Si la solidaridad es una palabrota, el mercado debe ser muy malhablado
“Para la economía y los mercados la solidaridad es casi una palabrota”. Esto lo dijo el Papa Francisco anteayer,
en un evento en el que mostró su apoyo a las cooperativas como modelo
de gestión empresarial. No es mi intención discutir esto último, ya que
tampoco es misión de la Iglesia proponer un determinado modelo de
gestión empresarial.* Sí que me pasma que el Papa valore la economía y los mercados de forma tan simple e indiscriminada.
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El error de personificar la economía
Si nos atenemos a la RAE, la economía es la “ciencia que estudia
los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas
materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Es también el “conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una colectividad o un individuo”. Atribuir
a la economía un trato despectivo a la solidaridad es una
generalización tan injusta como lo sería afirmar que para la medicina la
vida es una palabrota (por el mero hecho de que algunos mal llamados médicos hacen su trabajo de forma negligente, incluso practicando abortos), que para la agricultura los bosques son una palabrota (por el mero hecho de que hay agricultores que destruyen masas forestales para ganar terreno cultivable) o que para la filosofía la verdad es una palabrota
(por el mero hecho de que hay filósofos que sostienen tesis
relativistas). El Papa es una persona culta, y no le imagino lanzando
afirmaciones tan simples sobre materias como las citadas. ¿Por qué sí se permite esa ligereza al hablar sobre la economía?
El error de personificar el mercado
En cuanto al mercado, se trata del ámbito en el que se desarrollan
las relaciones comerciales no sólo entre las empresas, sino también
entre éstas y las personas. Me choca que el Papa atribuya una
personalidad a un instrumento de la economía, y que incluso lo culpe de
despreciar la solidaridad. No me imagino al Papa, por ejemplo,
acusando a la fabricación de automóviles de tratar la seguridad vial
como una palabrota, o acusando a la aeronáutica de maltratar el paso de
aves por determinadas zonas concurridas por el tráfico aéreo. Pero es
que además se da la circunstancia de que los mercados son
ámbitos en los que se generan riqueza y puestos de trabajo, y en los que
la sociedad encuentra vías directas hacia la prosperidad y el bienestar.
A menudo desde ciertos ámbitos se invoca la justicia social frente a la
caridad como solución a la pobreza, pero hay que señalar que la vía más
eficaz para acabar con ésta es, precisamente, la generación de riqueza
gracias a la iniciativa privada en el terreno de la empresa.
Lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre el beneficio
En su intervención de anteayer Francisco señaló también que la Doctrina Social de la Iglesia “no tolera que los beneficios sean de quien produce y la cuestión social se deje al Estado y a las acciones de asistencia y voluntariado.” Sin embargo, a propósito del beneficio el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia afirma (340): “La doctrina social reconoce la justa función del beneficio, como primer indicador del buen funcionamiento de la empresa“, y añade:
“Es indispensable que, dentro de la empresa, la legítima búsqueda del beneficio se armonice con la irrenunciable tutela de la dignidad de las personas que a título diverso trabajan en la misma. Estas dos exigencias no se oponen en absoluto, ya que, por una parte, no sería realista pensar que el futuro de la empresa esté asegurado sin la producción de bienes y servicios y sin conseguir beneficios que sean el fruto de la actividad económica desarrollada; por otra parte, permitiendo el crecimiento de la persona que trabaja, se favorece una mayor productividad y eficacia del trabajo mismo.”
Lo que dice el Compendio es mucho más ponderado y más apegado a la
realidad que los trazos gruesos con los que el Papa despachó anteayer la
relación entre solidaridad, economía y mercados. Pero ya que lo
mencionó, creo oportuno recordar que lo que el Estado -que no
genera riqueza- llama “solidaridad” consiste en quitar recursos a los
que producen la riqueza, tanto trabajadores como empresas. Eso
que el Estado les quita de forma coactiva y también las donaciones que
reciben de forma voluntaria las ONGs procede, precisamente, de la
actividad desarrollada por esas empresas y por quienes trabajan en
ellas, es decir, que sin actividad comercial, sin esos mercados y
sin la riqueza que se genera en ellos, la solidaridad no podría
traducirse en recursos económicos para ayudar a los necesitados.
De hecho, no existiría el mejor y más eficaz recurso que existe para
ayudarles: ofrecerles un trabajo para que se desarrollen como personas y
no se instalen en una perniciosa dependencia del Estado o de esas ONGs.
¿Estado y ONGs buenos, empresarios malos?
Ciertamente, la función social y solidaria de los mercados es la menos intuitiva:
salvo cuando los empresarios hacen donaciones significativas y las
anuncian a los medios, rara vez la opinión pública reconoce a las
empresas su tremenda aportación al bien común, porque se dan por
supuestos los mecanismos mediante los que la iniciativa privada crea
riqueza y trabajo; mucha gente ni siquiera se para a tener en cuenta el riesgo que supone para alguien invertir su dinero en una empresa.
A fin de cuentas, a diferencia del Estado y de las ONGs, que no dejan
de recordarnos la labor social que hacen, son pocas las empresas que se
pueden pagar campañas para difundir sus donaciones solidarias, e incluso
las que lo hacen son a menudo acusadas de hacerse publicidad con fines
lucrativos. Así, a diferencia de la visión positiva que tienen muchos ciudadanos de los servicios asistenciales del Estado
-financiados con el dinero obtenido vía impuestos de la sustracción
coactiva de los recursos que generan los productores de riqueza- y de los voluntarios de ONGs
-cuya labor sería muy complicada sin las ayudas estatales (cuya
procedencia acabo de citar) y sin las donaciones privadas aportadas
voluntariamente por quienes producen la riqueza-, los empresarios incluso son mal vistos, sufriendo el tópico de tacaños que sólo miran por su interés,
y olvidando que sin los recursos que arriesgan para dotar de capital y
de medios de producción a las empresas, ni el Estado ni las ONGs
tendrían medios para poder dedicarlos a actividades solidarias. Así
pues, si fuese cierto que en “el mercado” la solidaridad suena a
palabrota, desde luego sería un ámbito muy malhablado, pues sin él no
hay quien sustente económicamente la solidaridad.
Los emprendedores necesitan apoyo, no generalizaciones injustas
Por supuesto, hay buenos y malos empresarios, igual que hay buenos y
malos políticos, y también ONGs que emplean bien sus recursos y otras
que no. Unos y otros están necesitados de la orientación moral de la
Iglesia Católica, una orientación que no puede traducirse en ligerezas
oratorias que la tomen indiscriminadamente con todo el ámbito en el que
se genera la riqueza en nuestra sociedad. De la crisis en la que
estamos inmersos no vamos a salir sin dar apoyo a los emprendedores, y
eso implica empezar a valorar como es debido lo que aportan a la
sociedad. Como católico y emprendedor que soy, de un líder
espiritual como el Papa espero esfuerzos en ese sentido, y no críticas
injustas que generalicen alegremente sobre la economía y los mercados en
un tono que no es propio de alguien tan culto como Francisco.
—
* Las cooperativas no son siquiera el único modelo que figura en la Doctrina Social de la Iglesia: “Un
ejemplo muy importante y significativo en la dirección indicada procede
de la actividad de las empresas cooperativas, de la pequeña y mediana
empresa, de las empresas artesanales y de las agrícolas de dimensiones
familiares. La doctrina social ha subrayado la contribución que estas
empresas ofrecen a la valoración del trabajo, al crecimiento del sentido
de responsabilidad personal y social, a la vida democrática, a los
valores humanos útiles para el progreso del mercado y de la sociedad.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 339).
