BERGOGLIO LIDER FANATICO
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El Papa Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Papado. Y lo hizo por la necesidad de desligarse de una situación insostenible para toda la Iglesia: llegó el momento de dejar el gobierno de la Iglesia, porque otros la quieren gobernar a su manera. Otros, con su rebeldía y desobediencia clara y manifiesta, han inutilizado el gobierno del Papa reinante con el fin de llevarle a la renuncia.
Es
una rebeldía y desobediencia que no son sólo una serie de actos en
concreto, sino un plan bien tramado y concebido, para quitar a un Papa y
poner a un falso Papa.
Es
una rebeldía y desobediencia, no de una sola persona, sino de muchas en
la Jerarquía eclesiástica. Es un pecado social de la Jerarquía, no de
los miembros de la Iglesia. Es un pecado que nace en las altas
Jerarquías: Obispos y Cardenales; y que lleva a arrastrar a otros para
conseguir un fin en el gobierno de la Iglesia, en su cúpula. Un fin
maquiavélico. Un fin desastroso, abominable, que no tiene marcha atrás.
El
Papa Benedicto XVI sigue teniendo los Poderes Divinos y, por lo tanto,
todo cuanto hace ese falso Papa es nulo para Dios y para toda la Iglesia
Católica.
Bergoglio
se encontró con una Iglesia Católica en su cabeza y la destrozó
poniendo un gobierno horizontal. Ese gobierno de la horizontalidad es
como el grupo Bilderberg, grupo masónico que se reúne públicamente, pero
que nadie sabe de los temas que hablan. Todo es en secreto. Y todo se
obra en el secreto.
Bergoglio
ha formado su grupo secreto, en donde tratan de muchos temas y,
después, nada sale a la luz. Como en el grupo Bilderberg, las cosas
tratadas se obran sin que nadie se dé cuenta. Esto es lo que hacen esos
ocho herejes, que no pertenecen a la Iglesia Católica, pero que están en
el gobierno levantando su nueva iglesia. Han usurpado el Trono de
Pedro, junto con Bergoglio. Ya no es uno el usurpador, sino muchos. Son
muchas las cabezas las que ahora piensan y deciden en la Iglesia. Por
eso, se observa tanta división en toda la Iglesia, en todas las
parroquias, en todos los apostolados. Nuevas cabezas, nuevos cabecillas,
nuevas ideas, nuevas estructuras, para una iglesia del demonio.
¿Qué
ha hecho Bergoglio hasta ahora? Ocuparse de asuntos mundanos: guerra,
política, gays. Y esto sólo significa una cosa: Bergoglio se ocupa en
destruir la Iglesia Católica. En sus 18 meses no ha luchado por ninguna
verdad en la Iglesia: por ningún dogma, doctrina, liturgia, teología.
Sino que ha atacado todo esto: todo lo tradicional divino, todo el
magisterio auténtico de la Iglesia, a todos los santos.
Bergoglio
no representa nada, sólo a su idea masónica, protestante y comunista.
En Bergoglio se da la permanente negación de la doctrina católica
tradicional, se da el hombre vividor, que se mueve en un ambiente de
mundo, de farándula, de vulgaridad. Bergoglio está llevando a la Iglesia
a la destrucción. Y esto, para muchos es algo muy bueno. Es lo que
esperaban. Pero, para los católicos es el comienzo de la purificación
del Cuerpo Místico de Cristo.
Bergoglio
ha defraudado a mucha gente dentro y fuera de la Iglesia. A los del
mundo, porque ha mostrado su ideología marxista, agitador de masas
sociales, político que promete mucho y nunca hace nada, un lengua larga,
un pisapapeles, bonito en lo exterior, pero inútil cuando se levanta y
se ve qué papeles está pisando. Bergoglio vive su idea, que es
incompatible con la del mundo, porque el mundo no quiere religiosos
marxistas, no quiere papas comunistas. Quiere líderes sin Dios y sin
iglesia. Por eso, Francisco fracasa en el mundo como falso Papa. Lo
quieren como hombre de ideales universales, como hombre masón, pero no
como hombre de ideas religiosas.
A
los de la Iglesia, Francisco es un hombre que se dedica a hacer
continuamente declaraciones altamente controversiales sobre el dogma
católico. Esas son todas sus entrevistas a los diferentes diarios y
todos sus escritos y homilías. Un hombre que destruye la Verdad Absoluta
para poner su “verdad” fanática.
Bergoglio
es un fanático de su idea. Es un hombre que vive dando vueltas a su
mentira, la cual defiende con tenacidad, con apasionamiento: sus pobres,
su dinero, su economía marxista, su gobierno mundial.
Bergoglio
se adhiere afectivamente a su idea y la comparte socialmente. Es una
idea que tiene un valor absoluto para él: la idea del hombre. Por eso,
llora por toda la vida de los hombres. Llama mártires a todos los
hombres. Pone al hombre como el centro de la creación, de la vida. Vive
para esta idea absoluta y la realiza destruyendo cualquier obstáculo que
se le ponga por medio.
Su
nueva iglesia es eso: dar de comer al hambriento, amar la creación,
ocuparse de los enfermos, resolver las injusticias sociales, defender
los derechos humanos. Esto es su fanatismo.
Esto,
en un hombre de mundo, en un político, no es fanatismo, si se hace por
una causa justa. Pero esto en un Obispo, que sólo tiene que dedicarse a
la vida espiritual, no a la vida social, se llama fanatismo religioso.
Se cambia el dogma por una mentira, por un error, al cual se dogmatiza.
Bergoglio vive para su idea mentirosa hecha dogma, hecha valor absoluto.
Y, por eso, constantemente tiene que atacar la doctrina católica.
Bergoglio
es un iluminado, que posee un ideal sobrevalorado por su inteligencia
humana. Y ese ideal lo ha elevado a verdad absoluta: lo ha dogmatizado
en su mente. Y ha puesto su carga afectiva: su sentimentalismo. Es un
sentimental perdido. Todo lo hace porque lo siente. Y si no lo siente,
si siente lo contrario, no lo hace. Y esta carga afectiva le hace
deformar la verdad absoluta: cuando habla del Evangelio, lo tiene que
destrozar, le da la vuelta, le pone otra interpretación que no existe,
que él se la inventa, de acuerdo a su sentimiento. Y de aquí le nace su
falso misticismo. Y esta falsedad en su espiritualidad es lo que atrae a
mucha gente. Es la manera de engañar a los demás: un lenguaje bello,
bonito, pero blasfemo. Y la blasfemia queda oculta en la gran carga
sentimental que pone a sus palabras.
Bergoglio
es un fanático de su idea, que es la idea del hombre: el hombre como
hombre, como centro de la creación, como el principal en todas las
cosas. A Bergoglio le trae sin cuidado Dios. Cree en su concepto de
Dios, pero lo que le interesa es la obra de su idea. Y, por eso, abaja
todo lo divino, diluye todo lo sagrado, en su profanidad, en su
mundanidad, en sus declaraciones vulgares y plebeyas.
Bergoglio
abomina del pensamiento lógico, humano, teológico, filosófico. La mente
de este hombre está fundamentada en lo emocional, no en lo racional. Y
en ese mundo de sentimientos, en esa experiencia de sensaciones, no hay
lugar para la verdad. No hay conexión con la Verdad Absoluta, que lo
puede salvar. Ha hecho como absoluto su sentimiento. No tiene dudas de
lo que siente.
a. El pensamiento de Bergoglio es muy concreto: los pobres;
b. y ha hecho de su idea un juicio categórico (o blanco o negro, pero sin matices): si no hay pobres, lo demás no me interesa: «Si
la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los
ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo
eduquen y que le quiten el hambre. En eso tenemos que ponernos de
acuerdo» (29-07.2013);
c. la idea se ha sacralizado: «que lo eduquen y le quiten el hambre»;
d. esa idea se ha transformado en creencias que excluyen la libertad de pensar, que no admiten examen, crítica: «En eso tenemos que ponernos de acuerdo».
Esta
idea fanática de Bergoglio le viene por no ajustarse a la Mente de
Cristo: se es sacerdote para llevar el alma hacia la salvación y la
santificación, no para alimentar sus cuerpos ni resolver sus vidas
humanas.
Si Bergoglio no fuera Obispo, sino un hombre de mundo, entonces no caería en este fanatismo, sino, a lo mejor, en otros.
Bergoglio
se siente orgulloso de sus ideas, de la superioridad moral de sus
ideas. Y, por eso, lo primero que hace es imponerlas a los demás. Y lo
hace de muchas maneras. Todos tienen que aceptar la idea de Bergoglio:
hay que alimentar a los pobres. Todos a predicar eso en las parroquias.
Todos a vender el carro del comunismo, a repartir el alimento marxista. Y
que nadie diga que la doctrina de Begoglio no es católica. Es la
imposición de su fanatismo. Con lo cual aparecen en la Iglesia, en todas
las parroquias, sacerdotes y fieles fanáticos de Bergoglio.
El
fanatismo de un hombre se vuelve social y peligroso, porque ya se hace
combativo. Ya muchos emplean la violencia para defender a Bergoglio y
sus ideas fanáticas en la Iglesia.
Bergoglio
es obstinado en sus ideas; es de cabeza dura, de juicio propio, incapaz
de cambiar de opinión. Entonces, cuando se tiene un cargo de gobierno,
se produce el atentado: que los otros sean lo que cambien de opinión.
Por eso, Bergoglio es intolerante con los católicos tradicionalistas: muestra siempre su intransigencia: «No
podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al
matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible».
«No podemos»:
justifica su idea en una creencia de la masa; se apoya en lo que otros
creen, en una realidad que él ya vive, y que otros también, pero no dice
quién son esos otros. Nunca Bergoglio hace referencia a la doctrina de
Cristo o al Magisterio de la Iglesia. Nunca se apoya en la verdad
Revelada, porque Bergoglio está convencido de poseer la verdad, en su
sistema de ideas cerradas y elevada a la categoría de dogma, que le
incapacita para desarrollar el verdadero sentido del aborto, del
matrimonio homosexual, de los anticonceptivos. No puede: «No podemos seguir insistiendo… Es imposible».
Por
eso, ha permitido bautizar a hijos de lesbianas, la comunión a mal
casados, matrimonio de homosexuales. Porque no comprende la verdad como
es, sino como su mente se la crea, se la inventa.
Es su fanatismo que lo irradia a los demás.
El
que cree en el dogma, en las Verdades Absolutas no es fanático, porque
la Verdad no produce que la mente se cierre en un sistema ideológico, en
un juicio categórico; sino que esa misma verdad le hace entender que la
plenitud de la Verdad, que tanto ansía el hombre por alcanzar, no está
en la mente de los hombres, sino en Dios. Y el que tiene fe, no está
dando vueltas a las verdades absolutas, sino que las pone en práctica,
para comprender qué es la Verdad. Y, por tanto, está abierto a todos los
matices de esa verdad. Y puede comprender el error en las personas, las
dudas, las mentiras, porque se apoya en la Verdad que nunca engaña, que
siempre da luz, que le hace caminar en un mundo sin verdad.
Pero
el fanático se aferra sólo a su idea, que es su error, su mentira, su
falsedad. Y vive sólo dando vueltas a ese sistema cerrado. Y no admite
más verdades. Y todas las demás verdades las interpreta según su sistema
de ideas, según su fanatismo. Ha dogmatizado su pecado, su mentira, su
error, su filosofía, su espiritualidad.
Bergoglio
es un líder fanático que crea seguidores fanáticos. Crea fans. Y son
los más peligrosos en la Iglesia. Viven encerrados en su fanatismo sin
comprender la verdad de su líder.
Por
eso, lo que viene ahora a la Iglesia es la consecuencia de este
fanatismo: una persecución brutal contra la doctrina católica y contra
los sacerdotes que quieran seguir con lo de siempre, con la verdad que
no cambia, aunque se siente en la Silla de Pedro un idiota, como es
Bergoglio.
Este
personaje vela sólo por sus ideales: los ideales de su yo, de su
orgullo. Y no puede velar por el ideal de Cristo ni por Su Iglesia. Está
sólo para destruir la verdad con su fanatismo. Y no hay más en este
hombre.
El
resumen de estos 18 meses: han colocado a un idiota en la Silla de
Pedro. Y todos se han vuelto idiotas, como él, en la Iglesia. No hay
otro resumen.
