Hora libre
Unas vacaciones pacíficas para el Gobierno, hasta que Ella vuelva.
Aunque la maestra partió, y no dejó sustituta, los alumnos
del curso se han comportado modosamente. Más los de otros grados, que
respetan la ausencia. Casi no hay reyertas en el elenco oficial, ninguno
se queja, no atacan a nadie, evitan porfías. Temen el puntero lejano o
están aliviados de que nadie lo utilice. Consecuencia: vacaciones
pacíficas. Para todos y todas. Claro que el niño Randazzo heredó alguna
obligación transportista, y requiere de cierta notoriedad para vestirse
de candidato en la provincia de Buenos Aires, protagonismo que no debe
encandilar a Julián Domínguez, otro que se mira en el mismo espejo de
una gobernación futura.
Son dos del oficialismo que han empezado a arar porque La Cámpora no
provee aspirantes de nota y la tía Alicia no prospera a pesar del
apellido, lo que indica que no todo subsidio garantiza votos y que el
linaje no se transmite con la sangre.
Otro que rumia sus desgracias es el niño Boudou, casi una anécdota
repetida: supone que el periodismo lo eligió como muñeco de circo
porque le envidia sus proezas (que no han sido pocas, claro). Y una que
también busca un espacio es la niña Conti (le vence el mandato): reitera
el mensaje de la re-reelección para que no se olviden de que su
cuerpito deberá respirar después de octubre.
Poco movimiento entonces y, volviendo al principio, el colegio
bucólico, jovial, seguramente extrañándola, pero sin fiestas grandiosas,
épicas, ni convocatorias contra otras escuelas de distinta formación.
Debe ser el verano, se supone, no las vacaciones de la maestra en
tierras lejanas y hasta exóticas.
Como no es Suiza y nada dura demasiado, habrá que esperar el regreso.
También la tensión. ¿O se supone que no habrá respuesta a una
declaración de Daniel Scioli, quizás la más fulminante de un político,
cuando antes de partir Cristina –y cuestionarlo porque atesora dólares–
él contestó: yo necesito dólares para curarme el brazo y, por otra
parte, la plata que tengo no la hice con la política. Ni Ricardo Darín
se atrevió a una insinuación tan penetrante y deliberada, aunque debe
admitirse que provocó más escándalo que el propio gobernador con un
simple pedido de informes de ciudadano común. Para algunos, a la vuelta,
habrá un sosegate a Scioli, un somatén para usar terminologías tétricas
de Perón en los años 70. Ya que, para Cristina, se ha vuelto obsesivo
frenar las suspicacias que suelen rodear a los gobernantes en materia de
fortuna personal. Mucho más en tiempos de elecciones.
Ya lo probó en su momento, cuando una espinosa reunión con Hugo
Moyano terminó en un desencuentro inolvidable y poco conocido, ya que
aún hoy –a pesar de los años– se insiste en que nadie sabe lo que
ocurrió entre ella y el gremialista para que se pelearan como Capuletos y
Montescos. No venía bien la relación, Moyano temía por un posible
encarcelamiento de su esposa, se habían cruzado epítetos telefónicos con
el propio Néstor y, en el encuentro de marras, Ella con colaboradores
de un lado y Moyano con tres sindicalistas del otro, le hizo al
sindicalista una advertencia poco feliz: “Mirá, no exijan tanto porque a
ustedes no los quiere la gente, piensan lo peor de sus bienes y
propiedades, la prensa los combate y los denuncia”. Algo sorprendido,
más bien alelado, Moyano respiró profundo y respondió: “No me digas vos
eso porque la gente piensa que ustedes, con tu marido, se han llevado
todo”.
Desde entonces, claro, nunca más se vieron y, según mentas, luego de
ese cruce, Ella ni siquiera lo volvió a mirar a los ojos. Ni a él ni a
los otros tres gremialistas. Ninguna de las partes reveló el episodio y
fácil resulta entender la formación posterior de dos CGT por lo menos,
cuyos intereses no son diferentes (reclaman lo mismo) y juegan la misma
partida que ya ejercitaron en el pasado con otros gobiernos. Con una
ventaja: el mandato de cada uno de ellos supera al que la Constitución
le otorgó a Cristina. Y van a quedarse después, como la Policía.
Antes de marzo, cuando se acelere la discusión salarial con los
sindicatos –que singularmente encabezará la CGT oficialista, hoy de
contacto permanente con sus otros pares–, habrá en el plan oficial otra
batalla: la Corte Suprema. Nueva casualidad: también sus miembros
disponen de mandatos más extensos que el de Cristina. A menos, claro,
que avance una ofensiva total para desa-lojarlos, hacerlos renunciar,
campaña ya publicitada y que parece inspirarse en la que desarrolló
Eduardo Duhalde contra el cuerpo que había heredado de Carlos Menem.
Entonces fracasó Duhalde, no así Néstor Kirchner unos meses después,
cuando tuvo la prudencia de conservar a los recomendados de sus amigos
(sobre todo una garganta profunda) y a otro cuyo límite de vida parecía
cercano.
En el caso actual, no se sabe de discriminaciones, la protesta es
contra todos y, seguramente, porque parece de manual la respuesta del
instituto al conflicto con Clarín. Hay más de una alternativa:
1) Quizás la Corte, aunque parezca improbable, no se ocupe del tema.
2) Después de varios meses, engorrosos y discutibles trámites mediante, quizás se expida a favor de la constitucionalidad de la Ley de Medios. Con uno o varios aditamentos, entre ellos el cumplimiento de plazos y concesiones otorgados por el mismo Gobierno. Para Cristina sería como ganarse el Loto y no poder cobrarlo.
1) Quizás la Corte, aunque parezca improbable, no se ocupe del tema.
2) Después de varios meses, engorrosos y discutibles trámites mediante, quizás se expida a favor de la constitucionalidad de la Ley de Medios. Con uno o varios aditamentos, entre ellos el cumplimiento de plazos y concesiones otorgados por el mismo Gobierno. Para Cristina sería como ganarse el Loto y no poder cobrarlo.
Hay otras variantes posibles, más o menos dilatorias, de ahí la furia
contra un organismo que amparado en las bibliotecas no parece dispuesto
a conceder lo que exige el Gobierno contra el Grupo Clarín. De ahí que
sus miembros quizás padezcan lo que algún fanático oficialista propone:
ponerlos en comisión, forzarlos a renunciar.
Parece demasiado, pero resulta que, si no hay reelección, los
sindicalistas se quedarán en el poder después que se vaya Cristina, lo
mismo ocurrirá con los magistrados y, también, con las normas que
determinarán el fin del cuasi monopolio de Clarín.