miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO (1)

- Por Hugo Wast

  Cuando aquellos irremediables leguleyos, chicaneros y sofistas, los fariseos y los saduceos, le piden a Jesús señales para creer, el les contesta severamente: “Hipócritas: sabéis distinguir los aspectos del cielo y de la tierra: ¿Pues como no sabéis reconocer el tiempo presente?” (Lc.XII.56).
  Así como las claves de todas las profecías del Antiguo Testamento, durante miles de años fue la esperanza del Mesías, es decir el anuncio de la primera venida del Señor al mundo; así la piedra angular de las del Nuevo Testamento es la segunda venida del Señor. ¡Inexplicable distracción la nuestra! El pueblo judío vivió cuarenta siglos en la ansiedad jubilosa de la primera venida.
  En cambio nosotros, los pueblos cristianos, que hemos visto realizarse el primer advenimiento y recibido la promesa del segundo, ya no como redentor, sino como Rey, en Gloria y Majestad, apenas nos acordamos de ello.
  Y sin embargo, diariamente, millones de fieles afirman en su credo este dogma: “Y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”; y cantan en su misa: “Et iterum est cum gloria judicare vivos et mortuos”(Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y los muertos) ; y en su padre nuestro ruegan por el pronto advenimiento de su Rey: “Adveniat Regnum Tuum”(Venga a nosotros tu Reino).
  Pero ¿Cuántos son los católicos que, al rezar esas oraciones, piensan que están anunciando el fin del mundo y rogando porque sea pronto? Porque el segundo advenimiento de Cristo – “venga nos él tu Reino” – significa el fin de la humanidad tal como nosotros la conocemos y la transformación del mundo actual…
  Si algún judío hubiera hecho cálculos alegres sobre los millones de años que faltaban para la venida del Mesías, es seguro que todo el pueblo lo hubiera considerado impío o insensato.
  En cambio a muchos de aquellos, para quienes es dogma de fe la segunda Venida de Cristo, no les parece nada el discurrir argumentos para anunciarnos como buena nueva que el Señor todavía tardará millones de años en venir; y aún llegan a escandalizarse si alguien sostiene que tal vez sean menos.
  ¿Tanto les conduele el fin de la humanidad, que a trueque de que ella pueda seguir viviendo, como ahora vive, renuncia o aplazan por millones de años la Segunda Venida de Cristo?
  ¿El fin del mundo es, acaso, una desgracia? ¿No han pensado que él coincidirá con el triunfo definitivo de la Iglesia de Cristo, y que su Segunda Venida será el comienzo de su Reino sin fin?
  Por su parte los ángeles y los santos no parecen tan deseosos de prolongar la existencia de un mundo que,  tal como marcha, cada día se aparta más de los senderos de Dios.
  Por el contrario. Ruegan a Dios que vendimie de una vez la viña de la tierra, y por boca de un ángel le claman en el Apocalipsis que meta su hoz aguda y vendimie los racimos de iniquidad que ya no pueden estar más maduros. (Apoc.XIV, 18)
Esto hace decir al erudito traductor de la Biblia Scio de San Miguel, comentando este pasaje: “Los santos ángeles y los bienaventurados desean que se acelere el día del juicio, para la consumación absoluta de su bienaventuranza”
  Hace 2.500 años ya el Señor se mostró irritado contra la complaciente costumbre de los profetas de Israel que, para tranquilizar al pueblo, habían dado en la flor de decir que las amenazas de las Escrituras no se realizarían en su tiempo, y procuraban alargar los plazos.
  Las visiones son, efectivamente para los tiempos futuros, y se entenderán clarísimamente cuando llegue la hora de entenderlas. “En lo postrero de los días lo entenderéis cumplidamente” (Jer.XXIII,20)
  Pero ¿esa hora está, de veras, tan distante de nosotros? ¿Quién puede afirmarlo?...
  La política de apaciguamiento era tan viva entre los falsos profetas de Israel en tiempos de Isaías y Ezequiel, que el enojo de Dios se expresó en terribles oráculos: “¿Qué refrán es ése que tenéis vosotros en la tierra de Israel, de los que dicen: Alargando se irán los días y perecerá toda visión?” “Por tanto diles: Esto dice el Señor Dios: Haré que cese ese refrán; y no se dirá más adelante por el vulgo en Israel: y diles que se han acercado los días y la palabra de toda visión” (Ezeq.XII, 22,23)
O en otros términos: “Yo haré mentir esos proverbios en que fundáis vuestra paz”.  “Asegurarles que los días se acercan y con ellos el cumplimiento de las profecías”.
  Un poco más adelante, en el mismo capítulo el Señor repite su enseñanza para que no quepa duda de que se equivocan los que fundan su tranquilidad en la persuasión de que las profecías no son para ellos.
“Hijo del hombre, he aquí los de la casa de Israel, que dicen: La visión que éste ve, es para muchos días; y para tiempos largos éste profetiza.” “Por tanto diles a ellos; Esto dice el Señor Dios; no se alargará en adelante palabra alguna mía: la palabra que hablaré será cumplida” (Ezeq.XII,28)
  Aquel pueblo, de dura cerviz, que quiere estar tranquilo se encarga de señalar a sus profetas lo que han de profetizarle.
  “Ellos dicen a los que ven: no veáis; y a los profetas no nos profeticéis la verdad; decidnos cosas agradables; profetizad ilusiones” (Is.XXX,10)…
HUGO WAST. “El sexto sello” Bs.As. Editores de Hugo Wast 1941 -Pags, 39 a 46.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista