jueves, 13 de noviembre de 2014

El bi-partidismo disperso Peronismo y radicalismo. El blend peronista/radical.

Bernardo Maldonado-Kohen para JorgeAsisDigital.com. Jueves, 13 noviembre , 2014. / A- A+

El bi-partidismo disperso


Peronismo y radicalismo. El blend peronista/radical.

El bi-partidismo disperso 
escribe Bernardo Maldonado-Kohen
sobre informe de Consultora Oximoron
especial para JorgeAsísDigital
En trazo grueso, en la Argentina persiste el bi-partidismo. Disperso, con ramificaciones y riesgos de balcanización.
Se asiste al desgaste simultáneo de dos culturas políticas. El radicalismo y el peronismo. Dos identidades de centro, que ocupan la casi totalidad del escenario.
En la práctica, la derecha clásica no registra existencia. Desde la orgiástica evaporación de la UCD, lo que quedó de aquella derecha liberal se fundió en el peronismo. O trata de integrarse en la selectiva urbanidad del PRO, que representa el espacio de centro derecha (aunque no lo asuma).
Lo que subsiste, en una sociedad impregnada del estereotipado progresismo, es una izquierda real, bullanguera y minoritaria. Se consolida en el ascendente Partido Obrero, y otros complementos menores. Es el partido que mejor explota, en la base asalariada y popular, el desgaste, sobre todo la indolencia, del peronismo vegetal. Verdad que preocupa a los pocos empresarios despiertos. Los que evocan, con cierta nostalgia, la flexibilidad negociadora del sindicalismo peronista. Para apuntarlo: merced al ascenso del trotskismo, los peronistas son indirectamente revalorados.
Es cierto que bien puede ser fruto de la casualidad. Al fin y al cabo, el hecho de que los tres acontecimientos se hayan seguido el uno al otro y que en los mismos hayan estado involucradas distintas personalidades de la vida política -algunas de ellas crudamente antikirchneristas- no significa -al menos no de manera necesaria- que detrás de la escena, entre bambalinas, los personeros del aparato de inteligencia del Estado hayan dejado sus huellas digitales. 
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En rigor, nadie sabe a ciencia cierta quién fue el responsable del incendio que redujo a escombros un negocio del conocido empresario y hoy diputado de Santa Cruz, Eduardo Costa. Tampoco nadie sabe de dónde surgieron ni quién sacó unas fotos del presidente de la Corte Suprema de Justicia, junto a su actual pareja, durante un reciente viaje a Nueva York. Por fin, siguen siendo un verdadero misterio las veladas amenazas -anónimas para mayor abundamiento de datos- que le fueron hechas en los últimos días a uno de los principales políticos del arco opositor. Casualidad o no, han dado pábulo a que se tejan las más disímiles versiones respecto de una campaña de acción psicológica e intimidatoria en marcha, enderezada por el gobierno en contra de sus enemigos.
La mujer de Costa, Mariana Zuvic, dirigente destacada de la Coalición Cívica en aquella provincia, no se calló la boca ni dudó un instante a la hora de señalar al hijo de la presidente, Máximo, como el autor -si no directo, sí mediato- del atentado que conmocionó a la localidad de Río Gallegos el viernes de la semana pasada. Lorenzetti, por razones obvias, debió ser más cauto en atención a su investidura, aunque el seguimiento del cual fue objeto -sin él tener idea, claro- en la mencionada ciudad norteamericana, no le debe haber causado ninguna gracia.
Sea de ello lo que fuere, a medida que transcurren los días y cobra mayor voltaje una campaña electoral que, por muchas razones, será decisiva, no sería de extrañar que episodios como los comentados antes y otros de similar naturaleza se transformen en moneda corriente. Por de pronto, es notoria la virulencia con la cual cruzan acusaciones a diestra y siniestra los presidenciables. Pruebas al canto, los cargos que se hicieron Daniel Scioli y Sergio Massa con motivo de las inundaciones que azotaron a diferentes zonas de la provincia de Buenos Aires días atrás. El clima de crispación política que se vive en la Argentina preanuncia una lucha sin cuartel en la que el kirchnerismo sabe manejarse de maravillas.
Basta recordar como trataron el entonces jefe de gabinete de Néstor Kirchner, Alberto Fernández, y su principal aliado en la capital federal, Aníbal Ibarra, de enlodar la figura del recientemente fallecido dirigente radical Enrique Olivera cuando éste presentó su candidatura a jefe de gobierno de la ciudad, en las elecciones del año 2007. Horas antes de substanciarse los comicios echaron a correr una versión infundada sobre supuestas cuentas ilegales que Olivera tendría fuera del país, sin darle la posibilidad de defenderse. Luego, por supuesto, se comprobó que todo era falso, pero el daño ya estaba hecho.
Fue la mismísima Cristina Fernández, con una falta absoluta de responsabilidad, la que agitó no hace mucho el fantasma de disturbios sociales que, según ella, podrían estallar entre nosotros hacia finales de año. Claro está que, al hacer tan tremebundo anuncio, no ofreció ninguna precisión, seguramente porque no las tenía. Dio toda la impresión que, a través de semejante adelanto, la presidente quiso instalar en la gente una sensación de miedo por si acaso sucediese algo. Es más, no han faltado los mal pensados o simplemente los que dicen conocer los recovecos del pensamiento de la viuda de Kirchner, que creen en un armado capaz de justificar con posterioridad a cualquier estallido inducido la toma de medidas de seguridad de carácter extraordinario, por parte del gobierno. Aunque suenen excesivamente conspiracionistas, a esta altura de la disputa entre un kirchnerismo que resiste la idea de quedar a la intemperie en términos de poder después de diciembre de 2015 y el arco opositor, cualquier cosa resulta posible. Nada, pues, debe descartarse.
En todo este escenario es necesario traer a comento la salud de la Señora. No porque vayamos a tejer una de esas historias acerca de males incurables que la aquejarían o trastornos psicológicos que, tarde o temprano, la harían renunciar. En más de una oportunidad hemos dicho que hay algo evidente, visible, casi palpable en el modo que exterioriza la presidente sus simpatías, fobias y sentimientos en general: su desequilibrio emocional. Los nervios y el stress la tienen a mal traer y la internación seguida de reposo que le recomendaron sus facultativos de cabecera -a los cuales ella accedió de buena gana- son síntomas claros de lo dicho.
Cristina Fernández no se halla inmersa en un estado de sopor ni vive obsesionada por las conspiraciones que -presuntamente- a expensas suyas tramarían a diario sus enemigos de fuera y dentro del país. En realidad, lo que sucede tiene más que ver con un pensamiento político de carácter binario y con la descompensación emocional a la que hacíamos referencia antes. Está sola, enferma, y sabe que la impunidad con la que manejaron su marido y ella el país durante once años se halla próxima a su fin. ¿ Cómo no estar nerviosa? ¿Cómo no reaccionar muchas veces en forma histérica? ¿Cómo no tener miedo a que algún día también a ella le toque dar cuenta de sus actos y de sus cuentas en los estrados judiciales?
Si su manera de ver la realidad, de analizar los distintos escenarios que tiene por delante, de calibrar sin preconceptos las fuerzas y flaquezas de sus adversarios y las suyas propias, de vertebrar estrategias de cara al futuro y de decidir un rumbo para transitar el último año de su mandato no fuese binaria, seguramente otra sería la situación. Pero al ser su universo uno en donde sólo existen blancos y negros, buenos y malos, patriotas y traidores, amigos y enemigos, es lógico que actúe como hasta ahora y no conciba ningún tipo de acercamiento a sus opositores ni juzgue conveniente una transición armónica.
El aire político que respiramos se encuentra enrarecido precisamente por los efectos que esa manera binaria de ejercer el poder produce en la sociedad. El kirchnerismo ha logrado con su lógica de pueblo u oligarquía, populistas o neoliberales, defensores de los derechos humanos o represores, generar un clima de encono y de pasión que dista de ser esperanzador. Sobre todo porque entramos en el año final del ciclo K y a nadie que no sea capaz de distinguir y valorar los infinitos tonos grises que existen en una sociedad puede resultarle indiferente tener que entregarle su pertenencia más preciada, el poder, a quien considera su enemigo.

Fracaso, agotamiento y extinción


El bi-partidismo disperso Sin embargo aquí el desgaste, por uso y abuso del poder, suele confundirse con extinción.
Por lo tanto predomina la fácil tentación de imaginarse innovadores. A los efectos de presentarse socialmente como expresiones de “lo nuevo”, en desmedro de “lo viejo”, que fracasó. Interpretación más inspirada en la eficacia generosa del marketing que en la profundidad del conocimiento.
Es la vertiente redituable que explota el PRO. Es el pilar de uno de los tres principales aspirantes a la presidencia. Gobierna hoy el Artificio Autónomo de la Capital, la localidad de Vicente López (en la Provincia Inviable), y un meritorio municipio cordobés.
Mauricio Macri, su titular, supo captar con inteligencia el electorado de capa media que respondía al radicalismo y a la UCD. Y erigirse, al mismo tiempo, en una suerte de esperanza blanca, una reserva moral del peronismo deteriorado. Ante el desgaste que arrastra años de monotonía en el poder, Mauricio pasó a explotar, con destacable habilidad, la moda del anti-peronismo, fundamentado y creciente, en una sociedad necesitada de encontrar culpables accesibles. Téngase en cuenta que el agotamiento se confunde no sólo con extinción. Se lo identifica, sobre todo, con el fracaso.

Pero desgasta mucho más la residencia en el desierto opositor. La carencia de poder nacional que padece el radicalismo, pese a contar con un rescatable posicionamiento en diversas provincias. Y capitales de provincia.
Por lo tanto el peronismo, por el costado pragmático, hoy se encuentra en mejor situación para sobrevivir a su propio desgaste. Puede dejar transitoriamente de lado las diferencias irreconciliables entre sus distintas tolderías, cuando sobreviene la campaña electoral y se discute el manejo concreto de los presupuestos. Para acomodarse, sin ir más lejos, detrás de Scioli.

El bi-partidismo disperso  El problema es que al peronismo se le independizó una Franja. La Franja de Massa. Con una propuesta improvisada, precipitada, Sergio Massa se las ingenió para vencer a la estructura de la sustancial provincia de Buenos Aires. 2013. En las castigadoras elecciones de medio término. Cuando se elegían legisladores y no estaban en juego los presupuestos ejecutivos. De todos modos el triunfo de la Franja marcaba una tendencia. Hoy cuesta mantenerla.

La importancia de la estructura


Los tres protagonistas de la consagrada miniserie -“Sergio, Mauricio y Daniel” (cliquear)- se parecen demasiado. Derivaciones, en la práctica, de la interna peronista, que arrastra y absorbe, en su dinámica, a la cultura radical.

Si Daniel hoy aparece como algo más fortalecido, pese al desgaste y a las carencias de gestión, es por la conservación de la estructura del Partido Justicialista Vegetal.
Del peronismo que La Doctora devalúa, y lo mantiene neutralizado, perentoriamente a su merced. Viene acompañado de la colección de sellos, de buscapinas venerables que conforman la fastuosidad del Frente para la Victoria.
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 La progresía minoritaria que perfectamente podía haber participado de otro frente, con orientación radical. Como con aquella Alianza que en 1999 llevó a la presidencia a De la Rúa. Es carne de Frepaso, con la medialuna enarbolada, dispuesta a mojarla, en la taza del poder de turno.
Los otros dos, Sergio y Mauricio, más favorecidos por las encuestas y por los astros encarrilados, son también aspirantes centrales. “Del puerto” que atormentó en los equívocos iniciales del siglo diecinueve.
Uno es fuerte en la provincia inviable de Buenos Aires (Massa) y el otro es aparentemente imbatible en el Artificio de Buenos Aires capital (Macri).
Ambos tienen el desafío de conformar una estructura nacional. A los apurones. Y a expensas, por lo general, de la otra cultura política. La identidad radical, que conserva sus cuotas de poder en varias provincias y necesita mantenerlos. Y expandirse, de ser posible, con más legisladores, intendentes.
Es el sentido de “la batalla por los radicales” (cliquear) que libran.

El shopping y el blend


El bi-partidismo disperso Con el cuento amarillo de representar “lo nuevo”, con el atributo de una imagen instalada que supera ampliamente al partido que lo sostiene, Mauricio sale de shopping por las provincias. A adquirir persuasivamente radicales en pié. O a reciclar el invento menemista de transformar en estadistas a los famosos de ocasión. Pero en la actitud del shopping se cruza con Sergio.
Con el riesgo, en el caso de Sergio, de no contener, en la nueva epopeya, a los peronistas especuladores que lo acompañaron para la epopeya inicial.
Aparte, hasta aquí, el blend peronista-radical nunca funcionó bien. Aunque la mezcla de vinos, en algún momento, la pregonara el propio Perón. El del último regreso. Cuando percibía que su triunfo personal representaba la víspera sombría del fracaso de la nación.
Puede certificar Lavagna acerca de las dificultades del blend. Es el peronista presentable, que en 2007 armó un blend con el radical Morales.
O Francisco de Narváez, que en otro blend desató el inicio de su declinación. Junto a Ricardo Alfonsín.

Tres del puerto


El bi-partidismo disperso Daniel, Sergio y Mauricio son los tres personajes del puerto que acentúan la crisis de representación del llamado “interior”.
Los que no debieran justificarse, ni culpar a la supuesta influencia de los medios de comunicación, anclados en Buenos Aires.
Sería una manera de minimizar la proeza de Menem, desde La Rioja. O de Kirchner, desde Santa Cruz.
Los tres del puerto superan, en presencia y mediciones, a los otros exponentes valorables.
Por ejemplo a José Manuel De la Sota, o sea Córdoba. Consta que en el peronismo se le reconoce una magnitud de político superior. Una arquitectura intelectual bien desarrollada. Pero al cordobés, hasta hoy, no le alcanza para fundamentar su proyección nacional. De todos modos, De la Sota se dispone a jugar, según nuestras fuentes, su penúltimo cartucho.
O Hermes Binner, o sea Santa Fe. Un socialista mormón que se encuentra adherido al radicalismo carancheado, que estratégicamente hoy se despedaza. Y que arrastra, también, en la “tupacamarización”, a Cobos y Sanz, o sea Mendoza. Ambos deben decidir entre la situación límite de asumir la derrota, o anexarse en un blend. Con Sergio o con Mauricio, los que se resignan a la aventura del shopping de radicales, para armar en pocos meses la estructura convincente que aún les falta.

Bernardo Maldonado-Kohen
para JorgeAsisDigital.com