Autoridad, represión y lo “políticamente correcto”
¿Lo importante es el contexto?
Tanto en política como en estrategia, el contexto, por lo general, es
más importante que los hechos en sí. Esto sucede porque ambas son
ciencias arquitectónicas que se elaboran de arriba para abajo y que, en
consecuencia, van de lo general a lo particular, de los principios a la
aplicación. Por estos motivos, un hecho táctico, vale decir inferior,
pocas veces puede tener consecuencias estratégicas.
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Es por eso que en los mundos de la política y de la estrategia
existen lo que se llaman las cadenas de mando. Y las ordenes se
originan, casi siempre, en la cabeza y bajan para su cumplimiento hacia
la base de la pirámide jerárquica. Ergo, la importancia de las
decisiones se va perdiendo a medida que uno desciende por esta cadena.
Por ejemplo, en el caso de la Estrategia, no tiene el mismo valor la
orden de un general que la de un cabo. O en el de la Política, la de un
presidente de la nación que la de un concejal municipal.
Claro que no hay regla que no tenga su excepción. Especialmente en
este complicado mundo. Por ejemplo, no faltó el experto militar que vio
la necesidad de inventar lo que denominó como el “cabo estratégico”.
Para señalar, que en ocasiones, un mando de bajo nivel -como sería el
caso de un cabo- puede ejecutar una acción menor; pero que la misma
tenga consecuencias importantes. Es decir: estratégicas.
Esto puede ser y es así, especialmente, en el marco de los conflictos
modernos. Los que por lo general son híbridos y asimétricos. Híbridos
porque son difíciles de definir en los estrictos moldes de lo
convencional. Y asimétricos, porque enfrentan a alguien supuestamente
muy fuerte contra alguien supuestamente mucho más débil.
Un ejemplo cercano de lo que explico se produjo a raíz de la metodología sui generis
usada por nuestra Gendarmería Nacional para detener un vehículo en el
Acceso Norte en ocasión de una protesta sindical. Si bien esta acción no
estuvo a cargo de un cabo, sí de un oficial jefe de esa fuerza, sirve
para ilustrar el caso.
El problema es que este hecho en particular parece responder a las
dos teorías. A la de la importancia del contexto, por un lado; y a la
del cabo estratégico, por el otro. Veamos.
El cabo estratégico
No cabe duda que el hecho de referencia tuvo y tendrá consecuencias
estratégicas y hasta políticas. Por lo pronto sirvió para lanzar duras
críticas contra quienes habían participado en el hecho. También, para
relevar de su puesto a algunos de los responsables. Y para cuestionar,
de paso, a la autoridad de quienes lo habían ordenado y convalidado.
Pero decir todo esto sería quedarse corto. Porque, el acto sirvió
-una vez más- para poner una capa más de pintura sobre el bello cuadro
de lo “Políticamente correcto”. Que sostiene que toda represión es mala e
intrínsecamente perversa.
A partir de este concepto, aceptado como una verdad universal.
Ninguna fuerza policial del mundo, pero especialmente de la Argentina,
que pretenda aplicar la fuerza legitima del Estado está, hoy, libre de
ser juzgada por estos parámetros. Los de que denominamos como lo
Políticamente correcto. Pero, que no es otra cosa -ideológicamente
hablando- que Marxismo cultural. Una rama diferente del originario e
inaugurado por Carl Marx a fines del siglo XIX.
Concretamente, esta corriente se inicia cuando algunos pensadores
marxistas llegan a la conclusión de que la clase trabajadora no se
sublevaría contra sus amos para crear el Comunismo. Tal como los autores
del “Manifiesto Comunista” lo habían profetizado. Un grupo de teóricos
marxistas (Max Horkheimer, Theodor Adorno, Wilhelm Reich, Eric Fromm y
Herbert Marcuse, solo para mencionar a los más importantes) fundan en
1923, en la ciudad alemana de Frankfurt el “Instituto de Investigación
Social”. El que pasaría a la historia con el nombre de la “Escuela de
Frakfurt”.
Su tesis principal es que la cultura es el camino para la Revolución.
Alentados por los trabajos del italiano Antonio Gransci y del húngaro
Georg Lukas sostienen que la cultura occidental y cristiana es lo que le
impide a las clases trabajadoras reconocer y aspirar a los ideales de
la Patria socialista. Ya que ella los aferra a lo que ellos denominan
despreciativamente como el “sentido común.” El que se opone a las ideas
revolucionarias.
Para tomar el poder es necesario cambiar, antes que a nada, la
cultura popular de las masas. Para ello es fundamental atacar y
erosionar el concepto tradicional de autoridad. Presente en la creencia
de un Dios único, de una Iglesia salvadora; pero también, en la
existencia de que solo existen dos sexos (a partir de ahora géneros) o
de la necesidad de una familia presidida por un padre y conformada por
un hombre y por una mujer.
En este marco conceptual creado por lo Políticamente correcto,
merecen especialmente desprecio toda forma de autoridad. Desde la divina
hasta la hogareña. Mucho peor si ésta es masculina y viste uniforme.
Entonces, ¿a quién se le puede ocurrir despejar un autopista que usan
cientos de miles de automovilistas cuando un grupete de alegres
manifestantes decide cortarla para protestar? Para colmo de males,
acompañados por señores o señoras legisladores de la siempre
políticamente correcta izquierda nacional.
Un poco de contexto
Llegado a este punto es que el contexto comienza a tomar valor,
nuevamente. Al respecto me pregunto lo siguiente, a los efectos de
delinearlo:
¿El auto detenido correspondía a un simple vecino de la ciudad o era de una persona que participaba de la protesta?
¿El haberlo detenido con algún medio técnico adecuado, por ejemplo una reja de púas, hubiera acallado las protestas?
¿Cuál es el marco legal que obliga a que un oficial jefe de una
fuerza de seguridad a arriesgar su integridad física para cumplir con su
misión?
¿Debe ser considerado normal que partidos políticos con
representación legislativa apelen a procedimientos de protesta directa,
aun violando leyes en vigencia?
¿Es casual que toda la orquesta de medios progresista lanzaran antes,
durante y después del incidente de marras campañas al respecto?
Cada una será libre, como dicen los progresistas, de “construir” su
propio contexto. Pero, creo que su lectura desde la perspectiva del
sentido común, es bastante sencilla:
Poco elegante como puede ser calificado el procedimiento de
detención. Mal puede cargarse las tintas en quien arriesgó su integridad
física para llevarlo a cabo. Mas si era el oficial más antiguo presente
en el lugar. Mucho mejor sería que nos interrogáramos sobre otros por
qué.
Por ejemplo: ¿qué hace una fuerza policial militarizada de frontera
en una autopista de acceso a la capital? ¿Cuáles son las reglas de
empañamiento que tiene esa fuerza para detener un vehículo que
desobedece una voz de alto?
Pero, aún mejor, sería que nos preguntáramos sobre el hecho de si hay
o no voluntad política en el máximo nivel de la conducción del Estado
nacional para imponer y mantener el orden estatal. Para hacer cumplir y
respetar, simplemente, la Ley. Episodios como la larga e inconclusa toma
de la denominada “Villa Francisco” la ponen en duda.
Un interrogante que creemos que irá adquiriendo cada vez más
relevancia. A medida que las aguas sociales se agiten -como todo parece
indicarlo- y que sea necesario navegarlas con un rumbo claro y con una
mano firme en el timón.
