EL CASO DE GIORDANO BRUNO
[Es
una objeción frecuente contra la Iglesia “preconciliar” el que se haya
puesto a favor de la pena capital, acusándola de una crueldad
inaceptable en nuestros tiempos humanitarios. El mismo Francisco se ha
referido a ello el 23 de octubre de 2014, tal como se relata en el post Francisco contra la pena de muerte y la cadena perpetua
apartándose así de la doctrina secular de la Iglesia. También se ha
mofado, con evidente falsedad, de la práctica secular de la Santa
Inquisición en una reciente entrevista con “colegas” protestantes a los
que recibió en lugar del fallecido “obispo hermano” Tony Palmer”.
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Causó
hilaridad su jocosa observación que se lee en el post El coraje de Francisco, en el que se narra la “divertida” anécdota que yo describí de la siguiente manera :
Se necesita valor o sea coraje para denigrar a la Santa
Inquisición, con falsedades, y dentro del Vaticano, para caer bien en
una reunión “ecuménica” con luteranos de los que se alaba su coraje por
entrar en las estancias vaticanas ya que en otra época, como él aseguró, “los quemarían vivos”.
Pues bien, al
hilo de esta materia traigo la respuesta dada a esa frecuente objeción,
centrada en este caso, en lo sucedido, con el célebre dominico Jordano
Bruno, que es respondida muy ilustrativamente :]
EL CASO DE JORDANO BRUNO
UNA OBRA MAESTRA DE FARISEISMO: JORDANO BRUNO CONDENADO A LA HOGUERA PARA EVITAR… EL DERRAMAMIENTO DE SANGRE
Así lo he leído en un antiguo texto escolar. Con una obra maestra de doblez el condenado fue «entregado a la potestad civil» con la recomendación de que se le tratase con dulzura «y sin derramamiento de sangre», que era la fórmula con la que se indicaba la pena de hoguera. ¡Cuánta mansedumbre evangélica! (A. I.—R. Emilia.)
Así lo he leído en un antiguo texto escolar. Con una obra maestra de doblez el condenado fue «entregado a la potestad civil» con la recomendación de que se le tratase con dulzura «y sin derramamiento de sangre», que era la fórmula con la que se indicaba la pena de hoguera. ¡Cuánta mansedumbre evangélica! (A. I.—R. Emilia.)
Usted verá, señor A. I., una parte de su consulta, que aquí he
omitido, en la consulta 52.Temo que usted no recuerde bien el verdadero
pensamiento del texto de que habla, porque me parece difícil tanta
ignorancia o sectarismo en su autor.
Las frases susodichas tienen realmente el muy diverso y muy conocido
significado de la terminología jurídica de la época. Como es sabido, el
delito de herejía era considerado un mal religioso y social tan grave
que lo castigaba la autoridad civil con la muerte; y Federico II, el
primero (1231), estableció la hoguera (véase respuesta número 23). La
perversión y obstinación doctrinal de Bruno lo llevó, por tanto,
inexorablemente, según las leyes vigentes, a ese final. El juzgar la
herejía era competencia de la Iglesia. La autoridad secular aceptaba ese
juicio de la Iglesia y atendía luego a la obligada ejecución de las
sanciones penales, según las propiasleyes, no bien la autoridad religiosa le entregaba el reo, lo cual se llamaba «abandono del reo al brazo secular».
Al realizar esa entrega era de rigor por parte de la Iglesia el recomendar dulzura, lo que efectivamente se hizo asimismo en el caso de Bruno, cuando fue entregado «al gobernador de Roma» para que lo castigase con las debidas penas, rogándole, sin embargo, eficazmente que “se dignase mitigar el rigor de las leyes en cuanto a la pena de su persona». Tomo estas palabras de El sumario del proceso de Jordano Bruno (las actas completas del proceso, que duró siete años, se han perdido) publicado con ejemplar espíritu de imparcialidad por el ilustre prefecto del Archivo Secreto Vaticano, monseñor Angel Mercati, en 1942. No he encontrado, pero pudo muy bien ser que se añadiera la recomendación de que se evitase la «efusión de sangre», frase esta última también corriente en el lenguaje jurídico para indicar sencillamente la«muerte» de cualquier tipo, y, por tanto, asimismo la hoguera. El derecho de condenar a muerte se llamaba realmente «el derecho de la espada» (véase Romanos, XIII, 4). Evitar la efusión de sangre significaba, por tanto, evitar la muerte. Pero ¿cómo podía la Iglesia hacer esa recomendación de moderación si sabía que la ley habría ciertamente conminado con la muerte?
Al realizar esa entrega era de rigor por parte de la Iglesia el recomendar dulzura, lo que efectivamente se hizo asimismo en el caso de Bruno, cuando fue entregado «al gobernador de Roma» para que lo castigase con las debidas penas, rogándole, sin embargo, eficazmente que “se dignase mitigar el rigor de las leyes en cuanto a la pena de su persona». Tomo estas palabras de El sumario del proceso de Jordano Bruno (las actas completas del proceso, que duró siete años, se han perdido) publicado con ejemplar espíritu de imparcialidad por el ilustre prefecto del Archivo Secreto Vaticano, monseñor Angel Mercati, en 1942. No he encontrado, pero pudo muy bien ser que se añadiera la recomendación de que se evitase la «efusión de sangre», frase esta última también corriente en el lenguaje jurídico para indicar sencillamente la«muerte» de cualquier tipo, y, por tanto, asimismo la hoguera. El derecho de condenar a muerte se llamaba realmente «el derecho de la espada» (véase Romanos, XIII, 4). Evitar la efusión de sangre significaba, por tanto, evitar la muerte. Pero ¿cómo podía la Iglesia hacer esa recomendación de moderación si sabía que la ley habría ciertamente conminado con la muerte?
Es facilísima la respuesta si se piensa que la fórmula tenía un carácter burocrático jurídico. Pero decir «burocrático» no quiere decir en este caso ni «falso» ni «inútil».
Era una frase que en la intención de la Iglesia corroboraba una
orientación, un principio: la orientación de la máxima moderación, compatible con la justicia y con las leyes vigentes.
Esa misma relegación al «brazo secular» en los delitos de pena capital no era una ficción y un farisaico invento de la Iglesia para lavarse las manos en ello. Basta pensar que en los tiempos en que la Iglesia tenia un indiscutido derecho y en que la pena de muerte estaba corrientemente admitida, no habría encontrado dificultad práctica alguna para llevar ella misma al suplicio a los condenados.
Esa misma relegación al «brazo secular» en los delitos de pena capital no era una ficción y un farisaico invento de la Iglesia para lavarse las manos en ello. Basta pensar que en los tiempos en que la Iglesia tenia un indiscutido derecho y en que la pena de muerte estaba corrientemente admitida, no habría encontrado dificultad práctica alguna para llevar ella misma al suplicio a los condenados.
En cambio, jamás lo hizo. La pena de muerte jamás ha figurado en su código.
Se discute si, como sociedad perfecta, tendría o no derecho a ella.
Pero, aun teniéndolo, ella —de acuerdo con la mansedumbre del Evangelio—
jamás lo ejerció, al menos directa e inmediatamente. Incluso, aunque el
brazo secular ejecutase la pena capital, ésta en rigor se hacía en
nombre de la autoridad civil, la cual debía, por su parte, tener en
cuenta asimismo los daños sociales, además de los religiosos, y no en
nombre propio.
subrayada por aquella recomendación, revelaba realmente el espíritu
de moderación que animaba a la Iglesia, aun cuando las necesidades de
la justicia exigían el rigor; revelaba que la severidad estaba como
arrancada a la fuerza a su misericordia, y que, en especial, se rendía
con dolor a la necesidad de que un hijo suyo fuese abandonado a la
extrema sanción del brazo secular; recordaba el clásico principio: «Ecclesia abhorret a sanguine.-»
Lo cual evidentemente prescinde del todo de los sentimientos personales y privados que pudieran tener las personalidades constitutivas de aquel tribunal eclesiástico, entre las que, de todos modos, hubo también santos (véase consulta 68).
Lo cual evidentemente prescinde del todo de los sentimientos personales y privados que pudieran tener las personalidades constitutivas de aquel tribunal eclesiástico, entre las que, de todos modos, hubo también santos (véase consulta 68).
BIBLIOGRAFIA
Acerca de la pena de muerte y el recurso al brazo secular, en general:
Acerca de la pena de muerte y el recurso al brazo secular, en general:
E. Thamiry: Peine de mort, DThC., X, págs. 2.500-8;
A. Ottaviani: Institutionis iuris publici ecclesiastici, Roma, 1936, II, págs. 159-160;
G. de Pascal: Liberalisme DAFC., II, págs. 1.836-7;
I. Mattiello: Braccio secolare, EC., II, págs. 2.013-16;
Choupin: Répression de l’hérésie, DAFC., II, págs. 446-57;
A. Mercati: II sommario del processo di Giordano Bruno, Ciudad del Vaticano, 1942;
E. Fenu: Giordano Bruno, Brescia, 1938;
A. Carlini: Brumo, G., EC., III, págs. 150-4.
Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE


