"EL ORDEN NATURAL"
Carlos Alberto Sacheri
"MUERTO POR DIOS Y POR LA PATRIA"
Semblanza de Sacheri
Lo esencial es instaurar sin descanso la unión indisoluble de la religión y la vida.
Carlos Alberto Sacheri nació el 22 de octubre de 1933 en Buenos Aires, siendo el cuarto de siete hijos del abogado y general de la Nación Oscar Antonio Sacheri.PRESIONE "MAS INFORMACION" A SU IZQUIERDA PARA LEER ARTICULO
Tomó su primera comunión el 3 de octubre de 1942, en la Iglesia del Carmen, cursó primario y secundario en la Escuela Argentina Modelo, de RiobamBa 1059 (Buenos Aires), tenía muchas condiciones artísticas (piano, guitarra, teatro vocacional) y manejaba desde chico muchos idiomas.
Se vinculó al grupo universitario del entonces jesuíta Juan Rodríguez Leonardi, y llegó por esa vía al profesor Emilio Komar, por lo que sus primeras clases universitarias las recibió en los cursos de éste, en la Universidad del Salvador, a mérito de lo cual sería luego admitido a la Licenciatura en Canadá sin tener estudios de grado. Aprendió de Komar el seguimiento de la senda intelectual que en Sacheri, Carlos A., “Naturaleza humana y relativismo cultural”, en Universitas n° 17, Pontificia Universidad Católica Argentina, Buenos Aires 1970, p.63 la Argentina trazaron los Cursos de Cultura Católica, dirigidos por Tomás D. Casares -abogado y filósofo que alcanzó la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina-, y el estilo de “seminario europeo” al que se ceñía el profesor esloveno, esto es, el perfil de la verdadera universidad.
En 1956, a los 23 años, inició su único noviazgo, y el el 19 de diciembre de 1959, en la Iglesia Catedral de San Isidro, se casó con María Marta Cigorraga, de la cual tuvo siete hijos.
En 1961 ganó una beca en concurso internacional para estudiar en la Universidad Laval, de Quebec, por el período 1961-1963. Su principal profesor allí fue Charles de Koninck, que quizá haya sido, junto con el P Meinvielle, uno de los mejores tematizadores del bien común y su primacía sobre la persona humana, contra el personalismo maritaineano, en el mundo. No se quedó corto en maestros. Allí se licenció en filosofía con mención “magna cum laude” (1 de Junio de 1963), dio clases, destacándose por su solvencia, su claridad expositiva y por acercar a los alumnos a las fuentes. En 1963 volvió a Canadá para hacer el doctorado, ya como profesor contratado, y se doctoró, nuevamente summa cum laude (8 de Junio de 1968), con la tesis escrita en francés, Existence et nature de la délibération, hasta ahora inédita, y al retornar a la Argentina volvía contratado a seguir dando clases en el país del Norte.
Es en Canadá donde conoció a Jean Ousset y al movimiento “La Ciudad Católica” . Allí estaba en su ambiente de filósofo, daba clases y conferencias, dialogaba, enseñaba, estudiaba y aprendía, viajaba en representación de la Universidad Laval, era conocido y empezaba a ser admirado por todas partes, pero le faltaba la Patria. El quería enseñar en la Argentina, y volvió para hacerlo.
Padre y esposo ejemplar, compañero, severo cuando había que serlo, catequista, buscaba darse tiempo para “estar” en la casa, o para llevarlo a José, aun desde muy chiquito, a escuchar sus conferencias.
Retornó su vinculación con la Acción Católica del Pilar; se unió a la Agrupación “Misión” y al Colegio San Pablo; participó de “La Ciudad Católica” y colaboró en la revista Verbo, convirtiéndose en el principal referente de todos esos emprendimientos. Fundó el IPSA
(Instituto de Promoción Social Argentina) y organizó cuatro de sus congresos anuales (1969, 1970, 1971 y 1972). En estos congresos, que eran generalmente de tres días, se aprovechaban las fiestas de la Asunción y de San Martín, cuyos simbolismos religiosos y patrióticos se utilizaban didáctica y apostólicamente. En el plano de la organización social esos congresos fueron la obra máxima de Carlos, los que imprimieron su marca y el indicador del estilo que, quizás, hubiera tenido cualquier obra suya futura en el orden político. Se caracterizaban tanto por la ortodoxia como por la excelencia y el diálogo amistoso, la exclusión de todo sectarismo o acepción y la exquisita mezcla del ejercicio religioso, actividad académica, encuentro de planificación política y reunión de amigos. Continuaron realizándose después de su muerte y fueron muchos, de carácter nacional y regionales.
Dictó cursos de filosofía en el Instituto Terán y, asimismo, dio clases en el Centro de Estudios Superiores “San Alberto Magno”, dirigido por Gerónimo Garrido y con Fray Alberto García Vieyra como Asesor. Pronunció, simultáneamente, cada vez más conferencias en Buenos Aires y en todo el país y ante los más variados auditorios. Iba a todas partes. En todas partes se sabía hacer entender. Dice Alcides Rossi Querín, su discípulo correntino que, como con los apóstoles, “todos lo entendían en su propio idioma” .
Ingresó como profesor en la Universidad Católica Argentina, donde lo llenaron de clases y cursos en distintas facultades. Ganó por concurso el cargo de profesor de Filosofía e Historia de las Ideas Filosóficas en el ingreso a la Facultad de Derecho de la UBA, donde fue, además, designado director del Instituto de Filosofía del Derecho, y nos dejó unos apuntes mimeográficos maravillosos sobre la materia. Son unánimes los testimonios en el sentido de que cautivaba al alumnado, Ingresó al CONICET, donde llegó a ser secretario académico. Se preocupó por esa alitísima expresión cultural argentina, sobre todo por su buena orientación y por la necesidad de que, en la Argentina, los investigadores pudieran vivir de su tarea, fomentando la creación de distintas asociaciones civiles en contratación con el Estado para promover aquellos fines. De allí surgieron el Instituto de Filosofía Práctica, el FECIC y muchos otros.
Sacheri ejercitó un “patriotismo esencial”, (Montejano), y por ello se incorporó al MUNA (Movimiento Unificado Nacionalista Argentino), formando parte de su Mesa ejecutiva en representación del Movimiento de la Nueva República, del que fue cofundador. El 14 de diciembre de 1974 asistió a la última reunión de aquella Mesa.
Fue en 1974 el promotor decisivo de la vuelta a la actividad de la Sociedad Tomista Argentina, que desde hacía cerca de 15 años estaba inactiva, afectada por la conmoción que invadía al ambiente católico del postconcilio, siendo su secretario durante tres meses y hasta su muerte. En todas las instituciones en las que participó, Sacheri dejó la fama de hombre bueno, culto, caritativo, cordial, inteligente, alegre, completo... santo.
Predicó sin descanso. Fue a hablar a cada lugar en que lo reclamaron (“Aunque sean tres, yo hablo”), en aulas, en conferencias y en paneles. Organizó cursos y jornadas, viajó a Lausana, a Suiza, a Venezuela, a Canadá, a Estados Unidos, a Chile y (mucho) a Uruguay.
Y escribía. Las primeras etapas de su labor de escritor registraron, entre otras, el aliento científico de sus recensiones en Sapieritia, desde 1958 al 1960. Desde 1964 empezó a escribir en Verbo, con firma, con seudónimo o en forma anónima.
La amistad con la familia Massot, de La Nueva Provincia, le abrió las puertas a una serie preciosa de artículos sobre doctrina social de la Iglesia, que se transformarán luego en su clásico "El orden natura", que ahora se reedita.
Su prédica sobre la situación de la Iglesia y, en especial, su denuncia del accionar de la infiltración del ateísmó "márxistá" promotor de la lucha de clases a través del neomoderrilsmo o progresísmo, lo exhiben como el hombre adecuado en el lugar adecuado para hacer la denuncia teológica y puntual y esclarecer con la mayor caridad lo que todos estaban esperando. Esa prédica se transformó en los artículos que, luego, conformaron La Iglesia clandestina, único libro que publicó en vida, si se exceptúa La Iglesia y lo social, en la primera y elemental edición de aquellos artículos del gran diario del sur.
La Iglesia clandestina es, aparte de la denuncia teológica y singularizada de la subversión en la Iglesia, un llamado a los laicos a construir la cristiandad. Esto es, la política del Padrenuestro: “sea santificado Tu Nombre” , en los individuos y en los grupos; “Hágase Tu Voluntad”, en el cielo, en la tierra, en la política. En todas partes. Cristo es Rey.
En esa tarea llegó a ocupar más de una vez por semana un espacio en el diario vespertino La Razón, intervino en televisión, fue reporteado en todo el país, se hizo conocer en todas partes. Y consiguió que, tras él y sólo después de él, salieran declaraciones de sa cerdotes y, finalmente, del Episcopado en pleno descalificando a los sacerdotes tercermundistas. Tuvo, a los 36 años, un éxito que nunca laico alguno tuvo en la Iglesia argentina. Y a los 36 años...
Además de todo esto -¿cómo hacía?... sólo una capacidad intelectual excepcional, una salud de hierro y un corazón caritativo pueden explicarlo-, se enfrascó en la preocupación por la política nacional. Fue el principal referente y fundador de la revista Premisa, a partir del 11 de enero de 1974, fuertemente opositora del gobierno de Isabel Perón, cuyo protagonista principal era el poderoso López Rega. !
Fueron años de plomo, literalmente. La guerrilla argentina estaba en su esplendor: constituía un verdadero ejército, ya sea inspirado de modo textual, original y coherente en las ideas del ateísmo marxista (ERP) o recalando sustancialmente en ellas (Montoneros), sin descontar otras organizaciones menores. Se proponían tomar el poder en la Argentina por la violencia, que incluía secuestros, asesinatos, colocación de bombas de mortalidad indiscriminada, tomas de cuarteles, de sedes policiales, empresas, aviones e incluso de territorio y población, con miras a la “independencia” y el “reconocimiento internacional” , cosa inaudita en el siglo pasado salvo, quizá Colombia. Contaban, como regla de acción, con el maquiavelismo propio cosa inaudita en el siglo pasado salvo, quizá, Colombia. Contaban, como regla de acción, como el de la guerrilla argentina que desplegó un póder que ninguna guerrilla dé la época pudo igualar.
Pero a partir de 1973 se inició, por iniciativa del propio Juan Domingo Perón, que antes la ola de alentado, todo un vasto movimiento contra ella, altamente mayoritario y popular en el país, del que el jefe justicialista se convirtió en eje, pero que incluyó -sea en vida suya o, ciertamente, y sin ninguna duda, después- una sigla que respondía, no a una organización propiamente dicha, sino a grupos enquistados en el poder comandados por José López Rega: la llamada “Triple A” . Que se guiaba por una “moral” parecida al terrorismo guerrillero. Durante el período “democrático” el terrorismo fue más importante que durante el anterior gobierno militar, que terminó en 1973.
Sacheri denunció la herejía progresista, la doctrina y la guerrilla marxista; atacó siempre al liberalismo que originó la reacción comunista; no incurrió en doctrina ni en sesgos fascistas; se alió a los sindicalistas y peronistas cristianos, y fue fiero opositor del gobierno de turno encabezado por aquel personaje tenebroso al que apodaron “el Brujo” , sobre todo mediante su intervención en el periódico Premisa. De ahí la duda sobre quién lo mató: ¿fue la guerrilla marxista o el terrorismo de las AAA? Lo cierto es que, fuere lo que fuere, en el comunicado firmado por el “Ejército de liberación del 22 de agosto” autoatribuyéndose las muertes de Genta y de Sacheri, dirigido a Ricardo Curutchét, director de Cabildo y caballero cristiano intachable, sindicándolo como la tercera víctima, las alusiones burlescas y sacrílegas a la religión y a Cristo Rey ocupan, el núcleo central lo qué denota una pluma clerical y la revancha por La Iglesia clandestina. ..... ' ’
Pensaba arquitectónicamente: todo el país, toda su realidad, todas sus facetas. Pero -universitario ante todo- destacó principalmente la cultura y la educación.
Fue en la Argentina del mes de diciembre de 1974, la Argentina a la que había decidido volver en 1965 para predicar en ella las verdades del orden natural cristiano y la doctrina social de la Iglesia, que entendió, cultivó, construyó y aplicó como nadie en estas tierras. Fue asesinado cuando venía de Misa, enfrente de su casa, mientras iba en su auto con su mujer, sus siete hijos y tres amigos de ellos, alrededor de las diez y media de la mañana del 22 de diciembre de 1974. Todos quedaron cubiertos, literalmente, con su sangre.
Fue una catástrofe para la Argentina doliente, que nos sigue interpelando por la sangre del hermano muerto.
Héctor Hernández
