La corrupción: un problema político despolitizado – Conferencia de Agustín Laje
El pasado viernes 29 de agosto, el Centro de Estudios LIBRE organizó
junto a la Fundación Ayn Rand el “Festival LIBREMENTE” en la ciudad de
Córdoba. Ante un nutrido auditorio, Agustín Laje ofreció una breve
disertación sobre la problemática de la corrupción. Aquí transcribimos
las ideas centrales de su charla.
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Antes que nada debo empezar agradeciendo a todos los presentes por
haber dispuesto un rato de su viernes para acompañarnos hoy en este
evento que pretende ser, además de un espacio para la reflexión, un
espacio para la cohesión entre los liberales cordobeses.
El título de mi breve charla, que reza “La corrupción: un problema
político despolitizado”, si bien puede sonar un tanto pomposo (incluso
recuerda a la intrincada retórica posmoderna), creo que es un buen
resumen de la tesis que hoy pretendo acercarles, la cual es,
precisamente, que la corrupción es un problema fundamentalmente
político, pero que es abordado en términos de un discurso moral
individualizante que nubla su naturaleza política. De ahí que la
corrupción sea un problema político, aunque despolitizado al mismo
tiempo como veremos enseguida.
Es bien sabido que en Argentina no padecemos “actos de corrupción” a
secas, sino que vivimos en el marco de un verdadero “estado de
corrupción”. Y con el vocablo “estado” pretendo darle una nota de
sistematicidad al hecho de la corrupción. Es decir, en Argentina la
corrupción ha adquirido desde hace tiempo una dimensión sistemática: la
corrupción en Argentina se ha hecho sistema. La idea del “roba pero
hace”, tan popular en nuestro país, pinta de cuerpo entero la realidad
de este estado de corrupción. El “roba pero hace” implica decir que
roba, como lo hacen todos, pero al menos trabaja, como pocos lo hacen.
El robar es la regla; el trabajar la excepción.
Max Weber distinguió entre políticos que viven para la política y políticos que viven de
la política. Sospecho que en nuestro país los que prevalecen son los
políticos que viven de la política, y los argentinos vivimos, por lo
tanto, en un sistema que bien podríamos denominar como CLEPTOCRACIA, es
decir, en un régimen donde el poder siempre recae en los ladrones o, si
se quiere, en términos estructuralistas, en un régimen que transforma en
ladrones a quienes llegan a su seno.
Y es que el problema de la corrupción sigue lo que en economía se
conoce como la teoría de la utilidad marginal decreciente. Para ponerlo
en términos muy simples, esta teoría nos dice que cada dosis extra de un
bien que incorporamos, nos aportará un poco menos de satisfacción que
la anterior. Pensemos en el chocolate: comer un chocolate es muy
placentero. Comer un segundo chocolate es placentero. Comer un tercer
chocolate nos es indiferente. Pero a partir del cuarto, lo más probable
es que ya no tengamos ganas ni de olerlo.
Algo similar pasa con la corrupción, pero cambiando la variable
“placer” por “indignación”: conocer sobre un acto de corrupción nos
llena de indignación. Conocer sobre otro acto de corrupción nos indigna
un poco menos… y así, cuando vemos que la corrupción es algo cotidiano,
nuestra indignación se neutraliza y naturaliza el sistema que permite la
corrupción. (Pensemos sobre el programa Periodismo Para Todos y su
rating: los primeros casos de corrupción develados se transformaron en
escándalo nacional, pero a medida que se iban haciendo nuevos
descubrimientos, la temática empezó a saturar al público y a sonar
redundante).
No obstante ello, los discursos sobre la corrupción que han
prevalecido podríamos denominarlos como “moralistas individualizantes”.
Cuando hablo de un discurso moral individualizante quiero decir un
discurso que pretende encontrar la raíz del problema en sujetos
puntuales, al margen de los sistemas de ideas que rigen en la sociedad y
los sistemas institucionales vigentes. Siguiendo la lógica de este
diagnóstico, entonces, el problema de la corrupción tiene nombre y
apellido, y sólo es cuestión de sacar a determinados sujetos de la
política. Ojalá esto fuese así, pues sería realmente sencillo solucionar
el problema de la corrupción.
Quisiera que veamos este collage que confeccioné y los
personajes que he compilado en ella. Se trata de políticos nacionales de
relevancia, cuyo denominador común es que no son kirchneristas. Todos
ellos entienden que la ciudadanía está indignada de tanto afano y por
ello, otro denominador común en todos ellos, es que siguen un idéntico
discurso contra la corrupción: el discurso moral individualizante.
Claro, todos ellos nos prometen que si los elegimos no van a robar. Que
no van a tener a su propio Lázaro Báez, ni a su Boudou. Después de todo,
la corrupción para ellos es un problema estrictamente individual.
Pero veamos ahora esta otra foto. Ellos también nos dijeron que
venían a limpiar la política argentina. Que eran muchachos de ideales
puros. Que venían a ser la contracara de la corrupción de los ’90. Que
ellos no tendrían a su Yabrán, pero terminaron teniendo un Báez, un
Jaime, un Boudou, y los fondos de una provincia entera en sus propias
cuentas bancarias.
¿Y qué pensamos a su vez de este? Pues que no tendría a su Coti Nosiglia, a su Delconte… y así indefinidamente.
Para todos ellos el problema de la corrupción es un problema muy
puntual, y no osan pensar que, quizás, el problema de la corrupción no
esté tanto en las personas, sino más bien en la lógica misma del poder.
Lord Acton, un pensador liberal que siempre es interesante recordar,
decía que “Todo poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe
absolutamente”.
Y en esto debe insistirse precisamente: la corrupción es un asunto
político porque involucra una discusión sobre el papel del poder en una
sociedad. De ahí que la problemática de la corrupción subsuma
discusiones tanto de orden ético, es decir, discusiones sobre los
valores que queremos seguir como sociedad, cuanto discusiones sobre las
instituciones que deseamos que nos rijan para, a su vez, asegurar
aquéllos valores definidos en el campo axiológico.

De esto se trata la verdadera discusión sobre el problema de la
corrupción. De poner en cuestión el sistema ético sobre el que se ha
asentado nuestra sociedad y, por añadidura, de poner en cuestión el
papel del poder político en la sociedad. Y estos son puntos que el
discurso moralista individualizante sobre la corrupción no puede
abordar, pues cree que la corrupción es un problema de nombre y
apellido.
Dado que al pedirme que diera estas breves palabras me dijeron:
“Agustín, bajá un poco a la tierra y hacé más pragmática su charla”,
debo preguntarme ahora: ¿Qué planteamos entonces los liberales?
Lo que los liberales planteamos, básicamente, es lo mismo que
planteamos en términos generales frente a la mayoría de los problemas de
la sociedad: libertad.
En efecto, para los liberales la libertad es una función inversamente
proporcional al poder de los políticos. Y la experiencia empírica ha
demostrado que los países más libres del mundo son, al mismo tiempo, los
que menos índices de corrupción mantienen. Es bastante lógico si lo
pensamos: quitarle poder a los políticos es quitarles los canales que
vehiculizan la corrupción.
Veamos este cuadro, en el que puse por un lado los 25 países más
libres del mundo según el Índice 2013 de la Heritage Foundation, y a su
derecha, el listado de los 25 países menos corruptos del mundo según el
Índice 2013 de Transparencia Internacional.
Los resultados están a la vista: los países se repiten en ambos
índices, lo cual muestra con toda claridad que a mayor libertad, menor
poder para los políticos y, en definitiva, menores canales y redes de
corrupción.
La historia del liberalismo es la historia de los intentos por
limitar al poder del político, que para muchos nace con uno de los
hombres que hoy recordamos: John Locke.
¿Queremos sociedades menos corruptas? Pues entonces construyamos
sociedades más libres, en las cuales los políticos tengan por añadidura
menos posibilidades y oportunidades de ser corruptos, estructuradas a
partir de una ética donde la libertad individual sea el eje de nuestras
discusiones sobre las instituciones que precisamos para desarrollarnos
individual y socialmente.
Muchas gracias.
