LA COMUNION EN LA MANO:
CULTO A SATANAS EN LA IGLESIA
«Un
alma me contó de un cardenal alemán que estuvo bastante cerca de
nosotros, aquí. El alemán y el italiano deben permanecer en el
purgatorio hasta el día en que se prohíba recibir la Comunión en la
mano, y el norteamericano deberá permanecer en el purgatorio hasta el
día en que la Comunión en la mano se prohíba en todos los Estados Unidos
y se reinstaure la Comunión en la lengua. Pasado un tiempo, pregunté de
nuevo cuáles eran sus nombres pero tampoco recibí ninguna respuesta.
Con respecto al cardenal alemán, me contó el padre Matt que en el lecho
de su muerte expresó que había cometido un gran error al promover la
Comunión en la mano. Como siempre ocurre, nunca se publica esta clase de
hechos, y por lo tanto se produjo el daño» (Pag. 30 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).
Entre
los católicos hay mucha ignorancia y confusión sobre su fe. Y esto
procede sólo de una cosa: no se cumple con los mandamientos de la ley de
Dios.
Todo
está en lo que Dios revela al hombre. En esa Verdad Revelada, el hombre
conoce lo que tiene que hacer en su vida para poder salvarse y
santificarse.
El
primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que hay que amar a Dios
sobre todas las cosas. Y aquí viene el problema: ¿qué es amar? ¿qué es
el amor? ¿un sentimiento humano? ¿cumplir una ley canónica? ¿obrar una
serie de ritos y disposiciones litúrgicas?
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt. 22, 38). Este primer mandamiento integra los tres primeros mandamientos de la ley de Dios (del 1 al 3).
«El segundo mandamiento a éste es: Amarás al prójimo como a ti mismo»
(v. 39). En este segundo, están los demás mandamientos (del 4 al 10).
«De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40).
La
ley de la Gracia, dada por Jesucristo, lleva a la perfección la ley
divina, dada por Moisés y los Profetas. Perfección que sólo es posible
alcanzar dentro de la Iglesia Católica. Fuera, no tienen la ley de la
Gracia. Poseen los mandamientos de la ley de Dios y los diversos
profetas de nuestro tiempo, que son ya inservibles para dar a conocer la
Verdad que viene de Dios. Porque sólo la Verdad están dentro de la
Iglesia que Jesús ha fundado.
Las
almas, hoy día en la Iglesia, no viven en la ley de la Gracia y, por
tanto, no pueden cumplir estos dos preceptos a la perfección. Y ni se
salvan ni pueden llegar a la santidad de la vida. Están sin Gracia, en
estado de pecado, y por tanto, vuelven a lo de antes, a como los hombres
vivían en el tiempo de Moisés y los Profetas. Pero con un agravante:
conocen lo que es la Gracia, pero la desprecian para estar en su vida de
pecado. Y eso les hace convertirse, no sólo en católicos tibios, sino
en auténticos fariseos, hipócritas, legistas; es decir, en católicos
pervertidos en sus mentes. Están en la Iglesia para cumplir leyes: sale
una ley que dice que se puede comulgar en la mano y, como no viven en
Gracia, no son fieles a la Gracia, no pueden discernir la mentira de esa
ley, el pecado que esa ley promulga, y cumplen la ley y juzgan a
aquellos que no la cumplen. Y es más, defienden esa ley a capa y espada,
porque lo dice la Iglesia, lo manda la Iglesia.
Para amar a Dios hay que darle tres cosas: corazón, alma y mente.
En
el corazón está la Gracia y el Espíritu: el alma tiene que alejarse de
todo pecado y, para eso, tiene el Sacramento de la Penitencia: si
pecas, corre a confesar tu pecado, pero no permanezcas en estado de
pecado. Ya es fácil permanecer en la Gracia, que es estar en la Verdad.
En
el alma está la virtud: la persona tiene que practicar las diferentes
virtudes si quiere cumplir el decálogo. Sin la práctica de las virtudes
cristianas no se puede comprender lo que es el amor a Dios. Y, por
tanto, no hay manera de comprender ni el amor a sí mismo ni el amor al
prójimo.
Y
en la mente está la obediencia a Dios: el hombre es un ser intelectual.
Y, por tanto, el hombre se une a Dios con su entendimiento y voluntad.
No se une a Dios con las solas obras de su voluntad, ni se une con su
solo pensamiento. No está ni en pensar ni en obrar. Está en someter a
Dios estas dos facultades: entendimiento y voluntad. De aquí nace el
culto debido a Dios. El hombre es dependiente de Dios y le debe un culto
que sólo Dios puede enseñar.
«Si
alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea
enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto
que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (D-1807 2. [Contra los deístas.]).
Para
conocer el culto debido a Dios, el hombre tiene que aprender del mismo
Dios ese culto. Porque Dios ha puesto al hombre un fin sobrenatural en
su vida. Por lo tanto, el hombre debe someter su inteligencia a ese fin
sobrenatural, para poder obrar la Voluntad de Dios.
Y
Dios ha revelado en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo
Testamento, el culto debido que el hombre tiene que darle. El hombre no
tiene que inventarse el culto a Dios, porque Dios ya ha revelado la
religión verdadera al hombre. Y hay obligación grave de abrazar y
ejercer esa religión revelada. Si no se abraza, se pierde el fin
sobrenatural. Si el hombre no se somete a la doctrina de esa religión,
el hombre no puede guardar los preceptos ni observar el culto debido a
Dios.
«Para
que la razón humana no sea engañada ni yerre en asunto de tanta
importancia, es menester que inquiera diligentemente el hecho de la
divina revelación, para que le conste ciertamente que Dios ha hablado, y
prestarle, como sapientísimamente enseña el apóstol, un obsequio
razonable» (Pío IX en su Encíclica “Qui pluribus” – Rom. 12,1 (D.1637).
Por
eso, sólo en la Iglesia Católica se da el culto debido a Dios. Fuera de
ella, hay un culto indebido, un culto falso y un culto sacrílego. Los
hombres piensan en sus verdades y se inventan sus religiones, iglesias,
sectas. Y, por tanto, el culto que dan a Dios es falso e, incluso,
demoniaco.
Los
protestantes, los ortodoxos, los musulmanes, los budistas, etc…, ni
adoran a Dios ni le dan culto debido, porque no han aceptado la religión
que Dios ha revelado. Han interpretado el AT y el NT, según su mente
humana, según las culturas, los tiempos de los hombres. Es a «la
santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e
interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito
interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco
contra el sentir unánime de los Padres» (D-1788 [De la interpretación de la Sagrada Escritura]).
Un
católico no puede participar en las oraciones y liturgias de otras
religiones, porque sólo en Su Iglesia se da culto debido a Dios. Lo que
hace Francisco, cuando participa de los cultos de los judíos o de los
protestantes, o cuando pide una bendición a un anglicano que no puede
bendecir, o cuando bendice unas hojas de coca, o cuando pone una pelota
de goma al lado del sagrario, o cuando se reúne en Roma con los judíos y
musulmanes para orar por la paz,…, todo eso son obras en contra de los
tres primeros mandamientos de la ley de Dios; es decir, va en contra del
primer mandamiento que Jesús señala. Está pecando de muchas maneras,
está mostrando su pecado a todo el mundo y los demás lo justifican y lo
aplauden. Y eso es muy grave para toda la Iglesia Católica: si los
hombres ya no saben amar a Dios, dándole el culto que se merece por ser
Dios, tampoco saben amar a los demás. En la Iglesia Católica ya no se
cumple la ley de la Gracia, porque nadie cumple los diez mandamientos de
la ley de Dios. En la Iglesia, que está en el Vaticano, y que la llaman
católica, no está ya el Espíritu de Dios.
Es
fácil pecar, de muchas maneras, en los tres primeros mandamientos.
Porque, desde el Concilio Vaticano II, la liturgia ha perdido la
reverencia, la dignidad y la sacralidad que antes tenía. Por tanto, en
muchas misas, oraciones y celebraciones litúrgicas de los diversos
Sacramentos, se dan muchos elementos que no pertenecen al culto debido a
Dios. No son elementos que Dios ha revelado para darle culto. El hombre
los ha ido metiendo, quitando los verdaderos. Y queda algo profano,
mundano, carnal, temporal, natural, demoniaco.
Así,
hoy día, las misas del novo ordo no son capaces de santificar, porque
han perdido la sacralidad: oraciones, frases, ritos que no son propios
para dar culto a Dios. Brilla más lo humano, el lenguaje, la expresión
profana, que lo sagrado. Esto no significa que la misa sea inválida.
Sólo significa que esos ritos, esa estructura, no lleva a la devoción ni
a la oración ni a la adoración de Dios a las almas.
Dar
culto debido a Dios es ponerse el hombre en Presencia de Dios. Cuando
el hombre quita toda presencia humana, material, profana, natural,
entonces su alma entra en devoción. Un alma devota es la que está en la
Presencia Divina, como Moisés, al entrar en el Santuario: su alma notaba
la Presencia propia del Espíritu Divino.
Esa
devoción que el alma tiene le lleva a la verdadera oración, que
significa: escuchar a Dios, aprender de Él, estar atento a las cosas
divinas, celestiales, espirituales que el alma va sintiendo en esa
oración.
Las
misas del novo ordo no ponen al alma ni en devoción ni en oración. No
se siente la Presencia de Dios ni tampoco el alma se eleva de lo humano,
de lo natural, de lo profano. Sino que es todo lo contrario. La gente
se mete en un mundo humano para estar pendiente del otro: qué hace, cómo
habla, etc.
Si
no hay verdadera oración, si el entendimiento del hombre no se eleva
por encima de lo humano para quedar atrapado en la atmosfera divina,
entonces el corazón no puede abrirse a la verdadera adoración a Dios. Se
adora con el corazón, cuando la mente se somete a Dios. El sometimiento
a Dios se percibe cuando en la mente los pensamientos son sujetados por
Dios. Si en la oración, por el pensamiento pasan cantidad de ideas, de
sentimientos, de deseos, es que no se hace verdadera oración y, por
tanto, no hay presencia divina en el alma. La oración comienza cuando la
mente hace silencio. Y eso sólo Dios lo puede obrar en el alma. También
el demonio sujeta la mente, la pone en blanco, para que la persona se
meta en un mundo espiritual ficticio. Pero Dios nunca pone la mente en
blanco, sino que sujeta el pensamiento para que no distraiga a la
persona, para que el alma esté atenta sólo a Dios, a la voz de Dios.
Jesús es Dios y está en la Eucaristía. Ante Dios, el hombre tiene que poner su frente en el suelo, porque «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov. 3,34).
Para
comulgar a Jesús, es necesario demostrar externamente la humildad, el
sometimiento de la mente a Dios. Y, por tanto, para dar culto debido a
Dios en la Eucaristía, el hombre tiene que arrodillarse, tiene que
abajarse, tiene que inclinar su cabeza, porque así como Jesús «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8), así hay que «revestirse de entrañas de humildad»
(Col 3,12) ante Dios. No se puede comulgar al Señor de pie, mirando a
Dios a los ojos, con una actitud externa de tú a tú, porque «Jesús es el Señor»
(1 Cor 12,3). Jesús no es un amigote, no es un compadre, no es
cualquier hombre. Es Dios. Y la criatura, ante Dios, tiene que doblar su
rodilla: «al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), porque «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre» (v. 11).
Para
dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el alma tiene que ponerse de
rodillas y recibirlo en la boca, de manos del sacerdote. Si hace esto,
el alma adora a Dios en Espíritu y en Verdad. Porque la «humildad es la Verdad»
(Sta. Teresa): el alma humilde se pone en reverencia y adoración a
Dios, se abaja, se humilla, se pone en el lugar que le corresponde como
criatura: dependiente de Dios. No se coloca en el lugar de Dios. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene»
(S. Alberto Magno). No quiere subir a donde está Dios, sino que se
queda en su lugar, y deja a Dios que decida subirla, elevarla.
Si
el alma no hace esto, entonces se produce una falsa humildad, que es lo
que hay en muchas personas que comulgan de pie y en la mano:
exteriormente parecen muy humildes, pero en su interior están cometiendo
muchos pecados porque no dan a Dios, en la Eucaristía, el culto debido.
Dan su culto o lo que otros les han enseñado o le han obligado con sus
leyes.
La
comunión en la mano nunca ha existido en la Iglesia. Siempre ha sido un
recurso extraordinario, en circunstancias que así lo exigía la Justicia
de Dios. Por ejemplo, San Tarsicio, que llevaba la comunión a los
enfermos y encarcelados: “1277.- Este modo de distribuir la
Santa Comunión (en la boca), considerado el estado actual de la Iglesia
en su conjunto, debe ser conservado no solamente porque se apoya en un
uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino principalmente
porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la
Eucaristía. Este uso no quita nada a la dignidad personal de los que se
acercan a tan gran sacramento (…)”. “1278.- Con esta manera tradicional,
se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con
la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas” (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969).
La
comunión en la mano muchos creen erróneamente que fue fruto del
Concilio, pero no fue así: cuando se les preguntó a los obispos de todo
el mundo sobre la posibilidad de permitir que se distribuyera la
Comunión en la mano, la gran mayoría votó en contra (Cf. Instrucción
Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29
de mayo de 1969). Y, en ningún lugar de los documentos del Vaticano II
se puede encontrar mencionada, ni siquiera una vez, la comunión en la
mano. Los masones movieron todo para conseguir su objetivo.
La
comunión en la mano es el triunfo de la masonería en la Iglesia: es
comenzar a romper la Iglesia por donde más duele: la adoración a
Jesucristo: “¿Cómo robar a los fieles su fe en la verdadera
presencia? En primer lugar, debemos hacer que todos reciban la comunión
de pie y después que se les ponga la Hostia en la mano. De este modo,
acabarán viendo la Eucaristía como un mero símbolo de un banquete
fraternal y así desaparecerá esa fe” (Extracto de un plan masónico de 1925). “Cuando hayamos conseguido que los católicos reciban la comunión en la mano habremos logrado nuestro objetivo” (Stanislas de Guaita, un ex-sacerdote, cabalista, satanista y modelo de masones)
El sacerdote es el encargado de administrar el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, ninguna mujer puede administrarlo: “Cuán
elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el
rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera
necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo. El tocar las
Sagradas Especies, su distribución con las propias manos, es un
privilegio de los ordenados” (Cf. la Carta Dominicae Cenae, de
Juan Pablo II, a todos los obispos y sacerdotes, del 24 de febrero de
1980). Las mujeres no tienen que estar en al Altar, ni siquiera tienen
que subir para leer las lecturas: «las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley» (1 Cor 14, 34)
Jesús
puso el sacerdocio sólo en manos de hombres, no de las mujeres. Es el
hombre el que ofrece a Cristo en la comunión. No es la mujer: “La
comunión es un don del Señor, que se ofrece a los fieles por medio del
ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí
mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado, y mucho menos que se lo
hagan pasar de uno a otro” (Cf. Instrucción Inestimabile Donum sobre algunas normas acerca del culto del Ministerio Eucarístico, del 3 de abril de 1980)
Por
tanto, peca la mujer que administra la comunión y peca el que comulga
de una mujer. Porque el culto debido a Dios, en la eucaristía, lo ofrece
sólo el sacerdote; no la mujer. Se adora a Dios, en la Eucaristía,
cuando el sacerdote administra la comunión, y cuando las almas la
reciben de manos de los sacerdotes. No se adora a Dios, en la
eucaristía, cuando una mujer lo administra y cuando las almas la reciben
de las manos de las mujeres.
Se
cometen muchos pecados de esa manera, porque la Iglesia es Cristo. Y
todo fiel que quiera servir a Cristo tiene que someterse a su doctrina.
No puede inventarse una doctrina, una nueva forma de dar culto a Dios,
de administrar la Eucaristía.
De
muchas maneras, se profana hoy día este Sacramento, porque existen
leyes pecaminosas en la Iglesia Católica. Leyes que Dios no quiere y que
los Papas no han podido quitarlas, porque la Jerarquía infiltrada en la
Iglesia es muy fuerte. Tan fuerte que han hecho renunciar a un Papa y
han puesto a un masón como falso Papa.
Si
un sacerdote obliga a comulgar en la mano, no hay que aceptar esa
comunión y hay que retirarse en silencio. Porque no se puede pecar
cuando se adora a Dios. Antes morir que pecar. Muchos sacerdotes obligan
a pecar, mandan pecar. Y, por eso, muchos están en el Purgatorio y en
el Infierno por esto. Un sacerdote que mande pecar no es sacerdote para
el alma. No se puede obedecer la mente de un hombre que mande un pecado.
No se puede. En la Iglesia se obedece la Verdad, no la mentira que
muchos sacerdotes ofrecen en sus misas.
La
Iglesia entera está en las catacumbas, no en Roma. Roma fornica con la
mente de muchos hombres que se creen sabios mostrando su pecado a todo
el mundo. Y muchos católicos, sólo de nombre, de figura, se creen los
mejores exaltando sus pecados como la gloria de la Iglesia.
«Si
alguien necesita pruebas de que a Dios no le gusta el modo atolondrado
en que hoy en día se hacen uso de los ministros extraordinarios de la
Eucaristía, puedo contar la siguiente historia sobre algo que ocurrió
muy cerca de aquí hace poco tiempo. No hace mucho falleció una mujer que
solía repartir la Comunión y que había inducido a muchas otras mujeres a
que obraran igual. Yo no la conocía muy bien, pero había oído hablar
mucho de ella. Antes del funeral, el ataúd estaba abierto para que la
familia y los amigos pudieran despedirse. En el momento previsto, se
cerró el ataúd. Pero antes de que hubiera transcurrido una hora, un
pariente cercano llegó tarde y le pidió al sacerdote que por favor lo
abriera brevemente para poder despedirse de la difunta al igual que el
resto. El sacerdote accedió y, con una o dos personas presentes, levantó
la tapa y miró dentro. Fueron testigos de algo que no era lo que habían
visto un rato antes. Las manos de la mujer se habían vuelto de color
negro. Este signo, para mí, como para el resto, fue una confirmación de
Dios de que las manos no consagradas no pueden distribuir a Jesús
durante la Comunión» (Pag. 34 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).
