalismo, catolicismo y ley natural”, de Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. El año pasado ya os hablé de él a propósito del excelente libro “Nueva izquierda y cristianismo” que escribió junto a Diego Poole. Contreras se puso muy alto el listón a sí mismo, pero ha conseguido superarse con creces en esta nueva obra.
Nueva izquierda y Cristianismo
El modelo conservador de Estados Unidos como referencia para la derecha europea
¿Acepta el Papa una ideología perversa?
El debate cultural de nuestro tiempo: conservadores vs progresistas
Comentar el libro es una tarea que se me antoja difícil tras la excelente crítica que le dedicó Carlos López Díaz el pasado domingo
(tanto él como Contreras tienen la virtud de escribir y argumentar
mucho mejor que yo). Os recomiendo leerla, ya que la comparto en su
totalidad, e igual que él, me ha llamado la atención lo que Contreras
señala en la página 319, y no sólo ahí: en el último capítulo del libro
reaparece esa cuestión como trasfondo del actual debate jurídico sobre
el positivismo, el iusnaturalismo y el sucedáneo dworkiniano de éste: “el
debate iusfilosófico contemporáneo es interpretable en buena parte como
un reflejo del gran debate cultural (grosso modo, conservadores vs.
“progresistas”) que divide a las sociedades occidentales”, señala el autor.
¿Es posible un liberalismo católico?
Igual que en su anterior obra, Contreras incide bastante en esa
dicotomía ideológica entre conservadores y progresistas, y lo hace desde
una concepción del liberalismo que ya he citado en otras ocasiones en
debates con católicos que recelan de esa ideología: “el
liberalismo, sin dejar de ser liberalismo, más bien, para ser fiel a sí
mismo, puede referirse a una doctrina del bien, en particular a la
cristiana, que le es familiar“. No son palabras de Contreras ni de ningún ideológico liberal: son palabras del Papa Benedicto XVI
en respuesta al libro “Por qué tenemos que decirnos cristianos. El
liberalismo, Europa, la ética”, escrito por el filósofo italiano
Marcello Pera.
Iglesia Católica y liberalismo: los orígenes de un desencuentro
Una de las cosas que más sorprenderán a cualquiera que no haya leído
con anterioridad a Contreras es la tremenda honradez intelectual y el
análisis crítico que hace incluso de las posiciones que abandera. Esto
incluye un certero análisis de la desconfianza mútua que la
Iglesia Católica y el liberalismo se brindaron inicialmente a pesar de
la “afinidad conceptual” que el autor señala entre ambos. “La
Iglesia condenó con toda rotundidad las ideas liberales, especialmente
durante los pontificados de Gregorio XVI (1831-46) y Pío IX (1846-78).
Es un capítulo incómodo de la historia que los católicos actuales no
tenemos derecho a escamotear”, advierte el autor, que recuerda, por ejemplo, la condena del “Syllabus” (1864) a “la
libertad de prensa, la libertad de educación, la separación
Iglesia-Estado, la negación del derecho de la Iglesia a imponer
sanciones temporales…”, una dura reacción antiliberal frente a la
que el concilio Vaticano II implica una clara discontinuidad,
precisamente para establecer una continuidad con los primeros
cristianos: “El concilio Vaticano II, reconociendo y
haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio
esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo
de la Iglesia“, señaló Benedicto XVI el 22 de diciembre de 2005, y añadió: “Los
mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se
había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la
libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una
profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse
propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.”
Por el lado liberal el autor tampoco ahorra críticas: “La
radicalización antiliberal de la Iglesia en el siglo XIX resulta
explicable en parte por las desgraciadas circunstancias del primer
experimento “liberal” en suelo europeo: la Revolución Francesa,
que degenera pronto en orgía anticristiana (destrucción de iglesias,
persecución de curas “refractarios”, masacre de católicos en la Vendée,
etc.)” Es un asunto sobre el que muchos liberales pasan de
puntillas, conformándose con negar la condición de liberales a los
promotores de un episodio que degeneró en un régimen genuinamente
totalitario: el Terror jacobino; “declinaremos esta fácil vía de escape”, afirma el autor. Y aquí vuelvo a la citada intervención de Benedicto XVI:
“El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la “hipótesis Dios”, había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna.”
“Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado. La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa.” (…)
“Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.” (…)
“En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable.”
¿La Iglesia y el liberalismo son los mismos que en el siglo XIX?
Es una lástima que la evolución del liberalismo y la relación de
continuidad establecida por el concilio Vaticano II con los primeros
cristianos -que implicaba una discontinuidad con esas ásperas y radicales condenas a las que se refería Benedicto XVI-, y ya no la posibilidad, sino la existencia -también constatada por el Papa Ratzinger- de un liberalismo compatible con el catolicismo,
siga siendo zanjada por algunos apelando a las condenas de Gregorio XVI
y Pío IX, que el citado concilio ha vaciado de contenido al aceptar
derechos humanos y una relación entre la Iglesia y el Estado que
aquellos Papas condenaron. A menudo, en algunos debates he tenido la
sensación de que para algunos la historia del pensamiento político se
paró en el siglo XIX.
El capitalismo puede estar muriendo de éxito
Volviendo al libro de Contreras, me ha gustado especialmente la tesis
del autor respecto a la relación entre el proceso de secularización que
vive Occidente y la progresiva erosión que la democracia liberal sufre a
manos del expansionismo estatal promovido por el progresismo (tanto por
el de izquierdas como por el de derechas). El autor reconoce, eso sí,
lo siguiente:
“El capitalismo despegó y triunfó gracias a un sustrato moral-cultural que procedía en buena parte del cristianismo. Ese sustrato, sin embargo, está hoy muy erosionado. Puede haber contribuido a ello, paradójicamente, el bienestar generado por la economía de mercado: el capitalismo puede estar “muriendo de éxito”.”
La negrita la pone el propio autor, que advierte: “La ética del
trabajo, el ahorro y el cumplimiento de los contratos hizo posible la
explosión de prosperidad capitalista… y el exceso de prosperidad termina
volviéndose contra esa ética.” Una observación que coincide, por cierto, con las críticas de la Iglesia Católica a la cultura del consumismo: “el
desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que
puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología. Lo mismo
ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y
dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las finanzas para sostener
un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta pretensión
prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no
arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del
bien que la precede“, señalaba Benedicto XVI en el Capítulo Sexto de la Encíclica Caritas in Veritate.
Los efectos degradantes del intervencionismo estatal
Eso sí, Contreras advierte (las negritas son del autor) que “la erosión de la base moral-cultural del capitalismo no se debe sólo a la prosperidad generada por éste; también procede de la interferencia estatal en la vida económica“ pues “convierte una sociedad de productores en una sociedad de subsidiados”, en la que la lucha por el botín de los servicios públicos converge la actitud de “unos
políticos que, preocupados exclusivamente de las elecciones siguientes,
responden a la demanda con más y más “derechos” (y por tanto, más y más
gasto y endeudamiento).” Una expresión actual de la vieja política de “pan y circo” que tiene en nuestro país un claro exponente.
Suscribo, así mismo, lo que afirma Contreras en la página 57 del libro (nuevamente las negritas son del autor): “La raíz de la crisis económica es, al final, de carácter espiritual y moral:
está muy relacionada con las creencias metafísicas y la concepción del
hombre. El cortoplacismo es coherente con el materialismo: si no somos
más que una carambola de la química del carbono y la muerte es el final
absoluto de la conciencia, resulta lógica la actitud de “comamos y
bebamos, que mañana moriremos”". Contreras añade: “Al europeo post-religioso no le importa que el sistema sea inviable a 50 años vista: le basta que aguante aún los 20 o 30 que a él le puedan quedar de vida.”
Un genial argumentario económico, filosófico, jurídico, provida y profamilia
En fin, podría dedicarle a este brillante libro un ladrillo mucho más largo que éste, pero lo mejor es que lo leáis vosotros mismos. Por mi parte, creo que
“Liberalismo, catolicismo y ley natural” merece ser considerada como
una obra de referencia de uno de los dos bandos enfrentados en ese gran
debate cultural de nuestro tiempo, un bando que en Europa se
encuentra en franca desventaja, en buena medida, porque muchos de sus
partidarios han ido asumiendo poco a poco las tesis del progresismo
(incluso otorgan a este término connotaciones positivas que no son
capaces de reconocer, sin embargo, al término “conservador”. No quiero
terminar esta entrada sin citar unas palabras del autor a propósito de
ese bando: “los conservadores (los que creemos en
el derecho a la vida de los no nacidos, en el matrimonio, en el papel
positivo de la religión en la sociedad, etc.) hemos pasado a ser “la resistencia”, la oposición cultural, la “cultura disidente”.”
Este libro es un formidable arsenal argumental -no sólo en cuestiones
económicas, filosóficas y jurídicas: también de argumentos provida y
profamilia- para quienes estén dispuestos a asumir, con valor y sin
complejos, esa labor de resistencia. Os lo recomiendo encarecidamente.
