Los errores en las revelaciones privadas
En un libro de divulgación, Los defectos de los santos, Jesús Urteaga recordaba miserias y limitaciones de los Apóstoles y de
otros santos.
Todos tuvieron que luchar con defectos que habitualmente constituían
el reverso de una virtud sobresaliente. Santa Teresa de Lisieux fue admirable
por su constancia, pero tuvo que superar algunas aristas de su terquedad; san Alfonso Mª de Ligorio, conservó siempre un
temperamento fogoso que le hacía exclamar a los ochenta años, mientras charlaba
con un conocido: «Si hemos de discutir, dejemos que la mesa esté entre los dos;
que yo tengo sangre en las venas». Los santos fueron seres humanos -no superhombres, ni ángeles- , con los defectos y las debilidades que todos los hombres poseen, a pesar de los cuales llegaron a vivir heroicamente las virtudes cristianas. Por tanto, no tiene sentido escandalizarse ante sus defectos y
miserias.
No conocemos obras de divulgación
que traten sobre algo más particular dentro del campo de los defectos de los santos: las ilusiones de los
santos videntes. Es decir, sobre los errores contenidos en visiones y
revelaciones particulares que algunos recibieron personalmente y luego llegaron al conocimiento de otros.
Hemos visto que la Iglesia puede
dar, en casos excepcionales, aprobación positiva
a una revelación privada que se
extienda a su historicidad y origen sobrenatural. Y que, además, el
vidente
puede llegar a ser canonizado. Se puede creer con fe humana en estas
revelaciones y prestarles un asentimiento prudente. Porque no contienen
en lo sustancial nada que
sea contrario a la fe y a las costumbres. Sin embargo, los teólogos
coinciden en señalar que, en el contenido de tales revelaciones, pueden
darse
errores que cabe atribuir a distintas
causas. Para no tomar por verdaderos estos errores los autores han
enunciado
una serie de criterios de discernimiento.
Ofrecemos hoy a nuestros lectores
dos exposiciones de estos criterios. Una, muy sintética,
tomada del Compendio de ascética y mística de Tanquerey (aquí). Otra, más extensa, que es
nuestra traducción de unas páginas de Poulain (aquí). Esta exposición, por su claridad y por los numerosos ejemplos que aporta, debería incluirse como estudio
preliminar de lectura obligatoria para toda revelación particular.
Para Poulain, puede haber cinco
causas de errores en las revelaciones privadas: 1ª, las
interpretaciones inexactas del
beneficiario; 2ª, la ignorancia, debida a que las características
históricas a
menudo no se han manifestado más que como una verdad aproximada; 3ª, la
mezcla
de la actividad humana del santo con la acción sobrenatural durante la
revelación; 4ª, las modificaciones que hace el santo después de de
recibir la revelación, pero sin quererlo; y por fin; 5ª, los retoques de
los secretarios y
editores. De estos errores, sin embargo, no se ha de concluir que
todas las revelaciones privadas contienen errores, ni que los santos que
las reciben siempre se equivocan. Se trata de evitar tanto la superstición crédula como la hipercrítica racionalista.
Estos criterios de discernimiento
también resultan de utilidad para quienes pertenecen a una institución cuyo
fundador ha recibido un carisma fundacional -hipotético o real-, entendido como realidad análoga a una revelación particular. En efecto, no es infrecuente que algunas «singularidades
institucionales» se justifiquen en última instancia con expresiones como: «así
lo vio nuestro fundador» (implicando una revelación particular). El problema está en que el núcleo de un carisma puede ser
verdadero, pero en su expresión, transmisión e institucionalización, pueden
deslizarse errores por las causas que ya indicaba Poulain. Así sucedería, por
ejemplo, si en alguna institución se dijera que sus miembros tienen libertad
para confesarse con cualquier sacerdote, y que no pecan al hacerlo con uno de
fuera, pero que tal cosa no es de «buen espíritu» porque así lo «vio» el fundador.
Aunque no sea claro el significado de «vio» y «buen espíritu» en este discurso,
lo cierto es que no puede fundarse una norma contraria a la praxis de la
Iglesia en revelaciones carismáticas. Incluso en el caso de que se tratara de una
revelación aprobada por la Iglesia, recibida por un fundador canonizado, habría que reconocer honestamente que en este punto se
equivocó, así como erró santa Hildegarda cuando dijo que el varón tiene barba porque su
cuerpo fue formado de tierra y que la mujer no la tiene porque viene de la carne
del varón… Las revelaciones privadas siempre se han de subordinar a la Revelación tal como la enseña y regula la Iglesia.

