Maradona es un producto del país y todos nosotros
deberíamos saber que cada vez que “El Diego” abre la boca, hay muchos en
el mundo que creen que es el país el que habla por él.
Maradona es un producto nuestro, producto señero, si los hay, de una
vernácula y barata filosofía utilizada por todos los políticos sin
excepción y que exalta impúdicamente a “Su Majestad El Pobre” pero que
contra todo lo que proclama no alcanza a todos los pobres, ya que aquel
que “yuga” día a día para mejorar su calidad de vida, para dar un
futuro mejor a sus hijos está excluido, o por dignidad se excluye, de la
categoría de “pobres” a ayudar.
El quía exaltado por esta cosmología cambalachera es el vago, el
perezoso, el fugitivo diario de cualquier posibilidad de trabajo y al
que un día le enseñaron que papá estado tiene la obligación de sacarle
su dinero a quienes mediante su trabajo han adquirido estabilidad y
bienes materiales para que, con la “administración de los políticos”,
se le pueda proveer a ellos el asado, el vino y ahora, ¿Por qué no?, el
paco suyo de cada día.
Este Frankenstein de cabotaje creado con absoluta irresponsabilidad
por todos nosotros no es otra cosa que un ser humano que a su intuición
sumaba un atributo físico espectacular. Era el que mejor le pegaba en el
mundo a la pelota. Relación intuición y talento físico que le permitía
anticipar jugadas y llegar a ser el maravilloso jugador de fútbol que
fue pero que, salvando las distancias puede ser comparado al talento
equivalente de- porque éste también tiene atributos parecidos- Dolfina
Toro, el mejor caballo del abierto 2012, para seguir jugadas veloces y
difíciles.
Pero nosotros, huérfanos desde hace mucho de premios Nobel- Milstein
fue el último- también pretendíamos que “El Diego” se convirtiera en un
ministro de RR.EE. paralelo o en un filósofo de ocasión a quien muchos
imbéciles- si él con su letra de 4° grado hubiera escrito un evangelio-
lo hubieran seguido fanáticamente.
Después de haber creado este Golem empezamos a preocuparnos.
¿Preocuparnos por qué? ¿Porque alaba al “Che” o a Fidel? ¿Porque, inmune
al disenso, manda a cometer fellatio a quien no piensa como él?
¿Porque él, que siempre fue desfachatadamente oficialista, hoy es
cristinista? En nuestra terca capacidad para crear monstruos nos hemos
negado a bajarlo del pedestal al que lo subimos. Nos negamos a aceptar
que “El Diego” ni es un filósofo ni siquiera un pensador. Es sólo un
muchacho con limitaciones, producto de la falta de educación, y al que
los excesos que él cometió y que muchos festejaron y perdonaron lo
redujeron a un ser que gracias a Dios aún puede enhebrar algunas frases.
Mejor volvamos a nosotros porque Maradona no es -hace años que no lo
es, salvo para nuestra necesidad de creer que somos algo en el mundo-
referente de nada.
Pensemos, todos aquellos que cada vez que el “10” recupera fama por
un exabrupto elevamos nuestra voz contra él y preguntémonos, ¿Hemos
puesto el mismo énfasis para criticar el incremento de los subsidios que
crean tipos limados que aunque nunca llegan a ser los “mejores del
mundo” solo sirven para robarles el voto? ¿Tenemos la misma indignación
frente al uso indiscriminado de los recursos públicos? ¿Alguien ha
levantado la voz porque en la Universidad del Chaco grupos de chicos,
que si tienen problemas económicos estos no son ni siquiera comparables a
los de muchos de sus comprovincianos más pobres, viven a pura joda en
las dependencias de la universidad; Universidad que pagamos todos pero
que fundamentalmente pagan, IVA mediante, las familias más empobrecidas
con hijos que jamás accederán a esa educación?
Y así podría seguir haciendo cientos de preguntas y enumerando
cuantas y tantas causas -corrupción desenfrenada, crecimiento
desmesurado de la pobreza, políticas sanitarias inexistentes, escuela
pública destruida, falta de seguridad, indefensión nacional, inseguridad
jurídica- en las que, aceptémoslo, nuestros ánimos no se encrespan como
con los dichos de Maradona. Si fuéramos capaces de indignarnos por más
tiempo que los minutos que “El Diego” nos enerva con sus dichos, haría
tiempo que le hubiéramos parado los pies a esta camorra de sabandijas
que alguna vez votamos y que día a día nos hacen saber por cadena
nacional que “la tenemos adentro”.
Dentro de unos años y si existimos aún como Nación, lo que cada día
que pasa me genera más dudas, deberemos rendir cuentas a nuestros hijos y
nietos por nuestra cobardía al haber permitido que las instituciones de
la República quedaran en manos de mercachifles, cortabolsas y
meretrices y que nosotros, a caballo del cuento que había que defender
la democracia, no nos animamos a echarlos a patadas. Pero siempre nos
quedará decirles que, por una cuestión de buenas maneras, dedicamos días
y días a discutir las “opiniones” o exabruptos de un inimputable.
José Luis Milia