FÁTIMA – EL EJE DE LA TIERRA
– EL PADRE LACUNZA
P. JUAN CARLOS CERIANI:
FÁTIMA
EL EJE DE LA TIERRA
EL PADRE LACUNZA
Circula por los medios el relato que Sor Lucía de Fátima habría escrito en su diario.
Un texto inédito hasta el día de hoy, que contendría aclaraciones importantes sobre la tercera parte del Secreto de Fátima.
Alrededor
de las 16:00 hs. del 3 de enero de 1944, en la capilla del convento,
frente al tabernáculo, Lucía le pidió a Jesús que le hiciera conocer su
voluntad.
“Entonces siento una mano amiga, afectuosa y maternal que me toca el hombro”.
Es
‘la Madre del Cielo’ que le dice: “Ten paz y escribe lo que te mandan,
pero no sobre lo que te ha sido concedido comprender acerca de su
significado” refiriéndose al significado de la visión que la Virgen
misma le había revelado.
Inmediatamente después:
“He
sentido el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios y en Él
he visto y oído: la punta de la lanza como una llama que se desprende,
que toca el eje de la Tierra y ella tiembla: montañas, ciudades, países y
pueblos con sus habitantes quedan sepultados. El mar, los ríos y las
nubes salen de sus límites, desbordan, inundan y arrastran consigo en un
torbellino, casas y personas en un número que no se puede contar, es la
purificación del mundo del pecado en el que se encuentra inmerso. El
odio, la ambición, provocando la guerra destructiva. Después escuché en
el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu una voz ligera que
decía: ‘en el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia,
Santa, Católica, Apostólica. ¡En la eternidad el Cielo!”.
Esta
palabra ‘Cielo’ llenó mi corazón de paz y de felicidad, a tal punto
que, casi sin darme cuenta, seguí repitiéndola por mucho tiempo: ¡el
cielo, el cielo!”
Según el relato, Sor Lucía ve oscilar el eje de la tierra, y ve naciones y pueblos enteros destruidos por el castigo de Dios.
Esta
oscilación ha de ser precedida y seguida de importantes sucesos, de los
cuales, sin lugar a dudas, Sor Lucía recibió luces y enseñanzas que
todavía mantienen ocultas los que ocupan la Santa Sede:
La apostasía de las naciones
La apostasía en la Iglesia
La pérdida de la fe
Los castigos merecidos
El triunfo del Corazón Inmaculado de María
La Parusía
El Reino de la paz, es decir, el Reino de Cristo Rey en la tierra
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Hace
apenas dos meses hemos podido meditar sobre temas íntimamente
relacionados con estas supuestas revelaciones privadas. De ser ciertas,
confirmarían lo que Dios nos ha enseñado en la Revelación, consignada en
las Sagradas Escrituras y la Tradición.
Vale la pena recordar, leer pausadamente y reflexionar sobre aquellos textos:
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Para facilitar su lectura, he aquí nuevamente su contenido:
La
Epístola de este Cuarto Domingo de Pentecostés está tomada de la Carta
de San Pablo a los Romanos, capítulo octavo, versículos 18 a 23:
Estimo,
pues, que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser
comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros.
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de
los hijos de Dios. Pues si la creación está sometida a la vanidad, no es
de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió, pero con
esperanza. Porque también la creación misma será liberada de la
servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria
de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre
dolores de parto hasta el presente. Y no tan sólo ella, sino que
asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también
gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción de hijos de Dios, la
redención de nuestro cuerpo, en Jesucristo Señor nuestro.
Como hemos leído, San Pablo escribe de manera expresiva: la ansiosa espera de la creación desea vivamente.
Con
esta redundancia indica la tensión de la viva espera de la creación,
sometida a la vanidad…, a la servidumbre de la corrupción…
Y
debemos entender que aquí se incluye también la propia creación
sensible, como son los elementos de este mundo; pues la creatura
sensible está ordenada por Dios a algún fin que sobreexcede la forma
natural de ella misma.
Es
decir, así como el cuerpo humano de los hijos de Dios se revestirá de
la gloria sobrenatural, así también toda la creación sensible, en
aquella gloria de los hijos de Dios, conseguirá cierta cualidad de
gloria, de la cual hablan otros textos bíblicos: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…
San
Pablo muestra el término de la predicha expectación; pues no es vana su
esperanza, porque también la creación misma será liberada de la
servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de
los hijos de Dios.
La
propia creación será liberada de la servidumbre de la corrupción, o
sea, de la mutabilidad, y esto para participar de la libertad de la
gloria de los hijos de Dios, para que así como son ellos renovados, así
también sea renovada su habitación: Porque he aquí que Yo voy a
crear nuevos cielos y nueva tierra, y de las cosas primeras no se hará
más memoria ni recuerdo alguno.
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Para
comprender en toda su profundidad esta verdad, es necesario remontarse
al Edén. El libro del Génesis indica la condición del hombre en el
Paraíso terrenal con tres rasgos de un esplendor inconcebible:
* la inmortalidad e impasibilidad corporal,
* el soberano dominio del instinto animal y sensual,
* una ciencia especial que le daba imperio sobre el reino animal.
Todo esto significaba la soberanía del hombre sobre su propia vida, sobre su mundo interno propio y sobre el mundo externo.
Nada
más dice el Génesis; pero los Profetas posteriores amplían la estampa
paradisíaca cuando predicen con detalles esplendorosos el futuro estado
de restauración universal mesiánica, la cual culmina en la deslumbrante Nueva Jerusalén.
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Transcurramos rápidamente el camino que va del punto de partida al de llegada…
Como
consecuencia del pecado, el hombre no sólo perdió la gracia y los dones
preternaturales, no sólo quedó vulnerado en sus propias facultades,
sino que también la creación sensible decayó y perdió aquella bondad
especial de que Dios la había dotado en el Paraíso en consideración y
provecho del hombre.
Por
otra parte, Satanás adquirió cierto dominio sobre las criaturas, en
perjuicio del antiguo señor, el hombre; y lo utiliza para su seducción y
caída.
El
Redentor quebrantó el poderío del demonio sobre la naturaleza; y, una
vez vencido completamente el pecado (el último enemigo será la muerte,
consecuencia del pecado), la naturaleza recobrará las cualidades que
corresponden a la humanidad transfigurada: habrá un cielo nuevo y una tierra nueva.
Este
triunfo final y definitivo de la Vida es mayor que la derrota, porque
toda la naturaleza ha de ser finalmente restaurada a imagen del perdido
Paraíso: He aquí que hago nuevas todas las cosas…
Hacia
la redención cumplida, hacia la reducción de todas las cosas a su
Cabeza Espiritual, hacia la recapitulación de todas las cosas en Cristo y
por Cristo convergen todas la líneas de fuerza de la historia; y a ella
se ordenan, gimiendo y delirantes, la creación entera y el corazón del
hombre.
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San
Pablo nos enseña, pues, que por el pecado, no sólo el hombre, sino toda
la creación quedó sometida a la servidumbre y como en estado de
abyección.
Pero, por la Redención, toda la creación ha como adquirido un cierto derecho a la adopción de hijos de Dios,
y ha sido elevada a la dignidad de causa instrumental para la
santificación del hombre, si éste sabe usar de ella con discreción.
Con
hermosa y audaz prosopopeya, San Pablo nos presenta a toda la
naturaleza, fijos y ardientes sus ojos, anhelando el día en que sea
asociada a la restauración total del hombre.
Cuando
este pecó voluntariamente, toda la creación fue sujeta a la vanidad, no
de grado sino por Dios; y desde ese momento se siente como parturienta
que gime, al verse desviada de su fin primero.
Hasta
aquí la imagen es vigorosa y sublime, pero ¿quién desentraña su
sentido? ¿A qué vanidad fue sujeta la creación? ¿Cuál será su
restauración, concomitante a la del hombre?
Por
un lado, ¿qué duda cabe de que la tierra ve perturbado su fin inmediato
de ser trono real del hombre cuando éste es derrocado de su monarquía?
Por
otra parte, ¿no es hermoso el pensamiento de San Pablo, que nos
presenta la creación ansiosa de contemplar la gloria de los hijos de
Dios, para asociarse a su tranquila libertad y participar de ella?
Pero es necesario ir más lejos y más profundo…
Cristo es el Verbo de Dios, por el cual fueron creadas todas las cosas.
Como Dios, es el principio y fin de todas ellas.
Como Hombre, es el que recapitula o reúne las cosas disgregadas por el pecado: Para reconciliar en Él todas las cosas, pacificándolas por la sangre de su cruz, las que están en la tierra y las del cielo.
Con el Nuevo Adán, la Humanidad tiene, pues, un nuevo Principio. Por eso Cristo es el Primogénito de toda criatura, la Cabeza.
+++
Para
profundizar y comprender toda esta doctrina, especialmente el punto de
llegada hacia el cual nos encaminamos, es muy importante leer y meditar
el comentario que el Padre Lacunza hace de un texto del Apóstol San
Pedro respecto, precisamente, de los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.
La exégesis del padre Lacunza se encuentra en su libro Venida del Mesías en Gloria y Majestad, Tercera Parte, capítulos IV y V. Ya la he publicado como respuesta a las falsas apariciones en Akita.
Leamos primero todo el pasaje del Apóstol San Pedro, tomado de su Segunda Epístola, capítulo III, versículos 3-18:
Sabed,
ante todo, que en los últimos días vendrán impostores llenos de
sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla:
“¿Dónde queda la promesa de su Parusía? Pues desde que murieron los
padres, todo sigue como al principio de la creación” Porque ignoran
intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una
tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de
Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las
aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma
Palabra, están reservados para el fuego y guardados para el día del
Juicio y de la destrucción de los impíos.
Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día.
No
se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo
suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que
algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.
Pero
el Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con
ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se
disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
Puesto
que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis
en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la
Parusía del Día de Dios, por el cual los cielos, en llamas, se
disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?
Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia.
Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha.
La
paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió
también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue
otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas
de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los
ignorantes y los débiles interpretan torcidamente —como también las
demás Escrituras— para su propia perdición.
Vosotros,
pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que,
arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de
vuestra firme postura.
Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
+++
Al respecto, comenta el Padre Lacunza:
Con
la venida en gloria y majestad del Señor Jesús, del Rey de los reyes,
destruidos enteramente los cielos y la tierra que ahora son, comenzarán
otros nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la
justicia.
¿Qué
quiere decir esto? ¿Acaso quiere decir que los cielos y tierra, o el
mundo universo que ahora son, dejarán entonces de ser, o serán
aniquilados, para dar lugar a la creación de otros cielos y de otra
tierra?
San
Pedro dice que, así como el cielo y la tierra, que eran antes del
diluvio universal, perecieron por la palabra de Dios y por el agua,
asimismo los cielos y tierra que ahora son, perecerán también por la
misma palabra de Dios y por el fuego.
Ahora bien, ¿qué fue lo que pereció por el diluvio de agua en frase de San Pedro?
Pereció
en la tierra todo cuanto había en su superficie: perecieron todos sus
habitadores, hombres y bestias, exceptuando solamente los pocos de cada
especie que se salvaron en el arca de Noé.
Perecieron
todas las obras que los hombres habían trabajado hasta entonces sobre
la tierra. Pereció toda la belleza, toda la fertilidad, la disposición y
orden admirable con que Dios la había criado para el hombre justo e
inocente, no para el ingrato y pecador.
Si
hablamos de los cielos de que habla también San Pedro, decimos lo mismo
que acabamos de decir de nuestra tierra, esto es, que pereció.
¿Qué
cielos eran estos? No otros que toda la atmósfera que circunda nuestro
globo como parte suya esencial, la cual atmósfera se llama general y
universalmente cielo.
Estos
cielos perecieron con el diluvio en el mismo sentido en que pereció la
tierra, es decir se alteraron, se deformaron, se deterioraron, se mudaron de bien en mal.
Habiendo
llegado esta época terrible, se alteró tierra, mar y atmósfera, y todo
quedó en esta alteración y desconcierto hasta el día de hoy.
Así pues, el Apóstol San Pedro habló en los términos más propios y naturales cuando dijo: La tierra y los cielos que eran antes del diluvio perecieron por la palabra de Dios y por el agua.
Y
añade que los cielos y tierra que ahora son (ciertamente inferiores a
los antediluvianos) perecerán también a su tiempo, no ya por el agua,
sino por el fuego; viniendo en su lugar otros nuevos, que excedan en bondad y perfección, tanto física como moral, a los presentes y pasados.
En
suma, así como estos cielos y tierra presentes, siendo en sustancia los
mismos que los que había antes del diluvio son, no obstante
diversísimos en su orden, en su disposición, en su hermosura, en sus
efectos; del mismo modo, los cielos y tierra nuevos que esperamos,
aunque sean en sustancia los mismos que ahora, serán sumamente diversos
en todo lo demás.
+++
Los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos, dice el Príncipe de los Apóstoles, los esperamos según la promesa de Dios.
Estas promesas de Dios se hallan claras y expresas en el capítulo LXV del Profeta Isaías.
Ciertamente,
en el capítulo XXI del Apocalipsis se habla también magníficamente de
estos nuevos cielos y nueva tierra; pero San Pedro no podía citar el
Apocalipsis de San Juan porque se escribió muchos años después de su
muerte.
Por otra parte, el mismo San Juan alude allí a ese lugar de Isaías.
Por
lo tanto, para entender bien el conciso texto de San Pedro, así como
también el de San Juan, debemos estudiar el texto de Isaías, donde se
hallan como en su propia fuente las promesas de Dios, de que ahora
hablamos.
Estas
hablan, manifiesta y evidentemente, de la Jerusalén futura, y de las
reliquias preciosas de los Judíos, como es fácil ver y comprender al
punto, así por todo lo que precede en este mismo capítulo, como por todo
cuanto se dice en los diez capítulos antecedentes.
Dice el Profeta Isaías:
Porque
he aquí que voy a crear nuevos cielos y nueva tierra; de las cosas
anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas.
Alegraos
y regocijaos eternamente por lo que voy a crear; porque he aquí que yo
voy a crear a Jerusalén (para que sea) alegría, y a su pueblo (para que
sea un) gozo.
Me
regocijaré en Jerusalén, y hallaré mi gozo en mi pueblo, y no se oirá
más en ella voz de llanto ni de lamento. No habrá allí en adelante niño
que viva pocos días, ni anciano que no llene sus días, pues morir niño
será morir a los cien años, y el pecador de cien años será maldito.
Edificarán
casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán de su fruto. No
edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma; porque
como los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis
elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano
ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé,
ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún
estarán hablando, y yo les escucharé.
El
lobo y el cordero pacerán juntos, el león comerá paja como el buey, y
la serpiente se alimentará de polvo; no harán más daño ni causarán la
muerte en todo mi santo monte, dice Yahvé.
Y continua el Padre Lacunza: He aquí la grande y célebre profecía que evidentemente cita San Pedro cuando dice: nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.
Vemos
aquí también unas de aquellas profecías, que han puesto en sumo cuidado
y como en una verdadera tortura los mayores ingenios.
Estos en su sistema han imaginado dos modos de explicarla o, diremos mejor, de eludirla.
Dichas
explicaciones, aunque diversísimas, convienen en el solo punto
interesante: negar a esta profecía, así como a tantas otras, su propio y
natural sentido, que entienden al punto los que saben leer.
La primer explicación, o el primer modo de eludirla, dice confusamente que estos nuevos cielos y nueva tierra de que habla Isaías, y después San Pedro y San Juan, son para después de la resurrección universal: que entonces se renovarán todas las cosas; que entonces, respecto de los bienaventurados, de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas; que entonces no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento; que entonces…
Todo esto está bien; todo es tan verdadero como inútil por ahora y fuera de propósito.
Y
tantas otras cosas particulares que anuncia expresamente esta profecía
admirable, ¿qué sentido pueden tener? Parece que ninguno; pues todas se
disimulan, y todas se omiten, porque no es dable explicarlas.
La segunda explicación,
comunísima aun entre los intérpretes más literales, o que tienen este
nombre, no pudiendo acomodar la profecía con todo su contexto a la
bienaventuranza eterna de los santos, después de la resurrección
universal (pues se habla en ella de generación y corrupción, de
muerte o de pecado, de jóvenes y viejos, de edificios, de viñas, de
árboles, de leones, de bueyes, de serpientes, etc.), se acogen
finalmente, como al último refugio capaz de salvar el sistema, a la pura alegoría.
Mas
es cosa verdaderamente admirable, ver el modo embarazoso, confuso y
oscurísimo con que se explican, o con que no se explican, unos hombres
tan grandes.
El sistema tiene, sin duda, toda la culpa.
Ved una muestra:
He aquí que yo (dice Dios) creo nuevos cielos, y nueva tierra.
Esto es (dice la explicación),
creo un nuevo mundo metafórico; conviene a saber, la Iglesia de Cristo,
que es mucho más amplia, más adornada, y más augusta que la sinagoga, y
es como un nuevo mundo.
¡Qué verdad! Mas, ¡qué verdad tan fuera de tiempo y de lugar, y tan ajena a esta profecía!
Porque ved aquí que yo (dice Dios) creo a Jerusalén por regocijo, y a su pueblo por gozo.
Esto es (dice la explicación) creo a la Iglesia de Cristo que se alegra y se goza en el Espíritu Santo.
No se oirá más en él voz de lloro, ni voz de lamento (dice Dios). No
habrá allí más niño de días, ni anciano que no cumpla sus días: porque
el chico de cien años morirá, y el pecador de cien años maldito será,
etc.
Esto es (dice la explicación),
en mi Iglesia todos llenarán sus días viviendo bien, y desempeñando
rectamente los oficios y cargos de su edad; pero el que fuere en ella
pecador, aun cuando tenga cien años, en nada se estimará; sino que será
reprobado y maldito delante de todos.
¡Qué idea tan contraría a las que nos da nuestra historia, y también nuestros ojos y nuestros oídos!
Según los días del árbol (dice Dios),
serán los días de mi pueblo, y las obras de las manos de ellos
envejecerán. Mis escogidos no trabajarán en vano, ni engendrarán hijos
para turbación (o no engendrarán hijos en maldición). Porque serán
estirpe de benditos del Señor, y sus nietos con ellos.
El sentido es (dice la explicación),
que mis fieles serán de larga vida, alegres, y bien sanos, lo mismo que
si estuviesen en el estado primitivo de la inocencia, y comiesen los
frutos del árbol de la vida.
El Padre Lacunza, por su parte, saca conclusiones:
Entonces
se pregunta: las cosas que aquí se tiende a acomodar a la Iglesia
presente, bajo el nombre de Jerusalén, ¿le competen a ella en realidad?
Estas cosas, hablando de la Iglesia, ¿son verdaderas? ¿No son todas visiblemente falsas?
Una profecía en que habla el Espíritu de Dios, ¿puede anunciar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, cosas que no ha habido jamás en ella, ni las puede haber en la presente providencia?
Por ejemplo: que no se oirá en ella el llanto ni clamor; que no habrá joven ni viejo que no llene sus días, viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; que
todos sus fieles hijos vivirán muchos años, sanos y alegres, como si
comiesen del árbol de la vida; que el que edificare una casa vivirá en
ella; el que plantare una viña o un árbol gozará pacíficamente de sus
frutos, sin temor de enemigos, etc.
Anuncios diametralmente opuestos hallamos a cada paso en los Evangelios;
y la larga experiencia nos ha enseñado que estos anuncios de Cristo a
su Iglesia, y aun a sus más fieles siervos, se han verificado con toda
plenitud.
Más
allá de que las miserias de la vida humana, la enfermedad, el dolor, el
disgusto, la aflicción, el clamor, el llanto, etc., son males generales
a todos los hijos de Adán, entrando incluso en este número los más
inocentes, entre ellos los católicos romanos, los más fieles a Dios, los
más justos y santos, a quienes se enderezan inmediatamente aquellas
palabras del apóstol: los que quieren vivir piadosamente en Jesucristo, padecerán persecución; y aquellas del mismo Cristo: mas el mundo se gozará, y vosotros estaréis tristes… Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.
+++
Sigamos con el comentario del Padre Lacunza, que va más en profundidad, y dice:
San
Pedro Apóstol, que sin duda entendía mejor todas estas cosas, cita
evidentemente esta profecía de Isaías de que hablamos, de la cual
únicamente constan las promesas de cielos nuevos y tierra nueva…
El Apóstol pone estos nuevos cielos y nueva tierra según las promesas, no ahora, sino después que perezca esta tierra y estos cielos presentes.
Estos nuevos cielos y tierra nueva, que Dios promete, no pueden ser metafóricos y figurados; no pueden ser la Iglesia de Cristo.
¿Por qué?
Pues
hace mucho que está en nuestro mundo la Iglesia de Cristo; y el cielo y
tierra presentes, que son los mismos desde Noé hasta el día de hoy, no
han perecido por el fuego; lo cual es una condición esencial para que
las promesas de Dios tengan lugar.
Luego, o los cielos nuevos y la tierra nueva no pueden ser la Iglesia de Cristo; o la Iglesia de Cristo no está todavía en el mundo…
¡A reflexionar, señores!
Sigue el Padre Lacunza:
Tampoco esta promesa de nuevos cielos y tierra nueva puede hablar para después de la resurrección universal.
¿Por qué?
Pues
entonces ya no podrá haber muerte ni pecado, ya no podrá haber nuevas
generaciones…; ya no habrá necesidad de edificar casas, ni plantar
viñas, etc.; cosas todas expresas y claras en las promesas de Dios de
nuevos cielos y tierra nueva.
Por lo tanto, son cosas evidentemente reservadas para otra época muy semejante a la de Noé, esto es, para la venida en gloria y majestad del Señor Jesús; pues Él mismo compara su venida con lo que sucedió en tiempo del diluvio.
Luego, después de esta época, en que creemos y esperamos que perezcan por el fuego estos cielos y esta tierra presentes, y antes de la resurrección general, deberán verificarse plenísimamente las promesas de Dios de nuevos cielos y nueva tierra, y sucederán las cosas que para esta época están reservadas según la profecía de Isaías.
+++
El Padre Lacunza pasa entonces a considerar los tiempos y las cosas que anuncia la profecía de Isaías. Y dice así:
Primeramente,
los tiempos de que va hablando este gran Profeta, así en este capítulo
LXV, como en los veinte y cuatro antecedentes, son evidentemente los
tiempos próximos, y aun casi inmediatos a la venida del Señor, lo cual
sería bueno y utilísimo tenerlo bien presente; los tiempos, digo, de la
vocación, conversión y congregación, con grandes piedades, de las reliquias de Israel.
Dios
vuelve otra vez los ojos a las reliquias preciosas del mismo Israel, a
quienes anuncia y promete los nuevos cielos y nueva tierra, y todas las
demás cosas particulares que deberán suceder en esos tiempos, así en
Jerusalén y en Israel, como en todo el residuo de las gentes, a saber,
la paz, la quietud, la seguridad, la justicia y santidad, la inocencia y
simplicidad, las vidas largas de los hombres, como en los tiempos
antediluvianos, etc.
En
aquellos tiempos (en los cuales como dice San Pedro habitará la
justicia) no morirá ninguno antes de la edad madura, dice Isaías: si
alguno muriere de cien años, se dirá que ha muerto aún joven; si en esta
edad muriere pecador, será maldito entonces, como lo es ahora, y como
es necesario que sea en todo tiempo.
De
donde se colige manifiestamente, que aun en medio de tanta justicia y
conocimiento del Señor, que en aquel siglo venturo inundará toda nuestra
tierra, no por eso faltarán del todo el pecado y los pecadores; pues al
fin, todos serán entonces tan libres como lo son ahora, y todos podrán
hacer un uso bueno o malo de su libre albedrío.
El
llanto, y el clamor, prosigue Isaías, que ahora son tan frecuentes en
toda clase de gentes, no se oirán, o se oirán rarísima vez en aquellos
tiempos felices. El que edificare una casa, vivirá en ella; el que
plantare un árbol o una viña, gozará de sus frutos; no sucederá entonces
lo que tantas veces ha sucedido en los siglos anteriores, esto es, que
quien no ha edificado una casa, ni plantado una viña, se haga dueño y
poseedor de ella, o por prepotencia o por derecho que llaman de
conquista.
Los
días de mi pueblo, prosigue el Señor, serán iguales o mayores que los
del árbol que ha plantado, y el trabajo de sus manos lo verá envejecerse
delante de sus ojos. Mis escogidos no trabajarán en aquellos tiempos
inútilmente, ni engendrarán hijos para la esclavitud y maldición; antes
serán una generación bendita del Señor, y sus hijos y nietos como ellos,
etc.
Es
verdad que todas estas cosas y otras semejantes, difíciles de numerar
por su prodigiosa multitud, se dicen expresa, directa y nominalmente de
la Jerusalén futura, y de las reliquias preciosas de los Judíos; mas por
otros muchos lugares de la Escritura y del mismo Isaías, que ya hemos
apuntado, parece claro, que las reliquias de todos los otros pueblos,
tribus y lenguas, participarán abundantísimamente de todos estos bienes
naturales y sobrenaturales, que primariamente se prometen a las
reliquias de Abrahán, de Isaac y de Jacob.
+++
Pasando a conjeturar sobre estos nuevos cielos y nueva tierra, el Padre Lacunza interpreta de la siguiente manera:
Parece
algo más que probable, que esta nuestra tierra, o este globo terráqueo
en que habitamos, no está ahora en la misma forma ni en la misma
situación en que estuvo desde su principio, hasta la gran época del
diluvio universal.
Esta
proposición bien importante se puede fácilmente probar con el aspecto
actual del mismo globo, y con cuantas observaciones han hecho hasta
ahora, y hacen cada día los más curiosos observadores de la naturaleza;
mucho más si este aspecto y estas observaciones se combinan con lo que
nos dice la Sagrada Escritura.
De
esto se sigue legítimamente, y se concluye evidentemente, que nuestro
globo terráqueo no está ahora como estuvo en los primeros tiempos, o en
los tiempos de su juventud.
Y,
por consiguiente, que ha sucedido en él algún accidente, grande y
extraordinario, o algún trastorno universal de todas sus cosas, que lo
hizo mudar enteramente de semblante, que obligó a las aguas inferiores a
mudar de sitio, que convirtió el mar en tierra árida y también la
tierra árida en mar, que hizo formarse nuevos mares, nuevos ríos, nuevos
valles, nuevas colinas, nuevos montes; en suma, una nueva tierra, o un
nuevo orbe diversísimo de lo que había sido hasta entonces.
Este
accidente no puede ser otro, por más que se fatiguen los filósofos, que
el diluvio universal de tiempos de Noé; en el cual, como dice el
Apóstol San Pedro: hace
tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y
establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el
mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio; y, como dice el mismo Jesucristo: vino el diluvio y los arrastró a todos.
La
misma causa general que produjo en todo nuestro globo un nuevo mar y
una nueva tierra árida, mudó también necesariamente todo el aspecto del
cielo, es decir, no solamente el antiguo orden y temperamento de nuestra
atmósfera, sino el antiguo orden y disposición del sol, de la luna, y
de todos los cuerpos celestes, respecto del globo terráqueo.
¿Qué
causa general fue esta? La misma mano omnipotente y sapientísima,
aunque invisible, del Criador y Gobernador de toda la máquina; el cual,
indignado con toda la tierra, extremamente corrupta, la hizo moverse
repentinamente de un polo a otro: inclinó el eje de la tierra 23 grados y
medio, haciéndolo mirar por una de sus extremidades hacia la estrella
que ahora llamamos polar; o hacia la extremidad de la cola de la osa
menor.
Con esta repentina inclinación del eje de la tierra se debieron seguir al punto dos consecuencias necesarias:
Primera,
que todo cuanto había en la superficie del globo, así líquido como
sólido, perdiese su equilibrio; el cual perdido, todo quedase en sumo
desorden y confusión, no menos horrible que universal; que todo se
desordenase, todo se trastornase, todo se confundiese, cayendo todas las
cosas unas sobre otras, y mezclándose todas entre sí; rompiéndose, como
dice la historia sagrada, las fuentes del grande abismo; rompiendo
también el mar todos sus límites y, derramando sus aguas sobre lo que
entonces era árida o tierra, quedase todo nuestro globo enteramente
cubierto de agua, como lo estuvo en los primeros momentos de su
creación.
La segunda consecuencia
que debió seguirse necesariamente de la inclinación del eje de la
tierra fue que el círculo o línea equinoccial, que hasta entonces había
sido una misma con la eclíptica, se dividiese en dos; y que esta última
cortase a la primera en dos puntos diametralmente opuestos, que llamamos nodos, esto es en el primer grado de Aries, y en el primero de Libra.
De
lo cual resultó que nuestro globo no mirase ya directamente al sol por
su ecuador, sino solamente dos días cada año, el 21 de marzo y el 22 de
setiembre: presentando siempre en todos los demás días del año nuevos
puntos de su superficie al rayo directo del sol.
Y
de aquí, ¿que resultó? Resultaron necesariamente las cuatro estaciones,
que llamamos primavera, verano, otoño e invierno; las cuales, desde los
días de Noé hasta el día del Señor, han sido, son y serán la ruina de
la salud del hombre, y como un castigo o pestilencia universal, que ha
acortado nuestros días, y los ha hecho penosísimos y aun casi
insufribles.
Antes
del diluvio no había estas cuatro estaciones del año, que en lo
presente son nuestra turbación y nuestra ruina; sino que nuestro globo
gozaba siempre de un perpetuo equinoccio.
En
esta hipótesis, todo es fácil y parece que lo entendemos todo; así las
observaciones de los naturalistas, como todo lo que se lee en las Santas
Escrituras.
En esta hipótesis:
1º-
todos los climas debía cada uno ser siempre uniforme consigo mismo, lo
mismo en el mes de marzo que en el de junio; y lo mismo en este, que en
septiembre y diciembre,
2º-
la atmósfera de la tierra, siendo en todas partes uniforme, debía en
todas partes estar quieta, con aquella especie de quietud natural que
compete a un fluido cuando no es agitado violentamente por alguna causa
externa que le obligue a perder su paz, su quietud, su equilibrio; y
cual equilibrio no impide, antes fomenta en todos los fluidos un
movimiento interno, suave, pacífico y benéfico de todas sus partes.
3º-
no había ni podía haber nubes horribles, densas, oscuras por el
concurso y mezcla de diversos vapores y exhalaciones de toda especie, no
había frotamiento violento de una con otras por la contrariedad de los
vientos; no se encendía en este frotamiento el fuego eléctrico; por
consiguiente no había las lluvias gruesas, ni los truenos, ni los rayos
que ahora nos causan tanto pavor y daños y ruinas reales y verdaderas,
así en los habitantes de la tierra, como en todas las obras de sus
manos.
De
aquí resulta y debía resultar, naturalmente, que los resfríos, las
pestilencias, las enfermedades de toda especie, que ahora son sin
número, eran entonces o pocas o ningunas, y que los hombres y aun las
bestias, vivían naturalmente diez o doce veces más de lo que ahora
viven, muriendo de pura vejez, después de haber vivido sanos y robustos.
+++
El Padre Lacunza retrocede ahora para explicitar aún más el texto analizado.
San Pedro dice expresamente que aquel antiguo mundo antediluviano pereció anegado en agua; y que este presente mundo, que le sucedió, perecerá del mismo modo y en el mismo sentido por el fuego: El
mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y los
cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados
para el fuego.
De aquí se sigue legítimamente:
1º-
que del mismo modo, y en el mismo sentido verdadero, en que aquel
antiguo mundo pereció por el agua, este presente perecerá por el fuego.
2º-
que así como aquel antiguo mundo no pereció en lo sustancial, sino
solamente en lo accidental, esto es, se deformó horriblemente, mudándose
de bien en mal; así este mundo que ahora es, tampoco perecerá en lo
sustancial por el fuego, sino que se mudará solamente de mal en bien;
recobrando por este medio su antigua sanidad, y volviendo a aparecer,
tal vez con grandes mejoras, con toda aquella hermosura y perfección,
con que salió al principio de las manos de su Criador: esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y
tierra nueva, en los que mora la justicia…
tierra nueva, en los que mora la justicia…
Con
que los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos después del
presente, deben ser sin comparación mejores que los presentes. Y esto no
solamente en lo moral, sino también en lo físico y material.
En lo moral,
porque en él habitará la justicia. Estas palabras generales no se
pueden decir con verdad ni del mundo presente, ni mucho menos del
antiguo.
También en lo físico y material,
porque el mundo nuevo que esperamos, lo esperamos según las promesas de
Dios; y estas promesas, que sólo constan del capítulo LXV de Isaías,
hablan expresa y claramente de una bondad moral y también física y
material.
Esta
gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien
debe comenzar por donde comenzó en tiempo de Noé, de bien en mal; es
decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde
estaba antes del diluvio, o lo que es lo mismo por la unión de la
eclíptica con el ecuador; sin la cual unión o identidad, así como no
puede haber un perpetuo equinoccio, así no pueden faltar las cuatro
estaciones del año, las cuales estaciones son enemigas perpetuas e
implacables de la salud del hombre.
Sin
la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba
antes del diluvio no se concibe alguna felicidad natural, grande,
extraordinaria y digna de una nueva tierra y nuevos cielos.
No
se halla cómo puedan entonces volver naturalmente, sin un continuo
milagro, las vidas largas de los hombres, que se acabaron con el
diluvio; ni cómo puedan verificarse tantas otras cosas admirables y
magníficas que sobre esta felicidad natural, acompañada ya de la
justicia, se leen frecuentemente en los Profetas.
+++
El Padre Lacunza dice que esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien debe iniciarse por donde comenzó, en tiempo de Noé, de bien en mal; es decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio.
Veamos la aplicación que hace y las dos consecuencias generales y seis particulares a las que llega.
Si
el perpetuo equinoccio vuelve a nuestra tierra, desterradas para
siempre las cuatro estaciones enemigas, todo queda llano y facilísimo de
concebirse y explicarse.
Primera consecuencia general: Lo primero que se comprende al punto, en esta hipótesis, son los anuncios terribles, que para el día grande del Señor se hallan a cada paso en los Profetas, en los Salmos, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en el Apocalipsis.
Todos estos anuncios concuerdan entre sí, y concuerdan perfectamente con la hipótesis misma.
Para
ver con los ojos esta concordancia, imaginemos por un momento que ahora
en nuestros días sucede este enderezamiento del eje de la tierra,
necesario para que la eclíptica y la equinoccial se unan entre sí y
formen una misma línea individual.
Imaginemos
también que desde cierta altura competente y segura observamos con
buenos telescopios todas las cosas particulares que suceden aquí abajo
como resultado natural y forzoso de la unión de estas dos líneas o
círculos máximos, que ahora se cortan mutuamente, y producen en este
corte oblicuo las cuatro estaciones enemigas.
En
este caso, que suponemos repentino y violento, deben seguirse
naturalmente todas las siguientes consecuencias anunciadas en la Sagrada
Escritura:
Primera consecuencia particular: que
nuestra tierra o nuestro globo, moviéndose de polo a polo (para
enderezarse), se mueva realmente de su lugar: Pues esto es lo que se lee
en Isaías, XIII, 13: Sobre
esto turbaré el cielo; y se moverá la tierra de su lugar a causa de la
indignación del Señor de los ejércitos, y por el día de la ira de su
furor.
Y en XXIV, 19, el mismo Profeta dice: conmovida sobremanera será la tierra, será agitada muy mucho la tierra como un embriagado… y la agobiará su maldad.
Yo completo las citas, trayendo la del Profeta Ageo, 2, 7: Porque
así dice Yahvé de los ejércitos: Una vez más, y esto dentro de poco,
conmoveré el cielo y la tierra, el mar y los continentes.
Conmoveré: los Profetas pintan con estas imágenes de revolución terrestre y cósmica el juicio y la segunda venida de Cristo.
Fillion observa a este respecto que “la
mayoría de los Profetas suponen, cuando anuncian la era mesiánica, que
ella será precedida de grandes perturbaciones en el mundo pagano, para
llevarlo a doblegarse bajo la ley del verdadero Dios “. Y agrega que “esas perturbaciones son simbolizadas baja la figura de revoluciones producidas en el mundo material”
Veamos la explicación que de aquel versículo del Profeta Ageo hace San Pablo en su Epístola a los Hebreos, 12, 26:
“Si
aquellos que recusaron al que sobre la tierra promulgaba la revelación
no pudieron escapar al castigo, mucho menos nosotros, si rechazamos a
Aquel que nos habla desde el cielo: cuya voz sacudió entonces la tierra y
ahora nos hace esta promesa: “Una vez todavía sacudiré, no solamente la tierra, sino también el cielo”. Esto de “una vez todavía” indica
que las cosas sacudidas van a ser cambiadas, como que son creaturas, a
fin de que permanezcan las no conmovibles. Por eso, aceptando el reino
inconmovible, tengamos gratitud por la cual tributemos a Dios culto
agradable con reverencia y temor. Porque nuestro Dios es fuego
devorador”.
San
Pablo cita al Profeta Ageo según la versión de los Setenta, que
coincide con el texto hebreo. El Apóstol acentúa las palabras “una vez todavía” queriendo
mostrar a los hebreos que los bienes definitivos que Israel esperaba
del Mesías, a quien rechazó, se cumplirán plenamente en Cristo
resucitado.
Segunda consecuencia particular: que
moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, piensen todos sus
habitadores que los cielos o todos los cuerpos celestes, sol, luna,
planetas y estrellas, se mueven con la misma violencia o ligereza en
sentido contrario.
Esta
apariencia o ilusión es tan frecuente como natural: los que navegan con
buen viento, a vista de alguna tierra o peñasco, o nube fija e inmóvil,
se figuran que su navío o barco está quieto en un mismo lugar, y que
los otros objetos que tienen a la vista son los que se mueven hacia el
rumbo diametralmente opuesto.
Pues, esto es lo que se lee en el texto de San Pedro, tantas veces citado, II Pedro, III, 10: Vendrá, pues, como ladrón el día del Señor; en el cual pasarán los cielos con grande ímpetu.
Esto es lo que se lee en el Apocalipsis, 6, 14: el cielo se recogió como un libro que se arrolla.
Tercera consecuencia particular: que
moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, se turbe y
oscurezca horriblemente toda nuestra atmósfera, y que esta turbación y
mezcla de tantas partículas heterogéneas, que nadan en ellas, nos impida
por entonces el aspecto libre de los cuerpos celestes; no como lo hacen
ahora las nubes (las cuales, aunque sean densísimas, siempre dejan
pasar muchos rayos de luz, suficientes para distinguir el día de la
noche); sino de otro modo insólito y mucho más horrible, que sin
ocultarnos del todo estos cuerpos celestes, nos los hagan aparecer ya
negros, ya pálidos, ya sanguíneos, produciendo en nuestra superficie
otra especie de oscuridad muy semejante a las tinieblas de Egipto, de
quienes se dice en el libro de la Sabiduría, XVII, 5: Ni las llamas puras de las estrellas podían alumbrar aquella noche horrorosa.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, L, 3: Vestiré los cielos de tinieblas, y les pondré un saco por cubierta.
Esto es lo que se anuncia en Zacarías, XIV, 7: Habrá un día conocido del Señor, que no será ni día ni noche: mas al tiempo de la tarde habrá luz.
Esto es lo que se anuncia en el Evangelio, Luc. XXI, 25: Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra consternación de las gentes.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, VI, 12: He aquí fue hecho un gran terremoto, y se tornó el sol negro como un saco de cilicio; y la luna fue hecha toda como sangre.
Cuarta consecuencia particular: que
moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, todas cuantas
cosas se hallan en su superficie, pierdan su equilibrio, el cual
perdido, todas caigan unas sobre otras confusa e irremediablemente, así
como sucedió en los días de Noé, al inclinarse el eje de la tierra.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, XXX, 25: En el día de la mortandad de muchos, cuando cayeren las torres.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, XVI, 19: Cayeron las ciudades de las gentes…-Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.
Quinta consecuencia particular: que
moviéndose la tierra de un polo a otro, pierdan también su equilibrio,
por la misma causa general, las aguas del mar; el cual perdido, se
alboroten y se conturben, se derramen sobre muchos lugares, de lo que
ahora es árida, y espanten con sus bramidos horribles aun a los que se
hallan distantes de sus playas.
Pues esto es lo que se anuncia expresamente en el Evangelio, Luc. XXI, 26: Y
en la tierra consternación de las gentes por la confusión que causará
el ruido del mar, y de sus ondas. Quedando los hombres yertos por el
temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo.
Sexta consecuencia particular: que
moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, no solamente se
conturbe toda la atmósfera y se enturbie, se oscurezca por la multitud
de vapores y exhalaciones de toda especie, como vimos en la tercera
consecuencia; sino que, mezclándose estas entre sí, y chocando violenta y
confusamente las unas con las otras, exciten con este frotamiento el
fuego eléctrico y produzcan por consiguiente una prodigiosa multitud de
rayos, los cuales consuman y conviertan en ceniza la mayor y máxima
parte de los hombres, y de las obras de sus manos.
Pues esto es lo que se anuncia frecuentísimamente en las Escrituras.
Esto es lo que se lee en el Salmo XVII: Tronó
desde el cielo el Señor, y el Altísimo dio su voz: pedrisco y carbones
de fuego. Y envió sus saetas, y los desbarató; multiplicó relámpagos, y
los aterró.
Esto es lo que se lee en el salmo XCVI: Fuego
irá delante de él, y abrasará alrededor a sus enemigos. Alumbrarán sus
relámpagos la redondez de la tierra; los vio la tierra y fue conmovida.
Esto es lo que se lee en el Evangelio, Mt. XXIV, 29, cuando se dice: Las estrellas caerán del cielo. Las cuales palabras, no pueden tener otro verdadero sentido.
En fin, esto mismo es lo que se lee en el Apocalipsis, VI, 13: Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos, cuando es movida de grande viento. Y
por temor de estas estrellas metafóricas, prosigue San Juan, se
esconderán los hombres, aun los más animosos, en los subterráneos, en
las cuevas, en las aberturas de los más grandes peñascos, a quienes
dirán: Caed sobre
nosotros, y escondednos de la presencia del que está sentado sobre el
trono, y de la ira del Cordero; porque llegado es el gran día de la ira
de ellos; ¿y quién podrá sostenerse en pie?
+++
Segunda consecuencia general: Terminado
finalmente este gran día, pasada la horrible tempestad, exterminados en
ella todos los impíos y pecadores, unidas perfectamente en una misma
individual línea la eclíptica y el ecuador, sosegada toda la atmósfera,
aclarado el aire, quieto el mar y congregadas todas sus aguas en el
lugar que le fuere entonces señalado, debe luego necesariamente aparecer
otra nueva tierra, otro nuevo orbe terráqueo, diversísimo en todo de lo
que es al presente, así como este presente apareció diversísimo en todo
después de pasado el diluvio de Noé, en el cual quedó anegado y pereció
el orbe primitivo.
Debe aparecer otro orbe nuevo, otra atmósfera nueva, otros nuevos climas, y también otro nuevo aspecto aun en el cielo sidéreo; y todo tan bueno, a lo menos, como lo fue en su estado primitivo.
Digo
a lo menos, porque me parece, no sólo posible, sino sumamente
verosímil, que por respeto y honor de una persona de infinita santidad,
cual es un Hombre Dios, por quien y para quien, como dice San Pablo, fueron criadas todas las cosas,
se renueve y se mejore todo en nuestro orbe, dándosele a este en lo
natural (así como se le ha de dar en lo moral) un nuevo y sublime grado
de perfección: Pero
esperamos según sus promesas cielos nuevos y tierra nueva, en los que
mora la justicia… Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí, yo
hago nuevas todas las cosas.
Con todo lo cual concuerda el Apóstol, cuando dice, Ef., I, 9-10: Según
su beneplácito, que había propuesto en sí mismo, para restaurar en
Cristo todas las cosas en la dispensación del cumplimiento de los
tiempos.
+++
¡Qué magnífica visión!
Dejo por el momento al Padre Lacunza, para retomar luego su comentario.
La paz invadirá al mundo; “la justicia y la paz se besarán”.
Esta paz general es imagen de la restauración de todas las cosas en y por Jesucristo.
Las
imágenes por las que se describe la paz mesiánica recuerdan los días
del Paraíso, que el Redentor ha de restaurar de una manera más sublime
cuando aparte de la naturaleza la maldición que sobre ella pesa y cuando
aparezcan un cielo nuevo y una tierra nueva.
No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta.
Dice
Fillion: “La realización completa no tendrá lugar sino en la
consumación de los tiempos; porque en esta tierra, donde el mal
subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento
perfecto”.
La
actual búsqueda, indebida e infructuosa, de la paz entre las naciones y
los continuos inicuos pactos de seguridad son una señal de que no hay
paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión
y obediencia a la ley divina.
Así
se explica que los paganos, los pérfidos, los herejes, los cismáticos y
los apóstatas no sean capaces de este ideal, porque van tras sus
ídolos.
Rechazado
el Príncipe de la Paz, las promesas de un mundo mejor sólo pueden
fundarse, sea sobre el orgullo que cree en las fuerzas propias del
hombre caído, sea en el príncipe de este mundo y su lugarteniente, el
Anticristo.
Cuadro
maravilloso, pues, de una nueva plasmación del universo. Cuidémonos muy
bien de “espiritualizar” estas grandes verdades, o de diluirlas en
alegorías o metáforas poéticas.
+++
“Esto
mismo es lo que Jesucristo había anunciado con el expresivo nombre de
palingenesia, el nuevo nacimiento, la regeneración, la renovación del
mundo presente; idea que ya en tiempos pasados había expresado el
Profeta Isaías” (Fillion).
De
esto mismo, es decir, de la Parusía, cuyo misterio, dice el Cardenal
Billot, es el alfa y la omega, el principio y el fin, la primera y la
última palabra de la predicación de Jesús.
San
Pedro hace notar la atención que también le prestó San Pablo en todas
sus Epístolas a este sagrado asunto que tanto se olvida hoy.
Contra
esos ignorantes y superficiales se indigna San Jerónimo diciendo:
“Enseñan antes de haber aprendido y descaradamente se permiten enseñar a
otros una materia que ellos mismos no comprenden”
Nótese
el contraste entre esos que deforman las Epístolas de San Pablo y toda
la Escritura, y los fieles de Berea que, a la inversa, estudian el
mansaje del Apóstol a la luz de la Escrituras: “Aceptaron la palabra de
todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las
cosas eran así” (Hechos, 17, 11).
+++
Aparece
a la vista de los elegidos un cuadro nuevo y definitivo, por lo cual se
trata de lo que San Pablo hace vislumbrar en I Cor 15, 24 y 28 = Luego,
el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber
destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque es necesario
que Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El
último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas
las cosas bajo sus pies. Mas cuando diga que “todo está sometido”, es
evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas.
Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el
Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que
Dios sea todo en todo.
Y
así regresamos a la Epístola del Cuarto Domingo de Pentecostés que
vamos comentando: Hasta la creación inanimada, que a raíz del pecado de
los primeros padres fue sometida a la maldición, ha de tomar parte en la
felicidad del hombre.
De la transformación de las cosas creadas nos hablan tanto los vates del Antiguo Testamento como los del Nuevo.
Los
Santos Padres nos hacen notar que el Hijo de Dios precisamente se hizo
hombre porque en la naturaleza humana podía abrazar simultáneamente la
sustancia material y espiritual de la creación.
Es
la promesa maravillosa de Efesios 1, 10 = dándonos a conocer el
Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso
de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: reunirlo
todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra.
Cristo es, tanto en el mundo cósmico como en el sobrenatural, centro y lazo de unión viviente, principio de armonía y unidad.
Todo
lo que estaba disperso por el pecado, tanto en el mundo sensible como
en el mundo espiritual, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a
Sí por Cristo; el cual, así como es por la creación principio de
existencia de todas las cosas, también es por la Redención principio de
reconciliación y de unión para todas las creaturas.
Es la consumación de la que hablan el Profeta Isaías, San Pedro y San Juan en el Apocalipsis.
Y
San Pablo, escribiendo a los colosenses, dice: Cristo es la Imagen del
Dios invisible, el Primogénito de toda la creación; porque en Él fueron
creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, las
visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades. Todo fue creado por Él y para Él. Él existe
con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia. Él es
también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia. Él es el Principio, el
Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y por Él
reconciliar consigo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de
su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.
Estos
versículos, de esta Epístola esencialmente cristológica, muestran la
singularidad y absoluta majestad de la Persona de Jesucristo.
Él constituye el principio y el fin del universo.
Por Él reconciliar consigo todas las cosas: que el cosmos total, aun en su existencia y actividad, sea incluido en Cristo.
+++
Retomo al Padre Lacunza que dice: Y llega, entonces, la conclusión, maravillosa como toda la Sagrada Escritura:
Y veis aquí concluido el siglo presente,
y llegado a su fin el día de los hombres. Veis aquí la consumación y
fin del siglo, de que se habla tanto en las Escrituras, especialmente en
los Evangelios.
Veis aquí amanecido el día claro del Señor,
y el principio del siglo venturo, del cual se habla mucho más, y con
igual o mayor claridad; aquí empieza ya a manifestarse en nuestra tierra
aquel reino de Dios, que tantas veces pedimos que venga: Adveniat regnum tuum; aquí empieza la revelación o manifestación de Jesucristo, y el día de su virtud en los resplandores de los santos.
Aquí
empieza la revelación de los hijos de Dios, que no son otros sino los
santos, que vienen con Cristo resucitados, o los correinantes, sobre
cuyo gran misterio se puede consultar al Apóstol San Pablo (y sería bien
consultarlo luego) en todo el capítulo VIII de la Epístola ad Romanos.
Aquí empiezan los mil años de San Juan,
en cuyo principio debe suceder, en primer lugar, la prisión del diablo,
con todas las circunstancias que se leen expresas en todo el capítulo
XX del Apocalipsis.
Aquí
abierto ya el Testamento Nuevo y Eterno del Padre, en que constituye al
Hijo, en cuanto hombre, heredero de todas las cosas (Hebr, I, 2,),
evacuado todo principado, potestad y virtud, y sujetas a este hombre
Dios todas las cosas; empieza a reinar verdaderamente o ejercitar su virtud, su juicio y su potestad absoluta, mas llena de sabiduría, de bondad y equidad: El
principado ha sido puesto sobre su hombro; y será llamado su nombre,
Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de
paz.
Aquí
empieza a manifestarse más de cerca el misterio grande e incomprensible
de haberse hecho hombre el mismo verbo de Dios, el mismo unigénito de
Dios, el mismo Dios.
Aquí, en suma, se empieza a ver y conocer con mayor claridad el fin y término a donde se enderezaba omnis visio et prophetia.
