LA INSULTANTE PAMPLINA DEL DIÁLOGO
No se podía precisar mejor que como lo hace el Aquinate, casi al comienzo de la Contra gentiles (I,
6), la incompatibilidad radical entre cristianismo e Islam. Allí expone
cómo la sabiduría divina, «para confirmar aquello que supera el
conocimiento natural, usó de muchas obras que sobrepasan la capacidad de
toda la naturaleza.
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Esto sucedió, por ejemplo, en las admirables
curaciones de enfermos, en la resurrección de muertos, en la mutación de
los cuerpos celestes; y sobre todo en la inspiración de las mentes
humanas, de manera que aun los ignorantes y sencillos pudieran conseguir
instantáneamente la más alta sabiduría y elocuencia por el don del
Espíritu Santo». La perseverancia de tantos testigos, aun en medio de
las persecuciones más sangrientas y sañudas, remata y confirma lo dicho,
y todo pese a que en la fe cristiana «se predican verdades que están
sobre todo entendimiento humano, se coartan las pasiones carnales y se
enseña a menospreciar los valores de este mundo. Es el mayor de todos
los milagros y una clara manifestación de la acción divina que el
espíritu del hombre preste su asentimiento a estas verdades y que,
despreciando las cosas visibles, sólo desee las invisibles».
Aquel «milagro moral» de la conversión de la Roma imperial cae así bajo
la consideración del Angélico como «el más admirable de todos los
signos: que el mundo se convirtiese a creer cosas tan duras, a actuar de
manera tan difícil y a esperar cosas tan altas por la predicación de
hombres sencillos y vulgares». Lo que contrasta al punto con lo ocurrido
por acción de Mahoma, quien «sedujo al pueblo con promesas de placeres
carnales [...] e igualmente les dio una ley de acuerdo con dichas
promesas. En cuanto a doctrina, no les enseñó más verdad de la que
cualquier sabio mediocre puede conocer con la luz natural; y además
mezcló con las pocas verdades que enseñó, muchas mentiras y doctrinas
erróneas. No les dio signos sobrenaturales, única manifestación que
puede testificar una inspiración divina, ya que al dar muestras
sensibles de obras que sólo pueden ser divinas, el maestro de la verdad
prueba que está divinamente inspirado. [Mahoma] más bien afirmó por las
armas que había sido enviado, siendo éstos signos que no faltan a
ladrones y tiranos. Por lo que no le creyeron desde el principio los
hombres sabios experimentados en las verdades divinas y humanas, sino
sólo hombres bestiales, moradores de los desiertos, ignorantes por
completo de toda doctrina acerca de Dios [...] Ningún oráculo de
profetas anteriores lo apoya con su testimonio; más bien desfigura al
Antiguo y al Nuevo Testamento presentándolos como narraciones fabulosas,
según puede notar quien lea su ley. Por ello astutamente prohibió a sus
secuaces leer el Antiguo y el Nuevo Testamento, para que así no le
arguyeran mediante ellos de falsedad».
Si esta ajustada comparación fuera todavía inapropiada al talante poco
argumentativo de nuestros contemporáneos, incluidos tantos hombres de
Iglesia, podría reducírsela a mayor concisión y cifra más o menos así: Mahoma pretendió impugnar la Palabra definitiva de Dios, valiéndose para ello incluso de las armas. En otros términos supo definirlo monseñor Fulton Sheen: el
Islam adopta la doctrina de la unidad de Dios, Su Majestad y Su Poder
Creativo, y la usa para repudiar a Cristo, el Hijo de Dios. Las
consecuencias que se derivan de esto no pueden ser otras que las
conocidas, por mucho que nos esforcemos en pensar en un panteón mundial
hecho de recíprocas buenas intenciones entre los adeptos a los
diferentes dioses. En un artículo publicado hace un año por Piero Vassallo y reproducido recientemente por Chiesa e postconcilio,
las palabras de Santo Tomás son nuevamente expuestas, acompañadas esta
vez por cierta información adicional que vale la pena precisar para
alumbrar un poco la confusión que hoy se siembra en torno al atractivo
fetiche del "diálogo". Citamos, pues, de allí:
Ahí
está el frecuente lamento de tantos misioneros que hablan con pena de
los mahometanos como "inconvertibles": generalización ciertamente
relativa, que no absoluta, pero que tiene el honor de reconocer el
dramatismo real que se entabla con este terrible enemigo del Islam.
Resulta que poco después de la muerte del Aquinate, un dominico llamado Ricoldo da Montecroce intentó la evangelización de los musulmanes iniciando con ellos un diálogo constructivo, en la confianza de hallarlos bien dispuestos para el intercambio teológico. Pero pronto se sintió decepcionado por la reacción de sus feroces interlocutores, lo que lo obligó a dar un paso atrás para profundizar el estudio de la lengua árabe y el conocimiento del Corán, creyendo que la adquisición de este recurso le granjería mejores resultados. Muy por el contrario, esto fue precisamente lo que lo hizo llegar a conclusiones opuestas a las nutridas con sus veleidades ecuménicas.
Vuelto a Florencia en 1300, después de doce años de tormentosos viajes en las tierras invadidas por los mahometanos que lo convencieron de la imposibilidad del diálogo con los éstos, desarrolló las tesis de Santo Tomás y escribió un ensayo crítico sobre los sarracenos.
En el texto se enumeran «las cuatro categorías de personas que se adhieren al error de Mahoma: la primera es la de los que se han convertido en sarracenos por el poder de la espada y que, reconociendo su error, volverían sobre sus pasos si no tuviesen miedo. La segunda está representada por aquellos que fueron atraídos por el diablo y llegaron a creer como verdaderas las mentiras. La tercera es la de aquellos que no quieren abandonar el error de sus padres, y aunque dicen atenerse a sus padres, los separa de ellos el hecho de que en lugar de la idolatría han elegido la secta de Mahoma. La cuarta es la de aquellos que por la gran cantidad de mujeres concedidas y por las demás licencias prefirieron este error a la eternidad del mundo futuro».
Entre las varias causas de la imposibilidad de diálogo con los musulmanes, Ricoldo se detiene en las contradicciones entre numerosos textos incluidos en el Corán, como aquel que establece que los judíos y los cristianos serán salvos, agregando a continuación que «nadie se salvará excepto los que están en la ley de los sarracenos», y aquel en el que se insta a los fieles a utilizar sólo palabras suaves con los infieles, y posteriormente ordena «matar y depredar a los que no creen».
El análisis del Corán demuestra a la postre la incompatibilidad de fe y razón, un vulnus que justificó la devastadora teoría de Averroes acerca de las "dos verdades": la de los filósofos y la de los religiosos.
Hasta aquí Vassallo, quien nos recuerda convenientemente lo más
significativo y atendible que en esta materia nos han ofrecido los
últimos pontífices y algunos prelados contemporáneos pese a las
ambigüedades de rigor en nuestros postconciliares tiempos, incluido el
famoso y desafortunado beso del Corán a instancias de Wojtyla. Así, Juan
Pablo II pudo decir que «quien conociendo el Antiguo y el Nuevo
Testamento lea el Corán, verá con claridad el proceso de reducción
de la Divina Revelación que se ha cumplido en éste». Y constan las
palabras que Benedicto XVI citó de Manuel II Paleólogo, del cual vale la
pena extenderse en torno a su incapacidad de imaginar «nada peor ni más
absolutamente inhumano que aquello que hace Mahoma, prescribiendo que a
través de la espada se extienda aquella fe que él mismo proclamó. Ha
obligado por la fuerza que una de estas tres cosas se verificase: o que
los hombres de cada rincón de la tierra se acercasen a la ley
[coránica], o que pagasen tributos y desenvolviesen la actividad de los
esclavos o que, si no se avinieran a hacer ninguna de estas dos cosas,
les fueran tronchadas las cabezas con la espada. Ésta es, de hecho, la
cosa más absurda, desde el mismo momento en el que Dios no se goza en
los estragos y el no obrar según razón es ajeno a Dios». Por eso
monseñor Bruno Fisichella recuerda la necesidad de que razón y fe
retomen su camino común, no sólo para fecundar la evangelización, sino
«para consentir incluso a los no creyentes acoger el mensaje de
Jesucristo como hipótesis cargada de sentido y decisiva para la
existencia». Y monseñor Brandmüller apunta al insoluble deficit
de razonabilidad del Islam, lo que impone como «diferencia más fuerte
entre cristianismo e islamismo un tema tan central como la concepción
del ser humano».
Y que Francisco, con su glucosada, irrealista, gangosa, reiterativa,
previsible, fútil, anestésica, caduciente, insultante pamplina del
diálogo (y del diálogo con el Islam,
ahora ofrecida como exhortación a los obispos de Camerún, como si éstos
no supieran bastante de la peligrosidad de los cocodrilos y los
leopardos), niega irresponsablemente. Sí, es tiempo de creer que las
ambigüedades de los últimos cincuenta años han cesado en favor de una
explícita nulidad sin contrapeso alguno, una pura nulidad de esas que la
naturaleza aborrece, y que una inédita conjunción de causas ha situado
allí donde siempre hubo Algo.
