La derecha argentina despide a Macri. Por Nicolás Márquez
Desprovistos de un partido político
propio y horrorizados por el interminable gobierno de la dinastía
Kirchner, los sectores de derecha en Argentina en abrumadora mayoría
votaron por Cambiemos en 2015 y también 2017, aunque siempre sufragaron
sin euforia ni convicción: fue un voto “por descarte”.
En efecto, la impresición ideológica de
Mauricio Macri en su anterior rol de Jefe de Gobierno porteño y sus
vaguedades discursivas (signadas por un indefinido optimismo
marketinero), no daban lugar a grandilocuentes esperanzas acerca de la
naturaleza del “cambio” en ciernes.
¿Y quiénes son la derecha en Argentina?
No tiene por objeto la presente nota
analizar tal cosa desde el punto de vista conceptual sino
político-electoral. Y a riesgos de ser arbitrarios, podríamos definir
tres estratos que habitualmente son sindicados de ese modo (ello no
quiere decir que cada segmento piense necesariamente igual a los otros
en todos los asuntos de interés) y ellos son: los conservadores, los
nacionalistas y los liberales.
¿Y cómo se distribuye sectorialmente este trípode?
Probablemente los conservadores sean el
sector cuya preocupación central sea la relativa al rescate de valores
objetivos, la vida de familia y determinadas tradiciones e
instituciones, y por ende aquí incluiríamos con mayor énfasis a los
ambientes religiosos, entre los cuales no sólo incluimos a la Iglesia
Católica sino a las muchas Evangélicas que hay en el país.
En cuanto a los sectores nacionalistas, a
fuer de reduccionismo identificaremos a estos con las Fuerzas Armadas y
afines (ámbito donde el nacionalismo suele tener mayor predicamento).
Este sector no sólo fue víctima del kirchnerismo en el marco de un
destrato nunca antes visto, sino que una preocupación insistente en este
medio fue y es la inherente a la situación de los más de 3 mil
militares que aún se encuentran presos y desprovistos de toda garantía
jurídica, como consecuencia de haber combatido al terrorismo subversivo
en los años 70´.
Y finalmente, tenemos a los sectores
liberales, cuya prioridad en términos de preocupación (al menos en la
Argentina) siempre ha sido la macroeconomía.
La tibia seducción de Macri
Y aunque con los confusos balbuceos que
le son connaturales, Mauricio Macri varias veces procuró guiñarles el
ojo a los tres ambientes detallados más arriba.
A los conservadores les prometió
públicamente respetar “la vida desde la concepción” en el Congreso
Eucarístico dado en junio de 2016. Pero su promesa fue abiertamente
traicionada no sólo tras “habilitar el debate del aborto” en Diputados y
Senadores, sino que lejos de la neutralidad, mandó a su Ministro Adolfo
Rubinstein a disertar en ambas Cámaras en favor del proyecto, no sin
una fuerte presión ejercida por Marcos Peña y un sinfín de medios
adictos al macrismo que batieron el parche para que el aborto legal se
impusiera: objetivo que no pudo alcanzarse no por falta de voluntad en
el Ejecutivo sino por la masiva reacción de los segmentos ProVida en las
calles, cuyo grueso de manifestantes habían sido votantes de Cambiemos:
“prefiero votar en blanco antes que volver a votar a este tipo” era la
queja prevaleciente en las numerosas concurrencias celestes, y fue
justamente el Hashtag #ConElAbortoNoTeVoto
el que trepó manteniéndose varios días en el podio de twitter, lo que
alarmó y obligó al oficialismo a desacelerar la embestida en Senadores.
A
la familia militar por su parte, Macri procuró seducirla con una frase
suya que quedó para la historia y que tampoco cumplió: “voy a terminar
con el ´curro´ de los Derechos Humanos”. No sólo la situación de los
militares presos no fue solucionada sino que hoy Hebe de Bonafini se da
el gusto de disparar sus habituales insultos contra propios y extraños
en el programa televisivo que ella conduce desde la mismísima Televisión
Pública que también pagan los “derechistas” con sus impuestos. Fue
también el propio Macri el que inauguró la costumbre de ir a tirar
flores a la ESMA mientras la otra gran referente de Cambiemos, María
Eugenia Vidal se abrazaba con Estela de Carlotto e imponía una ley que
obliga a los funcionarios bonaerenses a mentir y decir en los discursos
oficiales que “los desaparecidos fueron 30 mil”: a pesar de que la
propia Secretaría de Derechos Humanos ya había oficialmente confirmado
que durante el Proceso de Reorganización Nacional fueron 6400.
Como consecuencia de su formación
empresaria y su consabida participación en el Colegio Cardenal Newman
(datos a los que se le suma el prejuicio estético de ser rubio y de ojos
claros), se suponía que Macri ordenaría su gestión hacia una economía
de mercado. Sospecha a la que se le añadía el extremo de que antes de
ser Presidente, el propio Macri había declarado su predilección
literaria por El Manantial, la novela objetivista de Ayn Rand. Sin
embargo, a poco andar su gobierno el economicismo liberal más auténtico
advirtió mediante reconocidos exponentes suyos (Javier Milei, José Luis
Espert, Alberto Benegas Lynch (h) o Agustín Monteverde) que el
“gradualismo” era un fiasco, que esta gestión era lamentablemente
keynesiana o que en suma, en materia económica estábamos siendo
gobernados por un “kirchnerismo de buenos modales” y por ende, el
programa económico de Cambiemos (suponiendo que exista tal cosa) iba
rumbo al fracaso: no se equivocaron ni una coma.
Y un día la derecha se hartó
“A la derecha no hace falta ni
atenderla: a ella no les queda más remedio que votarnos inexorablemente a
nosotros” fue la sentencia impartida por Durán Barba y cumplida a pie
juntillas por Cambiemos durante casi tres años de gestión. Entonces
Macri, que cuando asumió tuvo que elegir entre ser un Presidente
antipático que gire a la derecha o ser un amable socialdemócrata al
clásico estilo de la UCR, escogió gobernar como estos últimos: y así le
va.
Y un día todo aquello que para
simplificar llamamos “derecha” se hartó. En las últimas semanas
afloraron reuniones a borbotones, los grupos en redes sociales
estallaron y se espera para el 15 de septiembre un masivo encuentro en
Córdoba de profesionales y activistas de la sociedad civil ávidos de
crear estructuras políticas alternativas, muchas de las cuales ya han
comenzado a visibilizarse autónomamente: desde la presentación del
providista “Partido Celeste”, pasando por el purismo rothbardiano del
“Partido Libertario”, hasta la aparición filo-castrense de “Encender”
(Encuentro de Centro Derecha), entre otras varias iniciativas en danza.
¿Y
si van todos juntos? Interesa la pregunta porque en el exterior se
encuentra en auge la “Alt-right”, sincretismo diestro en notable acción y
expansión en toda Europa (Donald Trump en USA o Jair Bolsonaro en
Brasil también son parte de ese masivo fenómeno pero en nuestro
continente), el cual surge como consecuencia del hastío que genera ver a
un centrismo culposo y vergonzante incapaz de disputarle nada esencial
al progresismo gramsciano.
Las multitudes en las marchas celestes,
el aplaudido desfile militar del 2016, la popularidad adquirida por
economistas “ortodoxos” (que antes eran mirados con antipatía por el
ciudadano de a pie) y el buen uso de las redes sociales, le dieron a la
derecha vernácula aquello que en la ciencia política se conoce como
“conciencia de multitud”: se dieron cuenta de que ya no son una secta
marginal y de que es el momento de armar un espacio propio, en vez de
regalarle el voto al “mal menor” o a traidores en estado potencial.
¿Y cuánto representa electoralmente la derecha en Argentina?
Es una pregunta sumamente difícil de
responder. También es cierto que esta nueva derecha no tiene experiencia
política, tampoco goza de tiempo suficiente para armarse
profesionalmente, ni cuenta con un referente nacional conocido. Es un
movimiento ascendente pero relativamente subterráneo, cuya entidad
cuantitativa no se puede precisar. ¿Constituye el 20% del electorado?,
¿el 10%?, ¿el 5%? Imposible saberlo todavía. Pero sí podemos afirmar que
compone el número de votos suficiente como para generarle a Cambiemos
una herida mortal: Macri le ganó a Scioli el ballotage del 2015 por
apenas 2,5 puntos de diferencia. Con lo cual queda claro que al macrismo
(o lo que queda de él), cada sector que se le desprende lo debilita de
manera fulminante.
Decía Santo Tomás que “en política la ingenuidad es pecado”
,
y Macri en esta materia ha demostrado ser un gran pecador. Sino por
convicción al menos por especulación él debió haber atendido a estos
ambientes que hoy lo despiden. Pero desde que asumió gobernó para
quienes no lo votaron (y jamás lo van a votar) y descuidó por completo a
quienes sí lo votaron, pero que no lo piensan volver a votar.
Ecuación infantil de tinte suicida que le genera al alicaído gobierno un éxodo electoral muy pero muy difícil de revertir.
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