martes, 6 de agosto de 2013

¿QUIÉN LE TEME AL PAPA FRANCISCO?

¿QUIÉN LE TEME AL PAPA FRANCISCO?

“Sólo la elección de Jorge Bergoglio hubiera producido un cuadro más complicado … el foco de atención del hipotético papa Bergoglio hubiera sido la Argentina, así como el de Karol Wojtyla fue Polonia, lo cual habría creado un serio problema de gobernabilidad.”
De Horacio Verbitsky, en 2005
cristinafrancisco
 El Espejo de la Argentina coincide totalmente con este artículo de su colaborador Jorge Raventos, y lo hace suyo con  entusiasmo.
Lo publicamos, a su vez, como un sencillo homenaje al querido monseñor Bergoglio -el padre Bergoglio, como gustaba llamarse- hoy papa Francisco. Nuestro papa: de los argentinos y de todos los católicos del mundo.
Saber aprovechar esa bendición de Dios, a pesar de diferencias pretéritas, será signo de una serena y profunda inteligencia (es decir, de sabiduría) y de una hoy muy necesaria y deseable grandeza de alma.

El director
 La consagración del cardenal Jorge Bergoglio como Papa es un acontecimiento de significación global y sin duda constituye una fortísima señal de cambio de época. El hecho excede por lejos el escenario de la política argentina, pero no hay duda de que ejercerá (el tiempo de verbo, en rigor, no es el futuro sino el presente: ejerce ya) una influencia decisiva en el escenario doméstico.
Pese a que el pastor argentino ya había revelado su atracción e influencia en el Cónclave del año 2005 que hizo Papa al alemán Ratzinger y en posteriores  encuentros mundiales de obispos, su nominación  tomó por sorpresa a los vaticanólogos. Bergoglio figuraba en los cálculos como “kingmaker”, como gran elector,  por sus enormes ascendente y prestigio, pero no se lo veía ya como papable, aunque su nombre circulara secundariamente.
La resolución del Cónclave confirma varias hipótesis. Primero: habrá cambios importantes en la Curia romana, un espacio de poder  que siempre despertó reticencias en Bergoglio, a veces convocado para altos cargos. La Curia romana ha sido señalada como uno de los factores que determinaron  la renuncia de Benedicto XVI.
Ese cuestionado papel de los curiales –donde tradicionalmente prevalecen italianos- disminuía a priori  las chances de un Papa de ese origen, pese a que algunos de los cardenales italianos –como Angelo Scola, uno de los más mencionados- reunían condiciones y virtudes suficientes.
Todo indicaba que el nuevo Papa no sólo no sería italiano, sino que  llegaría desde el otro lado del Atlántico. Muchos imaginaban que sería de la América del Norte, por eso sonaron los nombres de dos estadounidenses  y un canadiense. Desde la Curia romana se impulsó a un brasilero, el paulista Scherer, menos representativo de la Iglesia brasilera (que lo descartó como Presidente del Episcopado) que de los propios curiales. Finalmente, Bergoglio encarnó una diagonal que daba respuestas a la mayoría de las preocupaciones que cruzaban a los cardenales tras la dimisión del Papa Ratzinger: capacidad de transmitir misión, humildad y fe tanto con palabras como con conductas, voluntad reformadora y firmeza doctrinaria. Hubo así un Papa americano, latinoamericano, argentino.
 La leyenda negra y sus escribidores
Paradójicamente, las usinas que ya antes del Cónclave  parecían darle más verosimilitud a una sorpresiva coronación del hasta entonces  Primado de Argentina, eran las vinculadas a la agitprop oficialista, que bombardearon a cardenales y periodistas del mundo con una leyenda negra  destinada a desacreditar a Bergoglio y basada, principalmente, en  artículos de presunta investigación periodística de Horacio Verbitsky, columnista de Página 12 y, sobre todo, asesor sin cartera del gobierno o, como lo define en estos días el  periodista Alfredo Leuco, “jefe de inteligencia informal del kirchnerismo”.
La  intensidad de esa campaña ha sido tanta que motivó una denuncia del mismo Vaticano. Su vocero, el padre Federico Lombardi, la caracterizó como una serie de “acusaciones calumniosas” lanzadas por “una izquierda anticlerical para atacar a la Iglesia”.
En rigor, los ataques  se lanzaron preventivamente para obstruir una eventual consagración de Bergoglio y fracasaron en ese cometido. Por inercia, los argumentos empleados con aquel objetivo por la propaganda oficialista afloraron tan pronto se conoció el resultado de la fumata blanca, ahora  con la intención de  manchar al flamante Papa y a la Iglesia.
 Una cuña en la Iglesia argentina
La ofensiva no se ocupaba sólo de disparar contra el blanco principal, sino que buscaba (en rigor, busca) introducir una cuña  en la Iglesia argentina. En los últimos tiempos han  florecido grupos y grupitos que atacan a las jerarquías eclesiásticas con argumentos acuñados  en la matriz propagandística oficial. Ha habido una intención de reproducir anacrónicamente tendencias de la década del 70, tercermundismos eclesiásticos pasados por  las aguas del chavismo y hasta núcleos de laicos coordinados por figuras  paraoficialistas  que llegaron a tener cargos jerárquicos (como el ex secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá, asimismo ex gobernador bonaerense; y el ex embajador en Uruguay, también desde tiempos de Carlos Menem, aunque consiguió atravesar varios períodos presidenciales, Hernán Patiño) que, agrupados en la ONG Cristianos por el Tercer Milenio, disparan contra el Episcopado argentino hablando de “las conductas ambivalentes de sus pastores” y  cuestionan a “la iglesia institucional” como “una más de las estructuras de un poder establecido que rechazan, por representar intereses contradictorios con los valores evangélicos y con la construcción de una sociedad donde la dignidad y la justicia nos alcance a todos por igual”.
El coro se completa con figuras más o menos acreditadas, desde Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini  a Luis D’Elía, pasando por Víctor Hugo Morales y los animadores de los programas de la “TV pública”  y por una lista de anónimos que pintan paredes o promueven silbatinas (como la que acompañó las reticentes alusiones  de la señora de Kirchner  al nuevo Pontífice en Tecnópolis).
 El diagnóstico de Verbitsky
El caso de Horacio Verbitsky es destacable, porque él inició la campaña mucho antes.  Hay que reconocerle su condición de adelantado. En 2005, tras la consagración de Ratzinger como Papa Benedicto XVI, escribió que el Papa alemán era “lo segundo peor”. Lo primero peor hubiera sido, decía, la consagración de Jorge Bergoglio. Ya en ese momento se sabía que el argentino había recibido mucho apoyo en el Cónclave de aquel año. “Sólo la elección de Jorge Bergoglio hubiera producido un cuadro más complicado – explicaba anticipatoriamente  el columnista – … el foco de atención del hipotético Papa Bergoglio hubiera sido la Argentina, así como el de Karol Wojtyla fue Polonia, lo cual habría creado un serio problema de gobernabilidad.”
El Pontífice hipotético de 2005, ocho años más tarde es el nuevo Papa. Un Papa “argentino y peronista”. Lo que entonces fue escrito como un requiem, se convierte, desde el 12 de marzo, en un diagnóstico.
Esta es la visión que impregnó al oficialismo y que tiñó las primeras reacciones presidenciales, recelosas y absolutamente ajenas al júbilo popular. En verdad, nada nuevo. Los Kirchner  ningunearon y maltrataron al obispo de Buenos Aires que se convertiría en Papa: la celebración de las fechas patrias fue sistemáticamente mudada al interior para no pisar la Catedral metropolitana, asiento de Bergoglio antes de transformarse en Pontífice. Más de quince solicitudes de audiencia del Arzobispo fueron rebotadas en la Casa Rosada.
Ahora el Papa Bergoglio la recibirá a ella. En El Vaticano. Le concedió a la presidente argentina la primera audiencia a un jefe de Estado.
 Las convicciones en el umbral
La señora de Kirchner llegará a Roma sabiendo que la actitud que caracterizó hasta ahora a su gobierno ante la consagración del cardenal argentino  -que responde a sus íntimas convicciones y preferencias- choca contra la opinión pública y contra el sentimiento  popular. Si no se había dado cuenta se lo recuerdan inclusive muchos de sus propios fieles que no han querido acompañar esa postura (¡el mismísimo Guillermo Moreno!) y, ante la realidad de Bergoglio Papa,  han tomado  explícita distancia de la campaña de denigración. ¿Será capaz de contener sus sentimientos y convicciones íntimas, de dejarlas en el umbral de la Casa Rosada para no chocar frontalmente con la sociedad que le toca presidir?
Hay que reconocer que  la presidente hasta ahora (sobre todo con fuerzas que considera inferiores a las propias) ha actuado muy frontalmente. Y cuando considera que  alguien al que registra como adversario actual o potencial  reserva sus opiniones para eludir el castigo  o para no prestarse a una batalla estéril, suele  azuzarlo con la palabra “hipócrita”, dicha por ella misma o por algún  lenguaraz. Asentada en esa escala de valores, hay que imaginar que le resultará moralmente difícil  postergar sus convicciones.
Pero bien podría modificarlas. De hecho, el cambio de atmósfera  generado por la consagración del Papa argentino le ofrece  a la Presidenta  una oportunidad para dejar atrás  el clima de confrontación permanente, la lógica de considerar enemigos a los adversarios  (¡y hasta a los miembros de su misma fuerza que no son meticulosos en la obediencia!).
Ese cambio de atmósfera producido con la consagración de Bergoglio viene acompañado  de  milagrosos dones en lo doméstico y en lo internacional:  con el Papa, la Argentina muestra al mundo lo mejor: una figura que se asienta en los valores y no en la banalidad, que exhibe una conducta humilde y  no arrogante, que viajó a Roma, donde se convertiría en Pontífice,  en clase turista y no en un jet alquilado, que predica con la palabra y los actos la solidaridad y el diálogo, no la supremacía y la confrontación; la previsibilidad y la confianza, no el capricho y la arbitrariedad. La Argentina está ahora ante los ojos del mundo y, cuando el mundo mira al Papa, ve cosas que benefician al país.
Líder espiritual de cientos de millones de seres humanos, sería un delirio esperpéntico considerar al Papa un enemigo político doméstico -como lo han sugerido los propagandistas K – en lugar de asumirlo como el formidable respaldo que el país  necesita para recuperar  la unidad y la concordia. Porque, si por cierto sería mirar la realidad con un microscopio imaginar al Papa como un actor doméstico, sería taparse los ojos ignorar que su  influencia se hará sentir objetivamente, como una fuerza de la Naturaleza.
En julio -última semana- el Papa Francisco visitará Brasil; Río será sede de la Jornada Mundial de la Juventud. Antes o después llegará a Buenos Aires y las calles y plazas quedarán  chicas para recibirlo. Hay que imaginar que se volcarán a saludarlo muchas más personas que las que colmaron plazas y avenidas el 8N. Quizás esta vez colmen Luján.
Pero, a diferencia de aquella multitud, ligada principalmente por la negatividad y el rechazo en un contexto de confrontación, esta vez tendrá una contención y un sentido de otra naturaleza.
En ese cambio general de la atmósfera incidirá la presencia, ya universal, del compatriota que ahora es Papa.
De las cosas domésticas habrá que ocuparse en casa.  Así ocurrió en Polonia.