El kirchnerismo y su peor enemigo
– Por Nicolás Márquez
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Si
algo le faltaba a la descomposición que padece el relato de nuestro
progresismo vernáculo, es justamente su bien ganada fama cleptocrática,
la cual ya ha alcanzó trascendencia mundial. En efecto, en el reporte
del Foro Económico Mundial (en el que destacan el favoritismo en las
decisiones del Gobierno, la ineficiencia del Estado y el despilfarro de
los fondos públicos), sobre 144 naciones estudiadas la Argentina
kirchnerista fue ubicada en el puesto 139, es decir que tras la “década
ganada”, la realidad nos demuestra no sólo que somos unos de los países
más corruptos del mundo, sino que confirma algo que desde hace diez años
muy pocos venimos vociferando en el desierto: estamos siendo gobernados
por una despreciable banda de ladrones.
El progresismo es una ideología económicamente estatista y
culturalmente disolvente (influida por la deletérea intelectualidad de
la Escuela de Frankfurt) y en el plano político se haya representada
principalmente por el kirchnerismo, al cual se lo puede refutar con un
sinfín de argumentos filosóficos, ideológicos y económicos. Sin embargo,
lo que más desnuda o desacredita a sus cultores y representantes no es
tanto la réplica académica que pueda hacérsele, sino su evidente
carácter hipócrita, puesto que el progresismo se ufana de su pretendido
signo “solidario”, “humanista”, “anti-consumista” y “compasivo”. Pero
cuando detrás de estas máscaras sensibleras se advierte luego que sus
referentes son una gavilla de magnates que nadan en una desaforada
abundancia ilegalmente concebida a expensas de los menesterosos
periféricos que pululan mendicantemente en el Gran Buenos Aires y en el
resto de las empobrecidas Provincias (que no gozan de luz ni agua
potable), los argumentos ideológicos que desde nuestras trincheras
podamos esgrimir (por poderosos que estos sean) se tornan redundantes
frente el gran impacto psico-afectivo que el hombre sencillo padece al
sentirse burlado y estafado por quienes le mintieron traficando con su
miseria y encima le arrancaron sus votos a cambio de oportunas bolsas de
comida o subsidios de supervivencia.
Desafortunadamente, las masas no disciernen en función de
argumentaciones racionales sino emocionales, por eso, con lo peor que
podría enfrentarse hoy el kirchnerismo en la última etapa de su
miserable historia política, no es tanto contra los argumentos de
quienes somos sus intransigentes detractores sino con el conocimiento
masivo y generalizado de su naturaleza corrupta y corruptora, la cual
antes era apenas conocida o denunciada por un grupo modesto de
observadores, y ahora, sus más bajos instintos se conocen sobradamente
tanto sea por el público nacional como internacional.
Dice un aforismo antiguo que una imagen vale más que mil palabras. El
reciente ránking publicado (junto con un sinfín de publicitados
escándalos que salpican a toda la runfla oficialista) termina por darle a
la camarilla gobernante el descrédito más absoluto, lo cual es
políticamente una trompada mucho más poderosa que cualquiera de los
mejores argumentos intelectuales a los que pretendamos abrevar con el
fin de menoscabarlos.
En efecto, toda forma de izquierdismo es una corriente de ideas
débiles y emociones fuertes, y contra lo peor que podrían encontrarse
sus personeros es contra una realidad que los desnude y despierte
precisamente en las mismísimas masas de las cuales sus representantes
siempre se han servido intensas emociones hostiles.
Se toparon contra su peor enemigo en el peor momento de su ciclo, lo
cual apura el merecido desenlace que desde hace años vienen anhelando
los hombres de bien que aún resisten en la desdichada República
Argentina, o lo que queda de ella.
La Prensa Popular | Edición 314 | Lunes 8 de Septiembre de 2014
