La obsesión presidencial para mostrar que ella es la que manda
por Eugenio Paillet
La obsesión presidencial para mostrar que ella es la que manda
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La reciente cadena nacional confirma, corregida y aumentada, la sospecha
de que la presidenta está convencida de que,
para llegar a diciembre de 2015, necesita un gobierno de fanáticos: ni
siquiera de leales o amigos.
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Lo que los argentinos han visto y escuchado esta semana -en especial, la
estrambótica cadena nacional del pasado martes y la consiguiente
recorrida por los patios de la Casa Rosada para renovar el vínculo con
sus aplaudidores- confirma, corregida y aumentada, la sospecha de que la
presidenta está convencida de que para llegar sana y salva a diciembre
de 2015, es decir evitando un escenario de salida anticipada del poder,
necesita un gobierno de fanáticos. Ni siquiera de leales o amigos.
Poco importa si las medidas económicas que propongan son mal remedio
para una enfermedad ya avanzada, como la inflación galopante, la
destrucción de puestos de trabajo, la caída sostenida de la producción y
el alejamiento que costará recuperar del tan necesitado crédito
externo. A ella le basta con que estén dispuestos a aceptar y aplaudir
lo que les diga, cualquiera sea el delirante discurso que se le ocurra
en la ocasión.
"¡Jefa, doy mi vida por vos!", le gritaba un pibe lagrimeando en el
Patio de las Palmeras. Acababa de aplaudir la denuncia sobre un complot
para atentar contra la doctora que encabezaría Barak Obama. No importa
si antes había aplaudido la denuncia sobre un probable atentado que
llevarían adelante… ¡¡los islámicos enemigos de Obama!! Vale la pena
repetirlo: el plan de Cristina es pelearse con el mundo de allá y de
aquí, denunciar complots y atentados detrás de cada puerta. Colocarse en
rol de víctima a la que todos quieren destruir. ¿Cuánto tardará
Capitanich, si todavía está en su silla, para denunciar por golpismo a
Ricardo Lorenzetti, el titular de la Corte?
El joven intendente de Berazategui, Patricio Mussi, dio otro ejemplo que
aplica al despropósito y sirve para preanunciar lo que puede venir,
durante el acto del miércoles en Ezeiza: "Cristina, no soy un militante,
soy un soldado, un soldado para la guerra que tenemos que dar", le
ofreció para emoción visible de su jefa y mentora.
Hay que entender a aquellos pibes aplaudidores. Saben que deben cumplir
su rol según precisas indicaciones de sus jefes de La Cámpora, o pararse
donde les indica Oscar Parrilli, mientras celebran de a miles el pase
al personal estable del gobierno y del Estado, desde donde según mentas
de no menos fanatizados adoradores de Máximo Kirchner, empezarán a
petardear al próximo presidente apenas asuma, si no llegase a ser "del
palo". Encuadramiento que deja afuera a Sergio Massa y Mauricio Macri,
pero también a Daniel Scioli.
La fase delirante de la presidenta y sus muchachos incluye la salida a
escena de Alicia Kirchner para proclamar sin demasiados eufemismos que
su sobrino y primogénito del matrimonio Kirchner puede ser candidato
presidencial en 2015. Justo Alicia, a quien los Larroque y De Pedro, una
trapisonda que su líder jamás podría desconocer, intentan desplazar del
ministerio de Desarrollo Social para hacerse de esa caja y encarar una
campaña nacional de proselitismo a partir del año que viene, al estilo
de lo que se vio durante las inundaciones de La Plata, con el propósito
de darle bases clientelares a esa candidatura. El plan se completaría
con cursos acelerados a los que pretenden someter a Máximo, mientras
preparan uno, cinco, diez actos en el conurbano y el interior
bonaerense. Otra vez la vieja madre de todas las batallas. Ya se los
dijo Carlos Zannini: "Para seguir siendo gobierno después de 2015
tenemos que ganar la provincia de Buenos Aires".
Lo que pasó con Juan Carlos Fábrega sirve también de ejemplo. El
tremendo destrato, más allá de las capacidades del ex presidente del
Banco Central, es el dato que confirma aquella regla sobre el fanatismo.
Hay una línea de funcionarios del gobierno enojados o preocupados.
Razonan que a Fábrega podría haberlo echado durante una charla íntima en
Olivos.
Lo que espanta, abundan, es el grado de ensañamiento para un hombre
leal, compañero de primaria de Néstor Kirchner, cuyo mayor pecado fue
decirle en la cara la diferencia entre lo posible (Fábrega) y lo
imposible o peligroso (Kicillof). Batalla perdida de antemano. Cristina
sólo tiene oídos para Axel y de hecho para su hijo. El resto a aplaudir
al Patio de las Palmeras o exponerse a ser expulsados del paraíso.
Todo reafirma la obsesión presidencial para mostrar en esta etapa que
ella es la que manda, la única dueña del poder. Está convencida de que,
de esa manera, llega a completar su mandato. Dicen a su lado que es la
primera en darse cuenta de que si afloja un tranco, se la van a comer
viva. Puede que tengan razón, desde el simple análisis político. Pero el
clima en el que está sumiendo al país es verdaderamente temerario.
Lo es asimismo si se advierten las medidas que vienen, reafirmada la
ciega ligazón a Kicillof: incluyen sacar la Gendarmería a la calle para
combatir las cuevas del dólar marginal, llevar el cepo al dólar a una
instancia de ahogo para toda la producción, desconocer flagelos como la
inflación, la inseguridad y el narcotráfico. Y apañar un desorbitado
aumento de la emisión y el gasto público. Ya le ha dicho "Kichi" que
quienes cuestionan esas políticas "son loquitos que trabajan para Massa y
no entienden un pito de economía".
Gobernadores peronistas reunidos en las últimas horas avizoran dos
escenarios: que ella llegue a 2015 rodeada de fanáticos dejándole una
tremenda bomba al gobierno que venga. O que el fracaso de esa dinámica
la lleve a una salida anticipada, si encima no puede meter a un
candidato propio en las presidenciales del año que viene. A menos que
crean seriamente que pueden imponer a Máximo.

