LA IGLESA CATOLICA CONDENA PARA SIEMPRE
«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Bergoglio, 15 de febrero del 2015). La
Iglesia está sin pastor, sin cabeza. Una cabeza que no condena para
siempre no es cabeza de la Iglesia, no es la voz de Cristo:
«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41). Esta es la Palabra de Dios que condena para siempre.
Se condena para siempre el pecado, el error, la herejía, el cisma, toda obra en contra de la Voluntad de Dios.
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Hay
un fuego eterno, hay una condenación para siempre. Decir otra cosa es
enmendar la Palabra de Dios. Es llamarle a Jesús: mentiroso.
La
Iglesia, que es el Cuerpo Místico de cristo, condena, como lo hace Su
Cabeza. Pero ya la Iglesia no cree en sí misma, sino en lo que los
hombres dicen.
Hay
que condenar a ISIS. Pero eso no lo puede hacer un hombre que habla así
en la Iglesia. Un hombre que no juzga a nadie no es un hombre de
Iglesia.
La
herejía es condenar el error para siempre. Y, por tanto, se condena al
que acepta una herejía en su mente, para obrarla en su vida. Se condena a
la persona por su herejía.
La herejía es lo contrario a la fe. Quien comete herejía carece de fe divina. Y no pertenece a la Iglesia.
Lo
que una vez fue condenable, ya no lo es. Éste es el sentido de las
palabras de Bergoglio. Frase que esconde un pensamiento perverso. Lo
oculta, porque no se atreve a darlo a conocer abiertamente.
Para Bergoglio no existe ni el infierno ni el purgatorio. Y tampoco existe el alma como ser inmortal.
Si
todos se salvan, entonces ¿cómo explicar lo que hizo Hitler, cómo
explicar las almas de los que han decapitado a esos católicos coptos?
¿Se salvan o se condenan? En el pensamiento de Bergoglio: se aniquilan.
Estos
hombres no pueden entender a un Dios que castiga. Ellos creen que Dios
acepta todo lo que es misericordioso. Y, por eso, todo el mundo se
salva, se va al cielo, por el solo hecho de su buena voluntad:
«difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero» (Ib).
¿Qué pasa con aquellas almas que no piden la misericordia con corazón sincero? ¿Se condenan para siempre? No; porque la Iglesia no
condena para siempre. ¿Entonces, qué ocurre? El alma tiene que
aniquilarse: cuando muere su cuerpo, deja de existir el alma. Pero el
alma también se va al cielo.
«En
la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra
especie se acabe no se apagará la luz de Dios, que en ese momento
invadirá todas las almas y todo será en todos» (Repubblica – Edición Osservatore).
La luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos:
no puede darse ni el infierno ni el purgatorio. Si acaso se dan es sólo
temporal o están vacíos. Como el fuego eterno fue preparado por Dios
para el diablo y sus ángeles, entonces está vacío de hombres. Sólo está
el demonio, si existe como tal.
También
las almas, que se aniquilan, las invadirá la luz de Dios, aunque no
hayan alcanzado la buena voluntad en esta vida. Vuelven a la nada, es
decir, vuelven a la luz de Dios, de la cual fueron creadas. La luz de
Dios no se aniquila.
Para
estos hombres pervertidos en su inteligencia humana, la creación de las
almas, como la del universo, no es de la nada, sino de la esencia de
Dios (es el panteísmo y el panenteísmo). Y, por lo tanto, el alma que se
aniquila vuelve a la esencia de la cual fue creada: Dios. Vuelve a ser
luz de Dios. Por eso, dice Bergoglio: «la luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos».
Por
eso, este hombre no puede fustigar a toda esa basura islámica que ha
hecho esta matanza. No puede juzgar al alma que mata, porque se va a
morir y va a volver a Dios, va a ser Dios.
Tengan en cuenta que Bergoglio pone la luz de Dios – la gracia- en el alma, no en el corazón:
«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón»: una vez que muere el alma, esa luz vuelve a Dios.
La gracia es una cantidad de luz: algo medible, algo finito, algo que puede dejar de ser.
El alma es una cantidad de luz:
cuando el hombre hace su trabajo de amar a los demás, más que a sí
mismo, entonces tiene el cielo. Pero si el hombre no hace ese trabajo,
esa luz de Dios va despareciendo hasta que el alma encuentra la muerte.
Ya no tiene la cantidad de luz y muere Y muere antes que la muerte del
cuerpo. Y esa alma, que se aniquila, no puede condenarse, sino que
vuelve a su origen, Dios. Como la misericordia de Dios es infinita,
entonces esa luz invade esa alma y se reencuentra en el cielo con las
demás almas. La memoria que hizo esa alma no se pierde. Se vuelve a
encontrar, pero de otra manera, más sublime.
Por eso, para Bergoglio no existe el dogma, lo absoluto, lo incondicional.
Todo
es un relativismo. Él está en el relativismo universal de la verdad.
Todo es del color como los hombres se lo inventen con sus pensamientos
humanos. Es el culto a la mente del hombre. Es la perversión de la
verdad: todo se trastoca, todo se reinterpreta, todo tiene el nombre de
humanismo.
No se puede condenar a ISIS porque están haciendo un buen trabajo: el ecumenismo de sangre.
«Recordando
a estos hermanos que han sido muertos por el solo hecho de confesar a
Cristo, pido que nos animemos mutuamente a seguir adelante con este
ecumenismo que nos está alentando, el ecumenismo de la sangre» ( (ver texto) : estamos todos unidos en la sangre. Ecumenismo.
«La
sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita. Sean
católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos. Y
la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo».
La sangre que confiesa a Cristo: vean la clarísima herejía.
Es esa nueva iglesia universal, en la que todos se reúnen, es la que confiesa, con su sangre, a Cristo.
¡Que
ISIS siga matando!: está obrando el ecumenismo de sangre: la nueva
iglesia de los católicos, de los ortodoxos, de los coptos, de los
luteranos, de los cristianos…
¡Qué gran obra la de ISIS! Ninguna condena por parte de este hombre. Sólo su llanto:
«Me permito recurrir a mi lengua materna para expresar un hondo y triste sentimiento»:
deja ya de llorar, Bergoglio, por tus hombres. Deja tu sentimiento a un
lado y vete a un monasterio a llorar tu triste vida. No te necesitamos
en la Iglesia Católica. A un hombre que llora por los hombres no hay
ninguna necesidad de él. Queremos un Papa, como Benedicto XVI, que
fustigue a ISIS.
Los
coptos son católicos, no cristianos. ¿No conoces a tu gente, Bergoglio?
No eres católico. ¡Es normal que no conozca lo que es la Iglesia
Católica! Ya a nadie le sorprende eso. Eres del mundo, y hablas como
habla un político del mundo: instrumentalizando esa matanza para tu idea
política de una iglesia universal, de un ecumenismo de sangre.
Bergoglio es todo del hombre y todo para el hombre.
Por eso, al explicar Bergoglio la ley de Moisés sobre los leprosos, tiene que caer en su idea humana del pecado:
«la
finalidad de esa norma era la de salvar a los sanos, proteger a los
justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro,
tratando sin piedad al contagiado» (15 de octubre 2015).
¡Qué poco ha entendido este hombre lo que es el Antiguo Testamento, es decir, la Palabra de Dios revelada!
No ha leído a Santo Tomás:
«Todos
estos ritos tenían sus causas racionales, según que se ordenaban al
culto de Dios para aquel tiempo; y las tenían figurativas, en cuanto se
ordenaban a figurar a Cristo» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5). Causas racionales y causas figurativas.
Y, por lo tanto, «las purificaciones de la ley antigua se ordenaban a remover los impedimentos del culto divino» (Ib resp. 4): esta es la primera causa racional.
Los
pecados son los impedimentos para dar culto espiritual de Dios. Hay que
apartar del culto exterior a los hombres que tenían ciertas inmundicias
corporales, como la lepra, el flujo de semen o el flujo de sangre en
las mujeres, etc…
«Todas
estas impurezas tenían razón literal y figurativa. La literal, por la
revelación de cuanto pertenece al culto divino, ya porque los hombres no
suelen tocar las cosas preciosas cuando están manchados, ya porque la
dificultad de acercarse a las cosas sagradas hacía a éstas más
venerables…Había otra razón literal: que los hombres, por asco de
algunos enfermos y temor del contagio, por ejemplo de los leprosos,
temiesen acercarse al culto divino» (Ib. resp. 4).
La
finalidad de esta norma era dar culto a Dios en Espíritu y en Verdad.
Los leprosos, por su enfermedad, no pueden tocar lo sagrado, no pueden
estar en un sitio sagrado. Y su enfermedad podía impedir que otros
viniesen a dar culto a Dios. No se les marginaba, sino que se les ponía
en su lugar.
Bergoglio está en su sentimentalismo perdido:
«Imaginad
cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso:
físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo
víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable,
castigado por sus pecados» (15 de octubre 2015).
No
comprende, Bergoglio, que para llegar a ver a Dios hay que pasar una
gran purificación, una gran expiación. Dios exige la purificación del
alma y del cuerpo para su culto divino.
Por
eso, las Misas que se celebran sin esta purificación del alma y del
cuerpo no son agradables a Dios. Hay que ayunar antes de comulgar. El
cuerpo tiene que estar dispuesto para tocar a Dios, para estar en la
presencia de Dios, para recibir la Hostia Santa. Disposición corporal y
espiritual.
Bergoglio
pone el grito en el cielo con esta marginación de los leprosos. No ha
entendido, ni el sentido racional, literal, ni el sentido figurativo de
la ley mosaica1:
«La
razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se
significaban diversos pecados… La impureza de la lepra es la impureza de
la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la
lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad
mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de
lepra en medio de la carne sana…».
En
la lepra, Moisés figuraba la herejía. Cada enfermedad es de acuerdo a
su pecado. La lepra en el cuerpo señala la lepra en la mente: el pecado
de herejía, que aparta al alma del pueblo, de la Iglesia. La excomulga,
hasta que no haya curado de su lepra, de su herejía. El apartamiento era
la expiación de su pecado: era un bien para su alma. Encontraba en ese
castigo la paz para su corazón.
La
impureza que se originaba de la corrupción, ya sea de la mente, ya del
cuerpo, tenía que ser expiada. Había que hacer sacrificios por el
pecado. Por eso, el leproso tenía que irse fuera del poblado: no era por
marginación social, no era por abandono de sus propios familiares, no
era por exclusión de los sanos…Era para expiar el pecado.
Esto
es lo que, hoy día, nadie entiende. Nos parecen las leyes del AT muy
fuertes, muy exigentes, muy radicales. Pero ellos se ponían en la
verdad: en el pecado como ofensa a Dios.
Bergoglio
se pone en la mentira: en el pecado como ofensa a la sociedad.
Entonces, tiene que predicar su vómito comunista, su bien común social.
Estamos en una iglesia con una mentalidad llena de prejuicios. Hay que
revolucionar las conciencias sociales. Hay que mirar la Iglesia de otra
manera.
A la no condenación para siempre de Bergoglio, se opone el Papa Gelasio I2:
«¿Acaso
Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los
venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos
arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque
ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir
nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores
conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo?»
Lo que una vez fue condenado no es lícito desatarlo. Se condenó para siempre.
Lo que una vez fue rechazado como herejía no hay que examinarlo de nuevo como si no fuera herejía. Se rechazó para siempre.
Bergoglio
se empeña en restablecer a todos los herejes, los cismáticos y
apóstatas de la fe. Ponerlos dentro de la Iglesia, cuando tenían que
estar fuera de ella. Es su nueva iglesia mundial.
«¿Acaso
somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida
estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…»:
¿la Iglesia del siglo XXI es más sabia que la de los primeros siglos
Jerusalén para echar por tierra todos los anatemas que se hicieron?
No; no es más sabia. Es más pecadora.
La
Iglesia ha compuesto, durante siglos, la regla de la fe católica contra
todas las herejías. Los Papas y los Concilios comenzaron a explicitar
las verdades de la fe para refutar, condenar y corregir las herejías.
¡La Iglesia condena para siempre!
Hay una regla de fe que todo católico tiene que saber. Son los principios del catolicismo.
Todas
las condenas de la Iglesia, para Bergoglio, no son condenas. Son sólo
formas de hablar que en el tiempo de la condena se hacía. Ahora, en
estos tiempos nuevos, hay que hablar de otra manera, restableciendo al
que una vez se le condenó.
Es su mente pervertida: «la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables»
(15 de octubre 2015). Lo que es incurable en el pensamiento de Dios, es
curable en el lenguaje de los hombres. El hombre ha anulado a Dios.
El
camino que Dios ha puesto para curar el pecado en los hombres, que es
la purificación, la penitencia, la expiación del pecado, ya no sirve
para la nueva y falsa Jerarquía.
Si
el hombre no sigue ese camino divino, es incurable en su pecado. Está
en su vida de pecado. Y quien no quiere salir de esa vida de pecado, no
puede ser curado con fórmulas humanas. Porque todo pecado tiene una raíz
espiritual. Y hay que quitarla para ser curado.
Pero
el problema de toda esta Jerarquía es que ha puesto el pecado en la
raíz humana o social. Ha hecho del pecado una cuestión filosófica o
social.
Por
eso, Bergoglio no es quién para juzgar: no puede condenar a nadie para
siempre. No ha condenado a Isis. No puede. Todo vuelve a Dios. Incluso
aquella alma que ha hecho un gran mal en su vida. Es la aberración que
lleva su pensamiento. Por eso, Bergoglio es un vómito cuando habla.
Las
herejías antiguas –según Bergoglio- son verdaderas ahora, en este
tiempo histórico, para el hombre. No son condenables. Porque todo el
problema está en el pensamiento del hombre, en su filosofía de la vida,
en su visión del mundo y del hombre.
San Pablo le enseña a Bergoglio:
«Al
hombre herético, después de una y segunda corrección, evítalo, sabiendo
que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia
sentencia» (Tit 3, 10).
La Iglesia condena para siempre porque ellos se condenan para siempre por su propia sentencia.
Norma
sabia para todo aquel que quiera discernir la Jerarquía de la Iglesia.
Son los sordos lo que no quieren oír la Verdad y enseñan su mentira, su
corrupción de doctrina, su perversión en su mente y su lenguaje ambiguo
en su boca.
Lo
que sale de la boca de este hombre no es ni sano ni intachable, sino
todo lo contrario. La palabra de Bergoglio mata a las almas: es
enfermedad para la mente y el corazón del hombre. Y, además, está
provista de una espada de doble filo: mete el puñal de la mentira con el
puñal de la palabra melosa, agradable, sentimental, cargada sólo de
humanismo.

1
«La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se
significaban diversos pecados. En efecto, la impureza de los cadáveres
significa la del pecado, que es muerte del alma. La impureza de la lepra
es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es
contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no
lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso
aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana. Por la impureza de
la mujer que padece flujo de sangre, se significa la impureza de la
idolatría, a causa de la sangre de las víctimas. La impureza del varón
por el derrame del semen designa la impureza de la vana parlería, porque
semilla es la palabra de Dios (Lc 8,11). La impureza del coito y de la
mujer parturienta significa la impureza del pecado original. La impureza
de la menstruación es la impureza de la mente muelle por los placeres.
En general, la impureza que proviene del contacto con una cosa impura
significa la impureza del consentimiento en el pecado ajeno, según 2 Cor
5,17: Salid de en medio de ellas y apartaos y no toquéis cosa inmunda»
(Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5 resp.4). ↑
2
« ¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los
venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos
arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque
ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir
nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores
conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo?
¿No es así como nosotros mismos – lo que Dios no quiera y lo que jamás
sufrirá la Iglesia – proponemos a todos los enemigos de la verdad el
ejemplo para que se levanten contra nosotros? ¿Dónde está lo que está
escrito: No traspases los términos de tus padres [Prov. 22, 28] y:
pregunta a tus padres y te lo anunciarán, a tus ancianos y te lo
contarán [Deut. 32, 7]? ¿Por qué, pues, vamos más allá de lo definido
por los mayores o por qué no nos bastan? Si, por ignorarlo, deseamos
saber sobre algún punto, cómo fue mandada cada cosa por los padres
ortodoxos y por los antiguos, ora para evitarla, ora para adaptarla a la
verdad católica; ¿por qué no se aprueba haberse decretado para esos
fines? ¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en
sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue
constituido?…» (PL 59, 31 A – De la Carta Licet inter varias, a Honorio,
obispo de Dalmacia, de 28 de julio de 493).


