viernes, 19 de abril de 2019

El proceso jurídico de Cristo (2): sus protagonistas


El proceso jurídico de Cristo (2): sus protagonistas

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1)      El proceso de Cristo y sus protagonistas
Según los hermanos Lémann y a partir del profundo estudio de la Mishna (código de procedimiento penal judío), en el juicio de Cristo se habrían cometido, al menos, 27 irregularidades o nulidades que invalidarían todo el proceso ante el Sanedrín. Para quien no esté familiarizado con los textos judaicos, la Mishna resulta ser un de tradiciones y jurisprudencia codificadas en el año 200 d.C[1]  por el rabíYehudah Hanasí (más conocido como el maestro Judá). Dicho sabio rabino, movido a compasión por el estado en que su nación había quedado luego de las incursiones de las tropas romanas de Adriano, se determinó a fijar por escrito toda la tradición de su pueblo, llegando a ser, en la dispersión o “diáspora” el código por excelencia, en contraposición a las directivas narradas en el Pentateuco (ley escrita comunicada a Moisés por Dios). Es allí, entre los tratados de la Mishna, donde se contempla la administración de justicia por manos de los “sanedrines”, o concejos supremos de los judíos, los grandes protagonistas en el proceso de Cristo.

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Pero veamos quiénes son los que intervendrán en el juicio contra el Mesías.
El Sanedrín: según narran los hermanos Lemann, el “gran concejo” (como también se lo llamaba), era la alta corte de justicia o el tribunal supremo de los judíos. Etimológicamente el término proviene del griego, sünedrion que significa “asamblea de gente sentada”; el mismo fue establecido en Jerusalén después de la cautividad del Babilonia bajo el modelo del famoso concejo de los setenta ancianos creado por Moisés en el desierto (Deut. 17,8).
Su aparición más notable surge en la época macabea, siendo que algunos hasta señalan su fundación bajo el gobierno de Judas Macabeo y otros bajo el de Jonathan. Sea como fuere su existencia está situada entre 170 y el 106 a.C. La composición en tiempos de Nuestro Señor, según Flavio Josefo y la historia judía, era de 71 miembros distribuidos en tres cámaras que representaban los tres órdenes principales del Estado Judío, cada una de ellas compuestas ordinariamente de 23 miembros más el presidente o Sumo Sacerdote y su vice, donde el primero llevaba el título de “príncipe” (nasi) y el segundo el de “padre” del tribunal (ab bêthelin).
Luego venía la cámara de los sacerdotes: solamente compuestas de personas pertenecientes a la casta sacerdotal y divididos en dos: los “sumos sacerdotes” ex-presidentes y los simples sacerdotes que no habían presidido nunca el Sanedrín. Existían también otras categorías importantes como la de superintendente del Templo que tenía el poder de policía, el encargado sacerdotal del Tesoro y 3 tesoreros. En la época del proto-cristianismo se pueden identificar, a partir de la lectura del Nuevo Testamento, los siguientes personajes históricos: Caifás, Anás (presidente y vice, respectivamente) y sus 5 hijos (quienes le sucedieron ininterrumpidamente: Eleazar, Jonatás, Teófilo, Matías y Ananías, este último depuesto por Albino por haber hecho apedrear arbitrariamente a San Pablo); otros ex-sumos sacerdotes eran Joazar, Eleazar, Josué Ben Sie, Ismael ben Phabi, Simon ben Camite; simples sacerdotes: Sceva, Simon Canthero, Juan, Alejandro, Ananías ben Nebedai y Helkias el probable tesorero del que Judas recibió las 30 monedas.
Se encontraba también en el Sanedrín la Cámara de los escribas o doctores: la misma contenía a los levitas y a los legos particularmente versados en el conocimiento de la ley. Formaban el cuerpo letrado de la nación y eran escogidos indistintamente entre los doctores de la ley, o más conocidos como los “doctores de Israel” (o “sabios”) por la veneración y aprecio que se les guardaba. Algunos de ellos eran Nicodemo, Gamaliel, su hijo Simeón y sus discípulos Onkelos, Jonatás ben Uziel, Samuel Hakkaton, Rabí Zadok, etc.
La Cámara de los ancianos, se hallaba compuesta por los personajes más considerados de la nación, siendo propietarios de grandes haciendas y tiendas, aunque se tratase del grupo menos influyente de los tres. Pertenecían a ella en la época de Jesús: José de Arimatea, Ben Calba, Scheboua, Simón y Doras, entre otros.
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La distribución de los 23 no se observaba rigurosamente y más de una vez, especialmente en el momento del juicio a Cristo, la cámara de los sacerdotes formó por sí sola una mayoría en el Sinedrio. La razón de esta influencia la ha dado Abarbanel, uno de los más célebres rabinos de la Sinagoga, “los sacerdotes y escribas, dominaban naturalmente en el Sanedrín, porque no habiendo recibido como los otros Israelitas, bienes raíces que cultivar y aumentar contaban con más tiempo para consagrarse al estudio de la ley y de la justicia; por esto se encontraban más aptos para pronunciar sentencias”. Esta observación está confirmada por el Evangelio, que, en varios lugares, deja suponer que la cámara de los sacerdotes, superaba a la de los escribas y ancianos por el número y por su influencia.
Como es de suponer, también existían internas entre ellos.
1) Fariseos: formaban parte de un partido político-religioso que se mantenía en la más estricta observancia de la ley. Con gran influencia sobre el pueblo de clase media, desempeñaban un importante papel en el Sanedrín como grandes conocedores de la teología y del derecho. La mayoría de los escribas (segunda cámara) integraban el partido fariseo, siendo indispensables por su conocimiento legal. Eran los abogados de la pequeña burguesía y defendían, como sucede a menudo, al mejor postor.
San Juan nos dice que muchos hombres del Sanedrín creían en Jesús, pero no se atrevían a manifestarlo por causa de los fariseos, para no ser excomulgados, como el caso de Nicodemo, sanedrita muy prestigioso y escriba al mismo tiempo que hasta se animó a enfrentar a sus cofrades: ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre antes de oírle y sin averiguar lo que hizo?, pero ellos le respondieron: “¿También tú eres galileo? Investiga y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno” (Jn. 7, 50).
2) Saduceos: Constituían la mayoría del Sanedrín. Era el partido de la nobleza sacerdotal y laical, conservador en religión y amigo de los romanos en política; también en sus filas contaban con escribas. El historiador judío Flavio Josefo resume así su doctrina: “enseñaban que el alma muere con el cuerpo”; tampoco creían en la resurrección (basta con recordar las famosas preguntas a Cristo sobre el matrimonio[2]). Eran, por decirlo así, los “materialistas” o epicúreos de la época, para quienes el destino del hombre no consistía más que en el goce de los bienes terrenales[3]. Entre ellos estaban Anás y Caifás.
La reunión del Sanedrín en su conjunto, más allá de las internas, se utilizaba para diversos casos estrictamente reglamentados por la ley judía y, por lo general, para cuestiones realmente graves. Así dirá la Mishna: “La sentencia de los 71 es invocada cuando el negocio concierne a toda una tribu, a un falso profeta o al gran sacerdote; cuando se trata de saber si debe hacer guerra; si importa agrandar Jerusalén… o hacer cambios sustanciales…”. Sus atribuciones eran muy extensas y constituía una asamblea verdaderamente soberana y, a pesar de las grandes divisiones existentes, el Sanedrín se unirá en el proceso de Cristo para una causa común.
Fue la gran popularidad del Mesías de Galilea lo que llevó, en apenas el primer año de la predicación, a alimentar un gran resentimiento contra Jesús; era, para decirlo de una vez, una envidia que llegó incluso a cegar a la Sinagoga por el influjo de Cristo sobre las masas (Mc 11,18; Jn 4,1; 7,32 y ss.). El Sanedrín temía, al mismo tiempo, que los romanos tomasen el movimiento mesiánico como una excusa para acabar con el último resto de independencia judía representado por ellos mismos (Jn 11,48); especialmente el rencor contra Jesús era por su lucha contra los abusos en el Templo y su condena a las ricas ganancias que de allí se extraían (no olvidar los negocios instalados para las festividades en el mismo templo que el mismo Cristo se ocupa de desbaratar al menos dos veces (Mt, 21,12-17; Mc 11, 15-18; Lc 19,45; Jn 2,13-25. En aquella época, era el ex – sumo sacerdote, Anás, quien manejaba el negocio de las ofrendas para el sacrificio prostituyendo así la religión, como tanto lo denunció Jesucristo.
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Así explicaba el Padre Castellani, ese “sistema” farisaico que se había impuesto entonces y contra el cual Cristo luchó:
“La lucha contra el fariseísmo, ese ‘pecado contra el Espíritu Santo’ que le impedía su manifestación mesiánica y hería terriblemente su amor a los hombres y a los pobres y a los débiles… sin contar su amor al Padre – y a la Verdad. Ésa es la clave de su carácter, quizá la principal, la que engloba todos los rasgos de su espléndida personalidad humana (…). En efecto, ésa es la esencia del fariseísmo (…): Crueldad, soberbia religiosa y resistencia a la Fe. Pero Cristo desde la cruz pudiera responderles: “Creed en Mí y bajare de la cruz”. En efecto, cuando los judíos crean en Él, y los gentiles hayan caído en el pecado de muerte, bajará Cristo de su larga Cruz, que es toda la historia de la Iglesia. El fariseísmo viene a ser como… los fariseos son “religiosos profesionales”…como el profesionalismo de la religión  (…) es solamente el primer grado del fariseísmo en todo caso (…). El  segundo: la religión se vuelve instrumento profesión (…). El tercero: la religión se vuelve instrumento de ganancia, de honores, poder o dinero”[4].
Será las denuncias sistemáticas de Nuestro Señor que, lo que lo convertirán en un personaje políticamente incorrecto.
2)      Las reuniones contra Cristo
La actitud de Cristo contra el Sanedrín, sumado a su popularidad y, principalmente, a su proclamación como el Mesías de Israel e Hijo de Dios, son lo que definirán su arresto en la noche del 13 y 14 de marzo del año 782 de la época romana (jueves y viernes santos); todo había sido cuidadosamente premeditado en secreto pues al menos tres veces –según narran los evangelistas– se había decretado su encierro:
a. La primera reunión: entre el 28 y 30 de septiembre (Tirsi) del año de Roma 781, o 33 de la era cristiana. Jesús había sido denunciado como “falso profeta” preparándose así los ánimos para su condenación. En efecto, en el Evangelio de San Juan, se lee: “El último día de la fiesta de los Tabernáculos (28 de septiembre), que es el más solemne, Jesucristo enseñaba a la multitud. Entre esta, unos decían: ‘Este es verdaderamente profeta’; otros decían: ‘Ese es el Cristo’… Los fariseos, habiendo oído a la multitud hablar así acerca de él, enviaron ministros para prenderle. Pero ninguno puso la mano sobre él. Los ministros volvieron a los pontífices y los fariseos, quienes les dijeron: ‘¿por qué no le habéis traído?’ Los ministros respondieron:‘Jamás habló hombre como este hombre. Pero los fariseos les replicaron: ‘¿Habéis sido seducidos vosotros también? ¿Hay alguno de los jefes del pueblo o de los fariseos que haya creído en él?’ Pero estas gentes que no conocen la Ley son malditas. Entonces Nicodemo (aquel que vino a Jesús en la noche y que era uno de ellos), les dijo:‘¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin que antes se le haya oído, y sabido qué ha hecho de ellos?’Ellos le respondieron: ¿Eres tú también Galileo?”[5]. A consecuencia de la emoción de la multitud, del testimonio de los ministros (o policía secreta) y de la interpelación de Nicodemo, los fariseos, espantados de los progresos que hacía la predicación de Jesús, provocaron una primera reunión del Sanedrín. El apóstol San Juan (Jn 9,22) quien refiere el envío de los ministros para apoderarse de Él, añade a propósito del ciego de nacimiento curado milagrosamente dos días después del a fiesta de los Tabernáculos: “Sus padres temían a los judíos; porque los judíos habían decretado ya que si alguno confesaba que Jesús era el Cristo, fuese arrojado de la Sinagoga”. Luego, había sido lanzado un decreto de excomunión. Este “decreto de excomunión” (lanzado del 28 al 30 de ese mes), sólo podía hacerse en reunión solemne del Sanedrín como vimos más arriba[6].
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b. La segunda reunión: Febrero del 782 (año 34 de Jesús), cerca de cuatro meses y medio después de la primera. Dicha asamblea fue ocasionada, ni más ni menos, que por la asombrosa resurrección de Lázaro. Fue Caifás quien propuso directamente la pena de muerte, ratificada por unanimidad: “Algunos de los judíos fueron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. En tal virtud, los pontífices y los fariseos reunieron el concejo y decían: ‘¿Qué hacer? Este hombre hace muchos milagros. Si le dejamos continuar, todos creerán en él, y vendrán los romanos y se apoderarán de nuestro país y de sus habitantes. Pero uno de ellos, nombrado Caifás, que era el príncipe de los sacerdotes aquel año, les dijo:‘Vosotros no sabéis nada, y no consideráis que vale más que uno solo hombre muera por todo el pueblo, y no que toda la nación perezca. Así es que desde aquel día resolvieron hacerle morir.Por esto Jesús ya no se presentaba en público entre los judíos; mas se fue de allí, a un país vecino del desierto, en una villa nombrada Ephrem, y allí estaba con sus discípulos… Los pontífices y los fariseos habían ordenado que, si alguno sabía donde estaba, lo declarase, a fin de aprehenderle” (Jn 11, 43-56). Así pues, este segundo concejo se decidió a dar muerte a Jesús, por resolución del gran sacerdote: “Vale más que uno solo hombre muera”.
Dicha sentencia, retengámoslo, fue pronunciada sin citar al condenado, sin oírle, sin acusadores ni testigos, etc, por la sola razón de detener el curso de sus milagros e impedir que el pueblo creyese en él. Y todo el concejo ratificó servilmente este fallo; nadie lo impugnó, al contrario: “desde aquel día resolvieron hacerle morir”.
c. La tercera reunión: 12 de marzo del 782, a 20 o 25 días después de la anterior, es el miércoles de la última semana de Jesús, o sea, dos días antes de la Pasión. El arresto y suplicio serán fijados aquí para efectuarlos en el primer momento favorable. “Se aproximaba la fiesta de los ázimos, llamada Pascua. Y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo podrían hacer morir a Jesús. Entonces los príncipes y los ancianos del pueblo se reunieron en la sala del gran sacerdote, que se llamaba Caifás, y tuvieron concejo para saber cómo se apoderarían con cautela de Jesús, y le harían morir. Y decían: ‘Es necesario que no sea durante la fiesta, no sea que le levante algún tumulto en el pueblo’” (Lc 22, 1,3; Mt 26, 3). Se trata entonces, no de la deliberación acerca de si se lo apresa o asesina, sino del momento prudente para hacerle morir.

[1] La Mishna comprende 63 tratados contenidos en los 6 títulos siguientes: Orden de las shaietes, de las fiestas, de las mujeres, de los daños, de las cosas santas, de las purificaciones. El Tratado de los Sanedrines (es el cuarto de los daños). Sin duda no son auténticas todas las tradiciones judiciales allí consignadas por los rabinos, deseosos de hacer valer la equidad del Sanedrín, pero un número considerable de ellas son verdaderas y datan de la antigua Sinagoga. Para distinguir las verdaderas reglas judiciales de las falsas, los hermanos Lemann dan la siguiente regla: siempre que se encuentra en la Mishna una ley judicial que ha sido violada en el proceso de Jesús, se puede afirmar que es de la antigua Sinagoga, es decir, que no ha sido alterada por los rabinos. Según los mismos hermanos, los rabinos se esforzaron para modificar en la legislación hebrea todo lo que, a los ojos de la posteridad, podía acriminar la conducta del Sanedrín, respecto a Jesucristo.

[2] Mt 22,23.

[3] Cuando a San Pablo le tocó comparecer al Sanedrín conocía las divisiones doctrinales internas entre saduceos y fariseos y les dijo: “Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseo; se me quiere condenar a causa de la esperanza de una vida futura y de la resurrección de los muertos” (Hechos 23, 6-10). Apenas el apóstol dijo estas palabras comenzó una discusión tal que San Pablo aprovechó para retirarse en silencio.

[4] Leonardo Castellani, Psicología Humana, Jauja, Mendoza, 1977, 296.

[5] Jn 7, 37-54.

[6] La sinagoga distinguía tres grados de excomunión o de anatema: la separación (niddui); la execración (cherem); la muerte (schammata). El primer grado o separación condenaba, al que se le imponía, a vivir aislado durante treinta días: podía frecuentar el templo, pero en un sitio aparte. Tampoco estaba reservado exclusivamente al Sanedrín, podía ser formulado en toda ciudad por los sacerdotes encargados de residir allí como jueces. El segundo grado o execración, traía consigo una separación completa de la sociedad judaica; aquel al que se le imponía era excluido del templo y entregado al demonio y solo el sanedrín, residente en Jerusalén, podía pronunciar este anatema. Lo pronunció en efecto, en  esta primera reunión, contra todo el que osara confesar que Jesucristo era el Mesías. El tercer grado o la muerte, era el más formidable de los tres; se reservaba ordinariamente para los falsos profetas. Este anatema entregaba, a aquel sobre quien caía, a la muerte del alma, y era lo más frecuente, a la del cuerpo. El sanedrín entero pronunciaba solemnemente y en medio de las más horribles maldiciones la sentencia; si por alguna razón atenuante no se entregaba al excomulgado el último suplicio (la lapidación), siempre, después de su muerte, se chocaba una piedra sobre su sepulcro, para significar que había merecido ser apedreado, y nadie podía acompañar el cuerpo del difunto, o llevar luto por él.