¿QUIÉN LE TEME AL PAPA FRANCISCO?
“Sólo la elección de Jorge Bergoglio
hubiera producido un cuadro más complicado … el foco de atención del
hipotético papa Bergoglio hubiera sido la Argentina, así como el de
Karol Wojtyla fue Polonia, lo cual habría creado un serio problema de
gobernabilidad.”
De Horacio Verbitsky, en 2005
El Espejo de la Argentina coincide totalmente con este artículo de su colaborador Jorge Raventos, y lo hace suyo con entusiasmo.
Lo publicamos, a su vez, como un sencillo homenaje al querido monseñor Bergoglio -el padre Bergoglio, como gustaba llamarse- hoy papa Francisco. Nuestro papa: de los argentinos y de todos los católicos del mundo.
Saber aprovechar esa bendición de Dios, a pesar de diferencias pretéritas, será signo de una serena y profunda inteligencia (es decir, de sabiduría) y de una hoy muy necesaria y deseable grandeza de alma.
El director
La consagración del cardenal Jorge Bergoglio como Papa es un
acontecimiento de significación global y sin duda constituye una
fortísima señal de cambio de época. El hecho excede por lejos el
escenario de la política argentina, pero no hay duda de que ejercerá (el
tiempo de verbo, en rigor, no es el futuro sino el presente: ejerce ya)
una influencia decisiva en el escenario doméstico.
Pese a que el pastor argentino ya había revelado su atracción e
influencia en el Cónclave del año 2005 que hizo Papa al alemán Ratzinger
y en posteriores encuentros mundiales de obispos, su nominación tomó
por sorpresa a los vaticanólogos. Bergoglio figuraba en los cálculos
como “kingmaker”, como gran elector, por sus enormes ascendente y
prestigio, pero no se lo veía ya como papable, aunque su nombre
circulara secundariamente.
La resolución del Cónclave confirma varias hipótesis. Primero: habrá
cambios importantes en la Curia romana, un espacio de poder que siempre
despertó reticencias en Bergoglio, a veces convocado para altos cargos.
La Curia romana ha sido señalada como uno de los factores que
determinaron la renuncia de Benedicto XVI.
Ese cuestionado papel de los curiales –donde tradicionalmente prevalecen italianos- disminuía a priori las chances
de un Papa de ese origen, pese a que algunos de los cardenales
italianos –como Angelo Scola, uno de los más mencionados- reunían
condiciones y virtudes suficientes.
Todo indicaba que el nuevo Papa no sólo no sería italiano, sino que
llegaría desde el otro lado del Atlántico. Muchos imaginaban que sería
de la América del Norte, por eso sonaron los nombres de dos
estadounidenses y un canadiense. Desde la Curia romana se impulsó a un
brasilero, el paulista Scherer, menos representativo de la Iglesia
brasilera (que lo descartó como Presidente del Episcopado) que de los
propios curiales. Finalmente, Bergoglio encarnó una diagonal que daba
respuestas a la mayoría de las preocupaciones que cruzaban a los
cardenales tras la dimisión del Papa Ratzinger: capacidad de transmitir
misión, humildad y fe tanto con palabras como con conductas, voluntad
reformadora y firmeza doctrinaria. Hubo así un Papa americano,
latinoamericano, argentino.
La leyenda negra y sus escribidores
Paradójicamente, las usinas que ya antes del Cónclave parecían darle
más verosimilitud a una sorpresiva coronación del hasta entonces
Primado de Argentina, eran las vinculadas a la agitprop
oficialista, que bombardearon a cardenales y periodistas del mundo con
una leyenda negra destinada a desacreditar a Bergoglio y basada,
principalmente, en artículos de presunta investigación periodística de
Horacio Verbitsky, columnista de Página 12 y, sobre todo, asesor sin
cartera del gobierno o, como lo define en estos días el periodista
Alfredo Leuco, “jefe de inteligencia informal del kirchnerismo”.
La intensidad de esa campaña ha sido tanta que motivó una denuncia
del mismo Vaticano. Su vocero, el padre Federico Lombardi, la
caracterizó como una serie de “acusaciones calumniosas” lanzadas por
“una izquierda anticlerical para atacar a la Iglesia”.
En rigor, los ataques se lanzaron preventivamente para obstruir una
eventual consagración de Bergoglio y fracasaron en ese cometido. Por
inercia, los argumentos empleados con aquel objetivo por la propaganda
oficialista afloraron tan pronto se conoció el resultado de la fumata
blanca, ahora con la intención de manchar al flamante Papa y a la
Iglesia.
Una cuña en la Iglesia argentina
La ofensiva no se ocupaba sólo de disparar contra el blanco
principal, sino que buscaba (en rigor, busca) introducir una cuña en la
Iglesia argentina. En los últimos tiempos han florecido grupos y
grupitos que atacan a las jerarquías eclesiásticas con argumentos
acuñados en la matriz propagandística oficial. Ha habido una intención
de reproducir anacrónicamente tendencias de la década del 70,
tercermundismos eclesiásticos pasados por las aguas del chavismo y
hasta núcleos de laicos coordinados por figuras paraoficialistas que
llegaron a tener cargos jerárquicos (como el ex secretario de
Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá, asimismo ex gobernador
bonaerense; y el ex embajador en Uruguay, también desde tiempos de
Carlos Menem, aunque consiguió atravesar varios períodos presidenciales,
Hernán Patiño) que, agrupados en la ONG Cristianos por el Tercer
Milenio, disparan contra el Episcopado argentino hablando de “las
conductas ambivalentes de sus pastores” y cuestionan a “la iglesia
institucional” como “una más de las estructuras de un poder establecido
que rechazan, por representar intereses contradictorios con los valores
evangélicos y con la construcción de una sociedad donde la dignidad y la
justicia nos alcance a todos por igual”.
El coro se completa con figuras más o menos acreditadas, desde Estela
de Carlotto y Hebe de Bonafini a Luis D’Elía, pasando por Víctor Hugo
Morales y los animadores de los programas de la “TV pública” y por una
lista de anónimos que pintan paredes o promueven silbatinas (como la que
acompañó las reticentes alusiones de la señora de Kirchner al nuevo
Pontífice en Tecnópolis).
El diagnóstico de Verbitsky
El caso de Horacio Verbitsky es destacable, porque él inició la
campaña mucho antes. Hay que reconocerle su condición de adelantado. En
2005, tras la consagración de Ratzinger como Papa Benedicto XVI,
escribió que el Papa alemán era “lo segundo peor”. Lo primero peor
hubiera sido, decía, la consagración de Jorge Bergoglio. Ya en ese
momento se sabía que el argentino había recibido mucho apoyo en el
Cónclave de aquel año. “Sólo la elección de Jorge Bergoglio hubiera
producido un cuadro más complicado – explicaba anticipatoriamente el
columnista – … el foco de atención del hipotético Papa Bergoglio hubiera
sido la Argentina, así como el de Karol Wojtyla fue Polonia, lo cual
habría creado un serio problema de gobernabilidad.”
El Pontífice hipotético de 2005, ocho años más tarde es el nuevo
Papa. Un Papa “argentino y peronista”. Lo que entonces fue escrito como
un requiem, se convierte, desde el 12 de marzo, en un diagnóstico.
Esta es la visión que impregnó al oficialismo y que tiñó las primeras
reacciones presidenciales, recelosas y absolutamente ajenas al júbilo
popular. En verdad, nada nuevo. Los Kirchner ningunearon y maltrataron
al obispo de Buenos Aires que se convertiría en Papa: la celebración de
las fechas patrias fue sistemáticamente mudada al interior para no pisar
la Catedral metropolitana, asiento de Bergoglio antes de transformarse
en Pontífice. Más de quince solicitudes de audiencia del Arzobispo
fueron rebotadas en la Casa Rosada.
Ahora el Papa Bergoglio la recibirá a ella. En El Vaticano. Le
concedió a la presidente argentina la primera audiencia a un jefe de
Estado.
Las convicciones en el umbral
La señora de Kirchner llegará a Roma sabiendo que la actitud que
caracterizó hasta ahora a su gobierno ante la consagración del cardenal
argentino -que responde a sus íntimas convicciones y preferencias-
choca contra la opinión pública y contra el sentimiento popular. Si no
se había dado cuenta se lo recuerdan inclusive muchos de sus propios
fieles que no han querido acompañar esa postura (¡el mismísimo Guillermo
Moreno!) y, ante la realidad de Bergoglio Papa, han tomado explícita
distancia de la campaña de denigración. ¿Será capaz de contener sus
sentimientos y convicciones íntimas, de dejarlas en el umbral de la Casa
Rosada para no chocar frontalmente con la sociedad que le toca
presidir?
Hay que reconocer que la presidente hasta ahora (sobre todo con
fuerzas que considera inferiores a las propias) ha actuado muy
frontalmente. Y cuando considera que alguien al que registra como
adversario actual o potencial reserva sus opiniones para eludir el
castigo o para no prestarse a una batalla estéril, suele azuzarlo con
la palabra “hipócrita”, dicha por ella misma o por algún lenguaraz.
Asentada en esa escala de valores, hay que imaginar que le resultará
moralmente difícil postergar sus convicciones.
Pero bien podría modificarlas. De hecho, el cambio de atmósfera
generado por la consagración del Papa argentino le ofrece a la
Presidenta una oportunidad para dejar atrás el clima de confrontación
permanente, la lógica de considerar enemigos a los adversarios (¡y
hasta a los miembros de su misma fuerza que no son meticulosos en la
obediencia!).
Ese cambio de atmósfera producido con la consagración de Bergoglio
viene acompañado de milagrosos dones en lo doméstico y en lo
internacional: con el Papa, la Argentina muestra al mundo lo mejor: una
figura que se asienta en los valores y no en la banalidad, que exhibe
una conducta humilde y no arrogante, que viajó a Roma, donde se
convertiría en Pontífice, en clase turista y no en un jet alquilado,
que predica con la palabra y los actos la solidaridad y el diálogo, no
la supremacía y la confrontación; la previsibilidad y la confianza, no
el capricho y la arbitrariedad. La Argentina está ahora ante los ojos
del mundo y, cuando el mundo mira al Papa, ve cosas que benefician al
país.
Líder espiritual de cientos de millones de seres humanos, sería un
delirio esperpéntico considerar al Papa un enemigo político doméstico
-como lo han sugerido los propagandistas K – en lugar de asumirlo como
el formidable respaldo que el país necesita para recuperar la unidad y
la concordia. Porque, si por cierto sería mirar la realidad con un
microscopio imaginar al Papa como un actor doméstico, sería taparse los
ojos ignorar que su influencia se hará sentir objetivamente, como una
fuerza de la Naturaleza.
En julio -última semana- el Papa Francisco visitará Brasil; Río será
sede de la Jornada Mundial de la Juventud. Antes o después llegará a
Buenos Aires y las calles y plazas quedarán chicas para recibirlo. Hay
que imaginar que se volcarán a saludarlo muchas más personas que las que
colmaron plazas y avenidas el 8N. Quizás esta vez colmen Luján.
Pero, a diferencia de aquella multitud, ligada principalmente por la
negatividad y el rechazo en un contexto de confrontación, esta vez
tendrá una contención y un sentido de otra naturaleza.
En ese cambio general de la atmósfera incidirá la presencia, ya universal, del compatriota que ahora es Papa.
De las cosas domésticas habrá que ocuparse en casa. Así ocurrió en Polonia.
