Mientras toma el poder, La Cámpora piensa en CFK con boleta propia en el 2015
En vez de una transición política ordenada, el proceso que está
generando el kirchnerismo es el intento por continuar ejerciendo el
poder desde la oposición, a partir de diciembre del 2015.
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Un proyecto
tan atípico sólo sería posible, claro está, si el próximo gobierno tiene
el signo contrario al actual, es decir, que fuera débil y altamente
dependiente de los acuerdos circunstanciales. El proyecto K, aunque
difícil, tiene algunas chances de prosperar. Por ejemplo, el Decreto
1735 del 2 de este mes establece, en su artículo primero: “Desígnase en
comisión, Presidente del BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA al
Licenciado Alejandro VANOLI LONG BIOCCA (M.I. Nº 14.222.822), para
completar un período de Ley”. Es decir que, como el mandato de Mercedes
Marcó del Pont vencería en el 2016, el gobierno se propone que Vanoli
sea el presidente del Banco Central del próximo gobierno, aunque éste
sea de signo opositor.
Correspondería, en cambio, aplicar el artículo 7° de la Ley Orgánica
del BCRA, que dice “7º: El presidente, el vicepresidente, y los
directores serán designados por el Poder Ejecutivo Nacional con acuerdo
del Senado de la Nación; durarán seis (6) años en sus funciones,
pudiendo ser designados nuevamente. Dicho período será contado a partir
de la sanción de la presente ley”. Es decir que el pliego de Vanoli
debería someterse a la aprobación del Senado y todo indica que nada de
esto ocurrirá. Claro está que el próximo presidente podría modificar
esta situación con otro decreto o exigirle la renuncia a Vanoli. Mucho
más difícil sería, por ejemplo, cesantear a los miles de funcionarios
nacionales que continúa designando el kirchnerismo y todavía más difícil
desplazar a los jueces y fiscales, que también están siendo designados
en grandes cantidades. Todo este poder acumulado dentro de la estructura
del Estado podría escapársele de las manos a CFK, si ella perdiera el
liderazgo, aunque sea parcial, del peronismo. Es sabido que, una vez
derrotado Antonio Cafiero en las internas del PJ en el ‘88, la crema del
cafierismo se incorporó sin más al triunfante menemismo. Y cuando
Eduardo Duhalde llegó a la presidencia, en enero del 2002, una parte
importante de la dirigencia menemista se le sumó entusiasta.
Con su saga de Patria o buitres, Cristina consiguió, aunque
agónicamente, restablecer su capacidad de liderazgo, que estaba
opacándose. Ni Sergio Massa ni mucho menos Daniel Scioli muestran
capacidad de conducción, sino que más bien trabajan su perfil de buenos
candidatos. Hay que suponer, entonces, que el dispositivo que acaba de
poner en marcha CFK de transferencia de la suma del poder público a La
Cámpora es el paso previo a una estrategia electoral compatible. Un
senador nacional del oficialismo señalaba días atrás que, a partir de
enero, el acuerdo con los holdouts será viable si se dan dos
condiciones: que sirva para obtener financiamiento externo y frenar las
corridas cambiarias y que pueda ser presentado mediáticamente como una
gran victoria política del gobierno. O sea, el comienzo triunfante de la
campaña electoral.
En este terreno, los últimos hechos son favorables al plan
cristinista. El acuerdo entre el PRO y UNEN aparece plagado de
obstáculos, sobre todo porque la mayor parte de la dirigencia de la UCR
acepta acuerdos con el macrismo a nivel provincial y municipal, pero es
reacia a encolumnarse detrás de la candidatura presidencial de Macri.
Por su parte, Sergio Massa debe hacer frente a un serio peligro en el
terreno donde exhibe mayor fortaleza: la primera sección electoral de
Buenos Aires. Luego de dejar que la opinión pública creyera que su pase
al Frente Renovador era inminente, Martín Insaurralde optó por
realinearse en el Frente para la Victoria y, como prueba de ello, votó
la reforma de la Ley de Abastecimiento y también la de Pago Soberano. El
lomense, como candidato a gobernador, podría restarle votos al Frente
Renovador. Otro factor que le da margen al gobierno es que, en el
extenso arco peronista y pese a la declinante situación económica, aun
los disidentes como José Manuel de la Sota eluden la confrontación
directa con CFK, convencidos de su creciente popularidad por enarbolar
la bandera de Patria o buitres.
Una campaña hecha por ella
Aunque todavía en borrador, en el entorno presidencial se considera
muy probable que Cristina asuma un rol protagónico en la campaña
electoral encabezando la boleta para diputados del PARLASUR, que serían
elegidos por distrito único, es decir, como si fuera una fórmula
presidencial. Mediante este artilugio, la campaña giraría en torno a la
retórica presidencial y el candidato presidencial del Frente para la
Victoria, Scioli, por ejemplo, quedaría totalmente opacado.
Con Cristina con boleta propia, el camporismo cree que será posible
llegar al ballotage, sobre todo si la dispersión electoral se concreta
en tres grandes fuerzas opositoras: el Frente Renovador, el PRO y UNEN.
Estaría claro que el cristinismo es consciente de que está destinado a
perder el ballotage contra cualquiera de los candidatos opositores, pero
se consolidaría como la primera fuerza opositora y ése es su objetivo
real que, de paso, le permitiría sacarse de encima a Scioli, que
cargaría con las culpas de la derrota.
