BERGOGLIO LLEVA A LOS JOVENES EN CARROZA AL INFIERNO
«… En hacer Tu Voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón1 está Tu Ley» (Sal 40 (39), 9). Cuando se habla de corazón, se habla del hombre interior, de ese interior del hombre que está en su vértice. El hombre es: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23). Lo superior de la naturaleza humana es el espíritu, que es lo sobrenatural, la semejanza que el hombre tiene con Dios. Dios crea al hombre, a su imagen y a su semejanza (cf. Gn 1, 26), lo crea con un espíritu, semejante a Dios, que es Espíritu (Jn 4, 24); y lo crea en la gracia: en la imagen
divina, en su vida divina, para que el hombre sea Dios por
participación. Para quien contemple al hombre vea la imagen de Dios, su
misma vida divina, en una criatura.
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La
palabra corazón designa toda la vida interior del hombre, su vida
espiritual, no la vida racional. El corazón no es el hombre en su
humanismo, sino que es el hombre en su espíritu.
Las personas suelen confundir el corazón con la mente. Son dos cosas distintas:
«Amarás a Yavhé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).
Corazón
y alma se distinguen en el hombre: en el alma está la mente, lo que es
racional. En el corazón, está el ser espiritual: lo que no es la idea
racional, lo que viene de la fe, de la Mente de Dios. Lo que es
oscuridad, tiniebla, a la mente del hombre.
Para Bergoglio, el corazón es la mente del hombre, la vida humana, racional : «nuestro corazón concentra al ser humano en su totalidad y unidad de cuerpo y alma» (ver texto)
El corazón no concentra al ser humano en su totalidad, sino sólo en su vida interior. Es la totalidad de la vida espiritual.
La
totalidad del hombre es: corazón, mente y fuerzas de la naturaleza
humana. Es la totalidad de la vida interior más la totalidad de la vida
racional.
Y de ahí nace la enseñanza de Jesús: el amor total: corazón, alma y fuerzas.
Lo
que importa, en la vida espiritual, es el amor total, que brota de
Dios, del Corazón de Jesús, y que nace de lo íntimo del corazón del
hombre.
Ese
amor, que es lo único importante, que es lo que hace válida una vida,
sólo se puede lograr mediante la íntima unión con Jesús. Para esa
intimidad, el corazón del hombre –no su mente, no sus fuerzas- debe
colocarse en el Corazón de Dios, abierto a la gracia y al Espíritu
Divino. Es una apertura sin reservas, sin condiciones, sin límites, con
un abandono pleno a la Voluntad de Dios. Si el corazón está unido con
Dios, entonces en la mente está la Verdad y, esa Verdad, se obra con las
fuerzas del ser humano en toda su vida.
Si
el corazón del hombre se inflama con el amor de Dios, entonces la
voluntad del hombre, que está en su alma, va a tender, necesariamente,
hacia el bien divino, va a obrar la Voluntad de Dios, no sus voluntades
humanas, no sus bienes humanos.
Poner el corazón en el ser humano en su totalidad es no comprender, en absoluto, lo que es la vida espiritual, que es diferente a la vida racional.
«Para
la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los
pensamientos y de las intenciones de la persona humana»: este
hombre –para definir el corazón- va a lo que dice la cultura semita, la
sabiduría humana, pero no va a las fuentes de la Revelación, que es la
Palabra de Dios, que es lo que Dios ha dado a conocer al hombre, la
sabiduría divina. Y, entonces, Bergoglio sólo enseña doctrina de
hombres, con un lenguaje sentimental, barato, bello y blasfemo. Pero no
es capaz de enseñar la verdad a las almas. Bergoglio confunde corazón y
mente, los une en una sola cosa. Y, de esa manera, es cómo nacen las
falsas espiritualidades.
Lo
característico del pensamiento de muchos católicos es poner la
espiritualidad por encima de la religión. Por eso, se aboga por una
fraternidad que no se llene de individualismo, sino de humanismo.
La religión2 es dar culto verdadero a Dios. Para eso es necesario la Ley de Dios, las normas que rigen ese culto divino.
El
hombre, con su mente, se crea la espiritualidad. Y, por lo tanto, se
pone por encima de lo religioso, de la ley de Dios. De esa manera, a
muchos católicos no les van los dogmas, no les gustan los proselitismos,
no entienden una fe que ciega el entendimiento, que somete la razón a
la Mente Divina.
Para muchos católicos, el corazón
es lo importante, pero lo entienden mal. Entienden un corazón que no se
cierra ni renuncia a los errores, a las experiencias que se viven en
otras religiones, que se ofrecen en las diversas filosofías. Es un corazón
que quiere abarcarlo todo del hombre: lo bueno y lo malo, la verdad y
la mentira, pero que es incapaz de obedecer a Dios, incapaz de someterse
a los dones y a las gracias de Dios.
Son
católicos que siempre van con la excusa de que el hombre, a lo largo de
toda la historia, ha manipulado las cosas, que con el poder quiere
someter a los demás a la visión que ellos tienen de la vida. Son
católicos que no se someten a nada, pero que exigen que los demás se
sometan a sus pensamientos humanos, que los demás les merezcan respeto a
lo que ellos piensan. Y hablan de humildad y de sencillez, pero no es
la humildad de corazón, ni es la sencillez de la vida espiritual. Es
sólo su lenguaje humano, muy bonito, pero sin ninguna verdad en el
corazón.
Si
el corazón es para la vida interior, entonces lo que impide esa vida
interior es siempre el pecado. De ahí que es necesario purificar el
corazón: la penitencia interior.
Hoy se pone el pecado, no como un ser espiritual, sino como un ser filosófico y social.
El pecado es una obra en contra de la Voluntad de Dios. Es, por lo tanto, una ofensa a Dios.
Para
el modernista, el pecado es una obra en contra del hombre, de la
sociedad, del mundo, de la creación. En consecuencia, en el pecado se
ofende al hombre o a la sociedad. La limpieza del corazón sólo atañe a
la vida humana o social del hombre:
«…se
trata sobre todo de algo que tiene que ver con el campo de nuestras
relaciones. Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede
”contaminar” su corazón».
Se
trata de algo que está en lo social, entre las relaciones de los
hombres. Limpiar el corazón no es un asunto de la vida interior del
hombre, sino de la vida social.
Bergoglio
no entiende lo que es el Espíritu ni, por tanto, la vida espiritual.
Bergoglio sólo comprende al hombre y lo encierra en los límites de su
mente humana. Y ahí construye su fábula: una colección de cuentos que va
predicando, aquí y allá, y que sólo se alimentan de ellos los
pervertidos como él en su mente. Y de estos pervertidos la Iglesia está
llena.
«Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados…»:
es el deseo humano de que todo lo exterior al hombre sea perfecto.
Pero, ¿cómo el hombre pretende conseguir la perfección en la creación si
no posee la perfección en su vida interior? Si el corazón es impuro,
las obras exteriores son impuras, contaminan toda la creación… Pero hay
que estar atentos a no dejar caer un trozo de papel al suelo: ¡es una
ofensa contra la fraternidad universal!
No
hay que estar atentos y cuidar la creación: eso no sirve de nada. Eso
lleva al fariseísmo de mucha gente, que se inventa una vida para luchar
por lo que no tiene ninguna importancia: las aves, los animales, las
plantas, las aguas, el cuerpo, etc… El mundo ecológico, el mundo carnal,
el mundo material.
«Los
ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es
provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y
de la futura» (1 Tim 4, 7 s).
No te canses cuidando la creación, cuidando tu cuerpo, cuidando el parque…No es eso la vida del corazón.
«… golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1 Cor 9, 27).
Si
sabes dominar tu cuerpo con la mortificación, entonces sabes cuidar la
creación como Dios quiere. Pero si das a tu cuerpo el regalo que te
pide, entonces, por más que luches para que la creación no se corrompa,
se va a corromper porque todos buscan en ella el regalo para sus
cuerpos.
Esta
es la ley del pecado. Por eso, todos los que hablan, como Bergoglio, de
ecología humana, están locos de remate. No tienen ninguna vida
espiritual. No son hombres de vida interior. Son comunistas,
socialistas, liberales, modernistas, panteístas, pelagianistas, etc…
«…mucho
más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos:
nuestros corazones y nuestras relaciones. Esta ”ecología humana” nos
ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas del
amor verdadero, de la santidad»: esto es sólo la palabrería barata de Bergoglio, de la cual muchos insensatos se alimentan.
¡Respirar el aire puro que viene de la santidad, del amor verdadero!: ¡Qué chiste tan malo! ¿Quién puede hacer caso a esta babosidad? Muchos.
La
Cuaresma no es ecología humana, sino penitencia interior, vida interior
en la cual el hombre combate sólo contra sí mismo, no contra el mundo
ni contra el demonio.
Esta es la penitencia3
que la Iglesia Católica ha perdido: llorar por nuestros pecados. Y sólo
por los nuestros. Sin mirar lo demás. Penitencia por nuestros pecados.
Si se hace esto, entonces se hace penitencia por todo lo demás.
Hay
que pasar las noches en insomnio, para violentar la propia naturaleza
que quiere descanso. No hay descanso cuando hay tanto que expiar.
Hay
que pasar por la oración callada, con el rostro en la tierra, mirando
la fealdad de ella para verse reflejado, sin pedir nada a Dios, sin
desear nada. Sólo ofreciendo a Dios nuestras miserias, que es lo único
que podemos darle.
Hay
que dormir en el suelo, hay que sentarse en sillas incómodas, hay que
dar al cuerpo dolor, para que el alma se acostumbre a pensar que en esta
tierra no hay felicidad ni puede haberla.
Hay
que estar mirando, continuamente, nuestros pecados para golpearse el
pecho por la ofensa que hice a Dios. Hay que lamentarse, sollozar por
haber pecado tanto. Hay que dar voces de angustia hasta comprender que
un solo pecado mortal es merecimiento del más profundo infierno.
Hoy día la Cuaresma es cualquier cosa menos penitencia interior.
«..lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios»:
esto es lo que oyen ustedes a todos los sacerdotes y Obispos. Dios es
amor, Dios te ama, qué bueno es Dios. Dios no castiga. Dios no juzga.
Nadie
descubre a las almas lo que son ante los ojos de Dios. Tienen miedo,
porque ya no viven una vida interior, el hombre nuevo de la gracia.
Viven para lo exterior de su vida, para la superficialidad de un
ambiente social, familiar, para el desorden de una cultura sin el culto
verdadero a Dios.
«…ningún
ser viviente puede justificarse en la Presencia del Señor; que hay que
rogarle para que no entre en juicio con sus siervos» (San Agustín – De los méritos y perdón de los pecados – Libro II, cap. XIV –“Todos somos pecadores”).
¡Que Dios no entre en juicio con el alma! Esto es predicar la verdad. No esa falsedad de que Dios es amor.
Lo
que da sentido a nuestra vida es sabernos pecadores. De esa manera, el
alma pide a Dios que le muestre cómo quitar el pecado para que Dios no
entre en juicio con ella.
Esta
gran verdad es la que ya no se predica. Se predica un amor sentimental,
propio de un nuevo pelagianismo, que es la babosería de Bergoglio:
«¿Recuerdan
el diálogo de Jesús con el joven rico? El evangelista Marcos dice que
Jesús lo miró con cariño, y después lo invitó a seguirle para encontrar
el verdadero tesoro. Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de
Cristo, llena de amor, les acompañe durante toda su vida».
Jesús no dialogó con el joven rico, sino que le enseñó el camino de la perfección:
«Ya
sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no
levantarás falso testimonio, no harás daño a nadie, honra a tu padre y a
tu madre» (Mc 10, 19). Enseñanza moral. Jesús le recuerda
los mandamientos de Dios, la ley divina. Jesús no pierde el tiempo
charlando con los hombres. Cuando habla es para enseñar la verdad.
No lo invitó a seguirle, sino que le manifestó la obligación de seguirle:
«Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc
10, 21b). No fue invitando a una fiesta, sino exigiendo del alma la
renuncia de todo para seguir a Cristo. Jesús no invita a nadie, sino que
exige al alma. Y de esa exigencia, el joven rico se fue triste, porque
la comprendió.
Jesús miró el alma de ese joven para ver su intención en el hablar:
«Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó4»
(Mc 10, 21a): Jesús puso los ojos en el alma del joven, porque lo que
iba a decirle era el amor espiritual, el amor total, que exige todo el
corazón, toda la mente y todas las fuerzas de la persona. Jesús lo amó
con el amor de caridad, no con un cariñito. Es el ágape, que
significa siempre el amor divino hacia el alma. Jesús no da cariñitos a
nadie, ni besitos ni abrazos. Jesús, cuando ama pone en el alma un peso
de amor, un dolor, un sufrimiento, una cruz. Es lo que sintió el joven
rico: la exigencia del amor divino, la cruz del amor divino.
Pero Bergoglio está en su cháchara:
«Durante
la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones,
el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta
energía hay en esta capacidad de amar y ser amado!»: todo
sentimentalismo el de este hombre. No lleva a los jóvenes a la verdad
del amor, a ese amor verdadero, como lo hizo Jesús con el joven rico.
Bergoglio no exige a los jóvenes el desprendimiento de todo lo humano,
sino todo lo contrario: el apego a todo lo humano.
Lo
que emerge en todo hombre es un amor falso que hay que quitar del
corazón a base de penitencias. Un amor que no es energía para amar y ser
amado. Es una fuerza demoníaca que le cierra el corazón al verdadero
amor. ¡Ningún hombre que nace en el pecado original nace con este dese
profundo de un amor verdadero! ¡Esta es la fábula este hombre! ¡Qué bien
la cuenta!
Todo hombre nace en su corazón con un odio profundo a Dios. Eso es el pecado original.
«Yo,
en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan
contracorriente; sí, en esto les pido que se rebelen contra esta
cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que ustedes no son
capaces de asumir responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de
amar verdaderamente. Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido
por ustedes. Atrévanse a ”ir contracorriente”. Y atrévanse también a
ser felices»: este es el lenguaje de un político, pero no
de un director espiritual, de una persona con cura de almas, no de un
Obispo que tienen que velar por la vida de las almas en el mundo.
No
se puede pedir al hombre que sea revolucionario: eso lo piden los
políticos, los hombres del mundo, que apelan a la revolución para
implantar su idea o su obra en el mundo.
No
existe la cultura de lo provisional: existe el pecado en cada hombre.
¿Qué es la cultura de lo provisional? Lo que cada uno piense. Si los
hombres banalizan el sexo, o el matrimonio, lo hacen por su pecado, no
por la cultura, no por el ambiente que viven; no por el mundo que les
rodea. Se pone el mal en la sociedad. Y entonces se habla como los
revolucionarios: rebélense contra esa idea cultural. El alma que no es
capaz de asumir sus responsabilidades no es por una cultura, no es por
ese pensamiento que flota en el ambiente. Es por el pecado de esa alma,
que huye de la ley de Dios, que quiere hacer su vida como le parece,
como le gusta.
Para
Bergoglio, el pecado es un ser social, cultural, pero no una ofensa a
Dios. Por tanto, no lleva al alma al arrepentimiento de su pecado, para
que sea responsable en su vida. Lleva al alma a la revolución de la
mente, de la idea social que impera en esa cultura. Y así se llega a
imponer la cultura del encuentro: la idea de la fraternidad universal.
¡Qué pocos entienden el lenguaje herético de este hombre!
¡Qué pocos ven su descaro!:
«Ustedes,
jóvenes, son expertos exploradores. Si se deciden a descubrir el rico
magisterio de la Iglesia en este campo, verán que el cristianismo no
consiste en una serie de prohibiciones que apagan sus ansias de
felicidad, sino en un proyecto de vida capaz de atraer nuestros
corazones»: esto es hablar con malicia, con perversidad de mente.
Todo
aquel que vaya al Magisterio auténtico de la Iglesia tiene que ver las
prohibiciones, la regla de la fe, los principios de la moral, que tienen que apagar
las ansias de toda felicidad humana, natural, carnal, material,
sentimental, afectiva de los hombres. Y que ponen al alma en el camino
de las bienaventuranzas: en el camino hacia el cielo, que es un camino
de cruz.
Pero Bergoglio predica a los jóvenes: «atrévanse a ser felices». Esto no es la predicación del Evangelio. Esto no es la Palabra de Dios. Esto no es la verdad.
Bergoglio tiene, lo que se llama, la añoranza del Paraíso: «En
los Salmos encontramos el grito de la humanidad que, desde lo hondo de
su alma, clama a Dios: ”¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu
rostro ha huido de nosotros?”».
¡El grito de la humanidad!
La humanidad ha perdido la felicidad original. La humanidad está en angustia: «La
”brújula” interior que los guiaba en la búsqueda de la felicidad pierde
su punto de orientación y la tentación del poder, del tener y el deseo
del placer a toda costa los lleva al abismo de la tristeza y de la
angustia». Es lo que se vive: esa cultura del pesimismo, de la
tristeza, de la angustia… Por eso, se necesita el evangelio de la
alegría, de la felicidad. Hay que ser revolucionarios, hay que ir en
contra de esa angustia. Hay que ser felices, no hay que temer miedo de
ser felices:
«Pero
no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de
cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso: Él es
quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia».
Ya
Dios te purifica. Tú vive feliz. No subas a la Cruz. No renuncies a tus
sueños. No hagas nada por salvar tu alma del pecado. Da pan al que no
lo tiene. Y eso basta para ver a Dios.
«Queridos
jóvenes, para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario
reconocerse pobre con los pobres. Un corazón puro es necesariamente
también un corazón despojado, que sabe abajarse y compartir la vida con
los más necesitados».
Sólo
habla del despojo cuando es necesario soltar el dinero. Esto es siempre
toda la Jerarquía que predica su humanismo. ¡Hay que gente que pasa
hambre: dame tu dinero, despójate de tu dinero. Es la lógica del Reino
de Dios. Eso es tener un corazón puro.
¡Qué fácil es engañar a los católicos! ¡Continuamente lo hace este hombre!
Esto es llevar a las almas a la condenación.
Bergoglio les cuenta a los jóvenes la fábula de cómo se perdió «la espléndida bienaventuranza», que había en el Paraíso, y cómo Jesús vino y «nos descubre nuevos horizontes, impensables hasta entonces». Todo un cuento bellísimo, apto para dar al alma una gran oscuridad en su vida espiritual.
¿Quién es Cristo?
«Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad».
En Cristo, el hombre encuentra su sueño humano, su idea de la vida: sus obras buenas humanas y sus felicidades para lo humano.
Bergoglio ha anulado, completamente, la obra de la Redención.
La
gente va buscando un Cristo a la medida de sus sueños, de sus ideales
humanos, de su mente humana. Por eso, el falso ecumenismo: toda idea de
Cristo vale, no importa que sea budista, protestante, judía, musulmana,
etc.. Es el sueño del hombre lo que cuenta. No es la obra de Cristo en
la Cruz.
Es
muy hábil, Bergoglio, en elegir el lenguaje adecuado para engañar. Él
es un maestro de la oratoria. Se sabe todos los trucos de cómo llegar a
la mente y al afecto de los hombres. Y la gente cae en ese lenguaje
porque ya no piensa la verdad. Vive su vida sin pensar, como un
estúpido, como un idiota de la vida.
«No
se va en carroza al Paraíso. Las almas no se compran con dinero; al
Reino de los Cielos se sube a través del sendero de la oración y del
sufrimiento» (Padre Pío de Pietrelcina).
Bergoglio:
no se lleva a los jóvenes en carroza al Cielo. No se les dice: sean
felices. Hay que subirlos a la Cruz. Hay que hacer que amen la cruz, que
amen al Crucificado, que amen el dolor. Si esto no se hace en una
predicación, entonces se lleva a los jóvenes en carroza al fuego del
infierno.
¡Cuántos jóvenes se van a condenar por este escrito de este infame!

1 Καρδιας: καρα: vértice, superior; δια: entre, en medio. Lo que está en el medio del vértice, de la vida superior. Κοιλιας:
Las entrañas del hombre. Estas dos palabras son sinónimas en los LXX y,
por el influjo del texto hebraico, se emplean indiscriminadamente. En
los LXX, se tiene la palabra entrañas (κοιλιας); y en el códice B del Vaticano gr. 1209, se tiene corazón (καρδιας). Ambas significan la parte interior del hombre. ↑
2
«Ya se llama religión de la relectura frecuente, ya de la elección
iterada de quién fue perdido negligentemente, ya se lo llame por la
religación, la religión lleva propiamente consigo un orden a Dios.
Porque a Él, es a quien debemos ligarnos principalmente como a un
principio indeficiente, al cual se debe dirigir también con asiduidad
nuestra elección como al último fin, a quién también perdimos pecando
negligentemente, y que debemos recuperar creyendo y prestándole fe» (
2,2,q.81 a.1). Por tanto, la religión es el conjunto de verdades,
obligaciones y ritos por los cuales el hombre se liga a Dios, y reconoce
su suprema excelencia y dominio. Comprende, en consecuencia, los actos
del entendimiento y voluntad, y otros, por los cuales el hombre reconoce
esta dependencia de Dios. ↑
3
«Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es
acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra
humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal.
Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el
cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de
satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la
desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la
esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor,
mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de
la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena.
Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte
aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del
alma». (San Juan Clímaco – La santa Escala, n. 140, a.2). ↑
4 «Lo amó» = ηγαπησεν. El verbo αγαπη se usa en contraposición al verbo φιλη. «Como el Padre me amó (= ηγαπησεν), también yo os amé (= ηγαπησαμεν); permaneced en Mi Amor
(= αγαπη)» (Jn 15, 9). El Padre ama a Su Hijo en el Amor del Espíritu,
amor divino = αγαπη. Y, en ese amor, Jesús ama el alma y el alma
permanece en el amor de Jesús, que es un amor en el Espíritu, en la
Verdad que da el Espíritu. «Si me amarais (= αγαπατε), guardaréis Mis Mandamientos»
(Jn 14, 15). Sólo se puede amar a Jesús en el Amor del Espíritu, en al
amor divino. En ese amor, el alma es capaz de guardar los mandamientos
de Dios. Fuera de ese amor, el alma va hacia el pecado. «Quien ama (= φιλω) su vida, la pierde»
(Jn 12, 25): la vida humana, natural, material, carnal, sólo se puede
amar de manera humana, con lazos materiales, carnales, sentimentales. Si
se ama así, se pierde la vida del Espíritu. Quien aborrece su vida
humana, entonces gana la vida del Espíritu. Jesús siempre ama en el
αγαπη, pero nunca en el πιλω. ↑


