EL ANUNCIO DE UN PRECURSOR DEL ANTICRISTO POR FRANCISCO
«En
estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper,
un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro
me ha hecho mucho bien.
PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER EL ARTICULO
Pero no creáis que hago publicidad a los libros
de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien.
El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra
cambia todo». (ver texto).
Este
gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece
en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad
Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo,
pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la
doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la
Iglesia su gran negocio humano.
«Ayer,
antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del
cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda
teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable
leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía,
ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me
surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero
la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).
Gran
necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un
idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va
dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la
verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota
en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que
todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.
Pero esta necedad señala una profecía: “Desgracia
a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus
murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos
serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus
blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).
Cuando la letra K sea alabada en Roma,
cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la
desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el
demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el
maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del
demonio en Roma.
Un
falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso
Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un
falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es
decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados).
Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el
don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los
hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.
La
necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y
de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han
hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una
eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.
Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)
Kasper
pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña
ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía
infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para
construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas,
que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el
pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.
Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la
unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico,
sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las
teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la
utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto)
(“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W.
KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase:
M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en:
Divinarum rerum notitia, p. 749-762).
Esto
es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común
denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado
culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática,
la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la
verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la
intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar
un común, una unidad.
La
teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el
tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres
piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se
funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en
las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar
lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del
hombre sobre el pensamiento de Dios.
Entonces
se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al
mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada
persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de
Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una
unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin
verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo
compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no
son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se
puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible
encontrar la unidad en la verdad.
Pero,
en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una
solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad
utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de
la vida.
Para
Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a
unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de
comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio
de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el
Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como
noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina)
(Ib., p. 14). La fe hay que actualizarla según la vida de cada hombre
en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutables,
sino una moda de los hombres, algo que cambie según el gusto de cada
hombre.
Con
estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de
Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la
tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la
Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.
Una
cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es
la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra
Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y
Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para
interpretar verdaderamente el Evangelio.
Es
el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al
Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a
Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición
divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no
presentar un falso Cristo a la Iglesia.
El
gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a
enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación
para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”,
sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas
tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un
empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca
se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito
hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de
Benedicto XVI.
Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la
Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias
particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por
tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad
ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).
Estos
teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que,
después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que
tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y
ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias
particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en
Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de
esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario.
Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento
de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la
vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las
diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva
de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes.
La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es
la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin
cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino
inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.
Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así
pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de
las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra:
Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia).
Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia
universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo
con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.
Kasper
reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por
tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver
en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida
de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente
entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta
de las iglesias particulares. Y, por eso, el defiende la libertad que
tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones
morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la
comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de
Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y
locales.
Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger”
(Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche
Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen
de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger,
’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R.
FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla
luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).
Este
pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar
Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las
particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que
los discípulos hicieron en cada iglesia particular.
De
aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la
diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La
teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y
contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la
unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman
paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de
la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más
amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos
eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe
expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del
Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen
ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del
principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).
Para
Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación
recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa
teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo
que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la
misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.
Porque
tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los
hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay
que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el
dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades
absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición
divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo
común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer
una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la
Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no
está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una
relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad
de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a
Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se
abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada
mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.
Se
equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las
anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus
interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo
que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones.
Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la
pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la
plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad
uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones
del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las
culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden
Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión
de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto
en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer
Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien
2003).
Kasper
representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca
al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere
ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para
compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas
humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no
para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del
hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan
sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.
Kasper
quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se
interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser
humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio.
Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su
Evangelio.
«La
confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar
la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación
rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo,
Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la
mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura,
Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper,
Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine
Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen
Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la
fe, 96).
Es
decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una
fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es
un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un
recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y
recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese
acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación
rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la
tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana.
Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es
Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan
salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que
encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en
todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia
profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el
hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que
resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone
un camino a los hombres.
Por
eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la
sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los
necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una
verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre
el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre,
es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un
luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un
ideal político, cultural, económico.
El
hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el
hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el
sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz
no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no
resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil,
que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de
la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para
resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así
se van resolviendo los problemas de los hombres.
Y,
entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está
diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a
resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera
interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre
que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que
pregona constantemente Francisco.
Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.
Cuando
un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a
Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es
por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la
obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.
Francisco
lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que
va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque
el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe
pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco
renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a
este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya
Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene
que cumplirse las profecías:
“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).
«Entonces
me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero
y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán
débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de
ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y
tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario,
cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este
papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al
solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y
tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto
también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia.
La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y
establecerse allí» (Ib. Pag 407).
«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).
«Vi
la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos
herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de
los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se
extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad
católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos
lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi
guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y
feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San
Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las
sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).
Estamos
en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías:
las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del
sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el
dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.
Ahora
es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos
miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido
qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.
Son
pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los
miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.
Por
eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los
que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que
siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de
ningún hombre en la Iglesia.
La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres
