- Por Hugo Wast
Cuando aquellos irremediables leguleyos,
chicaneros y sofistas, los fariseos y los saduceos, le piden a Jesús señales
para creer, el les contesta severamente: “Hipócritas: sabéis distinguir los aspectos
del cielo y de la tierra: ¿Pues como no sabéis reconocer el tiempo presente?” (Lc.XII.56).
Así como las claves de todas las profecías del
Antiguo Testamento, durante miles de años fue la esperanza del Mesías, es decir
el anuncio de la primera venida del Señor al mundo; así la piedra angular de
las del Nuevo Testamento es la segunda venida del Señor. ¡Inexplicable
distracción la nuestra! El pueblo judío vivió cuarenta siglos en la ansiedad
jubilosa de la primera venida.
En cambio nosotros, los pueblos cristianos,
que hemos visto realizarse el primer advenimiento y recibido la promesa del
segundo, ya no como redentor, sino como Rey, en Gloria y Majestad, apenas nos
acordamos de ello.
Y sin embargo, diariamente, millones de
fieles afirman en su credo este dogma: “Y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y
a los muertos”; y cantan en su misa: “Et iterum est cum gloria judicare
vivos et mortuos”(Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y los
muertos) ; y en su padre nuestro ruegan por el pronto advenimiento de
su Rey: “Adveniat Regnum Tuum”(Venga a nosotros tu Reino).
Pero ¿Cuántos son los católicos que, al rezar
esas oraciones, piensan que están anunciando el fin del mundo y rogando porque
sea pronto? Porque el segundo advenimiento de Cristo – “venga nos él tu Reino” –
significa el fin de la humanidad tal como nosotros la conocemos y la transformación
del mundo actual…
Si algún judío hubiera hecho cálculos alegres
sobre los millones de años que faltaban para la venida del Mesías, es seguro
que todo el pueblo lo hubiera considerado impío o insensato.
En cambio a muchos de aquellos, para quienes
es dogma de fe la segunda Venida de Cristo, no les parece nada el discurrir
argumentos para anunciarnos como buena nueva que el Señor todavía tardará
millones de años en venir; y aún llegan a escandalizarse si alguien sostiene
que tal vez sean menos.
¿Tanto les conduele el fin de la humanidad,
que a trueque de que ella pueda seguir viviendo, como ahora vive, renuncia o
aplazan por millones de años la Segunda Venida de Cristo?
¿El fin del mundo es, acaso, una desgracia?
¿No han pensado que él coincidirá con el triunfo definitivo de la Iglesia de
Cristo, y que su Segunda Venida será el comienzo de su Reino sin fin?
Por su parte los ángeles y los santos no
parecen tan deseosos de prolongar la existencia de un mundo que, tal como marcha, cada día se aparta más de
los senderos de Dios.
Por el contrario. Ruegan a Dios que vendimie
de una vez la viña de la tierra, y por boca de un ángel le claman en el Apocalipsis
que meta su hoz aguda y vendimie los racimos de iniquidad que ya no pueden
estar más maduros. (Apoc.XIV, 18)
Esto
hace decir al erudito traductor de la Biblia Scio de San Miguel, comentando
este pasaje: “Los santos ángeles y los bienaventurados desean que se acelere el día
del juicio, para la consumación absoluta de su bienaventuranza”
Hace 2.500 años ya el Señor se mostró irritado
contra la complaciente costumbre de los profetas de Israel que, para
tranquilizar al pueblo, habían dado en la flor de decir que las amenazas de las
Escrituras no se realizarían en su tiempo, y procuraban alargar los plazos.
Las visiones son, efectivamente para los
tiempos futuros, y se entenderán clarísimamente cuando llegue la hora de
entenderlas. “En lo postrero de los días lo entenderéis cumplidamente” (Jer.XXIII,20)
Pero ¿esa hora está, de veras, tan distante
de nosotros? ¿Quién puede afirmarlo?...
La política de apaciguamiento era tan viva
entre los falsos profetas de Israel en tiempos de Isaías y Ezequiel, que el
enojo de Dios se expresó en terribles oráculos: “¿Qué refrán es ése que tenéis
vosotros en la tierra de Israel, de los que dicen: Alargando se irán los días y
perecerá toda visión?” “Por tanto diles: Esto dice el Señor Dios: Haré que cese
ese refrán; y no se dirá más adelante por el vulgo en Israel: y diles que se
han acercado los días y la palabra de toda visión” (Ezeq.XII, 22,23)
O
en otros términos: “Yo haré mentir esos proverbios en que fundáis vuestra paz”. “Asegurarles que los días se acercan y con
ellos el cumplimiento de las profecías”.
Un poco más adelante, en el mismo capítulo el
Señor repite su enseñanza para que no quepa duda de que se equivocan los que fundan
su tranquilidad en la persuasión de que las profecías no son para ellos.
“Hijo del hombre, he aquí los de la casa de Israel, que
dicen: La visión que éste ve, es para muchos días; y para tiempos largos éste
profetiza.” “Por tanto diles a ellos; Esto dice el Señor Dios; no se alargará
en adelante palabra alguna mía: la palabra que hablaré será cumplida” (Ezeq.XII,28)
Aquel pueblo, de dura cerviz, que quiere
estar tranquilo se encarga de señalar a sus profetas lo que han de
profetizarle.
“Ellos dicen a los que ven: no veáis; y a
los profetas no nos profeticéis la verdad; decidnos cosas agradables;
profetizad ilusiones” (Is.XXX,10)…
HUGO WAST. “El sexto
sello” Bs.As. Editores de Hugo Wast 1941 -Pags, 39 a 46.
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