LO MUCHO QUE SE DIGA ES SIEMPRE POCO
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Perplejos ya no: asqueados. Transidos de una repugnancia que sólo apagaría el escarmiento ejemplar del impostor y su cohorte de sacrílegos, la recia venganza de un Dios celoso de Su nombre y de Su gloria. Ya no perplejos: saturados. Y es que el Hombre del Paroxismo, contando muy a sabiendas con la permisión y la paciencia de lo Alto, apura el saqueo de todo remanente de dignidad en la Iglesia adulterada, donde la cizaña ahoga a la mies.
| El Santo Padre aceptó engalanarse a lo Maradona |
Un montón de pulpa humana engarzada a profusión con pedrerías vanas, a menudo herrada con dibujos, cuya conciencia no luce menos sombras, toda en racimos en torno de aquel hombre de blanco y brunos propósitos. Sonrisas y risotadas ilustrativas del pecado de banalidad, no menos que de la banalidad del pecado. Los piolas cohonestados, hallando pábulo a sus desmanes allí donde debieran hallar reconvención y penitencia, en el mismísimo momento en que millares de cristianos encuentran el martirio en Medio Oriente.
| Tilinguería a dos columnas |
Lo mucho que se diga es siempre poco. A cada queja o desazón que se manifieste por la nueva trastada pontificia, éste opondrá triunfante otra mayor, en una pulseada al infinito, inextinguible como la sed del hombre. A esta cruel dinámica adoptada no será la razón quien la detenga. Por mucho que lo propongan a Francisco como presidente de una «Sociedad mundial de las religiones», la segur parece aparejada a la raíz, y las bombas -si hay que atender a creíbles amenazas- ya apuntan a Babilonia.
