miércoles, 11 de septiembre de 2013

COMO MEDIR EL PESO DEL ESTADO EN EL BOLSILLO DEL CONTRIBUYENTE

Cómo medir el peso del Estado
en el bolsillo del contribuyente

Antes los monar­cas mata­ban a la gente con impues­tos para finan­ciar sus gue­rras de con­quis­tas terri­to­ria­les. Ahora matan a la gente con impues­tos para ganar sus bata­llas electorales
En gene­ral se suele tomar la carga tri­bu­ta­ria sobre el PBI para deter­mi­nar la pre­sión fis­cal que sopor­tan los con­tri­bu­yen­tes de un país. Es una forma de ver las cosas. Mi impre­sión es que se puede ver de otra manera la pre­sión tri­bu­ta­ria que con­siste en cal­cu­lar el gasto público con­so­li­dado (nación + pro­vin­cias + muni­ci­pios) sobre el PBI. ¿Por qué? Por­que nada es gra­tis en eco­no­mía y lo rele­vante es cuánto se gasta, luego el Estado optará por dife­ren­tes for­mas de financiamiento.
El gasto público con­so­li­dado en Argen­tina ha lle­gado a nive­les récord en la era kir­ch­ne­rista, repre­sen­tando casi el 50% de PBI, aún con las dudas que caben sobre el ver­da­dero PBI. Si el PBI está sobre­di­men­sio­nado en su cálculo, por defi­ni­ción el gasto sobre el PBI esta­ría superando amplia­mente el 50%, ya que si el PBI fuera menor el por­cen­taje aumentaría.
Ahora, ¿por qué tomar el gasto público con­so­li­dado? Por­que del bol­si­llo del con­tri­bu­yente sale el dinero para finan­ciar los tres nive­les de gobierno. No interesa si unos se deno­mi­nan impues­tos y otras tasas, lo con­creto es que el Estado le quita de su bol­si­llo al  con­tri­bu­yente el dinero para sos­te­ner los tres nive­les de gobierno.
Lo nor­mal es que ese dinero salga de los impues­tos que paga el con­tri­bu­yente si no hay défi­cit fis­cal. En el caso argen­tino hay défi­cit fis­cal lo cual implica que aún con la feroz carga tri­bu­ta­ria que tene­mos los recur­sos tri­bu­ta­rios no alcanzan.
Como el gobierno tiene cerrado el acceso al mer­cado de capi­ta­les del exte­rior, en con­se­cuen­cia el gasto hay que finan­ciarlo con otros recur­sos ade­más de los impues­tos y tasas. Uno de ellos es el impuesto infla­cio­na­rio, impuesto no legis­lado que afecta al con­junto de la pobla­ción, pero par­ti­cu­lar­mente a aque­llos sec­to­res de ingre­sos bajos cuya riqueza son sola­mente los pesos que reci­ben como suel­dos. Los sec­to­res de meno­res ingre­sos, en gene­ral, no tie­nen capa­ci­dad para bus­car refu­gio con­tra la infla­ción, así que pagan ple­na­mente el impuesto inflacionario.
El otro meca­nismo es el de con­su­mir el stock de capi­tal, los aho­rros de la gente en las AFJP y la infra­es­truc­tura del país (puer­tos, sis­tema ener­gé­tico, cami­nos, etc.). En este caso la gente no paga direc­ta­mente el costo del gasto público sino que lo paga en forma de menor cali­dad de ser­vi­cio. Es decir, aún con tari­fas de trans­porte público bara­tas, son caras por la cali­dad de los mis­mos. El ejem­plo más dra­má­tico es el de los tre­nes, pero ojo que el Estado de las rutas es tan dra­má­tico como el de los tre­nes por las muer­tes que se pro­du­cen a raíz de tener rutas que no están pre­pa­ra­das para sopor­tar el cau­dal y el tamaño de los camio­nes que cir­cu­lan trans­por­tando cose­chas y mer­ca­de­rías que debe­rían ser trans­por­ta­das por tren.
Como puede verse, sea con impues­tos, impuesto infla­cio­na­rio y dete­rioro de la infra­es­truc­tura de la eco­no­mía, el gasto público se paga pla­na­mente. Bajo dife­ren­tes for­mas, es el con­tri­bu­yente el que soporta el peso del gasto público. Por eso, mi visión es que cal­cu­lar la carga tri­bu­ta­ria que soporta el con­tri­bu­yente sumando los impues­tos y las tasas no es del todo correcta. Esa es una parte del ingreso que le entrega el con­tri­bu­yente al Estado, pero tam­bién paga con jubi­la­cio­nes futu­ras mise­ra­bles (le qui­tan el aho­rro para cuando lle­gue el momento de su retiro), via­jando en con­di­cio­nes infra­hu­ma­nas e inse­gu­ras o tran­si­tando rutas que son tram­pas mortales.
Pero queda otro punto a con­si­de­rar que es la cali­dad del gasto público. Si la carga tri­bu­ta­ria llega a nive­les tan altos y encima el Estado no presta ser­vi­cios bási­cos, enton­ces la pre­sión impo­si­tiva tiende a infi­nito. Se pagan impues­tos altí­si­mos, pero al mismo tiempo la gente tiene que con­tra­tar medi­cina pri­vada, segu­ri­dad pri­vada, cole­gios pri­va­dos y otros gas­tos que debe­rían salir del costo impo­si­tivo. La gran incon­sis­ten­cia actual es tener una carga tri­bu­ta­ria ele­va­dí­sima con una cali­dad de gasto público paupérrimo.
Final­mente, que el Estado pueda apli­carle a una carga tri­bu­ta­ria alta sin irse del otro lado de la curva de Laf­fer no sig­ni­fica que sea reco­men­da­ble hacerlo. Puesto de otra manera, supon­ga­mos que hasta un 50% de pre­sión impo­si­tiva el Estado no pierde recau­da­ción, pero si aplica una pre­sión del 60% empieza a recau­dar menos por­que la gente no tiene estí­mu­los para pro­du­cir y tra­ba­jar o bien opta por evadir.
Que el 50% de pre­sión tri­bu­ta­ria sea el punto de infle­xión a par­tir del cual la gente deja de pagar impues­tos, de tra­ba­jar o empieza a asu­mir el riesgo de eva­dir, no quiere decir que la misma tenga que nece­sa­ria­mente lle­gar hasta ese nivel.
Lo fun­da­men­tal es que el Estado cum­pla la fun­ción para la que fue creado: defen­der el dere­cho a la vida, la liber­tad y la pro­pie­dad de per­so­nas. El costo de esa fun­ción es la carga tri­bu­ta­ria que debe apli­carse. Todo lo que exceda esas fun­cio­nes no son pro­pias del Estado y da para el debate cuál es el límite.
El pro­blema es que cuando se tras­pasa ese límite por­que no se lo res­peta, se lle­gan a situa­cio­nes de pre­sio­nes impo­si­ti­vas tan altas como las que tene­mos en el país. En ese punto los gobier­nos empie­zan a cas­ti­gar tanto al con­tri­bu­yente que, pier­den el apoyo de la gente.
Es la his­to­ria de las rebe­lio­nes fis­ca­les. Antes los monar­cas mata­ban a la gente con impues­tos para finan­ciar sus gue­rras de con­quis­tas terri­to­ria­les. Ahora matan a la gente con impues­tos para ganar sus bata­llas elec­to­ra­les, pero tanta carga impo­si­tiva les puede hacer per­der las elec­cio­nes, de la misma forma que el rey Juan sin Tie­rra se fue de pista con su carga impo­si­tiva y tuvo que clau­di­car fir­mando la famosa Carta Magna.
Hoy el gobierno, sin saberlo, está como el rey Juan sin Tie­rra, enfren­tando una rebe­lión fis­cal por la enorme carga tri­bu­ta­ria. Claro que esa rebe­lión no es tan cruenta, pero el mal­hu­mor por la infla­ción y los impues­tos se tra­du­cen, entre otras cosas, en las urnas.
Autor: Roberto Cachanosky