Bergoglio sigue haciendo de las suyas
Mientras la Francia católica nos consuela
Acaba de finalizar en París un acto convocado por la organización "La Manif pour tous - La Manifestación para todos"
que ha venido luchando por la restauración de la moral cristiana en el
orden público.
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En este caso para pedir la derogación de la ley que permite la gestación por encargo (GPA), procreación medicamente asistida (en cuanto es abortiva) y la adopción de niños por parte de parejas homosexuales.
De todos los comentarios que pueden encontrarse en la
Web, nos quedamos con el siguiente expresado por el Padre Denis, quien
con su sotana vino desde Tour apenas terminada su misa:
"Même si l Église ne soutient pas particulièrement ce mouvement, on a besoin de rappeler aux gens la morale chrétienne.
Aunque la Iglesia no sostenga particularmente este movimiento, tenemos que recordarle a la gente la moral cristiana ".
Mientras la policía informa que hubo unos 70.000 manifestantes, los
organizadores reivindican 500.000. Pero más allá del número real, nos
alegra comprobar que el espíritu católico de lucha, que viene a
coincidir con el instinto de conservación de la nación francesa, se
mantiene en la tierra que supo ser Hija Primogénita de la Iglesia.
Alegría que en algo viene a compensar la tristeza producida por el
lenguaje, cuanto menos ambiguo, conque Bergoglio abrió el actual Sínodo:
"Debemos escuchar los latidos de este tiempo y percibir el «olor» de
los hombres de hoy, hasta quedar impregnados de sus alegrías y
esperanzas, de sus tristezas y angustias. A ese punto sabremos proponer
con credibilidad la buena noticia sobre la familia".
Es decir, ¿no sabría el Papa proponer con credibilidad la buena
noticia si no oyera primero los latidos de este tiempo y el olor de los
hombres? ¿O no le creerían si no se hiciera popular entre ellos; para lo
cual quizá haya sido necesario el hacerse simpático renunciando a
ejercer correctamente la Paternidad?
En la misma línea desconcertante pueden inscribirse los pedidos que hizo a los 191 padres sinodales:
Primero, "el don de la escucha: escucha de Dios, hasta sentir con él, el grito del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama".
Segundo, "disponibilidad a un debate sincero, abierto y fraterno, que nos lleve a hacernos cargo con responsabilidad pastoral de los interrogantes que este cambio de época trae consigo".
Y tercero, mantener la mirada firme en Jesús: "si asumiremos su modo de pensar, de vivir, de relacionarse, no nos será difícil traducir el trabajo sinodal en indicaciones y caminos pastorales".
¿Qué querrá decir con eso de "escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama"?
Más allá de lo cual resulta gracioso por no decir trágico, la apelación
de Bergoglio a oír al pueblo, cuando él ha ignorado sistemáticamente los
pedidos de quienes desean la liturgia tradicional. No solamente los ha
ignorado sino que ha perseguido y sigue persiguiendo, con grave
sufrimiento para las personas y riesgo de sus almas, cualquier atisbo de
tradicionalismo. Si no ocupara Francisco la alta silla sobre la que
sede, cualquiera estaría tentado en decir: ¡Vaya hipocresía la de un
hombre que se hace el padre en público, mientras se comporta como un
verdadero tirano cuando está lejos de las cámaras!
Declaraciones que, de algún modo, habían sido anticipadas en un reportaje concedido al diario La Nación:
"Se ha puesto mucho énfasis sobre el tema de los divorciados. Un aspecto que, sin duda, será debatido. Pero, para mí, un problema también muy importante son las nuevas costumbres actuales de la juventud. La juventud no se casa. Es una cultura de la época. Muchísimos jóvenes prefieren convivir sin casarse. ¿Qué debe hacer la Iglesia? ¿Expulsarlos de su seno? ¿O, en cambio, acercarse a ellos, contenerlos y tratar de llevarles la palabra de Dios? Yo estoy con esta última posición".
"El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación".
Contener al pecador público dentro de la Iglesia ¿significará acaso
permitir que afrente con su conducta la majestad del culto y la
convivencia pacífica de los fieles? ¿Habrá que ver, por ejemplo, a dos
adúlteros públicos y contumaces llevando las ofrendas durante la Misa, o
incluso comulgando, mientras se espera su arrepentimiento?
¿Hay que despreciar las palabras del Señor, que mandan considerar como un pagano a quien no se arrepiente de sus pecados luego de haber sido corregido fraternalmente?
¿Hay que despreciar las palabras del Señor, que mandan considerar como un pagano a quien no se arrepiente de sus pecados luego de haber sido corregido fraternalmente?
A estas alturas del partido, podría esperarse que Bergoglio pusiera los "huevos que hay que poner", (perdón por la expresión un tanto futbolera) y dijera claramente Sí, Sí, No, No.
Y no se ande con estos vericuetos idiomáticos, que sólo sirven para que los enemigos de la Iglesia saquen las conclusiones que interesan a sus planes, que no son los de Dios.










