Poesía que promete
LA
ESPIGA
Esos
hombres malvados, que cuando ven un pájaro,
sueñan
con una máquina pneumática; esos viejos
botánicos
impúdicos, que desnudan la rosa
o
martirizan lirios con lupas y tijeras.
No
queremos tu ciencia, que nos quema las hadas,
ni
ese plan quinquenal que acaba con los sueños.
A
la máquina enorme, preferimos, sin duda,
la
muchacha desnuda que se mete en el río,
cambiamos
las fábricas de la Rusia soviética,
por
la inicial de un códice, o las notas de un salmo.
¿Consuelan
las turbinas cuando se muere un niño?
¿Sirven
las estadísticas, cuando el alma está enferma?
¡Oh,
Rusia! Te maldigo, porque eres, entre hielo,
sutil,
negra y segura, judía y miserable,
con
la astucia de un diablo asiático y oblicuo.
Tus
nieblas piscológicas, tu misticismo enfermo,
cercan
la arquitectura de oro de Salamanca.
Yo
vi tus aviones cargados de miseria
en
la Torre del gallo, gastada por la aurora.
Masas
de dril; aullando, con una sangre anémica,
(fusil
con cuerda y odio, sudores y alpargatas).
Tenéis
razón, pidiendo pan y turbinas nuevas,
en
la noche terrible de vuestro hediondo barrio.
Tenéis
razón pidiendo jardín y no tabernas,
dulzura
en vuestra choza y lana en vuestros hijos.
¿Pero
qué miserables, pedantes de Atenea,
trocaron
vuestras iras en motrices cascadas,
para
sus propias luces? ¿Por qué quemáis, estúpidos,
ermitas
milagrosas, o Vírgenes de nieve?
Nunca,
con el pretexto de un hambre milenaria,
os
daremos a Cristo, dormido en su custodia.
Nunca
la gracia, el ritmo del vals, la cortesía
el
alado abanico, la espuma, el amor puro,
nuestro
cielo teológico, la oración y el armiño,
la
espada, la bandera y el Versalles monárquico,
tiraremos,
temblando, ante el cerrado puño.
Para
defender estos inefables tesoros,
el
fusil empuñamos y alzamos la bandera.
Falange
no ha de daros el pan, sino la espiga,
que
es pan, en milagrosa orfebrería de oro.
Agustín de Foxá
